viernes, agosto 26, 2011
Un pequeño retorno
Maravillosa sensación al abrir la pequeña hoja de la ventana del baño mientras estás sentado sobre la taza del WC. Del lado del hemisferio izquierdo, la casa, en esa apacible hora de mitad de la tarde. En la radio, los compases de La Valse de Ravel. Del lado del hemisferio derecho, el viento caudaloso que entra por la ventana, tan "frufruoso", cargado de un algo invisible pero enorme, oceánico. A un lado el tiempo domesticado, el tiempo de la música; al otro, el tiempo de la naturaleza. Una franja de luz recorre la repisa del baño, poniendo de relieve el color de los frascos de perfume, de las toallas, de las muestras de geles, de los obsequios recogidos en hoteles, revelando el polvo que se ciñe sobre los tapones, sobre los listones de madera. Es una luz blanca y limpia, impropia de esta hora de la tarde en que todo se torna anaranjado o amarillo. Te sobreviene la impresión de estar en un hotel... hay algo en el ambiente, en la luz, que te recuerda a mañanas o tardes distraídas en alguna habitación de préstamo, las sábanas lisas y frescas, el mármol del baño rutilante, la televisión sin apenas voz, el desahogo propio de los intermedios. Siempre te han gustado los hoteles, con esa mezcla de familiaridad y foraneidad, de semejanzas y diferencias, el espacio ideal para hacer que la vida resulte menos aburrida, una escenografía perfecta para los inicios, para los finales, para el surgimiento de una idea, para un propósito de enmienda. Y vuelves a notar el viento, tan inasible como el tiempo, que está pero no está, que te golpea con suavidad el pelo de la nuca y de la frente, y el alma: siempre convocando un piccolo ritornare.
domingo, agosto 21, 2011
Pues no tenemos en la tierra hogar permanente (Hebreos, 11-12)
Una racha de aire fresco penetró en la habitación por el balcón abierto. Miró desde la cama el cielo cubierto de golpe, apuntando tormenta. Se dió la vuelta hacia la pared pero un algo incómodo se había instalado a su lado. Aunque trataba de cerrar los ojos para recuperar el abandono propio del sueño, no podía: el verano había tocado a su fin y ahora tenía que incorporarse. Había que moverse de nuevo, abandonar aquella ciudad e intentar imaginar un futuro en algún otro sitio, más grande, con mayores oportunidades. Oportunidades laborales, oportunidades sentimentales. Había tomado la decisión de volver a casa de sus padres por unos meses, unos meses de "sacrificio" en los que ahorrar algo de dinero para iniciar tal aventura. Pero, ¿era una aventura o más bien una maldición? Hacía años que no paraba de moverse: cuando parecía encontrarse bien en un lugar, una racha de aire fresco, un repeluco, le movía a marcharse en busca de abrigo a otro lugar. El último de los cambios no se debió a un caprichoso golpe de fresco: esta vez la tormenta le pilló en plena intemperie; llegó a casa empapado, con el corazón encogido, tirando a duras penas de las maletas, rodeado de pasado. Uno se imponía unos objetivos, se figuraba un futuro continuo, pero al final, las malas hierbas lo invadían todo: una variedad perfectamente reconocible, tan nuestra como el sudor, como el olor de una cama en la que hemos pasado una semana con fiebre. A veces, cuando uno se aburre de sí mismo, sólo le queda tratar de divertir a los demás. Toda colilla moribunda encierra la posibilidad de encender nuevos cigarrillos...
Como quien pasa el dedo por un piano desafinado, en escala descendente, recorrió con la mirada los lomos de los libros que había sobre la estantería: estaba a punto de pensar en algo complejo, algo que le costaría un esfuerzo casi muscular, como limpiar un gran jardín abandonado lleno de hojarasca huérfana. Sonó el teléfono y no lo cogió. Una sed que parecía no tener fin lo condujo lentamente, a tientas, hasta la cocina. La casa se había anegado de sombras.
