"Muchas veces tengo la impresión de que estuviéramos en una habitación con dos puertas opuestas y que cada uno tuviera aferrado el pomo de una de las puertas, y que apenas uno parpadea ya está el otro detrás de su puerta, y ahora basta que el primero diga una sola palabra para que el otro cierre su puerta detrás de sí y desaparezca. Volverá a abrir la puerta, por supuesto, ya que tal vez es una habitación que no puede abandonarse. Si por lo menos el primero no se pareciera tan exactamente al segundo, si se quedara quieto, si por lo menos aparentara no mirar al segundo, si se dedicara a poner lentamente en orden la habitación, como si fuera una habitación como todas las demás; pero en cambio hace exactamente lo mismo que el otro junto a su puerta, a veces incluso los dos están detrás de su respectiva puerta y la hermosa habitación está vacía".
Franz Kafka, en una carta a Milena Jesenská
martes, febrero 22, 2011
viernes, febrero 18, 2011
Un panel X del atlas Y
El olor de las lociones de afeitar, caras y baratas.
El caminar con ambas manos metidas en los bolsillos.
Un soplo hacia el flequillo.
Las chanclas, las deportivas, las botas gastadas.
Un cruce de piernas, la chaqueta puesta, el cigarrillo elevado.
El aliento a tabaco mezclado con cerveza.
Vislumbrar a través de la manga corta de una camiseta la sombra vellosa que se esconde bajo la axila.
Los pezones en flor.
La V de los oblicuos del abdomen cortada por un buen vaquero sin cinturón.
Colocar la oreja sobre el pecho izquierdo, oír los latidos del corazón al abrigo del calor corporal y del olor de algún desodorante.
Los ojos caídos, las pestañas largas, la mirada como de "venado cuando les apunta el cuerno".
El oasis de unos labios tiernos encontrados en el electrizante abandono de una barba de dos o tres días.
Los calcetines de hilo con liga, las corbatas, los pañuelos, los gemelos, los sombreros.
Las risas tonantes. El llanto encogido.
Las rodillas hincadas en la arena, los muslos bien dibujados en esta postura.
Un reloj en la muñeca, una única mano al volante.
El nacimiento del vello a escasos milímetros de la nuez.
Los jerseys de pico bajo una nariz enseña.
Las manos que se detienen, que reposan, que entran en un tiempo lento, que reconocen.
Un perfume con cierto toque de pimienta.
El gesto, en verano, de rascarse el omóplato, por lo que tiene de striptease parcial.
Los ojos que miran al cielo, como en los mártires de la escuela española del XVII.
Los rizos de color castaño.
Las uñas bien cuidadas. Las lúnulas visibles.
Los desperezamientos. El crujir de unas manos unidas frontalmente que se estiran.
El vello púbico que corona la goma ancha y blanca de unos slips de algodón en color verde mar o azul celeste.
El riel de pelusa que llega hasta el ombligo.
Los cuerpos tumbados sobre el césped, las cabezas juntas, como marcando las 12 o las 6.
Los galos moribundos. Las curvas praxitelianas. Los espinarios.
Unos dedos gordos de los pies infantiles. Un arco pronunciado.
El acto de calzarse. El acto de descalzarse.
Las cabezas llenas de espuma de champú. Las caras llenas de espuma de afeitar.
Las toallas estrechas anudadas a la altura del inicio de la ingle, el muslo que se sale al caminar.
El acto de abrocharse la bragueta, sin disimulo.
Acomodarse el pantalón tirando de la parte posterior de la cintura.
Un aire despistado.
Unas manos bonitas que sostienen un libro fascinante...
Algunas cosas que me gustan de algunos hombres.
El caminar con ambas manos metidas en los bolsillos.
Un soplo hacia el flequillo.
Las chanclas, las deportivas, las botas gastadas.
Un cruce de piernas, la chaqueta puesta, el cigarrillo elevado.
El aliento a tabaco mezclado con cerveza.
Vislumbrar a través de la manga corta de una camiseta la sombra vellosa que se esconde bajo la axila.
Los pezones en flor.
La V de los oblicuos del abdomen cortada por un buen vaquero sin cinturón.
Colocar la oreja sobre el pecho izquierdo, oír los latidos del corazón al abrigo del calor corporal y del olor de algún desodorante.
Los ojos caídos, las pestañas largas, la mirada como de "venado cuando les apunta el cuerno".
