Resulta curioso que una película tan llena de referencias cinemetográficas (a El gatopardo y Rocco y sus hermanos, de Visconti, a Fanny y Alexander de Bergman, a Los muertos de Huston, a Prima della revoluzione, de Bertolucci, a Vértigo de Hitchcock, a Teorema de Pasolini e incluso a Entre tinieblas de Almodóvar, por sólo citar unas cuantas), tome su nombre de una escena de Philadelphia, ese melodrama de segunda o tercera fila en el que Tom Hanks, abrazado a su gotero, ante su abogado aún homófobo pero a punto de dejar de serlo, traduce una frase del aria "La mamma morta", del Andrea Chénier de Giordano: "Io sono l'amore", "I'm love". Curioso que sea la única película literalmente citada en el film, y curioso que aparezca en la tele, empequeñecida, cuando los protagonistas están a punto de dormirse y cortada por un zapping que distraídamente hace uno de ellos con el mando a distancia.
El motivo o motor del relato no es otro que presentarnos a una familia de la rica y refinada burguesía milanesa que asiste al relevo de mandos de la empresa familiar, en un mundo -el del capitalismo global y especular de la actualidad - que cambia a un ritmo imprevisible. Al mismo tiempo, la aparición de un joven cocinero amigo del heredero de tercera generación del clan y el descubrimiento de la (homo)sexualidad disidente de su hija, harán que la madre (Tilda Swinton), Emma, de origen ruso (una clara referencia a las heroínas de la gran novela del XIX) comience a romper la crisálida en la que ha estado viviendo durante años. La unidad familiar, reflejo claro de una manera estabilizante de entender el mundo y sus relaciones, también su economía, filmada durante toda la primera parte de la película con mimo en sus lujosos interiores a través de encuadres preciosistas prestados de la tradición clásica, dará paso a una narrativa más exabrupta, y a una textura y una coloración más salvajes, inspiradas en las artes plásticas. Ya no estamos en el Milán estático y nevado de los primeros planos sino en plena naturaleza o en plena City de Londres. Es primavera, hay insectos o rascacielos por todas partes y el deseo, potencia del cambio, origen del capitalismo, mostruo descabezado, comienza a manifestarse sujetándose con fuerza, nunca mejor dicho, al pronombre Io, impersonal y múltiple, que da nombre a la película. Desde este momento, todo se precipita con fuerza.
Las narraciones potentes son aquellas que cuanto más intentas limitar más se desbordan. Es el caso de esta película. Su estilo barroco y su temática difusa hacen de ella un artefacto complejo, abierto a muchas lecturas y disfrutes. Me gustan sus créditos iniciales, a la vieja usanza, llenos de llaves con puntos suspensivos y nombres, el "regia" con el que el cine italiano presenta a sus directores, los dos o tres planos en los tejados del Duomo milanés, la presencia de Marisa Berengson (a pesar de lo operada que está), me gusta esa bomba de relojería rusa que es el personaje de Tilda, gélida y apasionada a la vez, me gusta la alusión a la alta cocina como sublimación de la necesidad y al deseo, en general, como fantasma cultural, la imbricación delicada entre naturaleza y cultura, la persecución en San Remo al estilo de Vértigo (¿qué clase de perfume irresistible desprende Vértigo? ¿era Hitchcock consciente del fetiche que estaba creando?), el atrevido final, a escasos milímetros de lo ridículo, el subrayado verdaderamente melodramático de la banda sonora de John Adams, el vestuario de Jil Sander que tan bien luce la Swinton, esa forma oblicua de filmar las ventanas y las cornisas de los edificios de Milán, los interiores, tipo Architectural Digest (a Tom Ford, ese chico de Texas, le queda mucho por aprender), ese magnífico exterior que es Italia, país bello entre los bellos, la escena de las palomas en la capilla, el "tú no existes" frente al asertivo "amo a Antonio", en fin... tantas cosas.
