Últimas horas del año, de la década. Preparo unos brócolis con patatas, al vapor. Escucho una vieja canción de Madonna: "I know the road looks lonely/But that's just Satan's game/And either way my baby/You'll never be the same". Llamo a P. Me llama Pa. Nos deseamos un feliz año nuevo. Quiero trabajar un poco pero me disperso. Recuerdo el año pasado a estas horas, comprando uvas en Le Bon Marché de París. Antes de la última siesta del año, leeré algunas páginas de Sebald...
El año termina mal aunque algo mejor de lo que pensaba.
Me ronda un pensamiento, un tímido anhelo: que los fantasmas se hagan carne y que las fantasías se vuelvan verbo...
Claro, y que la salud no se resienta.
Feliz año nuevo a todos.
viernes, diciembre 31, 2010
lunes, diciembre 27, 2010
Fantasmas
1. Ocurrió una tarde de julio, muy calurosa, como más tarde recordaría. Minutos después de haber abierto la tienda, estaba ante la mesa que hacía las veces de mostrador enfrascado de nuevo en sus problemas de liquidez. En una esquina minúscula y vergonzante del folio en blanco que tenía delante apuntaba deudas: proveedores, seguridad social, alquiler... A ratos miraba de soslayo la cifra que parecía temblar sobre la calculadora que agarraba con la otra mano: era la suma de sus facturas por cobrar. Las cuentas no le salían. Un gran surco de sudor empapaba las costuras de su camisa, a la altura de las axilas. Entonces sintió un extraño escalofrío y pasando rápidamente la vista por entre lámparas, tresillos y mesitas auxiliares, la detuvo en un punto del escaparate, a su izquierda. Al otro lado, una señora mayor, vestida con una falda tableada malva y una blusa blanca de tejido fresco lo miraba por encima de sus gruesas gafas de vista. No cabía duda: aquella mujer era su madre, muerta hacía algunos meses. Tenía la cara de antes de diagnosticársele la enfermedad, su cara suave de los últimos años, y lo miraba con una efusión rebosante e infinita. Levantó la mano, que sujetaba un abanico con las varillas de sándalo calado, y lo saludó tras el cristal. Al segundo desapareció por la izquierda. Él estaba petrificado, la emoción lo había dejado pasmado, con la mano pegada al catálogo de telas para tapizar. Cuando volvió en sí, echó a correr hacia la puerta y se asomó a la calle: no había ni un alma, su madre había desaparecido entre el bochorno de la tarde. Le sorprendió el rumor de la fuente de enfrente, casi el único sonido que percibía con nitidez, como un crepitar de telas en combustión, como una carrera de ángeles en lontananza.
2. Estaba escribiendo sobre fantasmas cuando sonó el telefonillo. Eran al menos las once de la noche, tenía la tele encendida (aunque sin volumen) y estaba escuchando el último de los cuartetos de cuerda de Béla Bartók. Cuando pregunté que quién era, una voz familiar me contestó que Josep Plà. Apreté el botón y esperé a que llamase al timbre de arriba. Cuando abrí la puerta no me sorprendió ver a Sergio ante mí. Se había cortado el pelo y, curiosamente, había envejecido: ya no era aquel crío de dieciocho años que nos abandonó un fatídico y lejano día del mes de enero. Fue todo muy rápido, las botas sin crampones, la nieve blanda y crujiente, un resbalón y el golpe letal en la cabeza. Me dio un abrazo como un suspiro y me pidió que nos instalásemos en alguna parte de la casa poco habitada, más de tránsito, que le había costado mucho esfuerzo subir las escaleras, en especial el último tramo, tan empinado, y que temía desaparecer si no se alimentaba de cierta oscuridad. Yo me lo llevé de la mano hacia el diminuto pasillo que comunica mi dormitorio con el salón y con mi despacho. Se sentó de cuclillas, con los brazos cruzados, como quien observa desde la ribera de un río la orilla de enfrente. Yo le imité la postura y me senté a su lado, rozándole levemente el codo. Me fijé en sus pecas, tan graciosas, y en su piel casi transparente, fina como una gasa. Durante unos cinco minutos estuvimos intercambiando frases, haciéndonos preguntas llenas de curiosidad, de cuya mayor parte no me acuerdo. A veces su mirada azul se perdía en un lugar muy remoto e inexpugnable. Los instrumentos de cuerda de la pieza que sonaba en el salón, un tiempo lento, pasaban de un acorde agudo a otro grave; en mitad, un suave silencio. De pronto se levantó y lo miré con una tristeza honda de despedida. Supuse que querría salir por la terraza y abrí el ventanal dejando entrar el aire helado del invierno. Antes de dejar que su silueta se perdiese en la negrura del allá, le pregunté si seguía siendo comunista. Me sonrío de una forma muy afectuosa y me dijo camarada, más que nunca, ahí donde estoy las injusticias son aún peores... cerré la puerta y, de nuevo en cuclillas, pegué la frente al cristal, frío como el agua de los manantiales más altos de la tierra.
