Estaba a punto de hundir mi conciencia en la incógnita futura del sueño, un sueño que quizás nunca recordase, cuando el fantasma del pasado me ha sacudido para devolverme de inmediato al estado de vigilia. El fantasma no era otro que una calle, una calle borrosa, como de atrezzo, de una ciudad real en la que vivía no hace mucho tiempo. Yo voy por esa calle... curiosamente, camino de casa; nunca saliendo de ella. En esta ciudad llevaba una existencia parecida a la que llevo ahora, aunque decididamente distinta, sobre todo en relación con el futuro. Lo que está en juego, l'enjeu, es siempre esa concomitancia que mantenemos con nuestro futuro. Un elemento arquitectónico, la perspectiva de una zona frondosa de árboles, el descanso vacío que procura a la vista el socavón de una gran plaza en el horizonte...
He achacado la aparición de ese fantasma a las reflexiones que leo en el libro Cinco caras de la modernidad, de Metei Calinescu, a propósito del concepto "moderno" y su vínculo con el tiempo lineal e irrepetible del Cristianismo. En el libro de Matei no paran de mal traducir el adjetivo inglés inconsistent por inconsistente, en lugar de por incoherente. A veces, la existencia de uno resulta absolutamente coherente (un relato bien hilado con retrato familiar de fondo) pero otras, su inconsistencia, producto de esa extraña intersección espacio-temporal que es un cuerpo y una vida, no deja de sorprenderme, deslizándome hacia lo que podría derivar en una ansiedad: un estado de vigilia permanente.
Mi memoria, muy selectiva y geográficamente diversa, borra de manera impía grandes lienzos de vida pasada. A veces me devuelve imágenes de una intimidad que, por envejecidas, o peor aún, por muertas, me resultan profundamente ajenas. Tiempos irrepetibles por los que no volveré a transitar jamás.
Sólo lo que todavía no ha pasado no envejece nunca.
lunes, septiembre 20, 2010
viernes, julio 30, 2010
Retorcidamente gay
En realidad se trata de un título comercial. Que también podría haber sido Criptogay, Homoblicuo, etc. Es difícil resumir en una o dos palabras rotundas el concepto que me gustaría desarrollar en este apunte. Como lo ejemplificaré con películas, haré una primera referencia a una de las más fascinantes obras del cinematógrafo: Vértigo (Hitchcock, 1958). En esta película hay una escena, posterior a las secuencias en que Scottie persigue a la falsa Madeleine, posterior también al momento en que la salva de su propio y fingido suicidio, en que la falsa Madeleine, ya en el coche con Scottie, en pleno proceso de embaucamiento, le pide a aquel que pare junto al borde de un bosque de secuoyas. Madeleine lleva un hermoso abrigo blanco y las luces y sombras que proyectan las ramas de las enormes coníferas crean una atmósfera de ensoñación. Mientras se adentran en la espesura, ella le dice a él que detesta las secuoyas (árboles longevos donde los haya) porque le recuerdan "que habrá de morir". Acto seguido se acercan a un gran tronco cortado (colocado en vertical bajo una pequeña marquesina de leña) donde unos letreros señalan, sobre cada anillo concéntrico de crecimiento, fechas ligadas a acontecimientos históricos "importantes" (como el descubrimiento de América) ocurridos desde el nacimiento del árbol en el año 909 d.C. En un acto de encantamiento sin igual, la falsa Madeleine acerca lánguidamente su mano enguantada a uno de los extremos del tocón y acaricia consecutivamente con los dedos corazón e índice dos puntos: "aquí nací y aquí morí... sólo existe un momento para uno". Qué extraño resulta conjugar el verbo "morir" en primera persona del pretérito indefinido. De tan extraño, tienes la sensación de que lo estás haciendo mal. Pues bien, la historia de cierta identidad, de cierta cultura, de cierta sensibilidad "gay", retorcida y altamente codificada, parece también haber fenecido, atrapada entre dos puntos difuminados del tronco abatido de la historia pretérita.
Fue Foucault el que situó el nacimiento de la identidad homosexual moderna en algún punto de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando la obsesión epistemológica por la clasificación y el nacimiento de la psiquiatría hicieron posible convertir lo que hasta entonces había sido un acto pecaminoso (la sodomía, el vicio nefando) en un prototipo humano (una "especie", por seguir la nomenclatura propia de las ciencias naturales, tan en boga entonces) claramente reconocible. La nueva identidad, construida en negativo y patrimonio inicial de médicos y psiquiatras, pasó pronto a convertirse en discurso de legitimazión de las víctimas, dando lugar a unos códigos, a una "cultura". El proceso judicial sufrido por Oscar Wilde en Inglaterra a finales del XIX, punto de inflexión capital para el desarrollo de esta nueva cultura, puso de manifiesto (periódicos mediante) las tensas y complejas relaciones que en el pensamiento occidental iría a crear la definición de la hetero/homosexualidad en tanto que binomio excluyente. En todo el siglo pasado, hasta y durante la gran crisis del SIDA, momento en que la homofobia vivió uno de sus mayores picos históricos, la cultura gay (quedémonos con el último de los adjetivos dados a este nuevo tipo de subjetividad) produjo una serie de fenómenos culturales, enormemente reconocibles por los sujetos que se sentían partícipes de esa cultura, cuya codificación y descodificación (producto de la fractura con la sociedad heterosexista) constituían un lenguaje para "iniciados" cuya vigencia dudo que exista actualmente entre las nuevas generaciones. La identidad que en un principio, médicamente, psiquiátricamente, hacía referencia a una cuestión "puramente" sexual, al convertirse en discurso de réplica, se sirvió del gran cajón de sastre que es la sexualidad (por ser esta un punto donde se cruzan millones de variables que van más allá de lo genital) y extendió sus connotaciones por todos lados, dinamitando y desexualizando aquel primer conjunto de rasgos que se usaron como corte taxonómico de entrada. Resulta curioso que la "invisibilidad" que (desde el gran episodio homofóbico del SIDA) desean hoy día para sí muchos "homosexuales", unido a una fuerte tendencia al biologicismo, la genética y lo no cultural, haya hecho que las fronteras de lo gay se encojan, volviendo a hacer que la cuestión "gay" sea explícitamente sexual. Esto es, cuestión de "cama", de con qué sexo/género te acuestas, poco más.
Cuando vivía en Madrid, F., F. y yo nos planteamos el tema y, quizás en un exceso de melancolía, de sentimiento "prima della revoluzione" (en tanto que habitantes de un antiguo régimen ya derrocado), o simplemente por petardeo sin mucho fundamento, decidimos que debíamos dejar constancia, a las futuras generaciones, de esa cultura, no explícita, sino retorcida, cuyos códigos entendíamos (quizás en menor medida que nuestros abuelos gays) y que, de alguna forma, había maleado nuestros humores y sensibilidades. El proyecto nunca se llevó a cabo. Yo me vine de Madrid y me encerré en esta cartuja, en este holocausto hetero. Cuando me he encontrado con jóvenes gays, he observado que una gran barrera cultural nos separa. Pretensión de invisibilidad (a veces no se consigue) vs pretensión de visibilidad. Despolitización vs politización. Igualdad vs diferencia. Es un tema complejo e interminable. Se me puede decir que ahora está lady Gaga y que con ella ha vuelto la "pluma", que nada ha cambiado tanto, que estoy mayor, que siempre hay un eterno retorno... no lo sé... todo es posible. No pretendo decir que no haya habido una cultura descaradamente gay. Por suerte la ha habido. En especial de los años setenta a esta parte. Pero esa complicidad, ese guiño, esa codificación entre emisor y receptor que incluso ha producido lecturas tendenciosas y unidireccionalmente torcidas de determinados personajes (léase Epi y Blas, Batman y Robin), esa válvula de escape a la dictadura (hoy dictablanda) de la heteronormatividad, es un fenómeno cultural enormemente interesante... y muy, muy divertido.
Aquí va mi lista de las diez películas que, como restos arqueológicos de una civilización extinguida, considero claros ejemplos de aquel siglo XX tan retorcidamente gay. No están todas las que son, pero sí son todas las que están. En estricto orden cronológico:
1. La soga (Hitchcock, 1948): una pareja de estudiantes refinados, solteros y con ínfulas de superhombres deciden demostrar a su profesor de criminología (James Stewart) que existe el crimen perfecto. Para ello asesinan a un compañero que consideran mediocre (léase hetero; está felizmente comprometido con una chica tan vulgar como él) y dan una fiesta en la casa de uno de ellos (¿o es la de los dos?) metiendo al muerto dentro de un arcón que utilizan a modo de mesa. El crimen como vínculo libidinoso entre los dos chicos, así como todas las sensaciones de vergüenza, remordimiento e histeria por parte del más joven de ellos, y de denuedo, consolación y contención por parte del otro, tienen una clara lectura en clave "homo". Excepto los títulos de crédito, en los que la cámara se pasea por la "normalidad" observada en la calle desde la ventana del apartamento donde se desarrollará el resto de la película, todo lo demás es claustrofóbico como un armario (el arcón, el salón elegante donde transcurren las principales escenas, los visillos cerrados, el plano-secuencia interrumpido sobre una chaqueta por el final de cada rollo de película). En la escena inicial, el cigarrillo que se echa uno de ellos después de ayudar al otro a estrangular a la víctima es el clásico cigarrillo que uno se fuma después de un polvo salvaje. "Mancharse las manos de sangre" a dúo es una forma de compartir fluidos. Una obra maestra de la homofobia, y por esto mismo, por evidenciarla tanto, ejemplo supremo de lo retorcidamente gay. Ni que decir tiene que casi toda la filmografía de Hitchcock (desde la lésbica Rebeca hasta Los pájaros, pasando por Extraños en un tren, Marnie la ladrona o Psicosis) se presta a este tipo de lecturas.
2. Té y simpatía (Minelli, 1956): un hombre adulto y felizmente casado vuelve al colegio donde estudió de pequeño con motivo del décimo aniversario de su promoción. Allí empieza a recordar las burlas de las que fue víctima por parte de sus otros compañeros y de algunos profesores. El motivo: su afeminamiento. Aunque todos dudan de su condición masculina y por ende de su sexualidad ("sister boy" es su mote), él se sabe heterosexual y está enamorado en secreto de la mujer del director del centro, la única que lo comprende, ya que su difunto y anterior marido le recuerda mucho a él. El hecho de que posiblemente la moral de la época impidiese que el personaje protagonista fuese homosexual, que es la implicación más extendida e inmediata del afeminamiento, hacen que la película, paradójicamente, sea un revulsivo enormemente moderno sobre la cuestión de por qué la heterosexualidad se construye obligatoriamente sobre modelos férreos y nada flexibles de masculinidad. Cuando lo vemos de adulto, observamos maravillados que su "pluma" ha desaparecido como por arte de magia, y que fue la mujer del director (homófobo) del centro, ahora separada de éste, la que corrigió su "pequeño defecto" haciéndole el amor casi al final del flashback al pasado. Extraña y futurista conclusión: si quieres que te vaya bien con las mujeres, parécete más a ellas, sé más igual. Una película retorcida sobre la paz de los sexos en tiempos de la Guerra Fría...