Como quien pasa el dedo por un piano desafinado, en escala descendente, recorrió con la mirada los lomos de los libros que había sobre la estantería: estaba a punto de pensar en algo complejo, algo que le costaría un esfuerzo casi muscular, como limpiar un gran jardín abandonado lleno de hojarasca huérfana. Sonó el teléfono y no lo cogió. Una sed que parecía no tener fin lo condujo lentamente, a tientas, hasta la cocina. La casa se había anegado de sombras.
lunes, agosto 01, 2011
Fata Morgana
La tarde se deshace en mi terraza. En la línea del horizonte, tras los edificios de la ciudad, tras las chimeneas de la fábrica de botellas, inmediatamente después del frontón bajo el que se esconde la caja escénica del teatro, una cordillera de nubes densas. Se apoyan sobre un zócalo gris, semejante a un incendio pintado, pero se van volviendo de un blanco purísimo al elevar la vista, como cumbres eternamente nevadas. Corre una brisa fresca, melancólica, alpina...
jueves, julio 28, 2011
lunes, julio 11, 2011
Malas hierbas II (El origen de las especies)
Esta es la verdadera historia de las malas hierbas: el origen de las especies
Una historia del cultivo, de la explotación, de la civilización
Florecen en terreno baldío, inadvertidas, extraoficiales, accidentales
Se hizo un esqueje pero las malas hierbas no prosperan en condiciones de invernadero y se marchitan cuando compiten con variedades más exóticas
Una ingenuidad encantadora, una época de floración muy corta;
Apenas sale la primera flor se declara su descomposición
Traiga su cámara, haga una foto de la vida en los márgenes
Ofrezca dinero a cambio de sexo y luego coja un taxi para volver a casa
La historia siempre ha sido la misma
Fuente de asombro por su capacidad para crecer en tierras de poca calidad pobres en nutrientes
Tomando "nutribén"
Las malas hierbas deben mantenerse bajo un estricto control o todo lo destruirán a su paso
Crecen silvestres, se recogen en flor para luego repartirse en cenas
¿Le apetece un poco de mala hierba?
Tan natural, tan salvaje, en absoluto refinada... un día de estos, alguien hará fortuna
Bastará con comercializarlas correctamente
Vamos: eche su baile
Vamos, su bailecito gracioso
Germinación, plantación, explotación, civilización
Un zumbido sensacional: zzzzzz
Rotación de cultivos, modificación genética, creación de expectativas, frustración definitiva
Esta es la historia de las malas hierbas: el origen de las especies
Traducción de "Weeds II (Origin of Species)"; Pulp, We love life
© 2011 Álvaro Llamas
Una historia del cultivo, de la explotación, de la civilización
Florecen en terreno baldío, inadvertidas, extraoficiales, accidentales
Se hizo un esqueje pero las malas hierbas no prosperan en condiciones de invernadero y se marchitan cuando compiten con variedades más exóticas
Una ingenuidad encantadora, una época de floración muy corta;
Apenas sale la primera flor se declara su descomposición
Traiga su cámara, haga una foto de la vida en los márgenes
Ofrezca dinero a cambio de sexo y luego coja un taxi para volver a casa
La historia siempre ha sido la misma
Fuente de asombro por su capacidad para crecer en tierras de poca calidad pobres en nutrientes
Tomando "nutribén"
Las malas hierbas deben mantenerse bajo un estricto control o todo lo destruirán a su paso
Crecen silvestres, se recogen en flor para luego repartirse en cenas
¿Le apetece un poco de mala hierba?
Tan natural, tan salvaje, en absoluto refinada... un día de estos, alguien hará fortuna
Bastará con comercializarlas correctamente
Vamos: eche su baile
Vamos, su bailecito gracioso
Germinación, plantación, explotación, civilización
Un zumbido sensacional: zzzzzz
Rotación de cultivos, modificación genética, creación de expectativas, frustración definitiva
Esta es la historia de las malas hierbas: el origen de las especies
Traducción de "Weeds II (Origin of Species)"; Pulp, We love life
© 2011 Álvaro Llamas
jueves, junio 23, 2011
París
Hoy he soñado con una ciudad llamada París que sólo a ratos se correspondía con la real. Esto lo sé ahora; en mi sueño, estaba convencido de estar en la de verdad. Si algo caracterizaba a la ciudad de mi sueño es que estaba rodeada de montañas. De alguna forma se hacía costoso respirar: parecía estar a muchísimos metros de altitud, como el poblado peruano de La Rinconada. Tenía dos puertas de entrada, que yo visitaba, y que se situaban en mitad de las cumbres y no sé si ambas, pero al menos una de ellas, daba a una especie de monasterio incrustado en las rocas, a la manera de Petra. Me acuerdo que en el sueño yo hacía un gran esfuerzo por recordar estos límites físicos de la ciudad, como si luego se me fuesen a olvidar o se me hubiesen ya olvidado de visitas anteriores.