El oasis de unos labios tiernos encontrados en el electrizante abandono de una barba de dos o tres días.
Los calcetines de hilo con liga, las corbatas, los pañuelos, los gemelos, los sombreros.
Las risas tonantes. El llanto encogido.
Las rodillas hincadas en la arena, los muslos bien dibujados en esta postura.
Un reloj en la muñeca, una única mano al volante.
El nacimiento del vello a escasos milímetros de la nuez.
Los jerseys de pico bajo una nariz enseña.
Las manos que se detienen, que reposan, que entran en un tiempo lento, que reconocen.
Un perfume con cierto toque de pimienta.
El gesto, en verano, de rascarse el omóplato, por lo que tiene de striptease parcial.
Los ojos que miran al cielo, como en los mártires de la escuela española del XVII.
Los rizos de color castaño.
Las uñas bien cuidadas. Las lúnulas visibles.
Los desperezamientos. El crujir de unas manos unidas frontalmente que se estiran.
El vello púbico que corona la goma ancha y blanca de unos slips de algodón en color verde mar o azul celeste.
El riel de pelusa que llega hasta el ombligo.
Los cuerpos tumbados sobre el césped, las cabezas juntas, como marcando las 12 o las 6.
Los galos moribundos. Las curvas praxitelianas. Los espinarios.
Unos dedos gordos de los pies infantiles. Un arco pronunciado.
El acto de calzarse. El acto de descalzarse.
Las cabezas llenas de espuma de champú. Las caras llenas de espuma de afeitar.
Las toallas estrechas anudadas a la altura del inicio de la ingle, el muslo que se sale al caminar.
El acto de abrocharse la bragueta, sin disimulo.
Acomodarse el pantalón tirando de la parte posterior de la cintura.
Un aire despistado.
Unas manos bonitas que sostienen un libro fascinante...
Algunas cosas que me gustan de algunos hombres.
lunes, febrero 14, 2011
miércoles, febrero 02, 2011
Del capítulo 3, Los límites del mundo, de Y yo en la Arcadia, mi novela en progreso
O eso creía yo. Cuando aquella tarde de agosto coloqué mis bultos en el hueco más expedito de la habitación, tuve la impresión de que el espacio que lo circundaba se encogía, como en Alicia. Todo tenía el aspecto desmochado de los sitios de paso: los libros de la estantería, libros desatendidos o menospreciados, se amontonaban sin criterio, como los trastos de una chamarilería; entre trofeos, recuerdos y otras figuritas marcadamente kitsch, se escondía un antiguo tocadiscos inservible; en la parte posterior de la puerta, parte que tendría que ver siempre que me encerrase, había pegatinas de skate a medio arrancar (alguien había tratado de devolver a la madera su aspecto original, inútilmente); faltaba el tirador de uno de los cajones del armario blanco colocado sobre el testero, cuyos paneles desvencijados se abrazaban como borrachos; la correa de la persiana del balcón estaba tan pasada que algún día caería cual guillotina, zambullendo de golpe la habitación en una oscuridad más negra que la muerte.
domingo, enero 09, 2011
Una página arrancada...
Llegué a casa borracho y cansado, con las botas mojadas y el pañuelo del cuello sobre la cabeza. La lluvia golpeaba en las persianas y mi propia soledad resonaba como un piano con el pedal pisado. ¿Sería así por los siglos de los siglos? Entonces me hubiera gustado coger algún libro de la biblioteca, uno de Stendhal o del vizconde de Chateaubriand, de esos en que los protagonistas participan en la guerra como si se tratase de una pieza de teatro, de esos en que se atraviesan los Alpes a caballo o en carroza, de esos en que se espera la aparición de alguien amado delante de un tapiz o con el tacón clavado en la alfombra, durante la sonería de un reloj de tema mitológico, con dos cuerpos desnudos apostados a cada lado de la esfera. Pero estaba cansado y me eché sobre la cama, a oscuras, escuchando la lluvia que afiligranaba el cristal de mi dormitorio, detrás de la gruesa cortina opaca. Yo notaba que mi cuerpo obtenía su merecido, que no era otro que esa horizontalidad siempre tan buscada, el edredón ocultándome como si fuera una segunda piel, una concha con sus fractales naturales, despedida de algún contexto. Estaba cansado pero pensaba en todo ese lastre de la vida pasada y en aquel de la que estaba por venir, aún más pesado, ahí fuera, en esa otra parte que es el mundo, con sus criaturas y sus objetos, todos relacionados por analogía. Y entonces me puse a pensar en la torre Eiffel, en su infinidad de piezas de hierro grisáceo, y en las patas arrugadas y secas