2. Estaba escribiendo sobre fantasmas cuando sonó el telefonillo. Eran al menos las once de la noche, tenía la tele encendida (aunque sin volumen) y estaba escuchando el último de los cuartetos de cuerda de Béla Bartók. Cuando pregunté que quién era, una voz familiar me contestó que Josep Plà. Apreté el botón y esperé a que llamase al timbre de arriba. Cuando abrí la puerta no me sorprendió ver a Sergio ante mí. Se había cortado el pelo y, curiosamente, había envejecido: ya no era aquel crío de dieciocho años que nos abandonó un fatídico y lejano día del mes de enero. Fue todo muy rápido, las botas sin crampones, la nieve blanda y crujiente, un resbalón y el golpe letal en la cabeza. Me dio un abrazo como un suspiro y me pidió que nos instalásemos en alguna parte de la casa poco habitada, más de tránsito, que le había costado mucho esfuerzo subir las escaleras, en especial el último tramo, tan empinado, y que temía desaparecer si no se alimentaba de cierta oscuridad. Yo me lo llevé de la mano hacia el diminuto pasillo que comunica mi dormitorio con el salón y con mi despacho. Se sentó de cuclillas, con los brazos cruzados, como quien observa desde la ribera de un río la orilla de enfrente. Yo le imité la postura y me senté a su lado, rozándole levemente el codo. Me fijé en sus pecas, tan graciosas, y en su piel casi transparente, fina como una gasa. Durante unos cinco minutos estuvimos intercambiando frases, haciéndonos preguntas llenas de curiosidad, de cuya mayor parte no me acuerdo. A veces su mirada azul se perdía en un lugar muy remoto e inexpugnable. Los instrumentos de cuerda de la pieza que sonaba en el salón, un tiempo lento, pasaban de un acorde agudo a otro grave; en mitad, un suave silencio. De pronto se levantó y lo miré con una tristeza honda de despedida. Supuse que querría salir por la terraza y abrí el ventanal dejando entrar el aire helado del invierno. Antes de dejar que su silueta se perdiese en la negrura del allá, le pregunté si seguía siendo comunista. Me sonrío de una forma muy afectuosa y me dijo camarada, más que nunca, ahí donde estoy las injusticias son aún peores... cerré la puerta y, de nuevo en cuclillas, pegué la frente al cristal, frío como el agua de los manantiales más altos de la tierra.
lunes, diciembre 20, 2010
Un poema de Cernuda y otro de Gil de Biedma
Jardín antiguo
Ir de nuevo al jardín cerrado,
que tras los arcos de la tapia,
entre magnolios, limoneros,
guarda el encanto de las aguas.
Oír de nuevo en el silencio,
vivo de trinos y de hojas,
el susurro tibio del aire
donde las almas viejas flotan.
Ver otra vez el cielo hondo
a lo lejos, la torre esbelta
tal flor de luz sobre las palmas:
las cosas todas siempre bellas.
Sentir otra vez, como entonces,
la espina aguda del deseo,
mientras la juventud pasada
vuelve. Sueño de un dios sin tiempo.
Luis Cernuda
Noches del mes de junio
A Luis Cernuda
Alguna vez recuerdo
ciertas noches de junio de aquel año,
casi borrosas, de mi adolescencia
(era en mil novecientos me parece
cuarenta y nueve)
porque en ese mes
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
lo mismo que el calor que empezaba,
nada más
que la especial sonoridad del aire
y una disposición vagamente afectiva.
Eran las noches incurables
y la calentura.
Las altas horas de estudiante solo
y el libro intempestivo
junto al balcón abierto de par en par (la calle
recién regada desaparecía
abajo, entre el follaje iluminado)
sin un alma que llevar a la boca.
Cuántas veces me acuerdo
de vosotras, lejanas
noches del mes de junio, cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.
Jaime Gil de Biedma
Ir de nuevo al jardín cerrado,
que tras los arcos de la tapia,
entre magnolios, limoneros,
guarda el encanto de las aguas.
Oír de nuevo en el silencio,
vivo de trinos y de hojas,
el susurro tibio del aire
donde las almas viejas flotan.