A pesar del calor de esta pasada noche, calor que unido a que estoy dejando de fumar, ha hecho que me levantase hasta en dos ocasiones de la cama, en mi sueño reinaba el invierno y yo, en un determinado momento, buscaba refugio en en un gran café. Todo en él eran murmullos. Sólo se oía nítidamente a una mujer que, apostada en la barra, hablaba en español al impasible auditorio, como si se tratase de una actriz que ensayase un monólogo en un teatro vacío. Escuchar aquella voz en mi lengua me producía un sentimiento de familiaridad, y me llevaba a meditar sobre la rica tradición de la cultura española en aquel lugar. Entonces buscaba una mesa en el meollo de la sala, allí donde el efluvio humano parecía estar más altamente concentrado y, adormecido por el tintinar de las cucharas en constante tropiezo con las tazas y por el lejano ruido de un vaporizador para espumar la leche, entraba en un estado semiinscosciente de satisfacción del cuerpo con su entorno parecido al que sentimos al reposar en nuestra cama tras un largo día de trabajo y fatiga.
A pesar del calor de esta pasada noche, calor que unido a que estoy dejando de fumar, ha hecho que me levantase hasta en dos ocasiones de la cama, en mi sueño reinaba el invierno y yo, en un determinado momento, buscaba refugio en en un gran café. Todo en él eran murmullos. Sólo se oía nítidamente a una mujer que, apostada en la barra, hablaba en español al impasible auditorio, como si se tratase de una actriz que ensayase un monólogo en un teatro vacío. Escuchar aquella voz en mi lengua me producía un sentimiento de familiaridad, y me llevaba a meditar sobre la rica tradición de la cultura española en aquel lugar. Entonces buscaba una mesa en el meollo de la sala, allí donde el efluvio humano parecía estar más altamente concentrado y, adormecido por el tintinar de las cucharas en constante tropiezo con las tazas y por el lejano ruido de un vaporizador para espumar la leche, entraba en un estado semiinscosciente de satisfacción del cuerpo con su entorno parecido al que sentimos al reposar en nuestra cama tras un largo día de trabajo y fatiga.
Campo Santo
Estos son algunos de los pasajes - desgarradoramente bellos - del segundo capítulo del libro de Sebald que leo en estos momentos, y que da título a todo el volumen. Una edición post-mortem. Una publicación póstuma sobre los muertos que confirma a Sebald como uno de mis escritores favoritos. Me duele que Sebald esté muerto. Me duele que su obra esté cerrada para siempre.
"Mi primer paseo el día después de llegar a Piana me llevó fuera del pueblo por la carretera que, con curvas, vueltas y serpentinas aterradoras, desciende de pronto abruptamente, por precipicios casi verticales, densamente poblados de matorrales verdes, y baja hasta el fondo de una garganta que se abre, a varios centenares de metros de profundidad, a la bahía de Ficajola".
"...y aquella tarde, para mí llena de un sentimiento de liberación y que me parecía extenderse sin límites en todas direcciones, nadé una sola vez, internándome en el mar, con enorme ligereza, muy lejos, tan lejos que pensé que podría simplemente dejarme llevar, hacia el atardecer y la noche. Sin embargo, en cuanto, obedeciendo a ese extraño instinto que nos une a la vida, di la vuelva y volví a dirigirme hacia la tierra que, en la distancia, me parecía un continente extraño, nadar me costó más esfuerzo a cada brazada, y no como si luchara contra la corriente que hasta entonces me había llevado, no, creí que se trataba más bien, si es que puede decirse eso de una superficie de agua, de que nadaba sin cesar cuesta arriba. La vista que tenía ante los ojos parecía haberse volcado desde su marco, e inclinaba hacia mí unos grados su borde superior, parpadeando y temblando, y su borde inferior se alejaba en igual medida. Y a veces me parecía como si aquello que se alzaba tan amenazadoramente ante mí no fuera un fragmento de mundo real, sino la reproducción, vuelva hacia fuera e inyectada de trazos negros y azules, de alguna debilidad interior mía que se había vuelto insuperable".
"Me llevó una buena hora y media llegar otra vez arriba, a la altura de Piana y, como alguien que domina el arte de la levitación, pude, por decirlo así, de forma ingrávida avanzar entre las casas y jardines más exteriores y a lo largo del muro tras el que está la parcela donde los habitantes del lugar entierran a sus muertos. Era, como pude ver cuando franqueé la puerta de hierro que chirriaba en sus bisagras, un lugar bastante abandonado, del tipo no raro en Francia en que se tiene la impresión de que no se trata de una antesala de la vida eterna sino de una zona administrada por el municipio, destinada a los desechos seglares de la sociedad humana".