de los elefantes, y en la escasa distancia que mediaba entre una y las otras. En el imperativo de mi cansancio, todo podía colocarse en fila india: el perfil boca arriba de Claudio y los dulces ronquidos de S., de una intimidad renovada, como el nacimiento de un río que luego se pierde bajo las rocas. A lo largo de la noche me desperté en varias ocasiones: miraba el reloj y veía algunos mensajes comerciales que llegaban a mi teléfono. Me fijaba en la hora: los intervalos eran perfectos, como la noche y el día de los períodos equinocciales. Trataba de recordar todo lo que me venía a la mente, recreándolo con fruición, doblándolo con esa fuerza al final minúscula que se ejerce sobre los materiales volátiles, como cuando fijamos sin alfileres, sólo con el dedo índice y el pulgar bien apretados, la marca de un dobladillo. Veía también como si hubiese enfilado un largo pasillo solitario, que quedaba mucho para salir de él, que saldría por mi propio pie, quizás a un paraje de cosas exánimes, de un verde ennegrecido como el de los pinos del retrato de Ginevra de Benci, de Leonardo, y la felicidad, conocida, un recuerdo nada más, habría quedado lejos, al otro lado, y ya sólo habría lugar para una suerte de extrañamiento, indoloro, como de otro planeta. Así veía yo ahora mis vidas pasadas, desperdigadas por algún sitio como ropas abandonadas ante un estado de inminencia, de deseo arrebatador, de auxilio a orillas del mar, quizás. Y entonces volvió a aparecer el último de los fantasmas, al que nunca había visto sonreír, o eso creía yo, con sus torpes manos y sus pies aún más torpes, y yo notaba que algo me impulsaba hacia él, hacía sus rodillas que yo intentaba bloquear con un abrazo, pero él se deshacía como un cubito de hielo cuando se lo manosea, y fue en ese momento cuando pensé que sí, que me gustaría asistir al apocalipsis, y vi cómo crecían las aguas de los ríos, cómo rompían en estruendo los grandes ventanales del Louvre, del Kunsthistorisches, de la biblioteca Medicea Laurenziana, de las iglesias de Amsterdam y de Londres, y observé atónito cómo se desgajaba la isla de la Cité, yendo a parar a un bajío del mar de los Sargazos, con la aguja de la Sainte Chapelle medio enterrada y torcida, y cómo el bastidor partido del Entierro en Ornans, de Courbet, otrora en la antigua estación de Orsay, quedaba encallado en la desembocadura de un río de Brasil, quizás un ramal desdoblado del Amazonas, todo lleno de copas de árboles decapitados, con un sinfín de astillas, de ramas revolcadas y atascadas, como el nido vacío de un ave de bestiario gigante y monstruosa.
martes, enero 04, 2011
Ancha
Mi hermano y yo estábamos en un coche, aparcado en la calle Ancha, justo delante de la casa en que vivían mis abuelos. Hablábamos de aldabas. Yo le explicaba que mi favorita era la del palacio de Dávila, que no era otra que la que había en el portón de mis abuelos: una especie de serpiente cuyo cuerpo iba engordando a medida que la mano se deslizaba hacia la base del tirador. En la lógica aplastante de los sueños estábamos casi a ras del suelo, sentados con normalidad en los asientos delanteros del coche, pero teníamos la perspectiva que se tendría desde la segunda planta de un Routemaster. Porque, de hecho, a nuestra izquierda no paraban de pasar autobuses de dos pisos y veíamos perfectamente la cabina de arriba, a la que se tenía acceso directo. Se ve que estábamos en paralelo a una parada de bus. Mi hermano comentaba que él se subía (normalmente) en uno parecido. Al rato (¿cuánto tiempo?) la amenaza se hace realidad y mi hermano entra precipitadamente en uno de los autobuses, dejándome solo en el coche. Casi ni se despide. La llave del coche está en el interruptor de contacto pero yo sé que no puedo cerrar el coche (ni los cristales) y que tengo que llevarlo al garaje de mis padres. Así que tengo que conducir. No tengo ni idea pero como si estuviese en un coche de juguete giro la llave y piso el acelerador. La calle Ancha no es la calle despojada que es ahora; está llena de árboles enormes y frondosos que la siembran de sombras y filigranas de luz. El acelerador es a la vez el freno y al detenerme en un semáforo casi arrollo al motorista de delante. Al alcanzar el islote que hay en mitad del arco de Santiago, una mujer que hay sentada en un banco se da cuenta de mi temeridad y veo cómo se aleja hacia una pared, arranca un papelito (tipo los que están previamente cortados