En su planteamiento, temática y estilo narrativo me ha recordado enormemente a Cuento de navidad, de Desplechin, película que vi hace unos meses y que también adoré. Cine que mira sin complejos a las otras artes, que mira de frente a los grandes clásicos del cine de autor, porque se sabe en esa tradición, cine formalista, que babea ante la Historia del gran cine (como lo hacen otros productos de género, caso del cine de terror) con la devoción con que el Renacimiento (¿il Rissorgimento?) estudiaba la Antigüedad Clásica. Qué duda cabe: nuestra modernidad es nuestra antigüedad.
sábado, mayo 29, 2010
miércoles, mayo 19, 2010
Las novelas de entreguerras
Ayer café + cena + cóctel con L. Hablamos sobre la sensación derrotista que tengo. Sobre la que tenía ella antes de irse de aquí y lo mucho que ha cambiado luego su vida... Le digo que yo también quiero cambiar aspectos de mi aburrida existencia pero que no sé cómo hacerlo. Me habla sobre el coaching online que está haciendo... me lo recomienda. Mientras me dice que me tengo que visualizar consiguiendo mis metas se ríe porque me conoce y sabe la cara de incredulidad que estoy poniendo...
"Tienes que leer menos novelas de entreguerras", me espeta. Con esta frase me desarma. Me río, hablamos sobre El bosque de la noche, novela buenísima que siempre he tenido como obra de cabecera pero, definitivamente, poco recomendable para subir el ánimo. El gran arte acaba aplastándote...
Me encanta estar con L. Tiene un aura positiva, afirmativa, rotunda.
L., que se llama como la musa de Petrarca, y que fue una gran compañía en mis últimos meses en Madrid, lleva toda la razón: a partir de ahora prometo leer más a los précieux, a Borges, el Tristam Shandy, Don Quijote.
Se acabó por un tiempo Mitteleuropa y la novela de entreguerras.
"Tienes que leer menos novelas de entreguerras", me espeta. Con esta frase me desarma. Me río, hablamos sobre El bosque de la noche, novela buenísima que siempre he tenido como obra de cabecera pero, definitivamente, poco recomendable para subir el ánimo. El gran arte acaba aplastándote...
Me encanta estar con L. Tiene un aura positiva, afirmativa, rotunda.
L., que se llama como la musa de Petrarca, y que fue una gran compañía en mis últimos meses en Madrid, lleva toda la razón: a partir de ahora prometo leer más a los précieux, a Borges, el Tristam Shandy, Don Quijote.
Se acabó por un tiempo Mitteleuropa y la novela de entreguerras.
martes, mayo 18, 2010
La palabra
Después de meses de conciliación con otras lecturas, termino de leer los Diarios de John Cheever publicados por emecé. No cabe duda de que, en su género, y en general, se trata de una obra destacable. A pesar de estar aligerada desde su primera edición en inglés (hay un trabajo de montaje por parte del editor), algunos pasajes me han resultado arduos; no por la forma, que es impecable, sino por el tono lastimero de marido desatendido que adopta el escritor. Su sexualidad, tanto en el aspecto identitario como en el aspecto económico -en un sentido de gestión de la necesidad-, le atormenta. Al final de su vida parece más gozoso con esta faceta de su existencia. Hay trozos muy bellos; imágenes poderosas. Su pensamiento es más bien poético: las visiones engullen un razonamiento que podría ser más profundo. Pero esa capacidad suya para no cerrar los razonamientos, para que aparezcan en sfumatto, es quizás su gran baza. Leo las últimas páginas, todas las relativas a su enfermedad y decadencia física, con premura. No sé si estoy mirando de soslayo y con irresponsabilidad (como quien observa la caída de un mendigo borracho en la calle y por vergüenza acelera el paso, quedándose al final con la mala conciencia de su indiferencia) o si, en realidad, es un síntoma de absoluto interés (como cuando leemos una novela "de trama" y en su punto álgido nuestra curiosidad hace que nos saltemos algunas frases). Me noto con décimas de fiebre y leer sobre muerte y enfermedad me hace sentir la debilidad del propio cuerpo, algo que casi nunca me gusta, sobre todo cuando estoy solo.
Cierro el libro con la satisfacción del deber cumplido. Otra obra leída para mi alma y mi biblioteca. Como si leer diese puntos para algo... como si me fuese a cambiar la vida... no la del espíritu sino la del día a día, esa que me cansa y me enferma. Leer buenos libros ni siquiera es garantía para escribir bien. No sé si era Jean Cocteau el que decía que la literatura es una forma de la memoria que no se recuerda...