"Inseguro y con esa timidez que incluso hoy se siente al acercarse demasiado a los muertos, me encaramé a zócalos y bordes reventados, lápidas desplazadas, mampostería derruida, un crucifijo caído de su base, una urna de plomo, una mano de ángel..., fragmentos mudos de una ciudad abandonada hacía años, sin un arbusto o árbol que arrojara sombra en ninguna parte, y sin tuyas ni cipreses como los que se plantan con frecuencia en los cementerios meridionales, sea como consuelo, sea como luto. A primera vista creí realmente que no había en el cementerio de Piana, como recuerdo de la naturaleza que, como siempre hemos esperado, se prolongará mucho más allá de nuestro propio fin, nada más que flores violetas, malvas y rosas, evidentemente ofrecidas sobre todo por las empresas de pompas fúnebres francesas a sus clientes, de seda o de chifón de nailon, de porcelana esmaltada de colores o de alambre y lata, que parecen menos un signo de afecto duradero que una prueba finalmente reveladora de que, a pesar de todas nuestras afirmaciones en contrario, no ofrecemos a nuestros muertos más que el sustitutivo más barato de la múltiple belleza de la vida".
"Sin embargo, en el camposanto de Piana, entre los delgados tallos de las flores, paja y espigas, aquí o allá, alguno de los queridos difuntos miraba desde uno de aquellos retratos sepias ovales y de delgado marco dorado que solían ponerse en los países románicos hasta los años sesenta: un húsar rubio con guerrera de cuello alto, una muchacha muerta al cumplir los diecinueve años, con el rostro casi borrado por la luz y la lluvia, un hombre de cuello corto con una corbata de grueso nudo, que había sido funcionario colonial en Orán hasta 1958, o un soldadito, con el gorro torcido, que volvió a casa gravemente herido de la inútil defensa de la fortaleza de la jungla de Dien Bien Fu".
"Regrets éternels... como casi todas las fórmulas con las que expresamos nuestra compasión por los fallecidos antes que nosotros, tampoco ésta carece de ambigüedad, porque no sólo se reduce el anunciado desconsuelo eterno de los deudos a un mínimo absoluto, sino que, si bien se piensa, suena casi como una confesión de culpabilidad hecha al difunto, como un ruego desganado de indulgencia hecho a aquellos a los que se ha enterrado antes de tiempo. Sólo me parecieron libres de toda ambigüedad y claros los nombres de los difuntos mismos, de los que algunos eran tan perfectos, tanto de significado como de sonido, como si los que los llevaron hubieran sido santos durante toda su vida, o hubieran sido enviados sólo a una breve visita desde un mundo lejano, imaginado por nuestra más grande nostalgia".
"Y desde hace algún tiempo sé también que cuanto más tiene uno que soportar, por la razón que sea, de la carga de sufrimiento que seguramente no sin razón se impone a la especie humana, con tanta mayor frecuencia se le aparecen espectros. En el Graben de Viena, en el metro de Londres, en una recepción dada por el embajador de México, en una cabaña de un guardián de esclusas del canal Ludwig en Bamberg, unas veces aquí y otras allá, se encuentra, sin que uno lo espere, a alguno de esos seres tan borrosos como desplazados, en los que siempre me llama la atención que son un poco demasiado pequeños y cortos de vista, tienen algo especialmente expectante y acechante, y en el rostro la expresión de una raza que nos guarda rencor".
"Durante algún tiempo existirá el sitio recientemente introducido en Internet "Momorial Grove", en el que se puede inhumar y visitar electrónicamente a los que nos son especialmente próximos. Sin embargo, luego también ese virtual cimetery se disolverá en el éter, y el pasado entero se disipará en una masa informe, indistinta y muda. Y al dejar un presente sin memoria y ante un futuro que no podrá concebir ya la razón de nadie, abandonaremos la vida por fin sin sentir la necesidad de permanecer al menos algún tiempo o de poder volver de visita ocasionalmente".
"Mi primer paseo el día después de llegar a Piana me llevó fuera del pueblo por la carretera que, con curvas, vueltas y serpentinas aterradoras, desciende de pronto abruptamente, por precipicios casi verticales, densamente poblados de matorrales verdes, y baja hasta el fondo de una garganta que se abre, a varios centenares de metros de profundidad, a la bahía de Ficajola".