como púas de un peine bajo anuncios particulares que van desde habitaciones para compartir a clases de chino) y llama a la policía. El teléfono de la policía se consigue en estos papelitos. Pero yo, en el estado de arrojo que me produce estar haciendo algo que pensaba que no sabía hacer, confío en que llegaré a mi destino (la casa de mis padres) antes de que aparezca un policía. Doy la vuelta al islote, con sus farolas como mástiles de barco a cada lado, y entro de nuevo en la calle Ancha. Pero las señales de tráfico habituales han cambiado. Sé que las leyes de tráfico son duras, lo que acerca el tiempo del sueño a la actualidad, pero el ambiente rozagante de la calle es como el de un verano de los años ochenta. Al llegar a mitad de la calle observo un cilindro de plástico con una flecha verde (como las de las autovías cuando están en obra) que señala un desvío obligatorio a la derecha pero yo sigo hacia delante. Cuando llego a la altura del antiguo cine Ribas me doy cuenta de que debo dar la vuelta. Pero ahí se acaba el sueño.
Salgo de él con una extraña sensación de ampliación de mí mismo. Me sorprende que sin haber recibido jamás una lección de tráfico, tenga interiorizado el significado de las señales. Y me sorprenden mis dudas, mis retos en el sueño: las trampas que yo mismo me voy poniendo. Mis sentidos, mis recuerdos, mi inconsciente configuran un magma confuso que me excede. Y siento una felicidad repentina, como si los puntos de sutura se hubiesen roto y el límite del horizonte hubiese creado una alucinante fata morgana. Y pienso que quizás el sueño esté relacionado con el manual sobre tractores Case que estaba traduciendo anoche, o mejor aún, con este hermoso pasaje final de Los anillos de Saturno, de Sebald, que ayer terminé. Y subrayo en negrita lo que para mí tiene más relevancia ahora, algo posiblemente que él habría "pasado por alto", ese espejismo de las cosas hechas y aprendidas, luego quizás desaprendidas y olvidadas, y devueltas de nuevo, esa brecha no suturada que produce la vastedad de los años y de las cosas sobre nuestros ojos y oídos minúsculos y perdularios: "Y Thomas Browne, quien, como hijo de un comerciante de seda, debía de entender especialmente de esta cuestión, apunta en algún lugar de su escrito Pseudodoxia Epidemica, que me ha sido imposible encontrar, que en la Holanda de su tiempo era costumbre que en la casa de un difunto se tapasen con crespón de seda de luto todos los espejos y todos los cuadros en los que se contemplaban paisajes, seres humanos o los frutos de los campos, para que el alma que está abandonando el cuerpo no se distraiga en su último viaje, ni por la mirada a su propio ser, ni por la mirada a la tierra que está abandonando para siempre".
Salgo de él con una extraña sensación de ampliación de mí mismo. Me sorprende que sin haber recibido jamás una lección de tráfico, tenga interiorizado el significado de las señales. Y me sorprenden mis dudas, mis retos en el sueño: las trampas que yo mismo me voy poniendo. Mis sentidos, mis recuerdos, mi inconsciente configuran un magma confuso que me excede. Y siento una felicidad repentina, como si los puntos de sutura se hubiesen roto y el límite del horizonte hubiese creado una alucinante fata morgana. Y pienso que quizás el sueño esté relacionado con el manual sobre tractores Case que estaba traduciendo anoche, o mejor aún, con este hermoso pasaje final de Los anillos de Saturno, de Sebald, que ayer terminé. Y subrayo en negrita lo que para mí tiene más relevancia ahora, algo posiblemente que él habría "pasado por alto", ese espejismo de las cosas hechas y aprendidas, luego quizás desaprendidas y olvidadas, y devueltas de nuevo, esa brecha no suturada que produce la vastedad de los años y de las cosas sobre nuestros ojos y oídos minúsculos y perdularios: "Y Thomas Browne, quien, como hijo de un comerciante de seda, debía de entender especialmente de esta cuestión, apunta en algún lugar de su escrito Pseudodoxia Epidemica, que me ha sido imposible encontrar, que en la Holanda de su tiempo era costumbre que en la casa de un difunto se tapasen con crespón de seda de luto todos los espejos y todos los cuadros en los que se contemplaban paisajes, seres humanos o los frutos de los campos, para que el alma que está abandonando el cuerpo no se distraiga en su último viaje, ni por la mirada a su propio ser, ni por la mirada a la tierra que está abandonando para siempre".
