"La tía Zsüli era la guardiana de muchos secretos familiares, la heroína de sus propios relatos, un miembro de la familia, pero al mismo tiempo una extraña... Vivía en un apartamento minúsculo de dos habitaciones, en el segundo piso de un edificio, en condiciones más bien humildes; y, sin embargo, todo parecía noble y elegante a su alrededor porque todo lo que tenía era muy personal, su casa, sus muebles, sus vestidos, sus guantes y sus sombreros, y su manía de mezclar, con fines didácticos, palabras en francés en sus discursos... Estaba siempre de viaje, siempre haciendo planes para el futuro, escribiendo relatos y novelas, participando en veladas, viajando a París. Para mí era un fenómeno brillante. Tenía algo incombustible, algo elemental y radiante, algo que ni siquiera el tiempo, las penurias, la soledad o los desengaños lograrían cambiar. La tía Zsüli era una mujer de verdad, una obra maestra del fin de siècle".
"En la vida no suelen ocurrir cosas importantes. Al volver la vista atrás, al buscar el instante en que ocurrió algo decisivo, algo definitivo e irremediable - la experiencia o el accidente que decidió nuestra vida posterior -, tan sólo encontramos algunas huellas sin importancia, a veces ni siquiera eso. En realidad no existe más experiencia que la familia, como tampoco existe más tragedia que el momento en que te ves obligado a decidir si permaneces en el seno de la familia y en sus variantes a escala más amplia, como la clase social, la ideología, la raza, o bien te marchas por tu propio camino, a sabiendas de que te quedas solo para siempre, de que eres libre, estás a merced de todo el mundo y sólo puedes contar contigo mismo... Yo tenía catorce años cuando me escapé de casa, y después ya sólo regresé de visita, en los días de fiesta, durante breves temporadas (...)".
Sándor Márai, Confesiones de un burgués
miércoles, septiembre 16, 2009
martes, septiembre 08, 2009
Ascesis
Con la excusa de comprar tabaco, te lanzas a la calle. Es esa hora en que las heridas suelen quemar como soles, las cinco de la tarde. Algunas persianas metálicas sueltan a lo lejos sus bostezos perezosos. Apenas hay nadie. En las bocacalles que dejas a tu paso, en los espacios abiertos y penosos que atraviesas como un fantasma, el Levante, ya más fresco, forma corrientes de una sensualidad casi líquida. Se te mete por las gafas de sol, por los perniles de tus bermudas, por entre los dedos de tus manos hinchados por el calor, por la planta de los pies cuando levantas el talón de la chancla. En tus auriculares, una medida profiláctica que pronto convertirás en armadura comprándote unos auténticos cascos, suena lo último de Grizzly Bear, un producto de acabado perfecto made in Brooklyn, es decir, en el epicentro del universo. Al cruzar el estanque de un parque, si se puede denominar a este despropósito urbanístico de aquella manera, las libélulas vuelan bajas y allá en lo alto del cielo un helicóptero desaparece de tu campo de visión. Tu mente está tan vacía como la ciudad que ahora recorres. En esta época del año, los rayos de sol ya no caen tan perpendiculares sobre el trópico de Cáncer. Acabas de cumplir años. Te inunda una extraña e injustificada felicidad. Se parece a la del campesino griego que encontró a la Afrodita de Milos, a la de los jarrones de flores frescas cuando se les cambia el agua, a la de dos respiraciones acompasadas durante la siesta. Te has tumbado sobre el césped y nada importa, ni siquiera tú, porque todo ha pasado, hic et nunc.
domingo, agosto 02, 2009
Bajo este sol tremendo
Así de bien se llama la ópera prima de Carlos Busqued, autor que, junto con otros, participa actualmente en eso que el Babelia de ayer denominaba el "perpetuo florecer de la literatura argentina".
