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En fuga continua de mi propia prisión.

martes, febrero 24, 2009

El zoológico de nuestros mostruos

Estoy leyendo un libro encantador: Manual de zoología fantástica, de Jorge Luis Borges. Me lo recomendó uno de los chicos de la también fantástica Librería del Centro, en Madrid. Es un librito pequeño y manejable, de cabida fácil en cualquier bolso o bolsillo, ideal para leer en el metro o en el avión. De escritura sencilla y carácter erudito, recopila por orden alfabético todos aquellos animales inexistentes en los que la humanidad, valiéndose de la imaginación, ha proyectado sus miedos y ansiedades, su siempre insatisfecha sed de conocimiento, su necesidad secular de investirse de una narrativa. Seres de las mitologías grecolatinas, como las arpías, los centauros, la esfinge o el ave fénix, inspirados a su vez en otras mitologías ancestrales, como la babilónica o la egipcia, o las de los primeros pobladores del Mediterráneo. Animales que la mística cristiana hizo propios, por su enorme analogía con la travesía de Cristo por la tierra, como el pelícano (no el común, sino el fantástico), que hallando a sus hijos muertos en el nido por la serpiente, se desgarra el pecho para devolverles la vida con su sangre. Animales de la fauna fantástica china, como el dragón, la liebre lunar o el ciervo celestial, que vive bajo la tierra y maldita la hora en que se le aparezca a algún minero. Animales colosales, como Behemoth, referidos por Job en la Biblia, o Bahamut, de la tradición arábiga, cuya función era servir de apoyo a la tierra. Aparecen también el unicornio y la mandrágora (que grita como un humano al ser arrancada), tan codiciados durante la Edad Media. Entes de la tradición talmúdica, como el Gólem de Praga, precursor del Frankenstein de Mary Shelley. Animales soñados por Edgar Allan Poe o por C. S. Lewis. O recogidos por Kafka de la literatura popular centroeuropea, como el odradeck, que es una especie de huso de hilo con forma de estrella y capacidad limitada para hablar (como algunos juguetes) o reirse (pero "una risa sin pulmones"), y que "suena como un susurro de hojas secas". Y otros animalitos más modernos, como el Hidebehind de los hacheros de Wiscosin y Minnesota, que siempre están detrás de algo y por más vueltas que dé un hombre para verlo, jamás podrá conseguirlo porque siempre lo tendrá detrás...
Un libro evocador de otros libros evocadores, como El libro de las maravillas, de Marco Polo, o Las mil y una noches, o La divina comedia, o la Teogonía de Hesíodo, o el Orlando Fusioso de Ariosto, o Las metamorfósis de Ovidio, o todos los libros del Antiguo Testamento, o Las analectas, de Confucio o tantos otros, raros y enciclopédicos, de la tradición germánica o anglosajona, tan estudiadas y conocidas por Borges.
Seres antropomórficos o hechos de retales de varios animales, como las hidras; seres enormemente terroríficos, como los tritones, que emergían con sus potentes músculos de mitad del negro y revuelto océano, haciendo naufragar a las embarcaciones. Bestias de una época en que los animales eran temidos y, por ello, venerados. Que hablan de la convivencia del ser humano con la bestialidad, de la extrañeza del mundo, de nuestra capacidad para elaborar narraciones, de lo mostruoso que hay en nosotros mismos. Un libro bellísimo de Jorge Luis Borges.

P.D. Jorge Luis Borges, un nombre prodigioso fonéticamente, en el que el castellano se vuelve difícil y único. Resemblanza de los Borgia, o del incendio del Borgo que Rafael pintase en las estancias que llevan su nombre en el Vaticano.