3. De repente, el último verano (Mankiewicz, 1959): uno de los mayores y más hermosos despropósitos de la historia del cine. F. lo comentaba en su blog, Champán y zumo de naranja: "Tennessee Williams y Gore Vidal se pusieron las botas de la homofobia con el guión". Sebastian (no podía ser otro el nombre) murió de repente, de manera trágica, el pasado verano. Su madre (Katherine Hepburn) no para de recordarlo como el gran hijo que fue, mientras su prima (Liz Taylor), que estaba junto a él la tarde de su dramática muerte, está encerrada en un hospital psiquiátrico como consecuencia de no haber podido superar aquel "suceso". Siguiendo las pesquisas del doctor Cukrowicz (Monty Clift), descubrimos, ya al final, que a Sebastian lo que le gustaba, utilizando como cebo femenino primero a su madre y luego a su prima, era practicar turismo sexual en países subdesarrollados, llenos de hombres jóvenes, bellos y hambrientos, dispuestos a cualquier cosa a cambio de unos dólares para comer. Evidentemente, todo esto está expuesto de una forma enrevesada, soterrada, oblicua. El surrealismo llega a niveles de paroxismo inusitado en la última escena, que es donde se recrea la tarde de los hechos. Bajo un sol de justicia, una banda de jóvenes (heterosexuales) hambrientos persiguen por una colina a Sebastian hasta abatirlo y lo descuartizan hasta, literalmente, devorarlo. ¿Se puede superar este dislate? En efecto, otro buen título podría ser: "De repente, todas estaban locas".
4. Mujeres enamoradas (Ken Russel, 1969): basada en la novela de D. H. Lawrence y referencia básica sobre la cuestión, tan bien desarrollada por Sedgwick en su libro Between men: English Literature and Male Homosocial Desire, de las tensiones sobre las que se construyen los vínculos homosociales (y no homosexuales) entre hombres de una sociedad profundamente homofóbica. La historia se centra en las relaciones de dos hermanas con dos hombres, que son amigos, y que establecen con ellas (al ser hermanas y actuar como un único blanco de deseo escindido en dos mitades) el típico triángulo erótico. Dada la asimetría de género de nuestra sociedad, entre los rivales hombres de tales triángulos el vínculo resulta al final mucho más fuerte, mucho más determinante en las acciones y las elecciones, que cualquier otro vínculo entre la chica que está en juego y aquellos que se la están rifando. Porque más que las cualidades del objeto de deseo, las cualidades que se estudian, sobre todo, son las del rival. Al hacer una mayor elección del rival jugador que del propio objeto en juego, nuestro deseo en fuga se "posa" sobre el objeto porque éste refleja, de una forma oblicua, al sujeto realmente deseado sobre el que existe el tabú de posarse directamente. La escena de la lucha ("reglada") entre los dos rivales completamente desnudos y sudorosos frente a la chimenea es una de las más homoeróticas de la historia del cine.
5. Confidencias (Visconti, 1974): quizás el cine de Visconti sea más descarada que retorcidamente gay. De todas formas, su exquisitez, sus referencias a una alta cultura europea en profundo declive, etc. lo convierten en un director altamente codificado, cuyos planteamientos pueden no estar en sintonía con las nuevas generaciones... por la falta de conocimientos y asideros de estos últimos. Ahí están La muerte en Venecia, La caída de los dioses, y tantas otras. He elegido ésta (Gruppo di famiglia in un interno) porque me encanta el personaje de Helmut Berger y, en especial, el de Burt Lancaster, ese homosexual refinado, culto, desencantado y melancólico, como de otra época. En mi opinión, uno de los mejores ejemplos de interpretación por parte de un actor hetero a la hora de abordar un personaje gay.
6. Jesús de Nazareth (Zefirelli, 1977): el "escándalo" de una figura como la de Jesucristo en una economía homofóbica del pensamiento y de la mirada resulta - paradójicamente - evidente. La elección de la soltería como estilo de vida, su pertenencia como líder a un grupo de hombres jóvenes (sus discípulos), su defensa de las putas (María Magdalena, Anne Bancroft en la serie), de los enfermos y de los débiles e improductivos, del amor universal que no distingue entre géneros (el vetado tema del sentimentalismo, de la "bisocialidad") su sacrificio, su entrega, su pasión (léase pasividad), más allá de sus ademanes y sus ropas, hacen del Jesucristo que se pasea por el Nuevo Testamento un "amigo" de la causa gay. El esteticismo propio de Zefirelli acentúa estas características. Como dice de nuevo Sedgwick en su Epistemología del armario: "las imágenes de Jesús (...) ocupan un lugar único en la cultura moderna como imágenes del cuerpo masculino desnudo o desnudable, a menudo in extremis y/o en éxtasis, que debe ser contemplado y adorado de forma preceptiva". Extraño lapsus éste, extraña vía de escape de una religión abrahámica profundamente masculinista, heterosexista y homofóbica.
7. Ricas y famosas (Cukor, 1981): la vida y la relación de dos amigas escritoras desde que se conocen en el college hasta esa noche de navidad en que, solas en mitad de una cabaña en el bosque, la una le pide a la otra, dejándole claro que no se ha hecho lesbiana: "eres el único trozo de carne que hay en metros a la redonda... en navidad la gente se besa. Bésame". Un brindis a la amistad por encima de la familia. Por eso y por sus maravillosos diálogos (el camp vibra de manera especial en todo lo relacionado con la amiga que interpreta Candice Bergen, que sería el trasunto del "gay" conservador frente al "gay" moderno y liberal que representa Jacqueline Bisset), Ricas y famosas merece ocupar un lugar de honor en toda filmografía de lo criptogay.
8. La flor de mi secreto (Almodóvar, 1995): posiblemente, junto con La ley del deseo, la película más personal de Almodóvar. Si La ley del deseo es su obra fundamental de lo descaradamente gay, La flor de mi secreto es su equivalente en el ámbito de lo homoblicuo. "Personnage à clef", travestido, del propio Almodóvar, Leo Macías (Marisa Paredes) es una conocida escritora de novela rosa que se refugia de su propio éxito bajo el seudónimo de Amanda Gris. La debacle sentimental que viene padeciendo a raíz de la agónica situación con su marido hacen que todo lo que intenta escribir, en lugar de rosa, le salga "negro". La extrañeza y el amor que siente ante su propia familia de baja extracción sociocultural (memorables Chus Lampreave y Rossy de Palma) y la vuelta al pueblo y al mundo familiar de la madre tras un intento de suicidio al constatar que "no existe ninguna posibilidad, por pequeña que sea, de salvar lo suyo con su marido" es todo un lugar común de las relaciones hijo varón gay con su madre.
9. Showgirls (Verhoeven, 1995): un ejercicio desmesurado y camp (jamás sabré hasta qué punto consciente) de deconstrucción de muchos de los tópicos sobre la heterosexualidad, la feminidad, la maldad femenina (la estela de Eva) y el lesbianismo versión Playboy. El "hombre hetero común" que entre en esta película con la intención de pasárselo bomba viendo tetas puede salir huyendo de ella cual gato escaldado del agua fría. El paroxismo al que son llevados todos los suplementos que culturalmente han marcado la feminidad (merece una mención especial el grandioso y minúsculo discurso sobre las uñas y la manicura) hacen de ella una obra de referencia del género como travestismo cultural y del peluquismo como teoría performativa general.
10. Gattaca (Andrew Niccol, 1997): podría haber escogido cualquier otra película que sirviese como metáfora a la identidad esquizoide del "armario", esto es, fingir que eres alguien que no eres en realidad con el fin de integrarte socialmente. Sin embargo, esta película de estética retrofuturista, uno de cuyos temas es la superación cultural del determinismo "natural" (genético, en este caso) es un ejemplo fantástico de cómo, sin hablar directamente de la cuestión gay, ésta puede rezumar por todos lados. El protagonista es un guapísimo Ethan Hawk que, genéticamente desautorizado para lograr su sueño (formar parte de una importante misión espacial) realiza un pacto con el también atractivo Jude Law, éste sí genéticamente apto y al que la vida ha dejado inútil en una silla de ruedas, para que, a cambio de compañía y asistencia, lo ayude en su gran impostura para obtener aquello que, desde su nacimiento, le ha sido vetado. Esto conlleva que ambos compartan un lujoso y masculino loft que parece salido de las páginas de L'Uomo Vogue. La aparición del hermano detective del protagonista al saltar la sospecha, metáfora de la vigilancia social ejercida por la familia, es otra lectura criptogay en una película llena de retorcidos significados.
Fue Foucault el que situó el nacimiento de la identidad homosexual moderna en algún punto de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando la obsesión epistemológica por la clasificación y el nacimiento de la psiquiatría hicieron posible convertir lo que hasta entonces había sido un acto pecaminoso (la sodomía, el vicio nefando) en un prototipo humano (una "especie", por seguir la nomenclatura propia de las ciencias naturales, tan en boga entonces) claramente reconocible. La nueva identidad, construida en negativo y patrimonio inicial de médicos y psiquiatras, pasó pronto a convertirse en discurso de legitimazión de las víctimas, dando lugar a unos códigos, a una "cultura". El proceso judicial sufrido por Oscar Wilde en Inglaterra a finales del XIX, punto de inflexión capital para el desarrollo de esta nueva cultura, puso de manifiesto (periódicos mediante) las tensas y complejas relaciones que en el pensamiento occidental iría a crear la definición de la hetero/homosexualidad en tanto que binomio excluyente. En todo el siglo pasado, hasta y durante la gran crisis del SIDA, momento en que la homofobia vivió uno de sus mayores picos históricos, la cultura gay (quedémonos con el último de los adjetivos dados a este nuevo tipo de subjetividad) produjo una serie de fenómenos culturales, enormemente reconocibles por los sujetos que se sentían partícipes de esa cultura, cuya codificación y descodificación (producto de la fractura con la sociedad heterosexista) constituían un lenguaje para "iniciados" cuya vigencia dudo que exista actualmente entre las nuevas generaciones. La identidad que en un principio, médicamente, psiquiátricamente, hacía referencia a una cuestión "puramente" sexual, al convertirse en discurso de réplica, se sirvió del gran cajón de sastre que es la sexualidad (por ser esta un punto donde se cruzan millones de variables que van más allá de lo genital) y extendió sus connotaciones por todos lados, dinamitando y desexualizando aquel primer conjunto de rasgos que se usaron como corte taxonómico de entrada. Resulta curioso que la "invisibilidad" que (desde el gran episodio homofóbico del SIDA) desean hoy día para sí muchos "homosexuales", unido a una fuerte tendencia al biologicismo, la genética y lo no cultural, haya hecho que las fronteras de lo gay se encojan, volviendo a hacer que la cuestión "gay" sea explícitamente sexual. Esto es, cuestión de "cama", de con qué sexo/género te acuestas, poco más.