Ver otra vez el cielo hondo
a lo lejos, la torre esbelta
tal flor de luz sobre las palmas:
las cosas todas siempre bellas.
Sentir otra vez, como entonces,
la espina aguda del deseo,
mientras la juventud pasada
vuelve. Sueño de un dios sin tiempo.
Luis Cernuda
Noches del mes de junio
A Luis Cernuda
Alguna vez recuerdo
ciertas noches de junio de aquel año,
casi borrosas, de mi adolescencia
(era en mil novecientos me parece
cuarenta y nueve)
porque en ese mes
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
lo mismo que el calor que empezaba,
nada más
que la especial sonoridad del aire
y una disposición vagamente afectiva.
Eran las noches incurables
y la calentura.
Las altas horas de estudiante solo
y el libro intempestivo
junto al balcón abierto de par en par (la calle
recién regada desaparecía
abajo, entre el follaje iluminado)
sin un alma que llevar a la boca.
Cuántas veces me acuerdo
de vosotras, lejanas
noches del mes de junio, cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.
Jaime Gil de Biedma
jueves, noviembre 25, 2010
Los cielos desconocidos
Vértigo.
A aproximadamente las cuatro de la tarde un hombre entra en la estación de Liverpool Street y se monta en uno de los trenes que circulan en dirección a los suburbios del noreste. Lleva consigo un ejemplar de viejo (Everyman's Library, 1913), en papel cebolla, del diario de Samuel Pepys. Como si se tratase de una baraja de cartas, obedeciendo únicamente al azar del lugar en que se posan sus dedos, y después su vista, va leyendo frases sueltas, pequeños fragmentos. Factores ambientales como la humedad han hecho que a veces no sea esa página la que se aparezca ante sus ojos sino la siguiente, a la que está pegada por algún extremo. A los cinco minutos tiene tanto sueño que empieza a no entender lo que lee y lucha una y otra vez frente a la primera frase completa de la página 315 hasta caer dormido. Como un eco casi perdido regresan entonces las palabras del diario sobre el gran incendio de Londres. No hay claridad sino un llamear espantoso y sangrientamente maligno que el viento empuja por toda la metrópoli. Cientos de palomas muertas sobre el pavimento con el plumaje chamuscado. Los árboles de los cementerios se prenden fuego unos a otros. Su crepitar es monstruoso, como si el mismísimo diablo anduviese rechinando los dientes a nuestro lado, en una habitación inundada de oscuridad. Mucha gente trata de huir hacia el agua del río. A nuestro alrededor el reflejo, y delante de la profunda oscuridad del cielo, en un arco, cuesta arriba, la pared de fuego, recortada en zigzag. Y al día siguiente una lluvia apacible de cenizas, hacia el oeste, hasta más allá del Windsor Park.
Rautaavara.
Fuera de los cristales, sucios de todo el otoño, el cielo que se rasga en su decrepitud. Una finísima línea purulenta separa unas nubes de otras, en un cúmulo de grises y rojizos que se asemeja al material olvidado tras intentar sanar una herida profunda e incurable. Es la hora de las unciones. Las manos frías y como ajenas recorren la barbilla, en un despistado gesto de repliegue físico sobre uno mismo, de recogimiento. El trémulo reflejo de la televisión, que ocupa el lugar que otrora ocuparía la lumbre, con su caprichoso bailoteo sobre objetos, paredes y cuadros, reconcentra el recuerdo de otras horas parecidas a esta, en otras ciudades que ya no existen, porque en estos instantes nos son ajenas. A ese recuerdo le acompaña el recuerdo de las salidas de casa envueltos en una bufanda, de las llegadas en taxi a fiestas de desconocidos, de apretar el botón del ascensor con un guante, de tender la mano y soltar en otra una botella de vino, de las reuniones en la cocina que anteceden a una cena, de esa curiosidad infantil que sentimos al entrar en las casas de los demás y observar su disposición y su reglamento. Y luego, de vuelta aquí, puede que suene el teléfono o que tratemos de discenir en un libro aquella frase que rodeamos de lápiz: "un éxtasis... de amor... a primera... vista". Entonces, tirados sobre la alfombra, miramos hacia el cielo, desconocido como siempre, y estiramos una mano hacia el invierno que todo lo rodea, y todo está tan lejos que parece mentira, y perdemos el norte, y seguimos sin vernos la cara, aunque sí el resto: esas manos que vuelven una y otra vez sobre nuestra cara que no vemos, como las manos de los ciegos, y es ya de noche, y el invierno, este invierno que nunca acaba.
