Apunto autores y obras que quiero leer: Onetti, Chatwin, más Sebald, el último Coetzee, el Tristan Shandy de Sterne.
Hay otros que me gustaría simplemente tener: Anatomía de la melancolía de Burton, los Ensayos de Montaigne.
Una especie de ansiedad de carácter temporal (clausural, diría yo) se apodera de mí. Mi diógenes libresca me lleva cada cierto tiempo a la Luna Nueva y me hace comprar libros que se acumulan en mis estanterías. Son tareas pendientes que, de alguna forma, prorrogan o aplazan este tiempo de clausura. Clausura como fin, como cierre; clausura como encierro.
Coqueteo con la idea de encerrarme: la vida puede quedar allende la puerta, allende la ciudad, allende el presente, para un tiempo futuro. Ahora toca escribir, intentarlo al menos. Llegué aquí para eso, ¿no? ¿qué me hizo venir aquí? A veces, se me olvida.
Carne encerrada. Arroz pasado.
Entre los autores que apunto está Josep Pla. Escribo su nombre acercando la punta de los dedos al extremo del bolígrafo, sobre un post-it. Y de repente me acuerdo de alguien, una especie de fuego de San Telmo, de aparición y desaparición repentinas, que escribió algo sobre Josep Pla en su blog. Su extraña manifestación fantasmal, una suerte de aviso, es como un paréntesis cerrado con precipitación, un inicio de digresión de mi propia vida clausurada, fallido (¿por suerte?). En esta ruina de consumo pasivo, en este ambiente de capitalismo farmacopornográfico de sillas pegadas a ordenadores eternamente encendidos, y nosotros en medio, en este planeta donde ningún rincón parece haber escapado al turismo low cost y los periódicos ocupan la mayor parte de sus páginas con anuncios y balances empresariales, el amor se antoja como la única aventura posible, el deseado papel protagonista que todos nos han ido quitando.
Al recordar el nombre de Pla escrito por ese desconocido se produce en mí una consciencia de idealización fracasada, parecida a la que sume todo proyecto humano de la imaginación en leve derrota cuando cobra forma real.
Pienso en S. como si fuese un libro aún no leído, como si fuese una novela que jamás se escribirá. Y luego pienso en Sebald, en un artículo que leí sobre él en The New York Review of Books, y pienso en los estetas, en Baudelaire, en los melancólicos, en Benjamin...
En la radio suena el Trío para piano, violín y violonchelo de Ravel.
Me "apunto" también que quiero volver a ver Un corazón en invierno, de Claude Sautet.
domingo, noviembre 14, 2010
martes, octubre 26, 2010
Cosas que caben en este otoño
Escuchar, ya caída la tarde, disco a disco, la integral de los Cuartetos de cuerda de Dmitri Shostakovich.
Hablar por el teléfono fijo con los amigos de aquí y de allá.
Leer novelas formalmente rupturistas, de estructura arriesgada: dígase Verano de Coetzee, o algún Bolaño pendiente, o una locura de Copi, o Campo Santo de Sebald, tan apropiado para estos días.
Almorzar lentejas, alubiones con almejas, espinacas con garbanzos.
English Breakfast Tea con nube de leche y scones caseros.
"Contraprogramar" La2 los viernes por la noche.
Ir una tarde con mi hermano al estudio de grabación y observar cómo graba alguno de sus nuevos temas.
Aprovechar la tarde del domingo para jugar unas partidas de backgammon y disfrutar de un Bruichladdich Sherry Classic on the rocks.
Viajar a Estocolmo, o a Amsterdam.
Leerse toda la segunda etapa (fenomenológica/poética/psicoanalística) de Gaston Bachelard.
Ante los accesos de soledad, refugiarse en los últimos compases de la Fantasía-Obertura de Romeo y Julieta, de Tchaikovsky.
Pirarse al campo algún que otro fin de semana, con amigos; observar la naturaleza; ensimismarse con sus ruidos, con los ladridos y los balidos de los animales al anochecer.
Acompañar estas escapadas de poetas de las islas británicas, con doble inicial: W. H. Auden, T.S. Eliot, W. B. Yeats.
Enamorarse, ligeramente, antes de que caiga la noche, y la noche empezará a caer pronto. Debe ser gente guapa, con un aire como de la escuela de Ferrara, soñadora, un pelín absurda, algo infantil, más de beso que de coito.
Dejar que te impregne ese aroma, y mezclarlo con Terre d'Hermès.
Evitar los bares y discotecas y frecuentar interiores más cálidos, luces indirectas: fiestas o cenas en petit comité. Hay que prepararse para la nueva Ley del Tabaco.
Si aparece algún amante, ponerlo a prueba con el visionado de algún clásico en DVD: Escrito sobre el viento, de Douglas Sirk o Un verano con Mónica, de Bergman. Si se aburre, ponerlo de inmediato en el cesto de reciclaje, como las cartas comerciales.