"...y aquella tarde, para mí llena de un sentimiento de liberación y que me parecía extenderse sin límites en todas direcciones, nadé una sola vez, internándome en el mar, con enorme ligereza, muy lejos, tan lejos que pensé que podría simplemente dejarme llevar, hacia el atardecer y la noche. Sin embargo, en cuanto, obedeciendo a ese extraño instinto que nos une a la vida, di la vuelva y volví a dirigirme hacia la tierra que, en la distancia, me parecía un continente extraño, nadar me costó más esfuerzo a cada brazada, y no como si luchara contra la corriente que hasta entonces me había llevado, no, creí que se trataba más bien, si es que puede decirse eso de una superficie de agua, de que nadaba sin cesar cuesta arriba. La vista que tenía ante los ojos parecía haberse volcado desde su marco, e inclinaba hacia mí unos grados su borde superior, parpadeando y temblando, y su borde inferior se alejaba en igual medida. Y a veces me parecía como si aquello que se alzaba tan amenazadoramente ante mí no fuera un fragmento de mundo real, sino la reproducción, vuelva hacia fuera e inyectada de trazos negros y azules, de alguna debilidad interior mía que se había vuelto insuperable".
"Me llevó una buena hora y media llegar otra vez arriba, a la altura de Piana y, como alguien que domina el arte de la levitación, pude, por decirlo así, de forma ingrávida avanzar entre las casas y jardines más exteriores y a lo largo del muro tras el que está la parcela donde los habitantes del lugar entierran a sus muertos. Era, como pude ver cuando franqueé la puerta de hierro que chirriaba en sus bisagras, un lugar bastante abandonado, del tipo no raro en Francia en que se tiene la impresión de que no se trata de una antesala de la vida eterna sino de una zona administrada por el municipio, destinada a los desechos seglares de la sociedad humana".
"Inseguro y con esa timidez que incluso hoy se siente al acercarse demasiado a los muertos, me encaramé a zócalos y bordes reventados, lápidas desplazadas, mampostería derruida, un crucifijo caído de su base, una urna de plomo, una mano de ángel..., fragmentos mudos de una ciudad abandonada hacía años, sin un arbusto o árbol que arrojara sombra en ninguna parte, y sin tuyas ni cipreses como los que se plantan con frecuencia en los cementerios meridionales, sea como consuelo, sea como luto. A primera vista creí realmente que no había en el cementerio de Piana, como recuerdo de la naturaleza que, como siempre hemos esperado, se prolongará mucho más allá de nuestro propio fin, nada más que flores violetas, malvas y rosas, evidentemente ofrecidas sobre todo por las empresas de pompas fúnebres francesas a sus clientes, de seda o de chifón de nailon, de porcelana esmaltada de colores o de alambre y lata, que parecen menos un signo de afecto duradero que una prueba finalmente reveladora de que, a pesar de todas nuestras afirmaciones en contrario, no ofrecemos a nuestros muertos más que el sustitutivo más barato de la múltiple belleza de la vida".
"Sin embargo, en el camposanto de Piana, entre los delgados tallos de las flores, paja y espigas, aquí o allá, alguno de los queridos difuntos miraba desde uno de aquellos retratos sepias ovales y de delgado marco dorado que solían ponerse en los países románicos hasta los años sesenta: un húsar rubio con guerrera de cuello alto, una muchacha muerta al cumplir los diecinueve años, con el rostro casi borrado por la luz y la lluvia, un hombre de cuello corto con una corbata de grueso nudo, que había sido funcionario colonial en Orán hasta 1958, o un soldadito, con el gorro torcido, que volvió a casa gravemente herido de la inútil defensa de la fortaleza de la jungla de Dien Bien Fu".
"Regrets éternels... como casi todas las fórmulas con las que expresamos nuestra compasión por los fallecidos antes que nosotros, tampoco ésta carece de ambigüedad, porque no sólo se reduce el anunciado desconsuelo eterno de los deudos a un mínimo absoluto, sino que, si bien se piensa, suena casi como una confesión de culpabilidad hecha al difunto, como un ruego desganado de indulgencia hecho a aquellos a los que se ha enterrado antes de tiempo. Sólo me parecieron libres de toda ambigüedad y claros los nombres de los difuntos mismos, de los que algunos eran tan perfectos, tanto de significado como de sonido, como si los que los llevaron hubieran sido santos durante toda su vida, o hubieran sido enviados sólo a una breve visita desde un mundo lejano, imaginado por nuestra más grande nostalgia".