Cuando vivía en Madrid, F., F. y yo nos planteamos el tema y, quizás en un exceso de melancolía, de sentimiento "prima della revoluzione" (en tanto que habitantes de un antiguo régimen ya derrocado), o simplemente por petardeo sin mucho fundamento, decidimos que debíamos dejar constancia, a las futuras generaciones, de esa cultura, no explícita, sino retorcida, cuyos códigos entendíamos (quizás en menor medida que nuestros abuelos gays) y que, de alguna forma, había maleado nuestros humores y sensibilidades. El proyecto nunca se llevó a cabo. Yo me vine de Madrid y me encerré en esta cartuja, en este holocausto hetero. Cuando me he encontrado con jóvenes gays, he observado que una gran barrera cultural nos separa. Pretensión de invisibilidad (a veces no se consigue) vs pretensión de visibilidad. Despolitización vs politización. Igualdad vs diferencia. Es un tema complejo e interminable. Se me puede decir que ahora está lady Gaga y que con ella ha vuelto la "pluma", que nada ha cambiado tanto, que estoy mayor, que siempre hay un eterno retorno... no lo sé... todo es posible. No pretendo decir que no haya habido una cultura descaradamente gay. Por suerte la ha habido. En especial de los años setenta a esta parte. Pero esa complicidad, ese guiño, esa codificación entre emisor y receptor que incluso ha producido lecturas tendenciosas y unidireccionalmente torcidas de determinados personajes (léase Epi y Blas, Batman y Robin), esa válvula de escape a la dictadura (hoy dictablanda) de la heteronormatividad, es un fenómeno cultural enormemente interesante... y muy, muy divertido.
Aquí va mi lista de las diez películas que, como restos arqueológicos de una civilización extinguida, considero claros ejemplos de aquel siglo XX tan retorcidamente gay. No están todas las que son, pero sí son todas las que están. En estricto orden cronológico:
1. La soga (Hitchcock, 1948): una pareja de estudiantes refinados, solteros y con ínfulas de superhombres deciden demostrar a su profesor de criminología (James Stewart) que existe el crimen perfecto. Para ello asesinan a un compañero que consideran mediocre (léase hetero; está felizmente comprometido con una chica tan vulgar como él) y dan una fiesta en la casa de uno de ellos (¿o es la de los dos?) metiendo al muerto dentro de un arcón que utilizan a modo de mesa. El crimen como vínculo libidinoso entre los dos chicos, así como todas las sensaciones de vergüenza, remordimiento e histeria por parte del más joven de ellos, y de denuedo, consolación y contención por parte del otro, tienen una clara lectura en clave "homo". Excepto los títulos de crédito, en los que la cámara se pasea por la "normalidad" observada en la calle desde la ventana del apartamento donde se desarrollará el resto de la película, todo lo demás es claustrofóbico como un armario (el arcón, el salón elegante donde transcurren las principales escenas, los visillos cerrados, el plano-secuencia interrumpido sobre una chaqueta por el final de cada rollo de película). En la escena inicial, el cigarrillo que se echa uno de ellos después de ayudar al otro a estrangular a la víctima es el clásico cigarrillo que uno se fuma después de un polvo salvaje. "Mancharse las manos de sangre" a dúo es una forma de compartir fluidos. Una obra maestra de la homofobia, y por esto mismo, por evidenciarla tanto, ejemplo supremo de lo retorcidamente gay. Ni que decir tiene que casi toda la filmografía de Hitchcock (desde la lésbica Rebeca hasta Los pájaros, pasando por Extraños en un tren, Marnie la ladrona o Psicosis) se presta a este tipo de lecturas.
2. Té y simpatía (Minelli, 1956): un hombre adulto y felizmente casado vuelve al colegio donde estudió de pequeño con motivo del décimo aniversario de su promoción. Allí empieza a recordar las burlas de las que fue víctima por parte de sus otros compañeros y de algunos profesores. El motivo: su afeminamiento. Aunque todos dudan de su condición masculina y por ende de su sexualidad ("sister boy" es su mote), él se sabe heterosexual y está enamorado en secreto de la mujer del director del centro, la única que lo comprende, ya que su difunto y anterior marido le recuerda mucho a él. El hecho de que posiblemente la moral de la época impidiese que el personaje protagonista fuese homosexual, que es la implicación más extendida e inmediata del afeminamiento, hacen que la película, paradójicamente, sea un revulsivo enormemente moderno sobre la cuestión de por qué la heterosexualidad se construye obligatoriamente sobre modelos férreos y nada flexibles de masculinidad. Cuando lo vemos de adulto, observamos maravillados que su "pluma" ha desaparecido como por arte de magia, y que fue la mujer del director (homófobo) del centro, ahora separada de éste, la que corrigió su "pequeño defecto" haciéndole el amor casi al final del flashback al pasado. Extraña y futurista conclusión: si quieres que te vaya bien con las mujeres, parécete más a ellas, sé más igual. Una película retorcida sobre la paz de los sexos en tiempos de la Guerra Fría...
3. De repente, el último verano (Mankiewicz, 1959): uno de los mayores y más hermosos despropósitos de la historia del cine. F. lo comentaba en su blog, Champán y zumo de naranja: "Tennessee Williams y Gore Vidal se pusieron las botas de la homofobia con el guión". Sebastian (no podía ser otro el nombre) murió de repente, de manera trágica, el pasado verano. Su madre (Katherine Hepburn) no para de recordarlo como el gran hijo que fue, mientras su prima (Liz Taylor), que estaba junto a él la tarde de su dramática muerte, está encerrada en un hospital psiquiátrico como consecuencia de no haber podido superar aquel "suceso". Siguiendo las pesquisas del doctor Cukrowicz (Monty Clift), descubrimos, ya al final, que a Sebastian lo que le gustaba, utilizando como cebo femenino primero a su madre y luego a su prima, era practicar turismo sexual en países subdesarrollados, llenos de hombres jóvenes, bellos y hambrientos, dispuestos a cualquier cosa a cambio de unos dólares para comer. Evidentemente, todo esto está expuesto de una forma enrevesada, soterrada, oblicua. El surrealismo llega a niveles de paroxismo inusitado en la última escena, que es donde se recrea la tarde de los hechos. Bajo un sol de justicia, una banda de jóvenes (heterosexuales) hambrientos persiguen por una colina a Sebastian hasta abatirlo y lo descuartizan hasta, literalmente, devorarlo. ¿Se puede superar este dislate? En efecto, otro buen título podría ser: "De repente, todas estaban locas".
4. Mujeres enamoradas (Ken Russel, 1969): basada en la novela de D. H. Lawrence y referencia básica sobre la cuestión, tan bien desarrollada por Sedgwick en su libro Between men: English Literature and Male Homosocial Desire, de las tensiones sobre las que se construyen los vínculos homosociales (y no homosexuales) entre hombres de una sociedad profundamente homofóbica. La historia se centra en las relaciones de dos hermanas con dos hombres, que son amigos, y que establecen con ellas (al ser hermanas y actuar como un único blanco de deseo escindido en dos mitades) el típico triángulo erótico. Dada la asimetría de género de nuestra sociedad, entre los rivales hombres de tales triángulos el vínculo resulta al final mucho más fuerte, mucho más determinante en las acciones y las elecciones, que cualquier otro vínculo entre la chica que está en juego y aquellos que se la están rifando. Porque más que las cualidades del objeto de deseo, las cualidades que se estudian, sobre todo, son las del rival. Al hacer una mayor elección del rival jugador que del propio objeto en juego, nuestro deseo en fuga se "posa" sobre el objeto porque éste refleja, de una forma oblicua, al sujeto realmente deseado sobre el que existe el tabú de posarse directamente. La escena de la lucha ("reglada") entre los dos rivales completamente desnudos y sudorosos frente a la chimenea es una de las más homoeróticas de la historia del cine.
5. Confidencias (Visconti, 1974): quizás el cine de Visconti sea más descarada que retorcidamente gay. De todas formas, su exquisitez, sus referencias a una alta cultura europea en profundo declive, etc. lo convierten en un director altamente codificado, cuyos planteamientos pueden no estar en sintonía con las nuevas generaciones... por la falta de conocimientos y asideros de estos últimos. Ahí están La muerte en Venecia, La caída de los dioses, y tantas otras. He elegido ésta (Gruppo di famiglia in un interno) porque me encanta el personaje de Helmut Berger y, en especial, el de Burt Lancaster, ese homosexual refinado, culto, desencantado y melancólico, como de otra época. En mi opinión, uno de los mejores ejemplos de interpretación por parte de un actor hetero a la hora de abordar un personaje gay.
6. Jesús de Nazareth (Zefirelli, 1977): el "escándalo" de una figura como la de Jesucristo en una economía homofóbica del pensamiento y de la mirada resulta - paradójicamente - evidente. La elección de la soltería como estilo de vida, su pertenencia como líder a un grupo de hombres jóvenes (sus discípulos), su defensa de las putas (María Magdalena, Anne Bancroft en la serie), de los enfermos y de los débiles e improductivos, del amor universal que no distingue entre géneros (el vetado tema del sentimentalismo, de la "bisocialidad") su sacrificio, su entrega, su pasión (léase pasividad), más allá de sus ademanes y sus ropas, hacen del Jesucristo que se pasea por el Nuevo Testamento un "amigo" de la causa gay. El esteticismo propio de Zefirelli acentúa estas características. Como dice de nuevo Sedgwick en su Epistemología del armario: "las imágenes de Jesús (...) ocupan un lugar único en la cultura moderna como imágenes del cuerpo masculino desnudo o desnudable, a menudo in extremis y/o en éxtasis, que debe ser contemplado y adorado de forma preceptiva". Extraño lapsus éste, extraña vía de escape de una religión abrahámica profundamente masculinista, heterosexista y homofóbica.
7. Ricas y famosas (Cukor, 1981): la vida y la relación de dos amigas escritoras desde que se conocen en el college hasta esa noche de navidad en que, solas en mitad de una cabaña en el bosque, la una le pide a la otra, dejándole claro que no se ha hecho lesbiana: "eres el único trozo de carne que hay en metros a la redonda... en navidad la gente se besa. Bésame". Un brindis a la amistad por encima de la familia. Por eso y por sus maravillosos diálogos (el camp vibra de manera especial en todo lo relacionado con la amiga que interpreta Candice Bergen, que sería el trasunto del "gay" conservador frente al "gay" moderno y liberal que representa Jacqueline Bisset), Ricas y famosas merece ocupar un lugar de honor en toda filmografía de lo criptogay.
8. La flor de mi secreto (Almodóvar, 1995): posiblemente, junto con La ley del deseo, la película más personal de Almodóvar. Si La ley del deseo es su obra fundamental de lo descaradamente gay, La flor de mi secreto es su equivalente en el ámbito de lo homoblicuo. "Personnage à clef", travestido, del propio Almodóvar, Leo Macías (Marisa Paredes) es una conocida escritora de novela rosa que se refugia de su propio éxito bajo el seudónimo de Amanda Gris. La debacle sentimental que viene padeciendo a raíz de la agónica situación con su marido hacen que todo lo que intenta escribir, en lugar de rosa, le salga "negro". La extrañeza y el amor que siente ante su propia familia de baja extracción sociocultural (memorables Chus Lampreave y Rossy de Palma) y la vuelta al pueblo y al mundo familiar de la madre tras un intento de suicidio al constatar que "no existe ninguna posibilidad, por pequeña que sea, de salvar lo suyo con su marido" es todo un lugar común de las relaciones hijo varón gay con su madre.