Siempre me han gustado los títulos que empiezan con preposiciones: Contra la interpretación, En busca del tiempo perdido, Ante el espejo, Entre tinieblas, A sangre fría. Son dinámicos, contundentes, prometedores. De entre todas las preposiciones, "bajo" es una de las más condicionantes. Establece una relación subyugadora, de opresión, difícilmente voluble. La vida, la voluntad del personaje o de los personajes, quedan a merced de poderes superiores, ya sean humanos o naturales. Una presencia casi omnipotente demarca la escena, haciendo sumamente complejo escapar a su influjo. Me viene a la cabeza esa gran novela sobre la autodestrucción que es Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, donde los volcanes de Popocatepetl e Iztaccihuatl (a cuyos pies está Cuernavaca, ciudad en la que está destinado Firmin, el alcohólico cónsul protagonista), sirven de prolongación natural a un paisaje humano asfixiante y amenazado. Vivir "bajo" algo hace referencia directa a las relaciones de poder, a veces microscópicas, por las que tratamos que se escurra nuestra voluntad, sorteando todo tipo de avatares. Se trata de una posición de reconocimiento y revelación mítica, relacionada con la fatalidad y los grandes paisajes naturales en la antigüedad clásica (uno de cuyos apéndices contemporáneos podría ser el Far West) y que desemboca en la gran partitura, todavía por interpretar, del materialismo urbano de Benjamin, cuyos pasajes siempre están "bajo" las capas verticales que constituyen la ciudad.
Parece que los días de levante han pasado, por el momento.
El estado de estulticia de mis primeras jornadas deja paso a un estado de reconocimiento, de caída controlada, bajo este sol tremendo.
Cuando una ciudad que tiene tan poco que ofrecerte como Jerez se te antoja como un claro es porque vienes de atravesar una enorme maraña. Una maraña psicológica, parecida a la colisión espontánea de materiales que conforman la ciudad de los pasajes de Benjamin. No hay responsables, tan sólo agentes. Y una necesidad infinita de proteger los buenos recuerdos (que son tantos) y a las personas (y esto es futuro) que participan en ellos.
Ha sido una jugada arriesgada... sin embargo, a veces, en el desierto se respira mejor que en la jungla.
Siempre me han gustado los títulos que empiezan con preposiciones: Contra la interpretación, En busca del tiempo perdido, Ante el espejo, Entre tinieblas, A sangre fría. Son dinámicos, contundentes, prometedores. De entre todas las preposiciones, "bajo" es una de las más condicionantes. Establece una relación subyugadora, de opresión, difícilmente voluble. La vida, la voluntad del personaje o de los personajes, quedan a merced de poderes superiores, ya sean humanos o naturales. Una presencia casi omnipotente demarca la escena, haciendo sumamente complejo escapar a su influjo. Me viene a la cabeza esa gran novela sobre la autodestrucción que es Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, donde los volcanes de Popocatepetl e Iztaccihuatl (a cuyos pies está Cuernavaca, ciudad en la que está destinado Firmin, el alcohólico cónsul protagonista), sirven de prolongación natural a un paisaje humano asfixiante y amenazado. Vivir "bajo" algo hace referencia directa a las relaciones de poder, a veces microscópicas, por las que tratamos que se escurra nuestra voluntad, sorteando todo tipo de avatares. Se trata de una posición de reconocimiento y revelación mítica, relacionada con la fatalidad y los grandes paisajes naturales en la antigüedad clásica (uno de cuyos apéndices contemporáneos podría ser el Far West) y que desemboca en la gran partitura, todavía por interpretar, del materialismo urbano de Benjamin, cuyos pasajes siempre están "bajo" las capas verticales que constituyen la ciudad.
Parece que los días de levante han pasado, por el momento.
El estado de estulticia de mis primeras jornadas deja paso a un estado de reconocimiento, de caída controlada, bajo este sol tremendo.
Cuando una ciudad que tiene tan poco que ofrecerte como Jerez se te antoja como un claro es porque vienes de atravesar una enorme maraña. Una maraña psicológica, parecida a la colisión espontánea de materiales que conforman la ciudad de los pasajes de Benjamin. No hay responsables, tan sólo agentes. Y una necesidad infinita de proteger los buenos recuerdos (que son tantos) y a las personas (y esto es futuro) que participan en ellos.