Trabajar escuchando a The Carpenters.
No esperar nada extraordinario. Relamerse en lo minúsculo. Adorar la miniatura.
Cerrar la puerta de casa, después de una tarde de compras, y saber que estás felizmente solo.
Visitar, en la medida de lo posible: museos donde haya muchas vitrinas, algo de polvo, gran cantidad de pequeñas piezas expuestas, una catalogación decimonónica, con un algo de gabinete de coleccionista. En Jerez, por ejemplo, el Museo de Relojes, con su jardín esparcido de pavos reales.
Desayunar cosas que se puedan mojar en el café: magdalenas, galletas, mostachones. Parar con la lengua ese hilo de leche que se escapa por las muñecas...
Dormitar.
Disfrutar del calor humano de los cafés. Sentir ese acaloramiento en las mejillas. Volver al frío de la tarde. Darle dos vueltas a la bufanda.
Soñar.
... y escribir.
Hablar por el teléfono fijo con los amigos de aquí y de allá.
Leer novelas formalmente rupturistas, de estructura arriesgada: dígase Verano de Coetzee, o algún Bolaño pendiente, o una locura de Copi, o Campo Santo de Sebald, tan apropiado para estos días.
Almorzar lentejas, alubiones con almejas, espinacas con garbanzos.
English Breakfast Tea con nube de leche y scones caseros.
"Contraprogramar" La2 los viernes por la noche.
Ir una tarde con mi hermano al estudio de grabación y observar cómo graba alguno de sus nuevos temas.
Aprovechar la tarde del domingo para jugar unas partidas de backgammon y disfrutar de un Bruichladdich Sherry Classic on the rocks.
Viajar a Estocolmo, o a Amsterdam.
Leerse toda la segunda etapa (fenomenológica/poética/psicoanalística) de Gaston Bachelard.
Ante los accesos de soledad, refugiarse en los últimos compases de la Fantasía-Obertura de Romeo y Julieta, de Tchaikovsky.
Pirarse al campo algún que otro fin de semana, con amigos; observar la naturaleza; ensimismarse con sus ruidos, con los ladridos y los balidos de los animales al anochecer.
Acompañar estas escapadas de poetas de las islas británicas, con doble inicial: W. H. Auden, T.S. Eliot, W. B. Yeats.
Enamorarse, ligeramente, antes de que caiga la noche, y la noche empezará a caer pronto. Debe ser gente guapa, con un aire como de la escuela de Ferrara, soñadora, un pelín absurda, algo infantil, más de beso que de coito.
Dejar que te impregne ese aroma, y mezclarlo con Terre d'Hermès.
Evitar los bares y discotecas y frecuentar interiores más cálidos, luces indirectas: fiestas o cenas en petit comité. Hay que prepararse para la nueva Ley del Tabaco.
Si aparece algún amante, ponerlo a prueba con el visionado de algún clásico en DVD: Escrito sobre el viento, de Douglas Sirk o Un verano con Mónica, de Bergman. Si se aburre, ponerlo de inmediato en el cesto de reciclaje, como las cartas comerciales.
Trabajar escuchando a The Carpenters.
No esperar nada extraordinario. Relamerse en lo minúsculo. Adorar la miniatura.
Cerrar la puerta de casa, después de una tarde de compras, y saber que estás felizmente solo.
Visitar, en la medida de lo posible: museos donde haya muchas vitrinas, algo de polvo, gran cantidad de pequeñas piezas expuestas, una catalogación decimonónica, con un algo de gabinete de coleccionista. En Jerez, por ejemplo, el Museo de Relojes, con su jardín esparcido de pavos reales.
Desayunar cosas que se puedan mojar en el café: magdalenas, galletas, mostachones. Parar con la lengua ese hilo de leche que se escapa por las muñecas...
Dormitar.
Disfrutar del calor humano de los cafés. Sentir ese acaloramiento en las mejillas. Volver al frío de la tarde. Darle dos vueltas a la bufanda.
Soñar.
... y escribir.
martes, octubre 19, 2010
Heterotopías
Mientras a duras penas prosigo con la redacción de mi novela, se me ha colado un nuevo relato corto. Lo he titulado Heterotopías y lo he terminado hoy. Comienza en una sauna de chaperos y sigue en Venecia. Sin solución de continuidad. El motivo podría ser esa nebbia espesa que a veces se instala sobre nuestra existencia, impidiéndonos ver más allá del presente.
El muelle de los incurables...
Me gustan mucho las dos citas que introducen el relato:
En ruptura con los espacios tradicionales, las heterotopías son “contra-espacios”, zonas de paso o de reposo, lugares donde se suspenden las normas morales que rigen todo otro lugar, una suerte de “utopías localizadas” que han encontrado un lugar provisional o un puerto de excepción.