Al hacer pis, noto que me escuece la polla. Al menos esta vez estoy seguro de que no tiene nada que ver con mi vida sexual, que es inexistente. Mi recóndita conciencia cristiana se siente liviana...
Como nadie me ha salvado del castigo de Adán ("ganarás el pan con el sudor de tu frente"), se hace necesario que trate de cambiar de trabajo. Como siga cinco años más en este erial de la traducción basura, acabaré por detestar la palabra.
Cierro el libro con la satisfacción del deber cumplido. Otra obra leída para mi alma y mi biblioteca. Como si leer diese puntos para algo... como si me fuese a cambiar la vida... no la del espíritu sino la del día a día, esa que me cansa y me enferma. Leer buenos libros ni siquiera es garantía para escribir bien. No sé si era Jean Cocteau el que decía que la literatura es una forma de la memoria que no se recuerda...
Al hacer pis, noto que me escuece la polla. Al menos esta vez estoy seguro de que no tiene nada que ver con mi vida sexual, que es inexistente. Mi recóndita conciencia cristiana se siente liviana...
Como nadie me ha salvado del castigo de Adán ("ganarás el pan con el sudor de tu frente"), se hace necesario que trate de cambiar de trabajo. Como siga cinco años más en este erial de la traducción basura, acabaré por detestar la palabra.
lunes, mayo 17, 2010
Un leve soplo
Se recostó sobre la cama y miró a cada esquina de la habitación. Ahora entendía mejor la flexión de las lenguas y por qué cada palabra, su significado, su evocación, eran producto de la Historia. Allí con él, en aquella pensión del sur del Mediterráneo, estaba todo el amor que podía dar. El que podía recibir se manifestaba en el aire cálido de la tarde, en los tres o cuatro libros que descansaban sobre la mesilla de noche como ángeles con las piernas colgando sobre una roca, en la fragilidad de la luz que retrocedía por la ventana. Había estado un rato mirando fotografías de hacía unos años y lo que más se le había envejecido era la mirada... había perdido ese brillo característico, limpio, de los espejos flamantes... se retrotrajo a esas tardes cálidas de veranos atrás, cuando la piel huele a gel fresco y el pelo largo de las amigas que te acompañan todavía está mojado... ¿qué hace tan hermoso que un desconocido, que nos aborda algo borracho en una terraza (la boca roja de carne e inteligencia) nos hable del dulce ruiseñor de Monteverdi? ¿la posibilidad de un nuevo principio? ¿una serena exclamatio? ¿el vínculo resucitado con Monteverdi y con todos los muertos? oh, juventud apresurada... Se puso a jugar con unas cerillas mientras contemplaba el nombre de la pensión escrito sobre la caja: Arcadia. Las frotaba con dificultad sobre el papel de lija, las encendía, se dejaba penetrar por el olor del fósforo, las apagaba con un leve soplo... se sintió mareado y pensó que sí, que decididamente debía dejar de fumar.
lunes, mayo 10, 2010
5 años
Hace ya cinco años que ando prisionera.
El inicio de este blog está fechado en mayo de 2005.
No hay balances que hacer, tan sólo el peso del tiempo; eso ya es bastante.
Y esta existencia, representada, deslavazada, de corto aliento, a fogonazos, como el cigarrillo que se enciende a oscuras en una noche de insomnio.
Escucho a Chopin. Vuelvo a atender a las noticias.
Leo a Foucault, a Cheever, a Ford, a Proust.
Me sigue gustando el té en invierno y la coca-cola en verano.
Sigo adicto al tabaco y, de manera esporádica, a otras drogas.
Me siento igual de torpe, igual de inseguro, igual de poco inteligente. Me gustaría entender a cada coma Las palabras y las cosas, pero no lo consigo. Sin embargo, cada vez, a cada nueva relectura, siento más mío El bosque de la noche.
El bramido del dolor ha decrecido en intensidad pero aumentado en constancia.
Ésta parece ser mi única escuela, mi único modo de autoaprendizaje.