viernes, diciembre 31, 2010
Intervención en el día de San Silvestre
Últimas horas del año, de la década. Preparo unos brócolis con patatas, al vapor. Escucho una vieja canción de Madonna: "I know the road looks lonely/But that's just Satan's game/And either way my baby/You'll never be the same". Llamo a P. Me llama Pa. Nos deseamos un feliz año nuevo. Quiero trabajar un poco pero me disperso. Recuerdo el año pasado a estas horas, comprando uvas en Le Bon Marché de París. Antes de la última siesta del año, leeré algunas páginas de Sebald...
El año termina mal aunque algo mejor de lo que pensaba.
Me ronda un pensamiento, un tímido anhelo: que los fantasmas se hagan carne y que las fantasías se vuelvan verbo...
Claro, y que la salud no se resienta.
Feliz año nuevo a todos.
El año termina mal aunque algo mejor de lo que pensaba.
Me ronda un pensamiento, un tímido anhelo: que los fantasmas se hagan carne y que las fantasías se vuelvan verbo...
Claro, y que la salud no se resienta.
Feliz año nuevo a todos.
lunes, diciembre 27, 2010
Fantasmas
1. Ocurrió una tarde de julio, muy calurosa, como más tarde recordaría. Minutos después de haber abierto la tienda, estaba ante la mesa que hacía las veces de mostrador enfrascado de nuevo en sus problemas de liquidez. En una esquina minúscula y vergonzante del folio en blanco que tenía delante apuntaba deudas: proveedores, seguridad social, alquiler... A ratos miraba de soslayo la cifra que parecía temblar sobre la calculadora que agarraba con la otra mano: era la suma de sus facturas por cobrar. Las cuentas no le salían. Un gran surco de sudor empapaba las costuras de su camisa, a la altura de las axilas. Entonces sintió un extraño escalofrío y pasando rápidamente la vista por entre lámparas, tresillos y mesitas auxiliares, la detuvo en un punto del escaparate, a su izquierda. Al otro lado, una señora mayor, vestida con una falda tableada malva y una blusa blanca de tejido fresco lo miraba por encima de sus gruesas gafas de vista. No cabía duda: aquella mujer era su madre, muerta hacía algunos meses. Tenía la cara de antes de diagnosticársele la enfermedad, su cara suave de los últimos años, y lo miraba con una efusión rebosante e infinita. Levantó la mano, que sujetaba un abanico con las varillas de sándalo calado, y lo saludó tras el cristal. Al segundo desapareció por la izquierda. Él estaba petrificado, la emoción lo había dejado pasmado, con la mano pegada al catálogo de telas para tapizar. Cuando volvió en sí, echó a correr hacia la puerta y se asomó a la calle: no había ni un alma, su madre había desaparecido entre el bochorno de la tarde. Le sorprendió el rumor de la fuente de enfrente, casi el único sonido que percibía con nitidez, como un crepitar de telas en combustión, como una carrera de ángeles en lontananza.