A aproximadamente las cuatro de la tarde un hombre entra en la estación de Liverpool Street y se monta en uno de los trenes que circulan en dirección a los suburbios del noreste. Lleva consigo un ejemplar de viejo (Everyman's Library, 1913), en papel cebolla, del diario de Samuel Pepys. Como si se tratase de una baraja de cartas, obedeciendo únicamente al azar del lugar en que se posan sus dedos, y después su vista, va leyendo frases sueltas, pequeños fragmentos. Factores ambientales como la humedad han hecho que a veces no sea esa página la que se aparezca ante sus ojos sino la siguiente, a la que está pegada por algún extremo. A los cinco minutos tiene tanto sueño que empieza a no entender lo que lee y lucha una y otra vez frente a la primera frase completa de la página 315 hasta caer dormido. Como un eco casi perdido regresan entonces las palabras del diario sobre el gran incendio de Londres. No hay claridad sino un llamear espantoso y sangrientamente maligno que el viento empuja por toda la metrópoli. Cientos de palomas muertas sobre el pavimento con el plumaje chamuscado. Los árboles de los cementerios se prenden fuego unos a otros. Su crepitar es monstruoso, como si el mismísimo diablo anduviese rechinando los dientes a nuestro lado, en una habitación inundada de oscuridad. Mucha gente trata de huir hacia el agua del río. A nuestro alrededor el reflejo, y delante de la profunda oscuridad del cielo, en un arco, cuesta arriba, la pared de fuego, recortada en zigzag. Y al día siguiente una lluvia apacible de cenizas, hacia el oeste, hasta más allá del Windsor Park.
Rautaavara.
Fuera de los cristales, sucios de todo el otoño, el cielo que se rasga en su decrepitud. Una finísima línea purulenta separa unas nubes de otras, en un cúmulo de grises y rojizos que se asemeja al material olvidado tras intentar sanar una herida profunda e incurable. Es la hora de las unciones. Las manos frías y como ajenas recorren la barbilla, en un despistado gesto de repliegue físico sobre uno mismo, de recogimiento. El trémulo reflejo de la televisión, que ocupa el lugar que otrora ocuparía la lumbre, con su caprichoso bailoteo sobre objetos, paredes y cuadros, reconcentra el recuerdo de otras horas parecidas a esta, en otras ciudades que ya no existen, porque en estos instantes nos son ajenas. A ese recuerdo le acompaña el recuerdo de las salidas de casa envueltos en una bufanda, de las llegadas en taxi a fiestas de desconocidos, de apretar el botón del ascensor con un guante, de tender la mano y soltar en otra una botella de vino, de las reuniones en la cocina que anteceden a una cena, de esa curiosidad infantil que sentimos al entrar en las casas de los demás y observar su disposición y su reglamento. Y luego, de vuelta aquí, puede que suene el teléfono o que tratemos de discenir en un libro aquella frase que rodeamos de lápiz: "un éxtasis... de amor... a primera... vista". Entonces, tirados sobre la alfombra, miramos hacia el cielo, desconocido como siempre, y estiramos una mano hacia el invierno que todo lo rodea, y todo está tan lejos que parece mentira, y perdemos el norte, y seguimos sin vernos la cara, aunque sí el resto: esas manos que vuelven una y otra vez sobre nuestra cara que no vemos, como las manos de los ciegos, y es ya de noche, y el invierno, este invierno que nunca acaba.
domingo, noviembre 14, 2010
Trío de Ravel
Apunto autores y obras que quiero leer: Onetti, Chatwin, más Sebald, el último Coetzee, el Tristan Shandy de Sterne.
Hay otros que me gustaría simplemente tener: Anatomía de la melancolía de Burton, los Ensayos de Montaigne.
Una especie de ansiedad de carácter temporal (clausural, diría yo) se apodera de mí. Mi diógenes libresca me lleva cada cierto tiempo a la Luna Nueva y me hace comprar libros que se acumulan en mis estanterías. Son tareas pendientes que, de alguna forma, prorrogan o aplazan este tiempo de clausura. Clausura como fin, como cierre; clausura como encierro.
Coqueteo con la idea de encerrarme: la vida puede quedar allende la puerta, allende la ciudad, allende el presente, para un tiempo futuro. Ahora toca escribir, intentarlo al menos. Llegué aquí para eso, ¿no? ¿qué me hizo venir aquí? A veces, se me olvida.
Carne encerrada. Arroz pasado.