Ha sido una jugada arriesgada... sin embargo, a veces, en el desierto se respira mejor que en la jungla.
lunes, julio 20, 2009
Un juego
Imaginemos un juego.
Imaginémoslo, en este día de bochorno y olor a tierra mojada.
Imaginemos por un momento que el nombre, nuestro nombre de pila, no nos es dado al nacer sino que debemos hacer "méritos" para conseguir uno.
Imaginemos que el nombre deja de ser un capricho, una promesa, un deseo de otros... y se convierte en una descripción, en un premio, en la última pieza por encajar del puzzle.
Imageninemos que somos una trans, un artista, un heterónimo, un alter ego literario.
Un santo en busca de advocación. Un cuadro en busca de título.
Imaginemos una fiesta, la del rebautizo, en la que los presentes, algunos conocidos, otros amigos y otros absolutos desconocidos, se pusieran nombres en función de lo que parecen o "son", según el grado de conocimiento y relación que los una entre sí.
La pregunta es clara: ¿con qué otro nombre bautizaríais al que escribe estas palabras? Pensadlo bien...
Imaginémoslo, en este día de bochorno y olor a tierra mojada.
Imaginemos por un momento que el nombre, nuestro nombre de pila, no nos es dado al nacer sino que debemos hacer "méritos" para conseguir uno.
Imaginemos que el nombre deja de ser un capricho, una promesa, un deseo de otros... y se convierte en una descripción, en un premio, en la última pieza por encajar del puzzle.
Imageninemos que somos una trans, un artista, un heterónimo, un alter ego literario.
Un santo en busca de advocación. Un cuadro en busca de título.
Imaginemos una fiesta, la del rebautizo, en la que los presentes, algunos conocidos, otros amigos y otros absolutos desconocidos, se pusieran nombres en función de lo que parecen o "son", según el grado de conocimiento y relación que los una entre sí.
La pregunta es clara: ¿con qué otro nombre bautizaríais al que escribe estas palabras? Pensadlo bien...
martes, junio 23, 2009
Ángeles en América
Contemplo los títulos de crédito de la serie Angels in America, una de las más bellas que jamás he visto, basada en la obra de teatro de Tony Kushner. Una pieza soberbia sobre la historia de EE.UU., sobre el éxodo y la pandemia que vinieron marcando el siglo pasado y marcarán el siglo por venir, sobre la enfermedad y sus metáforas bíblicas, sobre los ángeles anunciadores, que comparten alas con Cupido pero cuyo batir es mucho más ensordecedor, escalofriante e inaudito, sobre los hospitales y sus rincones en penumbra, donde aparecen los fantasmas encarnados del pasado, sobre la hospitalidad de los extraños, sobre el pasado de nuestros cuerpos, sobre la incansable travesía del ser humano allende los mares, y allende sus madres, sobre el sexo, y sobre eso que se ha dado en llamar homosexualidad: un limbo lleno de ángeles deshabitados, con los pies tiznados...
En esta calurosa tarde de verano, horas antes de que empiece la noche de San Juan, contemplo frente al ordenador al ángel que bendice las aguas de la fuente de Bethesda en Central Park, reflejo de aquella otra de Jerusalen, que todo lo curaba... Han pasado apenas unos años desde que vi por primera vez esta serie, en la terraza de un amigo, una de las primeras tardes del verano también, quizás la víspera de la noche más corta del año. Estaba en otra ciudad, con otros miedos y otras heridas, terminando de redactar mi tesina...
Este agosto cumplo 33 años. Una nueva Perestroika personal. Noto cómo la tierra se resquebraja a mis pies. Lo hace a golpe de pequeños estruendos secos, como el sonido que hace una alfombra cuando la sacudimos con fuerza. ¿Un batir de alas, quizás?