9. Showgirls (Verhoeven, 1995): un ejercicio desmesurado y camp (jamás sabré hasta qué punto consciente) de deconstrucción de muchos de los tópicos sobre la heterosexualidad, la feminidad, la maldad femenina (la estela de Eva) y el lesbianismo versión Playboy. El "hombre hetero común" que entre en esta película con la intención de pasárselo bomba viendo tetas puede salir huyendo de ella cual gato escaldado del agua fría. El paroxismo al que son llevados todos los suplementos que culturalmente han marcado la feminidad (merece una mención especial el grandioso y minúsculo discurso sobre las uñas y la manicura) hacen de ella una obra de referencia del género como travestismo cultural y del peluquismo como teoría performativa general.
10. Gattaca (Andrew Niccol, 1997): podría haber escogido cualquier otra película que sirviese como metáfora a la identidad esquizoide del "armario", esto es, fingir que eres alguien que no eres en realidad con el fin de integrarte socialmente. Sin embargo, esta película de estética retrofuturista, uno de cuyos temas es la superación cultural del determinismo "natural" (genético, en este caso) es un ejemplo fantástico de cómo, sin hablar directamente de la cuestión gay, ésta puede rezumar por todos lados. El protagonista es un guapísimo Ethan Hawk que, genéticamente desautorizado para lograr su sueño (formar parte de una importante misión espacial) realiza un pacto con el también atractivo Jude Law, éste sí genéticamente apto y al que la vida ha dejado inútil en una silla de ruedas, para que, a cambio de compañía y asistencia, lo ayude en su gran impostura para obtener aquello que, desde su nacimiento, le ha sido vetado. Esto conlleva que ambos compartan un lujoso y masculino loft que parece salido de las páginas de L'Uomo Vogue. La aparición del hermano detective del protagonista al saltar la sospecha, metáfora de la vigilancia social ejercida por la familia, es otra lectura criptogay en una película llena de retorcidos significados.
jueves, julio 22, 2010
De vigilancias y castigos; una clasificación para FCBK; de exposiciones, sobreexposiciones...
Las palabras y las cosas, M. Foucault, 1966. Una sacudida de libro. Un análisis sorprendente de los enormes giros que fue experimentando la episteme occidental desde el Renacimiento hasta el siglo XIX. En esta obra su método de rastreo -al que denominó "arqueología"- todavía no está muy desarrollado ni explicado, y se echa en falta cierta reflexión sobre algunos puntos de vital importancia en su trabajo posterior. Dígase la noción de saber/poder. Se trata de un libro difícil, por las referencias (a veces, excesivamente galocéntricas), y por ese lenguaje con licencias poéticas "secas", tan característico del postestructuralismo. Su lectura es, de algún modo, como meterse en una piscina en la que no tocas fondo: te faltan asideros, no puedes parar de moverte, te cansas... a cambio, las sensaciones de aventura, de reto, de gozo y libertad resultan brutales. Reconozco que he leído algunas de sus páginas como flotando boca arriba (por seguir con el símil de la piscina profunda), pero ha merecido la pena. Gracias P. por habérmelo recomendado cuando lo estabas leyendo en París. Como muestra un botón:
"El que la literatura de nuestros días esté fascinada por el ser del lenguaje esto no es ni el signo de un fin ni la prueba de una radicalización: es un fenómeno que enraiza su necesidad en una configuración muy vasta en la que se dibuja toda la nervadura de nuestro pensamiento y de nuestro saber. Pero si la cuestión de los lenguajes formales hace valer la posibilidad o imposibilidad de estructurar los contenidos positivos, una literatura consagrada al lenguaje hace valer, en su vivacidad empírica, a las formas fundamentales de la finitud. Desde el interior del lenguaje probado y recorrido como lenguaje, en el juego de sus posibilidades tensas hasta el extremo, lo que se anuncia es que el hombre está "terminado" y que, al llegar a la cima de toda palabra posible, no llega al corazón de sí mismo, sino al borde de lo que lo limita: en esta región en la que ronda la muerte, en la que el pensamiento se extingue, en la que la promesa del origen retrocede indefinidamente".
En esa obsesión por el discurso que caracterizaba el pensamiento postestructuralista (tan abandonada ahora por el "discurso" pretendidamente ahistórico y objetivo de lo biológico, de lo químico, y hasta de lo alquímico, en muchos casos), la idea de lo "impensable", de lo "indecible", me ha estado rondando al analizar mi forma de interactuar (y la forma de interactuar de otros) en ese invento del diablo (que tanto me gusta) llamado FaceBook.
Todos los vicios y virtudes personales se redimen diariamente en FCBK. Las distintas personalidades, por exceso u omisión, transpiran con claridad en los perfiles, en su mayoría, de manera inconsciente...
Evidentemente, no voy a hacer una taxonomía "científica". Me referiré, grosso modo, a algunas peculiaridades que he venido observando. Es posible que la siguiente clasificación, por su desorden y falta de jerarquía (y por su tono), se parezca más al bestiario chino de Borges que cita Foucault en la introducción de su libro que a otro cosa. Pero ahí va:
a) Superegos: gente que más allá de sus intereses profesionales de promoción, buscan promocionarse ellos mismos. Acumulan "amigos" en plan diógenes. No suelen ser muy cotillas. Con tanto "amigo", el radio de cotilleo se amplía hasta la imposibilidad. Ellos prefieren ser cotilleados. Quieren fama y notoriedad a toda costa, aunque ello acarree una absoluta falta de criterio.
b) Gente cuya foto de perfil son ellos con sus respectivas parejas, con sus hijos, o directamente sus parejas y sus hijos: es fácil. Se trata de gente que ha perdido la capacidad para verse a sí mismos como entes individuales. Claro síntoma de codependencia.
c) Gente cuya foto de perfil es, casi constantemente, algún emblema, símbolo, mito, celebrity, etc. que ellos creen relacionar con ellos mismos: o carecen de personalidad, o les sobra.
d) Gente cuya foto de perfil, por algún motivo social puntual, hace referencia a dicho motivo: caso de los que han puesto el beso de Iker con la novia, banderas de sus países, a Garzón. No comment.
e) Gente que en los estados escribe de sí misma en tercera persona. Como el nombre aparece junto al recuadro de estado, les entra el síndrome Aída Nízar. Puede que sea una cuestión puramente estilística, pero a mí me chirría.
f) Solitarios, autónomos, biomáquinas: se pasan todo el día en FCBK. Son adictos. Han convertido la herramienta en el escape a su aburrida vida laboral/social/sexual. En su hora de recreo virtual. En su paseo diario. Es un caso sumamente patético. Por supuesto, es un apartado que me va como anillo al dedo.
g) Vanidosos: utilizan el FCBK para ligar, para seducir. Se pasan el día desetiquetándose de fotos en que no se gustan. Cuidan meticulosamente sus apariciones.
h) Pesados: a estos no les basta con su muro. Como saben que los demás no los soportan, están continuamente etiquetando a lo bestia, en fotos, en notas, en paridas varias. Mandan correos múltiples. No paran de sugerirte páginas. Deberían echarlos.
i) Musicales: una canción dice más que mil palabras. Aunque a algunos no les basta con eso: quieren que te enteres de la letra, que está en chino mandarín.
j) Informativos: gracias a ellos, no hace falta que visites la sede digital de los periódicos del mundo. Suelen pecar de excesivamente partidistas, de excesivamente frikis o de excesivamente humorísticos. Pecata minuta.
k) Pornográficos: lo cuentan todo. Los hay descriptivos: te cuentan el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. Y analíticos: como si estuviesen en el diván del psicoanalista. Son pasto ideal para cotillas.
l) Cotillas: de este apartado no se libra nadie.
m) Fisgones, husmeadores, escrutadores: han convertido el cotilleo en compulsión insana. "La envidia les corroe, mi vida les agobia"...
n) Chistosos: utilizan el FCBK "sólo por diversión", creyéndose con eso que hacen un uso correcto de la herramienta. Suele ser gente profundamente tímida y frustrada, que esconde sus complejos sociales en hacer chistes, en su mayoría muy malos. Padecen un espantoso síndrome Club de la Comedia.
ñ) Nomelopierdos: dicen asistir a todos los eventos. Aunque del dicho al hecho, como dice La Veneno, va un buen trecho. Pretenden hacer creer a los demás que llevan una gran vida social, cuando todo el mundo sabe que se pasan el día con una mano en el ratón y la otra en sus respectivos genitales.
o) Tourettes: incontinentes verbales. Teclean lo que les sale de sus narices, sin reparar en el entorno (virtual, en este caso).
p) Exquisitos: con ellos aprendes. Todo lo que publican pasa el filtro de "lo sublime". Les encanta que los adules, aunque falta, lo que se dice falta, no les hace. Ellos están en otra dimensión. Así que su paso por FCBK es recibido como el maná. ¡Cuánta generosidad! Nunca responden a tus comentarios. Su exquisitez se convierte de inmediato en mala educación.
q) Polemistas: defienden hoy aquello de lo que aborrecerán mañana. Les encantan los muros ajenos.
r) Espontáneos: gente que no te conoce de nada y no paran de hacerte comentarios. Dándolo todo hasta la extenuación.
s) Mencantas: Antes de haber tú colgado el vídeo o la noticia, ya les gusta. Nunca hacen comentarios. Son como esos conocidos que, cuando te los encuentras de noche (nunca te los encuentras de día), se limitan a saludarte efusivamente (sonrisa de oreja a oreja) y el resto del tiempo no cruzan contigo ni una palabra.
z) Los que no tienen FCBK: viviendo en un país supuestamente desarrollado, sólo los excusa el que sean o muy viejos o muy jóvenes. El resto, no tienen perdón. Se puede pasar sin la tele, porque es pan y circo hecho por cínicos ricos o ignorantes petardas para pobres ingenuos y petardas ignorantes, respectivamente, pero ¿sin FCBK?
En fin, podríamos continuar ad infinitum... yo, por supuesto, encajo en casi todos los apartados, incluido el último, al menos en intención. Depende del día...
La lista me ha quedado poco seria pero certera. Como la propia herramienta. Un mundo fascinante de mezcla de egos, generosidad y vanidad, cafetería o patio de vecinas virtual (según el tono que se adopte), canal de información, portería, detective privado gratuito, descubre-cuernos, habitación de adolescente cuajada de mitos de fijación efímera y baluarte de la personalidad en estos tiempos líquidos que corren...
