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En fuga continua de mi propia prisión.

viernes, abril 20, 2012

Monique

Hoy, al despertar de la siesta quedé envuelto en el sueño que tuve. Era un sueño de futuro, pacífico. Estaba con Silvia, con Dani y con Julia, posiblemente estuvieran mis padres también. Estábamos a la mesa y ese que era yo, al que no le veía la cara (como en la vida misma), ese que era yo por esa cosa íntima con la que establecemos nuestro particular y unívoco vínculo con el mundo, ese que era yo en el sueño estaba contento de volver a ver a Julia y de volver a verlos a todos. Es decir, aquello que ante mí se desarrollaba era un reencuentro. La edad de Julia era indefinible porque, cosas de los sueños, ya hablaba, pero aún sus padres le daban de comer con una especie de cuchara en forma de pipa de fumar. Una alegría insustancial se había colado en aquella habitación en la que estábamos, que más bien parecía (o daba la sensación de) un escenario de teatro iluminado, con el enorme hueco de las tramoyas en vertical y unos límites confusos y sinuosos a nuestro alrededor. ¿De dónde venía yo? ¿de dónde venían ellos? Julia estaba enfrente de mí, sentada sobre el regazo de alguno de sus padres - no recuerdo cuál - y no paraba de decirme cosas. Cuando el sueño estaba a punto de desintegrarse para siempre, recuerdo que apareció el nombre de Monique. La niña lo pronunciaba con vehemencia. Yo le preguntaba encogiéndome de hombros: ¿quién es Monique? Entonces ella me decía, con un gesto de obviedad donde no cabía el perdón por semejante despiste: "Monique, la manzana de la tele".

martes, abril 17, 2012

Il tramonto

En esta deriva de desmemoria, incongruencias y vorágine; en esta mancha de sombras superpuestas; en este abril desangelado que más parece enero; en este ciclo en que, de lo macro a lo micro, del más allá al más acá, todo se torna ruín; en esta mala resaca; en este desamor, esta desafección; en esta desbandada de ángeles; en esta arcadia desolada; en este mar de los sargazos, todo bajíos; en este yo, en este mundo, en este ahora; en esta extraña desvinculación sólo reconstruida a base de espejismos y nocturnos; en estas horas de narcóticos y capitales riesgo; en esta escalada de hostilidades; en este giro leve de cabeza; en esta bajada de párpados de colosal abatimiento; en este piélago de gestos mezquinos que recogen mis ojos cuando van del ombligo que descubre mi pijama - oh, el mío - a la línea turgente del horizonte, de la mañana a la noche, del té al gin-tonic; en esta borrachera de presente sin futuro, prohibido; en este desastre, pequeñoburgués, ridículo, cobarde, un accidente infantil... nada se antoja mejor, nada más necesario, que reducir el mundo a una miniatura, a unos cuantos recuerdos, a dos o tres nombres, preferiblemente difuntos, a unos cuantos países, más míticos que reales, en el arco mediterráneo, el de la naturaleza dominada, para, anatomía de la melancolía, como el título de Robert Burton, con ellos matar el tiempo, o bien despilfarrarlo, apenas producir, sólo autoconsumirse, una y otra vez, como las ondas que hacen desbordar la pila de un surtidor, ligero arrullo, panorama in sfumatto, pleno de los ocres, los rojos terrosos y los dorados cegadores de esos cuadros de finales del quattrocento, primer cinquecento veneciano donde la vista prefiere perderse, orden de los museos, en el segundo plano del paisaje.