2. Estaba escribiendo sobre fantasmas cuando sonó el telefonillo. Eran al menos las once de la noche, tenía la tele encendida (aunque sin volumen) y estaba escuchando el último de los cuartetos de cuerda de Béla Bartók. Cuando pregunté que quién era, una voz familiar me contestó que Josep Plà. Apreté el botón y esperé a que llamase al timbre de arriba. Cuando abrí la puerta no me sorprendió ver a Sergio ante mí. Se había cortado el pelo y, curiosamente, había envejecido: ya no era aquel crío de dieciocho años que nos abandonó un fatídico y lejano día del mes de enero. Fue todo muy rápido, las botas sin crampones, la nieve blanda y crujiente, un resbalón y el golpe letal en la cabeza. Me dio un abrazo como un suspiro y me pidió que nos instalásemos en alguna parte de la casa poco habitada, más de tránsito, que le había costado mucho esfuerzo subir las escaleras, en especial el último tramo, tan empinado, y que temía desaparecer si no se alimentaba de cierta oscuridad. Yo me lo llevé de la mano hacia el diminuto pasillo que comunica mi dormitorio con el salón y con mi despacho. Se sentó de cuclillas, con los brazos cruzados, como quien observa desde la ribera de un río la orilla de enfrente. Yo le imité la postura y me senté a su lado, rozándole levemente el codo. Me fijé en sus pecas, tan graciosas, y en su piel casi transparente, fina como una gasa. Durante unos cinco minutos estuvimos intercambiando frases, haciéndonos preguntas llenas de curiosidad, de cuya mayor parte no me acuerdo. A veces su mirada azul se perdía en un lugar muy remoto e inexpugnable. Los instrumentos de cuerda de la pieza que sonaba en el salón, un tiempo lento, pasaban de un acorde agudo a otro grave; en mitad, un suave silencio. De pronto se levantó y lo miré con una tristeza honda de despedida. Supuse que querría salir por la terraza y abrí el ventanal dejando entrar el aire helado del invierno. Antes de dejar que su silueta se perdiese en la negrura del allá, le pregunté si seguía siendo comunista. Me sonrío de una forma muy afectuosa y me dijo camarada, más que nunca, ahí donde estoy las injusticias son aún peores... cerré la puerta y, de nuevo en cuclillas, pegué la frente al cristal, frío como el agua de los manantiales más altos de la tierra.
2. Estaba escribiendo sobre fantasmas cuando sonó el telefonillo. Eran al menos las once de la noche, tenía la tele encendida (aunque sin volumen) y estaba escuchando el último de los cuartetos de cuerda de Béla Bartók. Cuando pregunté que quién era, una voz familiar me contestó que Josep Plà. Apreté el botón y esperé a que llamase al timbre de arriba. Cuando abrí la puerta no me sorprendió ver a Sergio ante mí. Se había cortado el pelo y, curiosamente, había envejecido: ya no era aquel crío de dieciocho años que nos abandonó un fatídico y lejano día del mes de enero. Fue todo muy rápido, las botas sin crampones, la nieve blanda y crujiente, un resbalón y el golpe letal en la cabeza. Me dio un abrazo como un suspiro y me pidió que nos instalásemos en alguna parte de la casa poco habitada, más de tránsito, que le había costado mucho esfuerzo subir las escaleras, en especial el último tramo, tan empinado, y que temía desaparecer si no se alimentaba de cierta oscuridad. Yo me lo llevé de la mano hacia el diminuto pasillo que comunica mi dormitorio con el salón y con mi despacho. Se sentó de cuclillas, con los brazos cruzados, como quien observa desde la ribera de un río la orilla de enfrente. Yo le imité la postura y me senté a su lado, rozándole levemente el codo. Me fijé en sus pecas, tan graciosas, y en su piel casi transparente, fina como una gasa. Durante unos cinco minutos estuvimos intercambiando frases, haciéndonos preguntas llenas de curiosidad, de cuya mayor parte no me acuerdo. A veces su mirada azul se perdía en un lugar muy remoto e inexpugnable. Los instrumentos de cuerda de la pieza que sonaba en el salón, un tiempo lento, pasaban de un acorde agudo a otro grave; en mitad, un suave silencio. De pronto se levantó y lo miré con una tristeza honda de despedida. Supuse que querría salir por la terraza y abrí el ventanal dejando entrar el aire helado del invierno. Antes de dejar que su silueta se perdiese en la negrura del allá, le pregunté si seguía siendo comunista. Me sonrío de una forma muy afectuosa y me dijo camarada, más que nunca, ahí donde estoy las injusticias son aún peores... cerré la puerta y, de nuevo en cuclillas, pegué la frente al cristal, frío como el agua de los manantiales más altos de la tierra.
lunes, diciembre 20, 2010
Un poema de Cernuda y otro de Gil de Biedma
Jardín antiguo
Ir de nuevo al jardín cerrado,
que tras los arcos de la tapia,
entre magnolios, limoneros,
guarda el encanto de las aguas.
Oír de nuevo en el silencio,
vivo de trinos y de hojas,
el susurro tibio del aire
donde las almas viejas flotan.
Ver otra vez el cielo hondo
a lo lejos, la torre esbelta
tal flor de luz sobre las palmas:
las cosas todas siempre bellas.
Sentir otra vez, como entonces,
la espina aguda del deseo,
mientras la juventud pasada
vuelve. Sueño de un dios sin tiempo.