El otro día pensaba en cómo yo me presentaba en FCBK. El hecho de trabajar en casa, mi soledad, éste mi "devenir cyborg", mi propia personalidad, expansiva, hacen que lo utilice mucho. Imagino que muchos me habrán quitado de la sección de noticias, por pesado (no saben lo que se pierden). Yo también lo he hecho con muchos. Aplicando el mismo criterio que el resto, supongo: se han salvado de la "quema" mis amigos y la gente que me parece interesante y divertida. En cualquier caso pensaba en mis exhibiciones, en mi pornografía, en mis sentencias, en mis provocaciones, en mi incontinencia... derrocho tanto que para mucha gente me quedo vacío y carezco de misterio: a la hora de ligar eso me ha salido normalmente caro. El misterio cotiza a la alza... aunque cuidado: hay mucha esfinge sin secreto, como en el cuento de Wilde. Se puede hacer una lectura cínica y pensar que realmente, en este mundo autista y de consumo rápido y desinteresado, buscamos eso ex profeso: esfinges sin secreto, cuerpos pornográficos con los que interactuar de la manera más higiénica posible, de la más previsible, sin demasiada fricción personal. Todo parece hoy apriorístico, a la carta: también (o sobre todo) en FCBK, donde puedes ocultar y mostrar a tu antojo, con un par de "clics", donde gente que hacía veinte años que no veías pierde el interés (un interés que a veces es puramente nostálgico o sentimental) inmediatamente, nada más "recuperarla", donde estás tan "al tanto" de tantas cosas que hasta con los más cercanos abandonas la sana costumbre de la cita semanal física (la cita para "ponerse al día"), donde las noticias más íntimas no se dan de frente sino por "mensaje privado". Hasta cierto punto, nos pasamos el día pulsando botones y eligiendo: desde los enlaces del período en línea que nos "interesan" hasta el inútil zapping nocturno en busca de algo que nos seduzca en la tele. Ese gesto tonto y compulsivo, de alguna forma, nos empieza a constituir una mirada y una posición francamente peligrosas. Como si llevásemos un mando a distancia o un ratón continuamente en la mano, nos vuelve impacientes, pésimos observadores, incapaces ante el segundo plano y torpes para el contexto, caprichosos, irritables, ansiosos, excesivamente prejuiciosos y un poco intolerantes...
Luego he pensado de nuevo en ese otro título de Foucault tan atinado, en la combinación de palabras que lo forman, en su orden sintáctico, en la propia coordinada: Vigilar y castigar. ¿A qué se debe mi exceso de presentación? ¿a qué mi vaciado de misterio, mi sobreexposición, mi verborrea alcohólica? ¿a qué mi obsesión por hablarlo todo, hasta lo indecible? ¿es una forma de rebeldía frente al autocontrol aprendido tras años de sentirme socialmente vigilado y castigado? ¿estoy exagerando este punto, yo que en realidad he tenido una infancia feliz y una familia estupenda? ¿no es cierto que sentías las correas de determinados corsés? ¿hasta qué punto uno se acostumbra a esa piel estrujada? ¿quedan marcas? ¿en qué otros aspectos de mi vida ha derivado ese autocontrol? ¿sigue en mí la crisálida de aquel niño "sexualmente", "políticamente" vigilado? ¿es el vaciado de misterio el reto, muchas veces inconsciente, que se propone el que fue tímido, el que fue intimidado? ¿hasta que punto existe un gozo libidinoso en decir lo "indecible", en pensar lo "impensable", en transgredir el lenguaje de la heteronormatividad, ese que todo lo recorre hasta el punto de sexualizarlo todo, desexualizándolo a la vez, ese que coerce, ese bajo cuya vigilancia ahora tú te vigilas?
El misterio sin fin de tratar de anudarse a las cosas, de desnudarse uno mismo a través de las palabras.
"El que la literatura de nuestros días esté fascinada por el ser del lenguaje esto no es ni el signo de un fin ni la prueba de una radicalización: es un fenómeno que enraiza su necesidad en una configuración muy vasta en la que se dibuja toda la nervadura de nuestro pensamiento y de nuestro saber. Pero si la cuestión de los lenguajes formales hace valer la posibilidad o imposibilidad de estructurar los contenidos positivos, una literatura consagrada al lenguaje hace valer, en su vivacidad empírica, a las formas fundamentales de la finitud. Desde el interior del lenguaje probado y recorrido como lenguaje, en el juego de sus posibilidades tensas hasta el extremo, lo que se anuncia es que el hombre está "terminado" y que, al llegar a la cima de toda palabra posible, no llega al corazón de sí mismo, sino al borde de lo que lo limita: en esta región en la que ronda la muerte, en la que el pensamiento se extingue, en la que la promesa del origen retrocede indefinidamente".
En esa obsesión por el discurso que caracterizaba el pensamiento postestructuralista (tan abandonada ahora por el "discurso" pretendidamente ahistórico y objetivo de lo biológico, de lo químico, y hasta de lo alquímico, en muchos casos), la idea de lo "impensable", de lo "indecible", me ha estado rondando al analizar mi forma de interactuar (y la forma de interactuar de otros) en ese invento del diablo (que tanto me gusta) llamado FaceBook.
Todos los vicios y virtudes personales se redimen diariamente en FCBK. Las distintas personalidades, por exceso u omisión, transpiran con claridad en los perfiles, en su mayoría, de manera inconsciente...
Evidentemente, no voy a hacer una taxonomía "científica". Me referiré, grosso modo, a algunas peculiaridades que he venido observando. Es posible que la siguiente clasificación, por su desorden y falta de jerarquía (y por su tono), se parezca más al bestiario chino de Borges que cita Foucault en la introducción de su libro que a otro cosa. Pero ahí va:
a) Superegos: gente que más allá de sus intereses profesionales de promoción, buscan promocionarse ellos mismos. Acumulan "amigos" en plan diógenes. No suelen ser muy cotillas. Con tanto "amigo", el radio de cotilleo se amplía hasta la imposibilidad. Ellos prefieren ser cotilleados. Quieren fama y notoriedad a toda costa, aunque ello acarree una absoluta falta de criterio.
b) Gente cuya foto de perfil son ellos con sus respectivas parejas, con sus hijos, o directamente sus parejas y sus hijos: es fácil. Se trata de gente que ha perdido la capacidad para verse a sí mismos como entes individuales. Claro síntoma de codependencia.
c) Gente cuya foto de perfil es, casi constantemente, algún emblema, símbolo, mito, celebrity, etc. que ellos creen relacionar con ellos mismos: o carecen de personalidad, o les sobra.
d) Gente cuya foto de perfil, por algún motivo social puntual, hace referencia a dicho motivo: caso de los que han puesto el beso de Iker con la novia, banderas de sus países, a Garzón. No comment.
e) Gente que en los estados escribe de sí misma en tercera persona. Como el nombre aparece junto al recuadro de estado, les entra el síndrome Aída Nízar. Puede que sea una cuestión puramente estilística, pero a mí me chirría.
f) Solitarios, autónomos, biomáquinas: se pasan todo el día en FCBK. Son adictos. Han convertido la herramienta en el escape a su aburrida vida laboral/social/sexual. En su hora de recreo virtual. En su paseo diario. Es un caso sumamente patético. Por supuesto, es un apartado que me va como anillo al dedo.
g) Vanidosos: utilizan el FCBK para ligar, para seducir. Se pasan el día desetiquetándose de fotos en que no se gustan. Cuidan meticulosamente sus apariciones.
h) Pesados: a estos no les basta con su muro. Como saben que los demás no los soportan, están continuamente etiquetando a lo bestia, en fotos, en notas, en paridas varias. Mandan correos múltiples. No paran de sugerirte páginas. Deberían echarlos.
i) Musicales: una canción dice más que mil palabras. Aunque a algunos no les basta con eso: quieren que te enteres de la letra, que está en chino mandarín.
j) Informativos: gracias a ellos, no hace falta que visites la sede digital de los periódicos del mundo. Suelen pecar de excesivamente partidistas, de excesivamente frikis o de excesivamente humorísticos. Pecata minuta.
k) Pornográficos: lo cuentan todo. Los hay descriptivos: te cuentan el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. Y analíticos: como si estuviesen en el diván del psicoanalista. Son pasto ideal para cotillas.
l) Cotillas: de este apartado no se libra nadie.
m) Fisgones, husmeadores, escrutadores: han convertido el cotilleo en compulsión insana. "La envidia les corroe, mi vida les agobia"...
n) Chistosos: utilizan el FCBK "sólo por diversión", creyéndose con eso que hacen un uso correcto de la herramienta. Suele ser gente profundamente tímida y frustrada, que esconde sus complejos sociales en hacer chistes, en su mayoría muy malos. Padecen un espantoso síndrome Club de la Comedia.
ñ) Nomelopierdos: dicen asistir a todos los eventos. Aunque del dicho al hecho, como dice La Veneno, va un buen trecho. Pretenden hacer creer a los demás que llevan una gran vida social, cuando todo el mundo sabe que se pasan el día con una mano en el ratón y la otra en sus respectivos genitales.
o) Tourettes: incontinentes verbales. Teclean lo que les sale de sus narices, sin reparar en el entorno (virtual, en este caso).
p) Exquisitos: con ellos aprendes. Todo lo que publican pasa el filtro de "lo sublime". Les encanta que los adules, aunque falta, lo que se dice falta, no les hace. Ellos están en otra dimensión. Así que su paso por FCBK es recibido como el maná. ¡Cuánta generosidad! Nunca responden a tus comentarios. Su exquisitez se convierte de inmediato en mala educación.
q) Polemistas: defienden hoy aquello de lo que aborrecerán mañana. Les encantan los muros ajenos.
r) Espontáneos: gente que no te conoce de nada y no paran de hacerte comentarios. Dándolo todo hasta la extenuación.
s) Mencantas: Antes de haber tú colgado el vídeo o la noticia, ya les gusta. Nunca hacen comentarios. Son como esos conocidos que, cuando te los encuentras de noche (nunca te los encuentras de día), se limitan a saludarte efusivamente (sonrisa de oreja a oreja) y el resto del tiempo no cruzan contigo ni una palabra.
z) Los que no tienen FCBK: viviendo en un país supuestamente desarrollado, sólo los excusa el que sean o muy viejos o muy jóvenes. El resto, no tienen perdón. Se puede pasar sin la tele, porque es pan y circo hecho por cínicos ricos o ignorantes petardas para pobres ingenuos y petardas ignorantes, respectivamente, pero ¿sin FCBK?
En fin, podríamos continuar ad infinitum... yo, por supuesto, encajo en casi todos los apartados, incluido el último, al menos en intención. Depende del día...
La lista me ha quedado poco seria pero certera. Como la propia herramienta. Un mundo fascinante de mezcla de egos, generosidad y vanidad, cafetería o patio de vecinas virtual (según el tono que se adopte), canal de información, portería, detective privado gratuito, descubre-cuernos, habitación de adolescente cuajada de mitos de fijación efímera y baluarte de la personalidad en estos tiempos líquidos que corren...