El miedo y el calor me tienen derramado por los suelos. Que el ángel de Bethesda me proteja y me haga beber de su fuente.
En esta calurosa tarde de verano, horas antes de que empiece la noche de San Juan, contemplo frente al ordenador al ángel que bendice las aguas de la fuente de Bethesda en Central Park, reflejo de aquella otra de Jerusalen, que todo lo curaba... Han pasado apenas unos años desde que vi por primera vez esta serie, en la terraza de un amigo, una de las primeras tardes del verano también, quizás la víspera de la noche más corta del año. Estaba en otra ciudad, con otros miedos y otras heridas, terminando de redactar mi tesina...
Este agosto cumplo 33 años. Una nueva Perestroika personal. Noto cómo la tierra se resquebraja a mis pies. Lo hace a golpe de pequeños estruendos secos, como el sonido que hace una alfombra cuando la sacudimos con fuerza. ¿Un batir de alas, quizás?
El miedo y el calor me tienen derramado por los suelos. Que el ángel de Bethesda me proteja y me haga beber de su fuente.
miércoles, junio 17, 2009
Ceniceros
Releo una entrada del blog, de este blog, fechada el 31 de agosto de 2006. Se titula Vértigo:
"Mi relación con F. se extingue.
Sin embargo, la esperanza sigue ahí, agazapada: aunque el final más probable de un cigarrillo a medio consumir sea el cenicero, a veces alguien te lo pide para insuflar vida a un nuevo cigarrillo. Ese nuevo cigarrillo sería mi nueva vida con F. Una segunda oportunidad.
Ante la espera de esa insuflación, a menudo surgen brotes de ansiedad, que en absoluto ayudan a arreciar el fuego del cigarrillo que languidece. Al contrario, sólo sirven para desarreglarlo todo aún más.
Romper mis votos con F. se me antoja el episodio más trágico de mi vida. Me deja huérfano de futuro. Como decía Djuna Barnes, "en lo insoportable se halla el nacimiento de la curva de la alegría".
Por eso, hay momentos de ensimismamiento en que imagino una vida futura sin él. Es como si estar lejos de él me resucitase, me alargase la vida. Como si la vida sin él, algo inimaginable, fuese por eso mismo otra vida, una nueva vida, la prórroga feliz que procede a la muerte.
Esos momentos de ensoñación en el futuro se parecen al vértigo que sentimos ante un precipicio: el impulso de un vacío que nos atrapa. El interrogante que viene después del dolor. La paz quizás.
Durante la siesta leo a Gil de Biedma. Su evocación de lugares y sensaciones me marea como el olor de la gasolina..."
El vértigo de los ceniceros. La pace, sin duda.
"Mi relación con F. se extingue.
Sin embargo, la esperanza sigue ahí, agazapada: aunque el final más probable de un cigarrillo a medio consumir sea el cenicero, a veces alguien te lo pide para insuflar vida a un nuevo cigarrillo. Ese nuevo cigarrillo sería mi nueva vida con F. Una segunda oportunidad.
Ante la espera de esa insuflación, a menudo surgen brotes de ansiedad, que en absoluto ayudan a arreciar el fuego del cigarrillo que languidece. Al contrario, sólo sirven para desarreglarlo todo aún más.
Romper mis votos con F. se me antoja el episodio más trágico de mi vida. Me deja huérfano de futuro. Como decía Djuna Barnes, "en lo insoportable se halla el nacimiento de la curva de la alegría".
Por eso, hay momentos de ensimismamiento en que imagino una vida futura sin él. Es como si estar lejos de él me resucitase, me alargase la vida. Como si la vida sin él, algo inimaginable, fuese por eso mismo otra vida, una nueva vida, la prórroga feliz que procede a la muerte.
Esos momentos de ensoñación en el futuro se parecen al vértigo que sentimos ante un precipicio: el impulso de un vacío que nos atrapa. El interrogante que viene después del dolor. La paz quizás.