Luis Cernuda
Noches del mes de junio
A Luis Cernuda
Alguna vez recuerdo
ciertas noches de junio de aquel año,
casi borrosas, de mi adolescencia
(era en mil novecientos me parece
cuarenta y nueve)
porque en ese mes
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
lo mismo que el calor que empezaba,
nada más
que la especial sonoridad del aire
y una disposición vagamente afectiva.
Eran las noches incurables
y la calentura.
Las altas horas de estudiante solo
y el libro intempestivo
junto al balcón abierto de par en par (la calle
recién regada desaparecía
abajo, entre el follaje iluminado)
sin un alma que llevar a la boca.
Cuántas veces me acuerdo
de vosotras, lejanas
noches del mes de junio, cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.
Jaime Gil de Biedma
Ir de nuevo al jardín cerrado,
que tras los arcos de la tapia,
entre magnolios, limoneros,
guarda el encanto de las aguas.
Oír de nuevo en el silencio,
vivo de trinos y de hojas,
el susurro tibio del aire
donde las almas viejas flotan.
Ver otra vez el cielo hondo
a lo lejos, la torre esbelta
tal flor de luz sobre las palmas:
las cosas todas siempre bellas.
Sentir otra vez, como entonces,
la espina aguda del deseo,
mientras la juventud pasada
vuelve. Sueño de un dios sin tiempo.
Luis Cernuda
Noches del mes de junio
A Luis Cernuda
Alguna vez recuerdo
ciertas noches de junio de aquel año,
casi borrosas, de mi adolescencia
(era en mil novecientos me parece
cuarenta y nueve)
porque en ese mes
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
lo mismo que el calor que empezaba,
nada más
que la especial sonoridad del aire
y una disposición vagamente afectiva.
Eran las noches incurables
y la calentura.
Las altas horas de estudiante solo
y el libro intempestivo
junto al balcón abierto de par en par (la calle
recién regada desaparecía
abajo, entre el follaje iluminado)
sin un alma que llevar a la boca.
Cuántas veces me acuerdo
de vosotras, lejanas
noches del mes de junio, cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.
Jaime Gil de Biedma
jueves, noviembre 25, 2010
Los cielos desconocidos
Vértigo.
A aproximadamente las cuatro de la tarde un hombre entra en la estación de Liverpool Street y se monta en uno de los trenes que circulan en dirección a los suburbios del noreste. Lleva consigo un ejemplar de viejo (Everyman's Library, 1913), en papel cebolla, del diario de Samuel Pepys. Como si se tratase de una baraja de cartas, obedeciendo únicamente al azar del lugar en que se posan sus dedos, y después su vista, va leyendo frases sueltas, pequeños fragmentos. Factores ambientales como la humedad han hecho que a veces no sea esa página la que se aparezca ante sus ojos sino la siguiente, a la que está pegada por algún extremo. A los cinco minutos tiene tanto sueño que empieza a no entender lo que lee y lucha una y otra vez frente a la primera frase completa de la página 315 hasta caer dormido. Como un eco casi perdido regresan entonces las palabras del diario sobre el gran incendio de Londres. No hay claridad sino un llamear espantoso y sangrientamente maligno que el viento empuja por toda la metrópoli. Cientos de palomas muertas sobre el pavimento con el plumaje chamuscado. Los árboles de los cementerios se prenden fuego unos a otros. Su crepitar es monstruoso, como si el mismísimo diablo anduviese rechinando los dientes a nuestro lado, en una habitación inundada de oscuridad. Mucha gente trata de huir hacia el agua del río. A nuestro alrededor el reflejo, y delante de la profunda oscuridad del cielo, en un arco, cuesta arriba, la pared de fuego, recortada en zigzag. Y al día siguiente una lluvia apacible de cenizas, hacia el oeste, hasta más allá del Windsor Park.
Rautaavara.