El otro día pensaba en cómo yo me presentaba en FCBK. El hecho de trabajar en casa, mi soledad, éste mi "devenir cyborg", mi propia personalidad, expansiva, hacen que lo utilice mucho. Imagino que muchos me habrán quitado de la sección de noticias, por pesado (no saben lo que se pierden). Yo también lo he hecho con muchos. Aplicando el mismo criterio que el resto, supongo: se han salvado de la "quema" mis amigos y la gente que me parece interesante y divertida. En cualquier caso pensaba en mis exhibiciones, en mi pornografía, en mis sentencias, en mis provocaciones, en mi incontinencia... derrocho tanto que para mucha gente me quedo vacío y carezco de misterio: a la hora de ligar eso me ha salido normalmente caro. El misterio cotiza a la alza... aunque cuidado: hay mucha esfinge sin secreto, como en el cuento de Wilde. Se puede hacer una lectura cínica y pensar que realmente, en este mundo autista y de consumo rápido y desinteresado, buscamos eso ex profeso: esfinges sin secreto, cuerpos pornográficos con los que interactuar de la manera más higiénica posible, de la más previsible, sin demasiada fricción personal. Todo parece hoy apriorístico, a la carta: también (o sobre todo) en FCBK, donde puedes ocultar y mostrar a tu antojo, con un par de "clics", donde gente que hacía veinte años que no veías pierde el interés (un interés que a veces es puramente nostálgico o sentimental) inmediatamente, nada más "recuperarla", donde estás tan "al tanto" de tantas cosas que hasta con los más cercanos abandonas la sana costumbre de la cita semanal física (la cita para "ponerse al día"), donde las noticias más íntimas no se dan de frente sino por "mensaje privado". Hasta cierto punto, nos pasamos el día pulsando botones y eligiendo: desde los enlaces del período en línea que nos "interesan" hasta el inútil zapping nocturno en busca de algo que nos seduzca en la tele. Ese gesto tonto y compulsivo, de alguna forma, nos empieza a constituir una mirada y una posición francamente peligrosas. Como si llevásemos un mando a distancia o un ratón continuamente en la mano, nos vuelve impacientes, pésimos observadores, incapaces ante el segundo plano y torpes para el contexto, caprichosos, irritables, ansiosos, excesivamente prejuiciosos y un poco intolerantes...
Luego he pensado de nuevo en ese otro título de Foucault tan atinado, en la combinación de palabras que lo forman, en su orden sintáctico, en la propia coordinada: Vigilar y castigar. ¿A qué se debe mi exceso de presentación? ¿a qué mi vaciado de misterio, mi sobreexposición, mi verborrea alcohólica? ¿a qué mi obsesión por hablarlo todo, hasta lo indecible? ¿es una forma de rebeldía frente al autocontrol aprendido tras años de sentirme socialmente vigilado y castigado? ¿estoy exagerando este punto, yo que en realidad he tenido una infancia feliz y una familia estupenda? ¿no es cierto que sentías las correas de determinados corsés? ¿hasta qué punto uno se acostumbra a esa piel estrujada? ¿quedan marcas? ¿en qué otros aspectos de mi vida ha derivado ese autocontrol? ¿sigue en mí la crisálida de aquel niño "sexualmente", "políticamente" vigilado? ¿es el vaciado de misterio el reto, muchas veces inconsciente, que se propone el que fue tímido, el que fue intimidado? ¿hasta que punto existe un gozo libidinoso en decir lo "indecible", en pensar lo "impensable", en transgredir el lenguaje de la heteronormatividad, ese que todo lo recorre hasta el punto de sexualizarlo todo, desexualizándolo a la vez, ese que coerce, ese bajo cuya vigilancia ahora tú te vigilas?
El misterio sin fin de tratar de anudarse a las cosas, de desnudarse uno mismo a través de las palabras.
viernes, julio 16, 2010
Jour de souffrance
Así se llama, en francés, el nuevo libro de Catherine Millet. Catherine Millet, conocida en el mundo de las letras por su vida sexual, desmenuzada en su anterior libro, es (desde mi punto de vista) uno de los escritores vivos más interesantes del panorama internacional. Desde el punto de vista de la teoría, ella no es Beatriz Preciado pero... ¿a quién le importa? ¿qué más dan los lugares comunes (o mejor dicho, parisinos) sobre posturas, libertinaje y psicoanálisis? Su libro no es más que un testimonio, el suyo, escrito en una lengua bellísima, muy influida por Proust, en ese tono tan afín al gusto francés, desde Montaigne, de las confesiones públicas, de los carnets. Precisamente a este propósito, aquí dejo un pasaje revelador:
"Una o dos experiencias me habían enseñado bastante pronto en la vida que no había nada que yo detestase tanto como las confidencias, las que hubiera podido recibir y las que hubiese podido hacer, y que a mi entender el verdadero impudor residía ahí, mucho más que en el acto de hacer pública tu intimidad, ya sea por escrito o por medio de imágenes. Las confidencias obligan a los interlocutores a una reciprocidad - el que habla espera una atención, consejos, compasión por parte del que escucha, y éste no puede pasar por alto su responsabilidad-, mientras que una distancia separa siempre al público del que o de la que se expone, aunque esta distancia sea la altura del escenario donde se desviste una stripper que sólo espera del público anónimo la reacción convencional de los aplausos".
Hacer público el dolor, en un ejercicio de autorreflexión y desglose sin ni un ápice de vulgaridad, es uno de los actos más heroicos que puede acometer alguien en la actual sociedad del espectáculo basura.
"Una o dos experiencias me habían enseñado bastante pronto en la vida que no había nada que yo detestase tanto como las confidencias, las que hubiera podido recibir y las que hubiese podido hacer, y que a mi entender el verdadero impudor residía ahí, mucho más que en el acto de hacer pública tu intimidad, ya sea por escrito o por medio de imágenes. Las confidencias obligan a los interlocutores a una reciprocidad - el que habla espera una atención, consejos, compasión por parte del que escucha, y éste no puede pasar por alto su responsabilidad-, mientras que una distancia separa siempre al público del que o de la que se expone, aunque esta distancia sea la altura del escenario donde se desviste una stripper que sólo espera del público anónimo la reacción convencional de los aplausos".
Hacer público el dolor, en un ejercicio de autorreflexión y desglose sin ni un ápice de vulgaridad, es uno de los actos más heroicos que puede acometer alguien en la actual sociedad del espectáculo basura.
martes, junio 29, 2010
Fechas
Ayer, tras quince años de adhesión, de acompañarme a cada ciudad en la que he vivido y de viajar conmigo en cada mudanza que he hecho, de interrupciones y reanudaciones varias, terminé de leer En busca del tiempo perdido, el ciclo de novelas de Marcel Proust. Curiosamente cerré el último volumen en el mismo lugar donde abrí el primero: mi cuarto de adolescente. Fue mi padre el que me regaló la edición que tengo, de Alianza, cuando cumplí dieciocho años. Gran novela, imperfecta y sublime: "Me producía un sentimiento de fatiga y de miedo percibir que todo aquel tiempo tan largo no sólo había sido vivido, pensado, segregado por mí sin una sola interrupción, sentir que era mi vida, que era yo mismo, sino también que tenía que mantenerlo cada minuto amarrado a mí, que me sostenía, encaramado yo en su cima vertiginosa, que no podía moverme sin moverlo. (...) Me daba vértigo ver tantos años debajo de mí, aunque en mí, como si yo tuviera leguas de estatura. (...) Si me diese siquiera el tiempo suficiente para realizar mi obra, lo primero que haría sería describir en ella a los hombres ocupando un lugar sumamente grande (aunque para ello hubieran de parecer seres monstruosos), comparado con el muy restringido que se les asigna en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin límite en el Tiempo, puesto que, como gigantes sumergidos en los años, lindan simultáneamente con épocas tan distantes, entre las cuales vinieron a situarse tantos días".
Por otra parte, hoy he terminado mi primer relato de "madurez" del que creo sentirme en gran parte satisfecho. No sé cómo será dentro de unos años, de unos meses, de unos días quizás. Pero hacía mucho tiempo que no terminaba algo que me gustase, que superase el elevado nivel de mi autoexigencia. Posiblemente no me ocurría algo parecido desde la época en que mi padre me regaló la obra de Proust que terminé ayer. A los dioses huidos lo he titulado.
Veía necesario anotar estas dos fechas.
Por otra parte, hoy he terminado mi primer relato de "madurez" del que creo sentirme en gran parte satisfecho. No sé cómo será dentro de unos años, de unos meses, de unos días quizás. Pero hacía mucho tiempo que no terminaba algo que me gustase, que superase el elevado nivel de mi autoexigencia. Posiblemente no me ocurría algo parecido desde la época en que mi padre me regaló la obra de Proust que terminé ayer. A los dioses huidos lo he titulado.
Veía necesario anotar estas dos fechas.
viernes, junio 18, 2010
¿Y bien?
Leo a propósito del horrible crimen cometido por las hermanas Papin contra sus señoras en la década de 1930 (que luego sirvió de inspiración a Jean Genet para "Las criadas"):
"El juicio de las hermanas Papin, celebrado en la Audiencia de Le Mans, creó en la opinión pública francesa una sorda sensación de malestar. En las ramificaciones de un hecho tan excepcional como éste fue imposible encontrar ni un solo indicio de excepcionalidad. Se acumularon en miles de legajos, uno sobre otro, infinidad de detalles cotidianos atrozmente comunes, que eran tanto más insoportables cuanto que cualquier familia con una criada a su servicio reconocía como propios. De esta manera, el móvil de uno de los actos más salvajes de que hay noticia tenía que ser rebuscado entre los entresijos de la vida en un hogar cualquiera de la burguesía tradicional europea. Por ejemplo, los guantes blancos que la señora Lancelin usó una vez para comprobar si había polvo en los muebles después de una limpieza adquirieron la magnitud de los grandes nexos causales en los grandes acontecimientos. Un papel en el suelo, un gruñido, una mirada insolente, un cruce hosco en la escalera, el silencio de paredes adentro, ese "¿Y bien?" mortal".
"¿Y bien?" fue lo que añadió la señora al silencio de una de las chicas tras preguntarle que por qué no había limpiado la plata. Esa "pregunta" fue contestada con una saña y un furor diabólicos.
Cita extraída de El País, Ángel Fernández-Santos: "El furor mortal de las hermanas Papin".
"El juicio de las hermanas Papin, celebrado en la Audiencia de Le Mans, creó en la opinión pública francesa una sorda sensación de malestar. En las ramificaciones de un hecho tan excepcional como éste fue imposible encontrar ni un solo indicio de excepcionalidad. Se acumularon en miles de legajos, uno sobre otro, infinidad de detalles cotidianos atrozmente comunes, que eran tanto más insoportables cuanto que cualquier familia con una criada a su servicio reconocía como propios. De esta manera, el móvil de uno de los actos más salvajes de que hay noticia tenía que ser rebuscado entre los entresijos de la vida en un hogar cualquiera de la burguesía tradicional europea. Por ejemplo, los guantes blancos que la señora Lancelin usó una vez para comprobar si había polvo en los muebles después de una limpieza adquirieron la magnitud de los grandes nexos causales en los grandes acontecimientos. Un papel en el suelo, un gruñido, una mirada insolente, un cruce hosco en la escalera, el silencio de paredes adentro, ese "¿Y bien?" mortal".
"¿Y bien?" fue lo que añadió la señora al silencio de una de las chicas tras preguntarle que por qué no había limpiado la plata. Esa "pregunta" fue contestada con una saña y un furor diabólicos.
Cita extraída de El País, Ángel Fernández-Santos: "El furor mortal de las hermanas Papin".
miércoles, junio 16, 2010
Passacaglia
En mi calle
hay tal olor a mierda
que pareciera
que un caballo gigante,
venido directamente del Olimpo,
errase por ella de madrugada...
olisqueando las almas inquietas.
hay tal olor a mierda
que pareciera
que un caballo gigante,
venido directamente del Olimpo,
errase por ella de madrugada...
olisqueando las almas inquietas.
lunes, junio 14, 2010
Oigo el viento de otro planeta...