Durante la siesta leo a Gil de Biedma. Su evocación de lugares y sensaciones me marea como el olor de la gasolina..."
El vértigo de los ceniceros. La pace, sin duda.
viernes, junio 12, 2009
Preferirías no hacerlo...
Podrías haber escrito sobre la pandemia global, o sobre la enfermedad del dinero, o sobre El cisne de Tuonela, de Jean Sibelius, ese hombre unido al despilfarro. O ponerte, a ver qué pasaba, La última primavera de Edvard Grieg, cuyo título no hubiese podido servir para este post por cuestiones puramente supersticiosas. Después de cambiar "última" por "penúltima" o "antepenúltima", hubieses hablado de esta primavera en Madrid, de aquellas otras que pasaste en Sevilla o Barcelona o Granada, de los castaños de Indias y las estatuas del Jardin du Luxembourg, de los libros que se quedan olvidados sobre sus bancos individuales de herrumbre verde, del final de Sonrisas y lágrimas (The sound of music), que resume todo el cine que viste de pequeño: oh, la familia Trapp atravesando a pie los Alpes en su huida de los nazis... una escena bíblica...
Podrías haber hablado del enorme vacío que sentiste al volver de Roma, el último escalón del costoso ara coeli de las ilusiones cotidianas (¿y luego qué?), del trabajo alienante de esta última semana, de las sesiones solitarias delante del ordenador, como Penélope tejiendo y destejiendo ante el telar... o mejor aún, como la Scherezade amenazada de Las mil y una noches, porque mañana habrá otras traducciones a las que no podrás decir que no. Podrías haber escrito sobre la creencia de que todos tus problemas se resumen en uno sólo: la falta de dinero "suficiente", "suficiente" para no sentirte como Bartleby, el amanuense de Melville, cuyo nombre no sabrías pronunciar en inglés, ni falta que te ha hecho. Bartleby, cuya historia no sabes si entra en el ámbito de la inanición o de la inanidad, se ha paseado sigilosamente por la casa (igual ha salido en alguna de las fotografías que has tomado con el móvil), comiendo tus pocas sobras y sentándose tras de ti ante el ordenador... él está acostumbrado a las vistas de tres dimensiones que parecen de dos, así que no se ha debido de extrañar de estar frente a una de dos que parece de tres... Podrías haber hablado de que tus lecturas deberían ser perpendiculares, porque cuando son paralelas, como la de esta semana, corres el riesgo de toparte con tu doppelgänger, y no hay visión más terrorífica y llena de malos augurios que la de pisar a tu propia sombra...
Podrías haber hablado de las ganas que tienes de pronunciar aquella frase que alguien leyó un día en el Hola, "la vida me lo debía", o de que sabes que es precisamente su proximidad, como en el caso de los accidentes aéreos, la que aleja la probabilidad de que la pronuncies, de que ocurra...
Y sí, podrías haber hablado del vértigo que te produce asomarte a tu futuro, porque una de las trampas de la edad madura se tiende en el casino de la costumbre y consiste en preferir lo malo conocido a lo bueno por conocer... y porque estás lleno de dudas y te sientes irremisiblemente condenado a caer por el desagüe (cosas de la gravedad). Ahí están los sueños que lo atestiguan, como el de la otra noche, que se desarrollaba en un andamio a gran altura y en el que tenías que sortear una gran cantidad de boquetes hambrientos de ti.
Podrías haber hablado de todo lo demás: de los pequeños aciertos, de las pequeñas compañías, de los pequeños hallazgos, pero siempre has sido muy absolutista y muy lastimero, sobre todo cuando piensas y escribes y, claro, como todo es demasiado pequeño para ti habrá un día en que sufrirás una miopía galopante y perderás todo de vista...
Podrías haber hablado de todo esto pero, qué duda cabe, preferirías no hacerlo.