Entre los autores que apunto está Josep Pla. Escribo su nombre acercando la punta de los dedos al extremo del bolígrafo, sobre un post-it. Y de repente me acuerdo de alguien, una especie de fuego de San Telmo, de aparición y desaparición repentinas, que escribió algo sobre Josep Pla en su blog. Su extraña manifestación fantasmal, una suerte de aviso, es como un paréntesis cerrado con precipitación, un inicio de digresión de mi propia vida clausurada, fallido (¿por suerte?). En esta ruina de consumo pasivo, en este ambiente de capitalismo farmacopornográfico de sillas pegadas a ordenadores eternamente encendidos, y nosotros en medio, en este planeta donde ningún rincón parece haber escapado al turismo low cost y los periódicos ocupan la mayor parte de sus páginas con anuncios y balances empresariales, el amor se antoja como la única aventura posible, el deseado papel protagonista que todos nos han ido quitando.
Al recordar el nombre de Pla escrito por ese desconocido se produce en mí una consciencia de idealización fracasada, parecida a la que sume todo proyecto humano de la imaginación en leve derrota cuando cobra forma real.
Pienso en S. como si fuese un libro aún no leído, como si fuese una novela que jamás se escribirá. Y luego pienso en Sebald, en un artículo que leí sobre él en The New York Review of Books, y pienso en los estetas, en Baudelaire, en los melancólicos, en Benjamin...
En la radio suena el Trío para piano, violín y violonchelo de Ravel.
Me "apunto" también que quiero volver a ver Un corazón en invierno, de Claude Sautet.
Hay otros que me gustaría simplemente tener: Anatomía de la melancolía de Burton, los Ensayos de Montaigne.
Una especie de ansiedad de carácter temporal (clausural, diría yo) se apodera de mí. Mi diógenes libresca me lleva cada cierto tiempo a la Luna Nueva y me hace comprar libros que se acumulan en mis estanterías. Son tareas pendientes que, de alguna forma, prorrogan o aplazan este tiempo de clausura. Clausura como fin, como cierre; clausura como encierro.
Coqueteo con la idea de encerrarme: la vida puede quedar allende la puerta, allende la ciudad, allende el presente, para un tiempo futuro. Ahora toca escribir, intentarlo al menos. Llegué aquí para eso, ¿no? ¿qué me hizo venir aquí? A veces, se me olvida.
Carne encerrada. Arroz pasado.
Entre los autores que apunto está Josep Pla. Escribo su nombre acercando la punta de los dedos al extremo del bolígrafo, sobre un post-it. Y de repente me acuerdo de alguien, una especie de fuego de San Telmo, de aparición y desaparición repentinas, que escribió algo sobre Josep Pla en su blog. Su extraña manifestación fantasmal, una suerte de aviso, es como un paréntesis cerrado con precipitación, un inicio de digresión de mi propia vida clausurada, fallido (¿por suerte?). En esta ruina de consumo pasivo, en este ambiente de capitalismo farmacopornográfico de sillas pegadas a ordenadores eternamente encendidos, y nosotros en medio, en este planeta donde ningún rincón parece haber escapado al turismo low cost y los periódicos ocupan la mayor parte de sus páginas con anuncios y balances empresariales, el amor se antoja como la única aventura posible, el deseado papel protagonista que todos nos han ido quitando.
Al recordar el nombre de Pla escrito por ese desconocido se produce en mí una consciencia de idealización fracasada, parecida a la que sume todo proyecto humano de la imaginación en leve derrota cuando cobra forma real.
Pienso en S. como si fuese un libro aún no leído, como si fuese una novela que jamás se escribirá. Y luego pienso en Sebald, en un artículo que leí sobre él en The New York Review of Books, y pienso en los estetas, en Baudelaire, en los melancólicos, en Benjamin...
En la radio suena el Trío para piano, violín y violonchelo de Ravel.
Me "apunto" también que quiero volver a ver Un corazón en invierno, de Claude Sautet.
martes, octubre 26, 2010
Cosas que caben en este otoño
Escuchar, ya caída la tarde, disco a disco, la integral de los Cuartetos de cuerda de Dmitri Shostakovich.
Hablar por el teléfono fijo con los amigos de aquí y de allá.
Leer novelas formalmente rupturistas, de estructura arriesgada: dígase Verano de Coetzee, o algún Bolaño pendiente, o una locura de Copi, o Campo Santo de Sebald, tan apropiado para estos días.
Almorzar lentejas, alubiones con almejas, espinacas con garbanzos.
English Breakfast Tea con nube de leche y scones caseros.
"Contraprogramar" La2 los viernes por la noche.
Ir una tarde con mi hermano al estudio de grabación y observar cómo graba alguno de sus nuevos temas.
Aprovechar la tarde del domingo para jugar unas partidas de backgammon y disfrutar de un Bruichladdich Sherry Classic on the rocks.