En El ruido eterno, dice Alex Ross a propósito del Trío para violín, trompa y piano de György Ligeti: "El Trío con trompa de Ligeti de 1982 comienza con una variación distorsionada del motivo de la "despedida" de la Sonata para piano op.81a de Beethoven. Concluye con un Lamento, un paisaje devastado de gritos agonizantes, en el que el compositor parece volver la vista sobre un siglo que acabó con la mayor parte de su familia y con su fe en la humanidad. Pero la armonía nunca se vuelve tan lúgubre como podría. Leves tríadas, extendidas sobre muchas octavas, proporcionan un temblor de esperanza. Al final, tres notas brillan en medio de la noche: un Sol, en el registro más grave de la trompa; un Do, en el más agudo del violín; y un La, que suena débilmente en el registro central del piano. Estas mismas notas aparecen en orden inverso al comienzo del último movimiento del último Cuarteto de cuerda de Beethoven, en Fa mayor: la música a la que el compositor añadió las palabras "Es muss sein!" ("¡Debe ser así!")".
Este Lamento, último movimiento del Trío para violín, trompa y piano de Ligeti, combinación de instrumentos cuyo único antecedente está escrito por Brahms, es ciertamente una de las músicas más bellas que he escuchado jamás. Como alguien dijo al referirse al cuarteto nº2 de Alnold Schöenberg, con el que queda inaugurada la atonalidad en la música contemporánea, en ella se oye el viento de otro planeta.
Este Lamento, último movimiento del Trío para violín, trompa y piano de Ligeti, combinación de instrumentos cuyo único antecedente está escrito por Brahms, es ciertamente una de las músicas más bellas que he escuchado jamás. Como alguien dijo al referirse al cuarteto nº2 de Alnold Schöenberg, con el que queda inaugurada la atonalidad en la música contemporánea, en ella se oye el viento de otro planeta.
martes, junio 01, 2010
Vértigo, de W.G. Sebald
Hay una mujer, estadounidense y judía (aunque muy crítica con las políticas de EE.UU. y de Israel), lesbiana (aunque misteriosamente armarizada), y muy afín a cierta tradición intelectural europea (su cadáver yace en un cementerio de París), con la que tengo una gran deuda cultural pendiente. Su nombre resulta fácil de adivinar: es Susan Sontag, una mujer guapa y valiente, inteligente y de gustos inquebrantables, que algunos podrían tachar incluso de esnob. En la época en que Internet no existía para el gran público (y de esto tampoco hace tanto: sólo doce o trece años), su lectura era un hiperenlace perfecto a otras lecturas que de buena tinta sabías que te iban a gustar. No te hacía perder el tiempo. Era como una adolescente ansiosa de conocimientos: un alma inquieta, siempre dispuesta a jugar al bellísimo juego del "sorpréndeme". El día que Sontag se fue, después de luchar con fiereza contra un cáncer al que años antes creía haber ganado la batalla, sentí su muerte de la forma egoísta en que se siente la muerte de alguien familiar y cercano: ya nunca más me "sorprendería" de nuevo, no nos encontraríamos jamás sobre la faz de la tierra: sólo me quedaría releerla; con suerte, leer aquello que su editor publicase póstumamente (¿sus Diarios quizás?); visitar su tumba en el cementerio de Montparnasse (cosa que aún tengo pendiente). Ella ha sido una de mis grandes formadoras. Porque desde que en mis años universitarios cayó en mis manos su Contra la interpretación, han sido muchos los nombres que la lectura de este y otros de sus ensayos me han ido revelando. Se me ocurren Godard, Bresson y Resnais; Simone Weil, Michel Leiris y Nathalie Sarraute; Machado de Assis, Gombrowicz y Danilo Kiš, Joseph Brodksy y uno de los últimos: el escritor alemán, fallecido en accidente de tráfico hace unos años, W.G. Sebald. De él, estoy leyendo estos días su conjunto de relatos adyacentes titulado Vértigo.
Vértigo se compone de cuatro piezas cortas: "Beyle y el extraño hecho del amor", "All'estero", "Viaje del doctor K. a un sanatorio de Riva" e "Il ritorno in patria". El detonante de estos relatos, que ya está en otro libro suyo que leí, Los emigrados, y en el homenaje que hace a Robert Walser en su brevísimo ensayo El paseante solitario, que también leí, es siempre el mismo: un narrador, que a la sazón responde a las mismas iniciales que Sebald, decide emprender un viaje no muy programado (tampoco muy largo) con la intención de liberar el alma de algún bloqueo intelectual o de algún estado connivente con la melancolía. Cuando el narrador opta por abandonar la primera persona, como es el caso del primer y del tercer relato que forman Vértigo, se refugia en algún episodio menor de la vida de algún personaje histórico célebre, normalmente escritor: Stendhal y Kafka, en el caso de los relatos mencionados anteriormente.
Los viajes que inicia el narrador, o en los que se recrea cuando opta por la vida de los otros, son viajes a la antigua usanza, pero nunca travesías: abarcan varios países pero no varios continentes (van de Viena a Verona, de Viena a W., su pueblo natal, pasando por Innsbruck, de un condado de Inglaterra a otro, de Venecia a Riva). Son viajes en espiral: empiezan con la salida imperiosa de un sitio pero nunca se sabe dónde terminan; tampoco se sabe cuál será el próximo destino de la próxima jornada; es posible que un acontecimiento imprevisto lleve al narrador a desviarse hacia otro sitio que no tenía pensado visitar... son paseos solitarios al estilo del flâneur de Baudelaire. El narrador, normalmente solo, vagabundea por una ciudad, o de una ciudad a otra, en espirales nada programadas. El narrador, que suponemos que es escritor o profesor, toma apuntes, pierde el tiempo en el bar de una estación de trenes, se acuerda de que quiere visitar un convento perdido donde escuchó que hay unos frescos de Giotto interesantes, recala por casualidad en un jardín, descubre leyendo el periódico o una novela un lugar a escasos kilómetros de donde está por el que empieza a sentir una repentina curiosidad... desde este punto de vista, es la experiencia contraria al turismo. No existen hitos que visitar, no hay programa: los lugares que frecuenta suelen ser secundarios, más anecdóticos que históricos, marginales. El narrador los visita con un extraño entusiasmo; no son las guías las que nos despiertan el fetichismo por un determinado emplazamiento donde vivieron tales o cuales archiduques... es nuestro propio estado del alma el que nos hace gozar o ensombrecernos ante el membrete anticuado de un hotel o una noticia de 1913 descubierta en la hemeroteca desierta de una biblioteca olvidada. A diferencia de los relatos policíacos o de misterio, donde las casualidades surgen como por arte de magia, el narrador de Vértigo se esfuerza por hallar huellas paralelas a las suyas, hay un trabajo previo a tal o cual espejismo, a tal o cual duplicación, a tal o cual semejanza. La Italia de Vértigo, por ejemplo, dista mucho de la de las postales: es un lugar misterioso y a veces lúgubre, donde los locales son descorteses y ásperos y donde un paso en falso en la pronunciación de una dirección o un nombre del que pedimos indicaciones, nos puede costar un mal gesto, un vergonzante rechazo.
Los libros de Sebald van ilustrados con fotografías en blanco y negro de los lugares y pormenores que comenta en sus páginas. Producen un extraño escalofrío. A diferencia de las fotografías de Sophie Calle, que son las que desencadenan el recuerdo y el relato, las fotografías de Sebald, a veces difíciles de apreciar en sus detalles, sólo están ahí a modo de testimonio hiperrealista, de prenda, de garantía, como para confundirnos sobre la ficción de lo que estamos leyendo, como para vendernos como íntegra una experiencia que sólo es real en parte.
La escritura de Sebald es muy hermosa. Es acertada y sonora (incluso en sus traducciones). Es rica, descriptiva. Poética. Tiene la manera de Proust, es una escritura de la memoria. De ahí que muchos hayan querido ver en él a uno de esos hijos de la debacle germánica que expurgan inconscientemente su culpa tratando de reconstruir el escenario histórico de un extraño aunque real pasado. Yo no lo veo así exactamente. Sebald es simplemente, como Walser, un paseante solitario, que recoge con su mirada cansada y melancólica los estertores del tiempo. En él no hay ampulosidad, ni ajuste de cuentas con el pasado. Hay una mezcla de asombro y aburrimiento que está más a tono con el último Benjamin, el del Libro de los Pasajes. Claro que es un escritor culto, difícil, pero su erudición, a diferencia de ese cazador que era Borges, es una especie de hallazgo. Un hallazgo luctuoso. Sebald parece acordarse de esa cita bíblica de Isaías que tanto obsesionó al romanticismo alemán, desde Schiller a Bramhs: "Toda carne es hierba, y toda su hermosura como la flor del campo:...¡sécase la hierba, se marchita la flor, mas la palabra de nuestro Dios permanece para siempre!".
Posiblemente, alguien pensará, que no sea Sebald la mejor de las lecturas para mi estado actual. Yo creo que es al contrario: después de ir probando remedios literarios que ni fú ni fá (Las teorías salvajes, el final de El tiempo recobrado), por fin he dado con la medicación perfecta. Ya lo decía Wilde: la literatura es buena o mala. A mí, la que peor resaca me deja es la mala. Me da igual que en ella haya felicidad, piscinas, polvos de vello de punta y champán francés.
Vértigo se compone de cuatro piezas cortas: "Beyle y el extraño hecho del amor", "All'estero", "Viaje del doctor K. a un sanatorio de Riva" e "Il ritorno in patria". El detonante de estos relatos, que ya está en otro libro suyo que leí, Los emigrados, y en el homenaje que hace a Robert Walser en su brevísimo ensayo El paseante solitario, que también leí, es siempre el mismo: un narrador, que a la sazón responde a las mismas iniciales que Sebald, decide emprender un viaje no muy programado (tampoco muy largo) con la intención de liberar el alma de algún bloqueo intelectual o de algún estado connivente con la melancolía. Cuando el narrador opta por abandonar la primera persona, como es el caso del primer y del tercer relato que forman Vértigo, se refugia en algún episodio menor de la vida de algún personaje histórico célebre, normalmente escritor: Stendhal y Kafka, en el caso de los relatos mencionados anteriormente.
Los viajes que inicia el narrador, o en los que se recrea cuando opta por la vida de los otros, son viajes a la antigua usanza, pero nunca travesías: abarcan varios países pero no varios continentes (van de Viena a Verona, de Viena a W., su pueblo natal, pasando por Innsbruck, de un condado de Inglaterra a otro, de Venecia a Riva). Son viajes en espiral: empiezan con la salida imperiosa de un sitio pero nunca se sabe dónde terminan; tampoco se sabe cuál será el próximo destino de la próxima jornada; es posible que un acontecimiento imprevisto lleve al narrador a desviarse hacia otro sitio que no tenía pensado visitar... son paseos solitarios al estilo del flâneur de Baudelaire. El narrador, normalmente solo, vagabundea por una ciudad, o de una ciudad a otra, en espirales nada programadas. El narrador, que suponemos que es escritor o profesor, toma apuntes, pierde el tiempo en el bar de una estación de trenes, se acuerda de que quiere visitar un convento perdido donde escuchó que hay unos frescos de Giotto interesantes, recala por casualidad en un jardín, descubre leyendo el periódico o una novela un lugar a escasos kilómetros de donde está por el que empieza a sentir una repentina curiosidad... desde este punto de vista, es la experiencia contraria al turismo. No existen hitos que visitar, no hay programa: los lugares que frecuenta suelen ser secundarios, más anecdóticos que históricos, marginales. El narrador los visita con un extraño entusiasmo; no son las guías las que nos despiertan el fetichismo por un determinado emplazamiento donde vivieron tales o cuales archiduques... es nuestro propio estado del alma el que nos hace gozar o ensombrecernos ante el membrete anticuado de un hotel o una noticia de 1913 descubierta en la hemeroteca desierta de una biblioteca olvidada. A diferencia de los relatos policíacos o de misterio, donde las casualidades surgen como por arte de magia, el narrador de Vértigo se esfuerza por hallar huellas paralelas a las suyas, hay un trabajo previo a tal o cual espejismo, a tal o cual duplicación, a tal o cual semejanza. La Italia de Vértigo, por ejemplo, dista mucho de la de las postales: es un lugar misterioso y a veces lúgubre, donde los locales son descorteses y ásperos y donde un paso en falso en la pronunciación de una dirección o un nombre del que pedimos indicaciones, nos puede costar un mal gesto, un vergonzante rechazo.