"Y desde hace algún tiempo sé también que cuanto más tiene uno que soportar, por la razón que sea, de la carga de sufrimiento que seguramente no sin razón se impone a la especie humana, con tanta mayor frecuencia se le aparecen espectros. En el Graben de Viena, en el metro de Londres, en una recepción dada por el embajador de México, en una cabaña de un guardián de esclusas del canal Ludwig en Bamberg, unas veces aquí y otras allá, se encuentra, sin que uno lo espere, a alguno de esos seres tan borrosos como desplazados, en los que siempre me llama la atención que son un poco demasiado pequeños y cortos de vista, tienen algo especialmente expectante y acechante, y en el rostro la expresión de una raza que nos guarda rencor".
"Durante algún tiempo existirá el sitio recientemente introducido en Internet "Momorial Grove", en el que se puede inhumar y visitar electrónicamente a los que nos son especialmente próximos. Sin embargo, luego también ese virtual cimetery se disolverá en el éter, y el pasado entero se disipará en una masa informe, indistinta y muda. Y al dejar un presente sin memoria y ante un futuro que no podrá concebir ya la razón de nadie, abandonaremos la vida por fin sin sentir la necesidad de permanecer al menos algún tiempo o de poder volver de visita ocasionalmente".
jueves, junio 16, 2011
Doppelgänger
De vuelta tras días de una extraña laxitud. Días de trabajo intermitente, de visitas y visitaciones, de lecturas desordenadas, de adioses a la primavera, de acatamiento y paciencia ante la inminencia del verano. Sensación de que pasan las horas, pero de que mañana volverán a pasar, en un bucle de perfecta reiteración. Durante estos primeros días de calor se me irrita la piel, la cara se me abotarga y todo ello me produce el efecto de los síntomas inaugurales de la embriaguez: una embriaguez que me empuja a la demora, a rezagar las actividades y su propia elucubración; desaparición temporal de la ansiedad. En el gimnasio, sobre la monotonía de la cinta, no paro de secarme el sudor de la frente, verónica yo mismo de mi particular via crucis, y entonces pienso en ese océano de calor e indolencia que se adivina será el verano, un verano a escasos kilómetros de la playa: todo en mi vida parece destinado a la escasez, al roce, al "cuasi", al "apenas".
A ratos leo la Vida de Benvenuto Cellini, que parece apócrifa; a ratos, a un palmo de su comprensión y disfrute totales, In Patagonia, de Chatwin, en inglés. De nuevo el "cuasi"... También leo a Sebald y sus frases impecables: "era fácil imaginarla en un escenario de ópera mientras, agotada por el drama de su vida, cantaba lasciatemi morir o alguna de esas arias finales". Pero la obra de Sebald es finita y por tanto mi felicidad también lo es. Entonces vuelvo a la cinta, y observo cómo se estampan sobre ellas las gotas de mi sudor, que caen como cae la lluvia sobre el mundo, y veo cómo desaparecen milagrosamente cuando vuelve a surgir el mismo tramo de la cinta, y pienso en los enamoramientos... qué mejor forma que esa de guerrear contra el insondable aburrimiento de la vida. El resto es la revolución, la revolución permanente. También creo que pasó de largo, el quince del pasado mayo por última vez. Me fijo en el hermoso rostro de César, uno de los encargados de mi gimnasio, tan despistado, tan michelangelesco, y me parece mentira que alguien tan guapo lo sea de manera tan accidental, o mejor dicho, que no haya hecho de su accidente su virtud. Entonces me acuerdo de algo que leí hace poco en un blog sobre Paul Bowles y me pongo pesimista, porque es posible que ya no queden hombres como él, hombres que saben perfectamente lo que les sienta bien sin necesidad de estar al tanto de las tendencias o de la moda. Y sí, claro que coqueteo con la idea de que S. entretenga mi verano, pero con S. no se puede contar, porque los fantasmas aparecen y desaparecen, es inútil invocarlos. No, yo no soy la Sra. Muir. En general, no conviene fantasear con el más allá. Mejor quedarse por acá.