Viajar a Estocolmo, o a Amsterdam.
Leerse toda la segunda etapa (fenomenológica/poética/psicoanalística) de Gaston Bachelard.
Ante los accesos de soledad, refugiarse en los últimos compases de la Fantasía-Obertura de Romeo y Julieta, de Tchaikovsky.
Pirarse al campo algún que otro fin de semana, con amigos; observar la naturaleza; ensimismarse con sus ruidos, con los ladridos y los balidos de los animales al anochecer.
Acompañar estas escapadas de poetas de las islas británicas, con doble inicial: W. H. Auden, T.S. Eliot, W. B. Yeats.
Enamorarse, ligeramente, antes de que caiga la noche, y la noche empezará a caer pronto. Debe ser gente guapa, con un aire como de la escuela de Ferrara, soñadora, un pelín absurda, algo infantil, más de beso que de coito.
Dejar que te impregne ese aroma, y mezclarlo con Terre d'Hermès.
Evitar los bares y discotecas y frecuentar interiores más cálidos, luces indirectas: fiestas o cenas en petit comité. Hay que prepararse para la nueva Ley del Tabaco.
Si aparece algún amante, ponerlo a prueba con el visionado de algún clásico en DVD: Escrito sobre el viento, de Douglas Sirk o Un verano con Mónica, de Bergman. Si se aburre, ponerlo de inmediato en el cesto de reciclaje, como las cartas comerciales.
Trabajar escuchando a The Carpenters.
No esperar nada extraordinario. Relamerse en lo minúsculo. Adorar la miniatura.
Cerrar la puerta de casa, después de una tarde de compras, y saber que estás felizmente solo.
Visitar, en la medida de lo posible: museos donde haya muchas vitrinas, algo de polvo, gran cantidad de pequeñas piezas expuestas, una catalogación decimonónica, con un algo de gabinete de coleccionista. En Jerez, por ejemplo, el Museo de Relojes, con su jardín esparcido de pavos reales.
Desayunar cosas que se puedan mojar en el café: magdalenas, galletas, mostachones. Parar con la lengua ese hilo de leche que se escapa por las muñecas...
Dormitar.
Disfrutar del calor humano de los cafés. Sentir ese acaloramiento en las mejillas. Volver al frío de la tarde. Darle dos vueltas a la bufanda.
Soñar.
... y escribir.
Hablar por el teléfono fijo con los amigos de aquí y de allá.
Leer novelas formalmente rupturistas, de estructura arriesgada: dígase Verano de Coetzee, o algún Bolaño pendiente, o una locura de Copi, o Campo Santo de Sebald, tan apropiado para estos días.
Almorzar lentejas, alubiones con almejas, espinacas con garbanzos.
English Breakfast Tea con nube de leche y scones caseros.
"Contraprogramar" La2 los viernes por la noche.
Ir una tarde con mi hermano al estudio de grabación y observar cómo graba alguno de sus nuevos temas.
Aprovechar la tarde del domingo para jugar unas partidas de backgammon y disfrutar de un Bruichladdich Sherry Classic on the rocks.
Viajar a Estocolmo, o a Amsterdam.
Leerse toda la segunda etapa (fenomenológica/poética/psicoanalística) de Gaston Bachelard.
Ante los accesos de soledad, refugiarse en los últimos compases de la Fantasía-Obertura de Romeo y Julieta, de Tchaikovsky.
Pirarse al campo algún que otro fin de semana, con amigos; observar la naturaleza; ensimismarse con sus ruidos, con los ladridos y los balidos de los animales al anochecer.
Acompañar estas escapadas de poetas de las islas británicas, con doble inicial: W. H. Auden, T.S. Eliot, W. B. Yeats.
Enamorarse, ligeramente, antes de que caiga la noche, y la noche empezará a caer pronto. Debe ser gente guapa, con un aire como de la escuela de Ferrara, soñadora, un pelín absurda, algo infantil, más de beso que de coito.
Dejar que te impregne ese aroma, y mezclarlo con Terre d'Hermès.
Evitar los bares y discotecas y frecuentar interiores más cálidos, luces indirectas: fiestas o cenas en petit comité. Hay que prepararse para la nueva Ley del Tabaco.
Si aparece algún amante, ponerlo a prueba con el visionado de algún clásico en DVD: Escrito sobre el viento, de Douglas Sirk o Un verano con Mónica, de Bergman. Si se aburre, ponerlo de inmediato en el cesto de reciclaje, como las cartas comerciales.
Trabajar escuchando a The Carpenters.
No esperar nada extraordinario. Relamerse en lo minúsculo. Adorar la miniatura.