Los libros de Sebald van ilustrados con fotografías en blanco y negro de los lugares y pormenores que comenta en sus páginas. Producen un extraño escalofrío. A diferencia de las fotografías de Sophie Calle, que son las que desencadenan el recuerdo y el relato, las fotografías de Sebald, a veces difíciles de apreciar en sus detalles, sólo están ahí a modo de testimonio hiperrealista, de prenda, de garantía, como para confundirnos sobre la ficción de lo que estamos leyendo, como para vendernos como íntegra una experiencia que sólo es real en parte.
La escritura de Sebald es muy hermosa. Es acertada y sonora (incluso en sus traducciones). Es rica, descriptiva. Poética. Tiene la manera de Proust, es una escritura de la memoria. De ahí que muchos hayan querido ver en él a uno de esos hijos de la debacle germánica que expurgan inconscientemente su culpa tratando de reconstruir el escenario histórico de un extraño aunque real pasado. Yo no lo veo así exactamente. Sebald es simplemente, como Walser, un paseante solitario, que recoge con su mirada cansada y melancólica los estertores del tiempo. En él no hay ampulosidad, ni ajuste de cuentas con el pasado. Hay una mezcla de asombro y aburrimiento que está más a tono con el último Benjamin, el del Libro de los Pasajes. Claro que es un escritor culto, difícil, pero su erudición, a diferencia de ese cazador que era Borges, es una especie de hallazgo. Un hallazgo luctuoso. Sebald parece acordarse de esa cita bíblica de Isaías que tanto obsesionó al romanticismo alemán, desde Schiller a Bramhs: "Toda carne es hierba, y toda su hermosura como la flor del campo:...¡sécase la hierba, se marchita la flor, mas la palabra de nuestro Dios permanece para siempre!".
Posiblemente, alguien pensará, que no sea Sebald la mejor de las lecturas para mi estado actual. Yo creo que es al contrario: después de ir probando remedios literarios que ni fú ni fá (Las teorías salvajes, el final de El tiempo recobrado), por fin he dado con la medicación perfecta. Ya lo decía Wilde: la literatura es buena o mala. A mí, la que peor resaca me deja es la mala. Me da igual que en ella haya felicidad, piscinas, polvos de vello de punta y champán francés.
sábado, mayo 29, 2010
Io sono l'amore (Luca Guadagnino)
Resulta curioso que una película tan llena de referencias cinemetográficas (a El gatopardo y Rocco y sus hermanos, de Visconti, a Fanny y Alexander de Bergman, a Los muertos de Huston, a Prima della revoluzione, de Bertolucci, a Vértigo de Hitchcock, a Teorema de Pasolini e incluso a Entre tinieblas de Almodóvar, por sólo citar unas cuantas), tome su nombre de una escena de Philadelphia, ese melodrama de segunda o tercera fila en el que Tom Hanks, abrazado a su gotero, ante su abogado aún homófobo pero a punto de dejar de serlo, traduce una frase del aria "La mamma morta", del Andrea Chénier de Giordano: "Io sono l'amore", "I'm love". Curioso que sea la única película literalmente citada en el film, y curioso que aparezca en la tele, empequeñecida, cuando los protagonistas están a punto de dormirse y cortada por un zapping que distraídamente hace uno de ellos con el mando a distancia.
El motivo o motor del relato no es otro que presentarnos a una familia de la rica y refinada burguesía milanesa que asiste al relevo de mandos de la empresa familiar, en un mundo -el del capitalismo global y especular de la actualidad - que cambia a un ritmo imprevisible. Al mismo tiempo, la aparición de un joven cocinero amigo del heredero de tercera generación del clan y el descubrimiento de la (homo)sexualidad disidente de su hija, harán que la madre (Tilda Swinton), Emma, de origen ruso (una clara referencia a las heroínas de la gran novela del XIX) comience a romper la crisálida en la que ha estado viviendo durante años. La unidad familiar, reflejo claro de una manera estabilizante de entender el mundo y sus relaciones, también su economía, filmada durante toda la primera parte de la película con mimo en sus lujosos interiores a través de encuadres preciosistas prestados de la tradición clásica, dará paso a una narrativa más exabrupta, y a una textura y una coloración más salvajes, inspiradas en las artes plásticas. Ya no estamos en el Milán estático y nevado de los primeros planos sino en plena naturaleza o en plena City de Londres. Es primavera, hay insectos o rascacielos por todas partes y el deseo, potencia del cambio, origen del capitalismo, mostruo descabezado, comienza a manifestarse sujetándose con fuerza, nunca mejor dicho, al pronombre Io, impersonal y múltiple, que da nombre a la película. Desde este momento, todo se precipita con fuerza.
Las narraciones potentes son aquellas que cuanto más intentas limitar más se desbordan. Es el caso de esta película. Su estilo barroco y su temática difusa hacen de ella un artefacto complejo, abierto a muchas lecturas y disfrutes. Me gustan sus créditos iniciales, a la vieja usanza, llenos de llaves con puntos suspensivos y nombres, el "regia" con el que el cine italiano presenta a sus directores, los dos o tres planos en los tejados del Duomo milanés, la presencia de Marisa Berengson (a pesar de lo operada que está), me gusta esa bomba de relojería rusa que es el personaje de Tilda, gélida y apasionada a la vez, me gusta la alusión a la alta cocina como sublimación de la necesidad y al deseo, en general, como fantasma cultural, la imbricación delicada entre naturaleza y cultura, la persecución en San Remo al estilo de Vértigo (¿qué clase de perfume irresistible desprende Vértigo? ¿era Hitchcock consciente del fetiche que estaba creando?), el atrevido final, a escasos milímetros de lo ridículo, el subrayado verdaderamente melodramático de la banda sonora de John Adams, el vestuario de Jil Sander que tan bien luce la Swinton, esa forma oblicua de filmar las ventanas y las cornisas de los edificios de Milán, los interiores, tipo Architectural Digest (a Tom Ford, ese chico de Texas, le queda mucho por aprender), ese magnífico exterior que es Italia, país bello entre los bellos, la escena de las palomas en la capilla, el "tú no existes" frente al asertivo "amo a Antonio", en fin... tantas cosas.
En su planteamiento, temática y estilo narrativo me ha recordado enormemente a Cuento de navidad, de Desplechin, película que vi hace unos meses y que también adoré. Cine que mira sin complejos a las otras artes, que mira de frente a los grandes clásicos del cine de autor, porque se sabe en esa tradición, cine formalista, que babea ante la Historia del gran cine (como lo hacen otros productos de género, caso del cine de terror) con la devoción con que el Renacimiento (¿il Rissorgimento?) estudiaba la Antigüedad Clásica. Qué duda cabe: nuestra modernidad es nuestra antigüedad.
El motivo o motor del relato no es otro que presentarnos a una familia de la rica y refinada burguesía milanesa que asiste al relevo de mandos de la empresa familiar, en un mundo -el del capitalismo global y especular de la actualidad - que cambia a un ritmo imprevisible. Al mismo tiempo, la aparición de un joven cocinero amigo del heredero de tercera generación del clan y el descubrimiento de la (homo)sexualidad disidente de su hija, harán que la madre (Tilda Swinton), Emma, de origen ruso (una clara referencia a las heroínas de la gran novela del XIX) comience a romper la crisálida en la que ha estado viviendo durante años. La unidad familiar, reflejo claro de una manera estabilizante de entender el mundo y sus relaciones, también su economía, filmada durante toda la primera parte de la película con mimo en sus lujosos interiores a través de encuadres preciosistas prestados de la tradición clásica, dará paso a una narrativa más exabrupta, y a una textura y una coloración más salvajes, inspiradas en las artes plásticas. Ya no estamos en el Milán estático y nevado de los primeros planos sino en plena naturaleza o en plena City de Londres. Es primavera, hay insectos o rascacielos por todas partes y el deseo, potencia del cambio, origen del capitalismo, mostruo descabezado, comienza a manifestarse sujetándose con fuerza, nunca mejor dicho, al pronombre Io, impersonal y múltiple, que da nombre a la película. Desde este momento, todo se precipita con fuerza.
Las narraciones potentes son aquellas que cuanto más intentas limitar más se desbordan. Es el caso de esta película. Su estilo barroco y su temática difusa hacen de ella un artefacto complejo, abierto a muchas lecturas y disfrutes. Me gustan sus créditos iniciales, a la vieja usanza, llenos de llaves con puntos suspensivos y nombres, el "regia" con el que el cine italiano presenta a sus directores, los dos o tres planos en los tejados del Duomo milanés, la presencia de Marisa Berengson (a pesar de lo operada que está), me gusta esa bomba de relojería rusa que es el personaje de Tilda, gélida y apasionada a la vez, me gusta la alusión a la alta cocina como sublimación de la necesidad y al deseo, en general, como fantasma cultural, la imbricación delicada entre naturaleza y cultura, la persecución en San Remo al estilo de Vértigo (¿qué clase de perfume irresistible desprende Vértigo? ¿era Hitchcock consciente del fetiche que estaba creando?), el atrevido final, a escasos milímetros de lo ridículo, el subrayado verdaderamente melodramático de la banda sonora de John Adams, el vestuario de Jil Sander que tan bien luce la Swinton, esa forma oblicua de filmar las ventanas y las cornisas de los edificios de Milán, los interiores, tipo Architectural Digest (a Tom Ford, ese chico de Texas, le queda mucho por aprender), ese magnífico exterior que es Italia, país bello entre los bellos, la escena de las palomas en la capilla, el "tú no existes" frente al asertivo "amo a Antonio", en fin... tantas cosas.
En su planteamiento, temática y estilo narrativo me ha recordado enormemente a Cuento de navidad, de Desplechin, película que vi hace unos meses y que también adoré. Cine que mira sin complejos a las otras artes, que mira de frente a los grandes clásicos del cine de autor, porque se sabe en esa tradición, cine formalista, que babea ante la Historia del gran cine (como lo hacen otros productos de género, caso del cine de terror) con la devoción con que el Renacimiento (¿il Rissorgimento?) estudiaba la Antigüedad Clásica. Qué duda cabe: nuestra modernidad es nuestra antigüedad.
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