Podrías haber hablado del enorme vacío que sentiste al volver de Roma, el último escalón del costoso ara coeli de las ilusiones cotidianas (¿y luego qué?), del trabajo alienante de esta última semana, de las sesiones solitarias delante del ordenador, como Penélope tejiendo y destejiendo ante el telar... o mejor aún, como la Scherezade amenazada de Las mil y una noches, porque mañana habrá otras traducciones a las que no podrás decir que no. Podrías haber escrito sobre la creencia de que todos tus problemas se resumen en uno sólo: la falta de dinero "suficiente", "suficiente" para no sentirte como Bartleby, el amanuense de Melville, cuyo nombre no sabrías pronunciar en inglés, ni falta que te ha hecho. Bartleby, cuya historia no sabes si entra en el ámbito de la inanición o de la inanidad, se ha paseado sigilosamente por la casa (igual ha salido en alguna de las fotografías que has tomado con el móvil), comiendo tus pocas sobras y sentándose tras de ti ante el ordenador... él está acostumbrado a las vistas de tres dimensiones que parecen de dos, así que no se ha debido de extrañar de estar frente a una de dos que parece de tres... Podrías haber hablado de que tus lecturas deberían ser perpendiculares, porque cuando son paralelas, como la de esta semana, corres el riesgo de toparte con tu doppelgänger, y no hay visión más terrorífica y llena de malos augurios que la de pisar a tu propia sombra...
Podrías haber hablado de las ganas que tienes de pronunciar aquella frase que alguien leyó un día en el Hola, "la vida me lo debía", o de que sabes que es precisamente su proximidad, como en el caso de los accidentes aéreos, la que aleja la probabilidad de que la pronuncies, de que ocurra...
Y sí, podrías haber hablado del vértigo que te produce asomarte a tu futuro, porque una de las trampas de la edad madura se tiende en el casino de la costumbre y consiste en preferir lo malo conocido a lo bueno por conocer... y porque estás lleno de dudas y te sientes irremisiblemente condenado a caer por el desagüe (cosas de la gravedad). Ahí están los sueños que lo atestiguan, como el de la otra noche, que se desarrollaba en un andamio a gran altura y en el que tenías que sortear una gran cantidad de boquetes hambrientos de ti.
Podrías haber hablado de todo lo demás: de los pequeños aciertos, de las pequeñas compañías, de los pequeños hallazgos, pero siempre has sido muy absolutista y muy lastimero, sobre todo cuando piensas y escribes y, claro, como todo es demasiado pequeño para ti habrá un día en que sufrirás una miopía galopante y perderás todo de vista...
Podrías haber hablado de todo esto pero, qué duda cabe, preferirías no hacerlo.
domingo, mayo 31, 2009
Nosotros/Ellos
A través de la conciencia plural del yo (reflejado en otro sinfín de yoes), se crean las identidades sociales. Vivimos en un mundo donde las fuerzas hegemónicas suelen nombrar, clasificar y cosificar aquello que no es ellos, esto es, lo otro. En esta operación de creación de sujetos subyugados, las fuerzas dominantes se guardan bastante de caer en una definición. Su identidad hegemónica existe pero queda al resguardo de conceptos poco susceptibles de crítica: dígase Naturaleza, Historia o Cultura. Las identidades son evidentemente ficciones y su "esencia" es por tanto difusa e inestable. Sin embargo, en un mundo hegemónico, las identidades débiles son un dispositivo altamente útil: crean conciencia política y acorralan las "esencias" de las identidades hegemónicas, nombrándolas, clasificándolas, cosificándolas. De ahí que sea sumamente necesario el uso político del nosotros/ellos. Sin este nosotros/ellos, no hubiesen existido las revoluciones burguesas, ni el feminismo, ni las revueltas antirrascistas, ni la lucha de clases, ni la liberación de las llamadas "minorías sexuales".
La reivindicación de la diferencia es absolutamente necesaria para luchar contra las fuerzas hegemónicas y crea microrrelaciones de poder enormemente liberadoras.