El mundo me resulta enormemente interesante pero me siento muy despegado, muy ajeno.
Me a-bu-rro. Desde mi propia prisión lo digo; han pasado cinco años. Todo un éxito.
El inicio de este blog está fechado en mayo de 2005.
No hay balances que hacer, tan sólo el peso del tiempo; eso ya es bastante.
Y esta existencia, representada, deslavazada, de corto aliento, a fogonazos, como el cigarrillo que se enciende a oscuras en una noche de insomnio.
Escucho a Chopin. Vuelvo a atender a las noticias.
Leo a Foucault, a Cheever, a Ford, a Proust.
Me sigue gustando el té en invierno y la coca-cola en verano.
Sigo adicto al tabaco y, de manera esporádica, a otras drogas.
Me siento igual de torpe, igual de inseguro, igual de poco inteligente. Me gustaría entender a cada coma Las palabras y las cosas, pero no lo consigo. Sin embargo, cada vez, a cada nueva relectura, siento más mío El bosque de la noche.
El bramido del dolor ha decrecido en intensidad pero aumentado en constancia.
Ésta parece ser mi única escuela, mi único modo de autoaprendizaje.
El mundo me resulta enormemente interesante pero me siento muy despegado, muy ajeno.
Me a-bu-rro. Desde mi propia prisión lo digo; han pasado cinco años. Todo un éxito.
martes, abril 20, 2010
Eyjafjallajokull
Podría haberte sucedido en uno de esos momentos de hastío laboral que tan a menudo sufres. Al dejarte caer, agotado, sobre el teclado, habría salido ese nombre caprichoso, una erupción de letras, en su mayoría consonantes, sin orden ni concierto, el azar probablemente. Sin embargo, una nube de partículas de roca, cristal y ceniza atraviesa el norte y el centro de Europa, con origen en esa extraña isla llamada Islandia, la isla de las islas. Ningún grupo terrorista podría haber asestado un golpe tan magistral a la economía global, en este mundo tan interdependiente, tan veloz, cuyas comunicaciones (a través de satélites) y cuyo tránsito de mercancías humanas y no humanas (a través de los aviones, al menos en gran parte) nos son invisibles y se producen más allá de las nubes. Este ha sido el auténtico y esperado último capítulo de Lost: una columna de negrura que, bien lejos de los trópicos, desde la boca nívea de un volcán septentrional, como de ópera wagneriana, ha dado un respiro a los contaminados cielos de la vieja Europa. Continente tan viejo como el resto, desde luego, pero más sabe el diablo por viejo que por diablo y el diablo es europeo, qué duda cabe. A esas conclusiones llego por la tarde, cuando ya ha pasado la mitad del día, a esa hora tranquila en que el sol se cuela goloso por los resquicios de mi habitación oscurecida; leo Las palabras y las cosas de Foucault... qué título tan bien elegido, qué capacidad para la sintaxis. Primero, el discurso; después, el mundo desplegando sus elementos. Qué más da que los avances de la medicina nos hagan vivir más de 100 años cuando cada día pasa tan deprisa... los aviones, los satélites. El otro día, alguien a quien quiero mucho me dijo eso: "qué rápido pasa el tiempo". Pienso mucho en él algunas tardes, cuando me quedo como disecado entre las sábanas de la siesta, escuchando a las golondrinas, ahogado en mi culpa, esa culpa que crece y crece y crece, al ritmo veloz de la más negra de las nubes de ceniza. Y pienso en lo mucho que he estrechado mi perímetro vital... a veces se reduce a mi casa, y dentro de mi casa al cuadrilátero de la pantalla del ordenador; cuando me aventuro, porque sigo sin tener coche, a las cuatro calles que más frecuento del centro de Jerez... otras a la cinta repetitiva del gimnasio al que voy. Quizás todo se deba a mi trabajo, cuya unidad de producción son las palabras, pero en número, o a esa manía mía, propia de lector empedernido, de acotar el mundo a un puñado de