Fuera de los cristales, sucios de todo el otoño, el cielo que se rasga en su decrepitud. Una finísima línea purulenta separa unas nubes de otras, en un cúmulo de grises y rojizos que se asemeja al material olvidado tras intentar sanar una herida profunda e incurable. Es la hora de las unciones. Las manos frías y como ajenas recorren la barbilla, en un despistado gesto de repliegue físico sobre uno mismo, de recogimiento. El trémulo reflejo de la televisión, que ocupa el lugar que otrora ocuparía la lumbre, con su caprichoso bailoteo sobre objetos, paredes y cuadros, reconcentra el recuerdo de otras horas parecidas a esta, en otras ciudades que ya no existen, porque en estos instantes nos son ajenas. A ese recuerdo le acompaña el recuerdo de las salidas de casa envueltos en una bufanda, de las llegadas en taxi a fiestas de desconocidos, de apretar el botón del ascensor con un guante, de tender la mano y soltar en otra una botella de vino, de las reuniones en la cocina que anteceden a una cena, de esa curiosidad infantil que sentimos al entrar en las casas de los demás y observar su disposición y su reglamento. Y luego, de vuelta aquí, puede que suene el teléfono o que tratemos de discenir en un libro aquella frase que rodeamos de lápiz: "un éxtasis... de amor... a primera... vista". Entonces, tirados sobre la alfombra, miramos hacia el cielo, desconocido como siempre, y estiramos una mano hacia el invierno que todo lo rodea, y todo está tan lejos que parece mentira, y perdemos el norte, y seguimos sin vernos la cara, aunque sí el resto: esas manos que vuelven una y otra vez sobre nuestra cara que no vemos, como las manos de los ciegos, y es ya de noche, y el invierno, este invierno que nunca acaba.
A aproximadamente las cuatro de la tarde un hombre entra en la estación de Liverpool Street y se monta en uno de los trenes que circulan en dirección a los suburbios del noreste. Lleva consigo un ejemplar de viejo (Everyman's Library, 1913), en papel cebolla, del diario de Samuel Pepys. Como si se tratase de una baraja de cartas, obedeciendo únicamente al azar del lugar en que se posan sus dedos, y después su vista, va leyendo frases sueltas, pequeños fragmentos. Factores ambientales como la humedad han hecho que a veces no sea esa página la que se aparezca ante sus ojos sino la siguiente, a la que está pegada por algún extremo. A los cinco minutos tiene tanto sueño que empieza a no entender lo que lee y lucha una y otra vez frente a la primera frase completa de la página 315 hasta caer dormido. Como un eco casi perdido regresan entonces las palabras del diario sobre el gran incendio de Londres. No hay claridad sino un llamear espantoso y sangrientamente maligno que el viento empuja por toda la metrópoli. Cientos de palomas muertas sobre el pavimento con el plumaje chamuscado. Los árboles de los cementerios se prenden fuego unos a otros. Su crepitar es monstruoso, como si el mismísimo diablo anduviese rechinando los dientes a nuestro lado, en una habitación inundada de oscuridad. Mucha gente trata de huir hacia el agua del río. A nuestro alrededor el reflejo, y delante de la profunda oscuridad del cielo, en un arco, cuesta arriba, la pared de fuego, recortada en zigzag. Y al día siguiente una lluvia apacible de cenizas, hacia el oeste, hasta más allá del Windsor Park.
Rautaavara.
Fuera de los cristales, sucios de todo el otoño, el cielo que se rasga en su decrepitud. Una finísima línea purulenta separa unas nubes de otras, en un cúmulo de grises y rojizos que se asemeja al material olvidado tras intentar sanar una herida profunda e incurable. Es la hora de las unciones. Las manos frías y como ajenas recorren la barbilla, en un despistado gesto de repliegue físico sobre uno mismo, de recogimiento. El trémulo reflejo de la televisión, que ocupa el lugar que otrora ocuparía la lumbre, con su caprichoso bailoteo sobre objetos, paredes y cuadros, reconcentra el recuerdo de otras horas parecidas a esta, en otras ciudades que ya no existen, porque en estos instantes nos son ajenas. A ese recuerdo le acompaña el recuerdo de las salidas de casa envueltos en una bufanda, de las llegadas en taxi a fiestas de desconocidos, de apretar el botón del ascensor con un guante, de tender la mano y soltar en otra una botella de vino, de las reuniones en la cocina que anteceden a una cena, de esa curiosidad infantil que sentimos al entrar en las casas de los demás y observar su disposición y su reglamento. Y luego, de vuelta aquí, puede que suene el teléfono o que tratemos de discenir en un libro aquella frase que rodeamos de lápiz: "un éxtasis... de amor... a primera... vista". Entonces, tirados sobre la alfombra, miramos hacia el cielo, desconocido como siempre, y estiramos una mano hacia el invierno que todo lo rodea, y todo está tan lejos que parece mentira, y perdemos el norte, y seguimos sin vernos la cara, aunque sí el resto: esas manos que vuelven una y otra vez sobre nuestra cara que no vemos, como las manos de los ciegos, y es ya de noche, y el invierno, este invierno que nunca acaba.
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