Cerrar la puerta de casa, después de una tarde de compras, y saber que estás felizmente solo.
Visitar, en la medida de lo posible: museos donde haya muchas vitrinas, algo de polvo, gran cantidad de pequeñas piezas expuestas, una catalogación decimonónica, con un algo de gabinete de coleccionista. En Jerez, por ejemplo, el Museo de Relojes, con su jardín esparcido de pavos reales.
Desayunar cosas que se puedan mojar en el café: magdalenas, galletas, mostachones. Parar con la lengua ese hilo de leche que se escapa por las muñecas...
Dormitar.
Disfrutar del calor humano de los cafés. Sentir ese acaloramiento en las mejillas. Volver al frío de la tarde. Darle dos vueltas a la bufanda.
Soñar.
... y escribir.
martes, octubre 19, 2010
Heterotopías
Mientras a duras penas prosigo con la redacción de mi novela, se me ha colado un nuevo relato corto. Lo he titulado Heterotopías y lo he terminado hoy. Comienza en una sauna de chaperos y sigue en Venecia. Sin solución de continuidad. El motivo podría ser esa nebbia espesa que a veces se instala sobre nuestra existencia, impidiéndonos ver más allá del presente.
El muelle de los incurables...
Me gustan mucho las dos citas que introducen el relato:
En ruptura con los espacios tradicionales, las heterotopías son “contra-espacios”, zonas de paso o de reposo, lugares donde se suspenden las normas morales que rigen todo otro lugar, una suerte de “utopías localizadas” que han encontrado un lugar provisional o un puerto de excepción.
Beatriz Preciado, Pornotopía
En cualquier momento podría asistir a la llegada de su rey, el rey Niebla, que se disponía a doblar la esquina en toda su gloria de cúmulos. “Silenciosamente y muy deprisa”, me repetí a mí mismo. Ahora sí, se trataba de la última línea de “La caída de Roma”, de Auden, y era ese lugar el que se encontraba “por entero, en otro lugar”.
Joseph Brodsky, Marca de agua
Tengo que retomar mi novela. Aunque me encanta que se me "cuelen" relatos breves. Y salir medianamente satisfecho de estos "accidentes".
El muelle de los incurables...
Me gustan mucho las dos citas que introducen el relato:
En ruptura con los espacios tradicionales, las heterotopías son “contra-espacios”, zonas de paso o de reposo, lugares donde se suspenden las normas morales que rigen todo otro lugar, una suerte de “utopías localizadas” que han encontrado un lugar provisional o un puerto de excepción.
Beatriz Preciado, Pornotopía
En cualquier momento podría asistir a la llegada de su rey, el rey Niebla, que se disponía a doblar la esquina en toda su gloria de cúmulos. “Silenciosamente y muy deprisa”, me repetí a mí mismo. Ahora sí, se trataba de la última línea de “La caída de Roma”, de Auden, y era ese lugar el que se encontraba “por entero, en otro lugar”.
Joseph Brodsky, Marca de agua
Tengo que retomar mi novela. Aunque me encanta que se me "cuelen" relatos breves. Y salir medianamente satisfecho de estos "accidentes".
viernes, octubre 15, 2010
Kitsch y nostalgia
"Me gustan los cuadros estúpidos, los entrepaños, las escenografías, los trapecios de los acróbatas, las señales, los grabados populares, la literatura pasada de moda, el latín de iglesia, los libros eróticos con faltas de ortografía, las novelas de nuestras abuelas, los cuentos de hadas, los pequeños libros de la infancia, las viejas óperas, los refranes ridículos y las rimas ingenuas".
Arthur Rimbaud, Alquimia del mundo
Arthur Rimbaud, Alquimia del mundo
viernes, octubre 08, 2010
Una idea de decadencia "fin de siècle"...
"Desde que existe la humanidad, su progreso, sus adquisiciones han sido todas del orden de la sensibilidad. Cada día, se pone nerviosa, histérica. Y en lo referente a esta actividad... ¿estás seguro que la melancolía moderna no resulta de ello? ¿Sabes si la tristeza del siglo no se origina de un exceso de trabajo, movimiento, esfuerzo tremendo, labor furiosa, de sus fuerzas cerebrales tensadas hasta el punto de ruptura, de la producción en exceso en todo dominio?"
Edmond y Jules de Goncourt, Diario.