Me extraña que esos que ahora no quieren diferenciar el binomino gay/hetero entre el nosotros y el ellos, no tengan reparos en diferenciar el binomio hombre/mujer (nosotros/ellas), el binomio guapo/feo (yo/él), o el binomio moderno/cateto (nosotros/ellos).
Las identidades negra, lesbiana, mujer o gay se han creado desde los dispositivos de poder hegemónicos y han sido llenadas de identidad positiva por sujetos, que además de padecerlas, se ha visto muy influidos, en su formación como individuos sociales, por esa diferencia y alteridad creadas desde el discurso hegemónico.
¿Cómo negarles ahora su nosotros/ellos, si este binomio ha sido el pilar básico de su formación como sujetos, y posteriormente quizás, de su mirada política sobre el mundo?
Pues bien, ahora parece que utilizar esta herramienta te convierte en un pobre militante.
P.D.
1. Y que conste que cada día soporto menos a mis amigos gays, a los gays en general y a mí mismo. Será que me estoy volviendo un misántropo.
2. También detesto a los hombres (heteros o gays) cuya única finalidad en la vida es que les hagan una buena mamada. Que aprendan a COMER CULOS. La hegemonía se desestabiliza...
La reivindicación de la diferencia es absolutamente necesaria para luchar contra las fuerzas hegemónicas y crea microrrelaciones de poder enormemente liberadoras.
Me extraña que esos que ahora no quieren diferenciar el binomino gay/hetero entre el nosotros y el ellos, no tengan reparos en diferenciar el binomio hombre/mujer (nosotros/ellas), el binomio guapo/feo (yo/él), o el binomio moderno/cateto (nosotros/ellos).
Las identidades negra, lesbiana, mujer o gay se han creado desde los dispositivos de poder hegemónicos y han sido llenadas de identidad positiva por sujetos, que además de padecerlas, se ha visto muy influidos, en su formación como individuos sociales, por esa diferencia y alteridad creadas desde el discurso hegemónico.
¿Cómo negarles ahora su nosotros/ellos, si este binomio ha sido el pilar básico de su formación como sujetos, y posteriormente quizás, de su mirada política sobre el mundo?
Pues bien, ahora parece que utilizar esta herramienta te convierte en un pobre militante.
P.D.
1. Y que conste que cada día soporto menos a mis amigos gays, a los gays en general y a mí mismo. Será que me estoy volviendo un misántropo.
2. También detesto a los hombres (heteros o gays) cuya única finalidad en la vida es que les hagan una buena mamada. Que aprendan a COMER CULOS. La hegemonía se desestabiliza...
sábado, mayo 30, 2009
Un alma solitaria (anti-Ulises)
Era esa hora de la tarde entre perro y lobo. De un viernes.
Estaba en una terraza, frente a la gente, que parecía chocarse y evitarse a la vez. La ruptura no estaba siendo fácil, así que trataba de no pensar en ella. Cuando el ojo se entretiene, la mente descansa. Se sentía como si le acabasen de robar el bolso, con todos sus objetos de valor; pero ese sentimiento de pérdida (física, material) estaba localizado muy abajo de sus hombros, en los sótanos de la conciencia.
Mientras miraba aquí y allá, mientras escuchaba fragmentos de conversación de unos y otros, iba comiéndose una a una las aceitunas que le habían puesto sobre la mesa. Se las pasaba de un carrillo a otro, desgajando su carne tierna y sabrosa con fruición. Ahora pensaba en un pasaje de Brodsky, sobre esa época del invierno en que la nebbia cubre Venecia un día tras otro: "Es un buen momento para leer, para hacer gasto de electricidad todo el día, para fustigarse a uno mismo sin contemplaciones o abandonarse al café, para escuchar las noticias internacionales de la BBC o irse temprano a la cama. En resumen, una época para olvidarse de uno mismo, inducida por una ciudad que ha dejado de ser visible. Sin darte cuenta, sigues su ejemplo, en especial si, como ella, no tienes compañía".
Era difícil no verse como un submarino en mitad del océano.