páginas, al límite minúsculo de un libro cuyas fronteras naturales son las manos de uno... uno ni siquiera necesita esconderse ante el libro para que todo lo que está alrededor desaparezca... y sin embargo, tengo ganas de caminar, de caminar y caminar, de llegar hasta las fuentes de Lahore cruzando los tejados de las ciudades, siguiendo las vías del tren, caminar hasta reventar. A veces me acuerdo de Madrid, la recreo como quien recrea a un muerto reciente, con la misma beatitud infinita, con el mismo pellizco, con el mismo asalto espiritual. Allí mi perímetro geográfico era más amplio, llegaba hasta más lejos, descubría cosas nuevas. A veces cogíamos el coche y salíamos... el sol del atardecer nos impedía mirar al frente. Hay días en que los recuerdos me aplastan como una mano ansiosa aplasta un cigarro. Y ahí estoy, escuchando mi música, rumiando mis libros, aquí y allí, y en ningún sitio. Y los días que pasan rápido, y las teclas que forman nombres de volcanes y yo en medio, acotando mi propio perímetro existencial, mirando mis cuentas, rascándome la piel, apuntando al discurso pero ahogado entre las cosas. Ahí está la terraza, y los tejados que se extienden a lo lejos. Ayer era un espectáculo observar el vuelo de las golondrinas, caótico, quizás en mi ignorancia, como golpes aleatorios a un piano, un tanto suicidas, atonales. Con su panza negra y dura como el fuselaje de los aviones, allí estaban, locas, casi chocándose contra los elementos, en mitad del mundo, a esa hora de la tarde en que uno no sabe si encender las luces artificiales y continuar, o quedarse quieto esperando a que caiga la noche.
jueves, abril 08, 2010
Arpeggi
Después de estar con mi madre y una amiga de ella, M., tomando café. Vuelvo a casa y siento el subidón que me da verla, porque no sólo ella me ha visto crecer a mí sino yo también a ella, y observo que a determinadas edades, la gente puede seguir aprendiendo, y seguir siendo guapa, y curiosa.
Suena Weird fishes/Arpeggi, de Radiohead, en mi iPod. Estoy en medio de esta fastuosa tarde de primavera, andando por la calle, con mi alergia primaveral pero feliz, pensando que sí, que quiero ir a Estambul, con L., con A. Que hay que renovarse o morir. Y que lo mejor de renovarse está en conocer a personas maravillosas y ofrecerles tu amistad, y que ellos te ofrezcan la suya, o te la renueven después de años de haberles perdido la pista. Así, de repente, sin tú esperarlo. A pesar de toda esta semana de pesadilla, con Telefónica, sin Internet, solo, con la escasez de trabajo, con la ruina económica, con el escándalo Garzón, sintiendo de lejos y de cerca lo cutre que puede ser este país, pero no importa, porque la tarde es hoy espléndida y estoy escuchando una canción bellísima en mi iPod.
Me cruzo con tres turistas gays por la calle. Maduros. Con esa limpieza en la mirada que te da estar lejos de casa, descubriendo el mundo, en el Mediterráneo. Me recuerdan a esos personajes de la escuela flamenca, a esos burgueses con barba y ojos inquietos de Franz Hals o Van Eyck, y pienso que es posible que todavía queden hombres interesantes en el mundo...
Estoy feliz y no sé muy bien por qué... no tengo motivos aparentes. Todo lo contrario... y luego, en un momento de arrebato, justo antes de llegar a casa, observando a la gente que vive, que respira, que habla por la calle, pienso que no debería autocastigarme más con mi novela, que tampoco pasa nada, que ya la escribirán otros por mí, que a veces basta con observar cómo el aire mueve los geranios, rojos como el cielo de la tarde, o cómo se mueven las páginas de ese prodigio de libro de Foucault que está sobre la mesa de la terraza... para sentir ese escalofrío vital, ese arpegio de ejecución breve y resonancia infinita.