Pero no por aquí. El otro día me decía un amigo que qué será de mí si al tiempo de estar en París me canso. Me quedará el nuevo mundo, le dije. ¿Cómo hubiese sido la vida de Lorca o de Machado si se hubiesen embarcado hacia el nuevo mundo en lugar de quedarse por aquí? Mejor, sin duda. Soy de una tierra que siempre miró con esperanza allende el Atlántico. ¿Cuántos de por aquí zarparon hacia la gran aventura de las Indias Occidentales durante la era de los descubrimientos?
La licuada textura del horizonte marino en los mediodías de excesivo calor.
El espejismo de una vida mejor.
Las fatamorganas.
Los espectros.
Sus visitas.
La vida como escenario vacío.
¿Dónde fueron a parar los personajes?
Mientras ellos buscan como zombis a un autor, el autor busca como un vampiro nuevos escenarios.
Yo sólo espero no encontrarme con mi doppelgänger.
Y enamorarme, levemente, este verano.
A ratos leo la Vida de Benvenuto Cellini, que parece apócrifa; a ratos, a un palmo de su comprensión y disfrute totales, In Patagonia, de Chatwin, en inglés. De nuevo el "cuasi"... También leo a Sebald y sus frases impecables: "era fácil imaginarla en un escenario de ópera mientras, agotada por el drama de su vida, cantaba lasciatemi morir o alguna de esas arias finales". Pero la obra de Sebald es finita y por tanto mi felicidad también lo es. Entonces vuelvo a la cinta, y observo cómo se estampan sobre ellas las gotas de mi sudor, que caen como cae la lluvia sobre el mundo, y veo cómo desaparecen milagrosamente cuando vuelve a surgir el mismo tramo de la cinta, y pienso en los enamoramientos... qué mejor forma que esa de guerrear contra el insondable aburrimiento de la vida. El resto es la revolución, la revolución permanente. También creo que pasó de largo, el quince del pasado mayo por última vez. Me fijo en el hermoso rostro de César, uno de los encargados de mi gimnasio, tan despistado, tan michelangelesco, y me parece mentira que alguien tan guapo lo sea de manera tan accidental, o mejor dicho, que no haya hecho de su accidente su virtud. Entonces me acuerdo de algo que leí hace poco en un blog sobre Paul Bowles y me pongo pesimista, porque es posible que ya no queden hombres como él, hombres que saben perfectamente lo que les sienta bien sin necesidad de estar al tanto de las tendencias o de la moda. Y sí, claro que coqueteo con la idea de que S. entretenga mi verano, pero con S. no se puede contar, porque los fantasmas aparecen y desaparecen, es inútil invocarlos. No, yo no soy la Sra. Muir. En general, no conviene fantasear con el más allá. Mejor quedarse por acá.
Pero no por aquí. El otro día me decía un amigo que qué será de mí si al tiempo de estar en París me canso. Me quedará el nuevo mundo, le dije. ¿Cómo hubiese sido la vida de Lorca o de Machado si se hubiesen embarcado hacia el nuevo mundo en lugar de quedarse por aquí? Mejor, sin duda. Soy de una tierra que siempre miró con esperanza allende el Atlántico. ¿Cuántos de por aquí zarparon hacia la gran aventura de las Indias Occidentales durante la era de los descubrimientos?
La licuada textura del horizonte marino en los mediodías de excesivo calor.
El espejismo de una vida mejor.
Las fatamorganas.
Los espectros.
Sus visitas.
La vida como escenario vacío.
¿Dónde fueron a parar los personajes?
Mientras ellos buscan como zombis a un autor, el autor busca como un vampiro nuevos escenarios.
Yo sólo espero no encontrarme con mi doppelgänger.
Y enamorarme, levemente, este verano.
miércoles, mayo 18, 2011
Carta a un músico entre dos siglos
Querido Gustav,
Ante todo, perdóneme por el abuso de confianza. Sé que es usted un hombre de otra época. Sin embargo, he pasado tanto tiempo en compañía de su música (ahora podemos escuchar su música a solas en casa) que no puedo por menos que dirigirme a usted con el exceso propio de la contigüidad. Me he acordado especialmente de usted porque hoy hace justamente 100 años que se lo tragó literalmente la tierra, en su Viena querida, una mañana de primavera. Dicen, algunos de los que acudieron a su multitudinario entierro, quizás fuera Bruno Walter (que tanto dio a conocer su arte al gran público), que durante todo el cortejo fúnebre que lo acompañó hasta el cementerio de Grinzig no paró de llover, y que sólo cuando estaban a punto de sellar su tumba para siempre, un inmenso rayo de sol quiso colarse entre los nubarrones, resbalarse por su lápida, quizás para dejarle un último recuerdo luminoso de este mundo en continua evanescencia...