El sol había desaparecido. Los tejados, los árboles, los desperdigados lienzos de cielo raso, se manchaban de rosas y malvas... esos colores tan venecianos que están en el origen y en el final de las cosas.
Observó el mundo, que se desplegaba frente a él con toda su vitalidad e indiferencia. Era como observar el reflejo desvaído atrapado en el azogue corrupto y oxidado de un viejo espejo.
La niebla había entrado en su alma. Se le había colado por todos sus resquicios, por todas sus grietas, pero ¿por cuánto tiempo?
Y como una arcada, procedente de la zona menos ventilada de su más profundo sótano, le vino esa otra frase de Nicholas Ray: "El drama contemporáneo es que no podemos volver a casa".
Estaba en una terraza, frente a la gente, que parecía chocarse y evitarse a la vez. La ruptura no estaba siendo fácil, así que trataba de no pensar en ella. Cuando el ojo se entretiene, la mente descansa. Se sentía como si le acabasen de robar el bolso, con todos sus objetos de valor; pero ese sentimiento de pérdida (física, material) estaba localizado muy abajo de sus hombros, en los sótanos de la conciencia.
Mientras miraba aquí y allá, mientras escuchaba fragmentos de conversación de unos y otros, iba comiéndose una a una las aceitunas que le habían puesto sobre la mesa. Se las pasaba de un carrillo a otro, desgajando su carne tierna y sabrosa con fruición. Ahora pensaba en un pasaje de Brodsky, sobre esa época del invierno en que la nebbia cubre Venecia un día tras otro: "Es un buen momento para leer, para hacer gasto de electricidad todo el día, para fustigarse a uno mismo sin contemplaciones o abandonarse al café, para escuchar las noticias internacionales de la BBC o irse temprano a la cama. En resumen, una época para olvidarse de uno mismo, inducida por una ciudad que ha dejado de ser visible. Sin darte cuenta, sigues su ejemplo, en especial si, como ella, no tienes compañía".
Era difícil no verse como un submarino en mitad del océano.
El sol había desaparecido. Los tejados, los árboles, los desperdigados lienzos de cielo raso, se manchaban de rosas y malvas... esos colores tan venecianos que están en el origen y en el final de las cosas.
Observó el mundo, que se desplegaba frente a él con toda su vitalidad e indiferencia. Era como observar el reflejo desvaído atrapado en el azogue corrupto y oxidado de un viejo espejo.
La niebla había entrado en su alma. Se le había colado por todos sus resquicios, por todas sus grietas, pero ¿por cuánto tiempo?
Y como una arcada, procedente de la zona menos ventilada de su más profundo sótano, le vino esa otra frase de Nicholas Ray: "El drama contemporáneo es que no podemos volver a casa".
viernes, mayo 22, 2009
Telegrama
Saliendo del cine. De ver La belle personne, de Christophe Honoré. Inspirada en La pricesa de Clèves, de Mme. Lafayette. Y, añado yo, en Candy, Candy, la serie japonesa de nuestra infancia. En las calles de Madrid hace calor. Aún no es de noche. Nada que ver con los grises parisinos de la película. Se escuchan los vencejos. Observo las copas de los árboles. Me fijo en la cruz de la iglesia de Nuestra Sra. de los Dolores. Estampada sobre el cielo. En las esquinas, grupos de adolescentes. Se empujan levemente los unos a los otros. Se agarran de los bolsillos. Tampoco se parecen a los de la película. Esos estaban mejor vestidos, mejor peinados. Como los de Candy, Candy. Mensaje de F. À la recherche du temps perdu. Una frase. De la película. "Si somos personas como las demás, nuestro amor será normal. Nos amaremos durante un tiempo. Pero, ¿por cuánto tiempo? No hay amor eterno. Ni siquiera en los libros. No habrá milagro para nosotros. No somos más fuertes que los demás". Una vez cazado, el amor nos lo comemos. Luego toca defecarlo. El amor es un peligro.
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