Suena Weird fishes/Arpeggi, de Radiohead, en mi iPod. Estoy en medio de esta fastuosa tarde de primavera, andando por la calle, con mi alergia primaveral pero feliz, pensando que sí, que quiero ir a Estambul, con L., con A. Que hay que renovarse o morir. Y que lo mejor de renovarse está en conocer a personas maravillosas y ofrecerles tu amistad, y que ellos te ofrezcan la suya, o te la renueven después de años de haberles perdido la pista. Así, de repente, sin tú esperarlo. A pesar de toda esta semana de pesadilla, con Telefónica, sin Internet, solo, con la escasez de trabajo, con la ruina económica, con el escándalo Garzón, sintiendo de lejos y de cerca lo cutre que puede ser este país, pero no importa, porque la tarde es hoy espléndida y estoy escuchando una canción bellísima en mi iPod.
Me cruzo con tres turistas gays por la calle. Maduros. Con esa limpieza en la mirada que te da estar lejos de casa, descubriendo el mundo, en el Mediterráneo. Me recuerdan a esos personajes de la escuela flamenca, a esos burgueses con barba y ojos inquietos de Franz Hals o Van Eyck, y pienso que es posible que todavía queden hombres interesantes en el mundo...
Estoy feliz y no sé muy bien por qué... no tengo motivos aparentes. Todo lo contrario... y luego, en un momento de arrebato, justo antes de llegar a casa, observando a la gente que vive, que respira, que habla por la calle, pienso que no debería autocastigarme más con mi novela, que tampoco pasa nada, que ya la escribirán otros por mí, que a veces basta con observar cómo el aire mueve los geranios, rojos como el cielo de la tarde, o cómo se mueven las páginas de ese prodigio de libro de Foucault que está sobre la mesa de la terraza... para sentir ese escalofrío vital, ese arpegio de ejecución breve y resonancia infinita.
lunes, abril 05, 2010
Del odio como potentia spinoziana
Dadme una pistolita con infinitos cartuchos que ya hago yo el resto...
La puntita del iceberg
Todas las identidades tienen su punta del iceberg: esa parte entre más visible, más medible y más presta a la taxonomía o la exégesis, que sirve a la convención cultural para convertirla en categoría de sujeto.
La de marica tiene su puntita en la sexualidad. Grosso modo.
Pues bien, dado que hace meses que no ejerces y sigues "siéndolo", ejecutemos una proposición lógica a la inversa: a partir de ahora quedas autoinvestido como escritor. Apenas tienes producción, la novela te está costando más que un niño tonto y permaneces inédito. Pero lo que es, ES.
Querido mío, contigo que siempre me acuesto y siempre me levanto: bienvenido al mocho y vulgar párnaso 2.0 de los artistas.
Ya decía Judith Butler que no hay mayor acto de "apoderamiento" que el acto "performativo". Dices "soy" y lo eres.
Hala, a pegar codazos...
La de marica tiene su puntita en la sexualidad. Grosso modo.
Pues bien, dado que hace meses que no ejerces y sigues "siéndolo", ejecutemos una proposición lógica a la inversa: a partir de ahora quedas autoinvestido como escritor. Apenas tienes producción, la novela te está costando más que un niño tonto y permaneces inédito. Pero lo que es, ES.
Querido mío, contigo que siempre me acuesto y siempre me levanto: bienvenido al mocho y vulgar párnaso 2.0 de los artistas.
Ya decía Judith Butler que no hay mayor acto de "apoderamiento" que el acto "performativo". Dices "soy" y lo eres.
Hala, a pegar codazos...
sábado, marzo 27, 2010
Lo pensaré mañana
Cae la tarde y me asomo a la terraza. Me quedo en el dintel del gran ventanal de acceso observando la luna, todavía tenue, en el horizonte. En el equipo suena la Pasión según San Juan. El atardecer es, como siempre, una delicia. El sol se pone a mis espaldas, pintando de colores venecianos el cielo. Es ese canto del cisne de todos los días, tan hermoso. Pienso que me encantaría compartir este momento con alguien, compartirlo desde la emoción intelectual que me produce, como quien intenta compartir un libro que le gusta: el misterio del final de este sábado de primavera, el arrobo que me produce su desperezo, los colores conocidos de la tarde, la terraza que se abre a un mar de azoteas, la analogía que establezco entre ellas y las piscinas que aparecen en El nadador de Cheever, el gesto inspirado, veraniego y de epopeya contemporánea que hay al principio de ese cuento; de nuevo en casa, el dorado del parqué que como por arte de magia se va tiñendo de azules, la música de Bach, una manzana del frutero que parece pulida con cera, la alegría sosegada de un día de descanso sin altibajos, las campanas de las iglesias cercanas, la forma intrincada y anárquica en que los geranios se derraman por los maceteros que cuelgan de la verja que circunda el tragaluz, Bach otra vez, el plateado primitivo de esta nueva noche que ahora comienza...