Hoy he leído que los melancólicos son aquellos que no ven el sentido a los rituales de la vida, que ven el envoltorio pero que debajo no ven sino vacío. Pero su música es todo menos vacío. Y pocos dioses como usted han sabido dar al vacío una solidez tan perdurable.
El siglo que empezaba y que lo vio morir trajo cosas terribles que usted se ahorró ver. Entre otras, que uno de sus discípulos más brillantes, Arnold Shoenberg, muriese en Los Ángeles, esa ciudad desolada de allende el desierto. Quizás le hubiera gustado ver La muerte en Venecia de Visconti, aunque no estoy del todo seguro. El actor protagonista tenía un parecido razonable con usted, aunque el verdadero protagonista era el adagietto de su Quinta, ese íntimo y hermoso juramento de la existencia...
En lo esencial el mundo ha cambiado poco. El paraíso que todos hemos creído percibir algún día acaba siempre por desvanecerse. Sin embargo, a esa hora de la tarde en que el viento agita los árboles y nos anuncia tormenta, una emoción compleja se sigue apoderando de nosotros. Quizás no esté todo perdido...
Gracias de verdad, querido Mahler, por haber hecho de este punto ínfimo del universo un lugar más bello y mejor.
Ante todo, perdóneme por el abuso de confianza. Sé que es usted un hombre de otra época. Sin embargo, he pasado tanto tiempo en compañía de su música (ahora podemos escuchar su música a solas en casa) que no puedo por menos que dirigirme a usted con el exceso propio de la contigüidad. Me he acordado especialmente de usted porque hoy hace justamente 100 años que se lo tragó literalmente la tierra, en su Viena querida, una mañana de primavera. Dicen, algunos de los que acudieron a su multitudinario entierro, quizás fuera Bruno Walter (que tanto dio a conocer su arte al gran público), que durante todo el cortejo fúnebre que lo acompañó hasta el cementerio de Grinzig no paró de llover, y que sólo cuando estaban a punto de sellar su tumba para siempre, un inmenso rayo de sol quiso colarse entre los nubarrones, resbalarse por su lápida, quizás para dejarle un último recuerdo luminoso de este mundo en continua evanescencia...
Hoy he leído que los melancólicos son aquellos que no ven el sentido a los rituales de la vida, que ven el envoltorio pero que debajo no ven sino vacío. Pero su música es todo menos vacío. Y pocos dioses como usted han sabido dar al vacío una solidez tan perdurable.
El siglo que empezaba y que lo vio morir trajo cosas terribles que usted se ahorró ver. Entre otras, que uno de sus discípulos más brillantes, Arnold Shoenberg, muriese en Los Ángeles, esa ciudad desolada de allende el desierto. Quizás le hubiera gustado ver La muerte en Venecia de Visconti, aunque no estoy del todo seguro. El actor protagonista tenía un parecido razonable con usted, aunque el verdadero protagonista era el adagietto de su Quinta, ese íntimo y hermoso juramento de la existencia...
En lo esencial el mundo ha cambiado poco. El paraíso que todos hemos creído percibir algún día acaba siempre por desvanecerse. Sin embargo, a esa hora de la tarde en que el viento agita los árboles y nos anuncia tormenta, una emoción compleja se sigue apoderando de nosotros. Quizás no esté todo perdido...
Gracias de verdad, querido Mahler, por haber hecho de este punto ínfimo del universo un lugar más bello y mejor.
lunes, mayo 16, 2011
Vedrò con mio diletto...
"Poco importa que Gévaudan e Irlanda sean los escenarios donde se representan estos dramas breves. Lo que importa es que con el mundo se hagan países y lenguas; con el caos, sentido; con las praderas, campos de batalla; con nuestros actos, leyendas y esa forma sofisticada de la leyenda que es la historia; con los nombres comunes, nombre propio. Que las cosas del verano, el amor, la fe y el ardor se hielen para terminar en el invierno impecable de los libros. Y que sin embargo en este hielo un poco de vida permanezca congelada, fresca, garante de nuestra existencia y nuestra libertad. Ese poco de verdad mortal que arde en el corazón frío del escrito, la belleza parca del uno y el esplendor impasible del otro, esto es lo que me esforcé por decir aquí".
Pierre Michon, Mitologías de invierno. El emperador de Occidente.
Pierre Michon, Mitologías de invierno. El emperador de Occidente.
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