Edmond y Jules de Goncourt, Diario.
lunes, octubre 04, 2010
La Somnambule
A raíz de un encuentro inaudito que he tenido en los últimos días busco respuesta en mi pequeño devocionario, El bosque de la noche, de Djuna Barnes:
- (...)Tenía como un azul fluido debajo de la piel, como si le hubiesen arrancado la corteza del tiempo, y con ella, todas las transacciones del conocimiento. Una especie de primer estado de la atención, una cara que envejecerá sólo bajo los golpes de la niñez perpetua. Unas sienes, como las de los venados jóvenes cuando les apunta el cuerno, como ojos dormidos. Y esa expresión de la cara que perseguimos como un fuego de San Telmo. Los brujos conocen el poder de los cuernos. Tú encuentra un cuerno donde quieras y sabrás que ha sido identificado. Podrías tropezarte con mil cráneos humanos sin sentir la misma trepidación. ¡Si lo sabrán las viejas duquesas! ¿Has visto a alguna que se presente en público, ya sea en la ópera o en cualquier sarao, sin que le tremolen en la sien plumas, flores, ramitas de avena o cualquier otra fruslería?
Ella no le oía.
-Cada hora es mi última hora - dijo con desesperación- ¡Y no se puede estar toda la vida viviendo una última hora!
Él juntó las manos.
-Incluso la vida contemplativa no es más que un esfuerzo, Nora, hija mía, para esconder el cuerpo de manera que no asomen los pies. ¡Ah, quién fuera el animal que nace al abrir los ojos, sólo va hacia delante y, al final del día, al cerrar los párpados, cierra la memoria!"
Yo estaba acomodado en mi pequeño mundo de cinismo y olvido, de sombras perseguidas aquí y allá tras manipular con ahínco persianas y tornasoles... (Oh, cordero de dios, que quitas el pecado del mundo)... No puedes estallar en mi habitación y llenarla a raudales de luz enceguecedora.
"¿Qué, quién se ha muerto? ¿qué pies asoman por la puerta?" me pregunto con delectación y pánico mientras transito de nuevo por el Réquiem de Gabriel Fauré, el más luminoso de todos... hay pasiones que nacen dolorosamente muertas.
El amor de Eros. Ese pequeña gran calamidad egoísta. Como si no lo supieses.
Entre La decadencia y El kitsch. Entre esos dos capítulos del libro de Calinescu te encuentras en estos momentos. Caras de la modernidad...
Espero que avances rápido. Podrías apuntarte como próxima lectura Verano de Coetzee, por eso de alojarte momentáneamente en otra estación...
- (...)Tenía como un azul fluido debajo de la piel, como si le hubiesen arrancado la corteza del tiempo, y con ella, todas las transacciones del conocimiento. Una especie de primer estado de la atención, una cara que envejecerá sólo bajo los golpes de la niñez perpetua. Unas sienes, como las de los venados jóvenes cuando les apunta el cuerno, como ojos dormidos. Y esa expresión de la cara que perseguimos como un fuego de San Telmo. Los brujos conocen el poder de los cuernos. Tú encuentra un cuerno donde quieras y sabrás que ha sido identificado. Podrías tropezarte con mil cráneos humanos sin sentir la misma trepidación. ¡Si lo sabrán las viejas duquesas! ¿Has visto a alguna que se presente en público, ya sea en la ópera o en cualquier sarao, sin que le tremolen en la sien plumas, flores, ramitas de avena o cualquier otra fruslería?
Ella no le oía.
-Cada hora es mi última hora - dijo con desesperación- ¡Y no se puede estar toda la vida viviendo una última hora!
Él juntó las manos.
-Incluso la vida contemplativa no es más que un esfuerzo, Nora, hija mía, para esconder el cuerpo de manera que no asomen los pies. ¡Ah, quién fuera el animal que nace al abrir los ojos, sólo va hacia delante y, al final del día, al cerrar los párpados, cierra la memoria!"
Yo estaba acomodado en mi pequeño mundo de cinismo y olvido, de sombras perseguidas aquí y allá tras manipular con ahínco persianas y tornasoles... (Oh, cordero de dios, que quitas el pecado del mundo)... No puedes estallar en mi habitación y llenarla a raudales de luz enceguecedora.
"¿Qué, quién se ha muerto? ¿qué pies asoman por la puerta?" me pregunto con delectación y pánico mientras transito de nuevo por el Réquiem de Gabriel Fauré, el más luminoso de todos... hay pasiones que nacen dolorosamente muertas.
El amor de Eros. Ese pequeña gran calamidad egoísta. Como si no lo supieses.
Entre La decadencia y El kitsch. Entre esos dos capítulos del libro de Calinescu te encuentras en estos momentos. Caras de la modernidad...
Espero que avances rápido. Podrías apuntarte como próxima lectura Verano de Coetzee, por eso de alojarte momentáneamente en otra estación...
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