Sin embargo, cayendo en la cuenta de esos libros que me gustaron y que traté de compartir con otros, mientras suena el coro "Ruht wohl, ihr heiligen Gebeine" de la Pasión, descubro lo intransferible de ciertas emociones humanas. Al menos en su totalidad. Son como las ostras, que una vez fuera de sus valvas, pierden propiedades. Y por seguir con la conveniencia, se me ocurre que sólo algunas, con el transcurso del tiempo y la sedimentación, son capaces de producir perlas. Perlas como esas obras de arte en las que sólo algunas personas son capaces de crionizar emociones en gran medida intransferibles...
¿Es imposible la comunicación de eso que en filosofía se conoce como "lo sublime" sin que medie entre los interlocutores la obra de arte? ¿Estamos limitados a intercambios menos complejos como el placer sexual o la risa? ¿Por qué la fuerte emoción que nos causa un libro, una música o un paisaje es sólo comunicable a medias? Me viene a la cabeza ese pasaje de La divina comedia en que el poeta, de paseo por el infierno, se encuentra a Francesca da Rimini y a su amante Paolo Malatesta, hermano menor de su marido, que descubrieron su amor adúltero leyendo a cuatro ojos los amores de Lanzarote y Ginebra sobre un único libro. Los enamorados se leen uno a otro en voz alta; los matrimonios se enfrascan silenciosos en sendos libros ocupando cada uno su lado de la cama...
P.D. He intentado volcarme de nuevo en la novela pero el resultado sólo han sido un par de correcciones. Al salir a la terraza a fumar he pensado en este post. Me queda el consuelo de su utilización futura y parcial para algún pasaje de la novela. Hay días que me siento como Penélope, tejiendo y destejiendo por temor a un final. Necesito avanzar, aunque sea a trompicones. La música ya es otra, la Suite Lulu, de Alban Berg. Sí, lo pensaré mañana...
Sin embargo, cayendo en la cuenta de esos libros que me gustaron y que traté de compartir con otros, mientras suena el coro "Ruht wohl, ihr heiligen Gebeine" de la Pasión, descubro lo intransferible de ciertas emociones humanas. Al menos en su totalidad. Son como las ostras, que una vez fuera de sus valvas, pierden propiedades. Y por seguir con la conveniencia, se me ocurre que sólo algunas, con el transcurso del tiempo y la sedimentación, son capaces de producir perlas. Perlas como esas obras de arte en las que sólo algunas personas son capaces de crionizar emociones en gran medida intransferibles...
¿Es imposible la comunicación de eso que en filosofía se conoce como "lo sublime" sin que medie entre los interlocutores la obra de arte? ¿Estamos limitados a intercambios menos complejos como el placer sexual o la risa? ¿Por qué la fuerte emoción que nos causa un libro, una música o un paisaje es sólo comunicable a medias? Me viene a la cabeza ese pasaje de La divina comedia en que el poeta, de paseo por el infierno, se encuentra a Francesca da Rimini y a su amante Paolo Malatesta, hermano menor de su marido, que descubrieron su amor adúltero leyendo a cuatro ojos los amores de Lanzarote y Ginebra sobre un único libro. Los enamorados se leen uno a otro en voz alta; los matrimonios se enfrascan silenciosos en sendos libros ocupando cada uno su lado de la cama...
P.D. He intentado volcarme de nuevo en la novela pero el resultado sólo han sido un par de correcciones. Al salir a la terraza a fumar he pensado en este post. Me queda el consuelo de su utilización futura y parcial para algún pasaje de la novela. Hay días que me siento como Penélope, tejiendo y destejiendo por temor a un final. Necesito avanzar, aunque sea a trompicones. La música ya es otra, la Suite Lulu, de Alban Berg. Sí, lo pensaré mañana...
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