Beatriz Preciado, Pornotopía
En cualquier momento podría asistir a la llegada de su rey, el rey Niebla, que se disponía a doblar la esquina en toda su gloria de cúmulos. “Silenciosamente y muy deprisa”, me repetí a mí mismo. Ahora sí, se trataba de la última línea de “La caída de Roma”, de Auden, y era ese lugar el que se encontraba “por entero, en otro lugar”.
Joseph Brodsky, Marca de agua
Tengo que retomar mi novela. Aunque me encanta que se me "cuelen" relatos breves. Y salir medianamente satisfecho de estos "accidentes".
El muelle de los incurables...
Me gustan mucho las dos citas que introducen el relato:
En ruptura con los espacios tradicionales, las heterotopías son “contra-espacios”, zonas de paso o de reposo, lugares donde se suspenden las normas morales que rigen todo otro lugar, una suerte de “utopías localizadas” que han encontrado un lugar provisional o un puerto de excepción.
Beatriz Preciado, Pornotopía
En cualquier momento podría asistir a la llegada de su rey, el rey Niebla, que se disponía a doblar la esquina en toda su gloria de cúmulos. “Silenciosamente y muy deprisa”, me repetí a mí mismo. Ahora sí, se trataba de la última línea de “La caída de Roma”, de Auden, y era ese lugar el que se encontraba “por entero, en otro lugar”.
Joseph Brodsky, Marca de agua
Tengo que retomar mi novela. Aunque me encanta que se me "cuelen" relatos breves. Y salir medianamente satisfecho de estos "accidentes".
viernes, octubre 15, 2010
Kitsch y nostalgia
"Me gustan los cuadros estúpidos, los entrepaños, las escenografías, los trapecios de los acróbatas, las señales, los grabados populares, la literatura pasada de moda, el latín de iglesia, los libros eróticos con faltas de ortografía, las novelas de nuestras abuelas, los cuentos de hadas, los pequeños libros de la infancia, las viejas óperas, los refranes ridículos y las rimas ingenuas".
Arthur Rimbaud, Alquimia del mundo
Arthur Rimbaud, Alquimia del mundo
viernes, octubre 08, 2010
Una idea de decadencia "fin de siècle"...
"Desde que existe la humanidad, su progreso, sus adquisiciones han sido todas del orden de la sensibilidad. Cada día, se pone nerviosa, histérica. Y en lo referente a esta actividad... ¿estás seguro que la melancolía moderna no resulta de ello? ¿Sabes si la tristeza del siglo no se origina de un exceso de trabajo, movimiento, esfuerzo tremendo, labor furiosa, de sus fuerzas cerebrales tensadas hasta el punto de ruptura, de la producción en exceso en todo dominio?"
Edmond y Jules de Goncourt, Diario.
Edmond y Jules de Goncourt, Diario.
lunes, octubre 04, 2010
La Somnambule
A raíz de un encuentro inaudito que he tenido en los últimos días busco respuesta en mi pequeño devocionario, El bosque de la noche, de Djuna Barnes:
- (...)Tenía como un azul fluido debajo de la piel, como si le hubiesen arrancado la corteza del tiempo, y con ella, todas las transacciones del conocimiento. Una especie de primer estado de la atención, una cara que envejecerá sólo bajo los golpes de la niñez perpetua. Unas sienes, como las de los venados jóvenes cuando les apunta el cuerno, como ojos dormidos. Y esa expresión de la cara que perseguimos como un fuego de San Telmo. Los brujos conocen el poder de los cuernos. Tú encuentra un cuerno donde quieras y sabrás que ha sido identificado. Podrías tropezarte con mil cráneos humanos sin sentir la misma trepidación. ¡Si lo sabrán las viejas duquesas! ¿Has visto a alguna que se presente en público, ya sea en la ópera o en cualquier sarao, sin que le tremolen en la sien plumas, flores, ramitas de avena o cualquier otra fruslería?
Ella no le oía.
-Cada hora es mi última hora - dijo con desesperación- ¡Y no se puede estar toda la vida viviendo una última hora!
Él juntó las manos.
-Incluso la vida contemplativa no es más que un esfuerzo, Nora, hija mía, para esconder el cuerpo de manera que no asomen los pies. ¡Ah, quién fuera el animal que nace al abrir los ojos, sólo va hacia delante y, al final del día, al cerrar los párpados, cierra la memoria!"
Yo estaba acomodado en mi pequeño mundo de cinismo y olvido, de sombras perseguidas aquí y allá tras manipular con ahínco persianas y tornasoles... (Oh, cordero de dios, que quitas el pecado del mundo)... No puedes estallar en mi habitación y llenarla a raudales de luz enceguecedora.
"¿Qué, quién se ha muerto? ¿qué pies asoman por la puerta?" me pregunto con delectación y pánico mientras transito de nuevo por el Réquiem de Gabriel Fauré, el más luminoso de todos... hay pasiones que nacen dolorosamente muertas.
El amor de Eros. Ese pequeña gran calamidad egoísta. Como si no lo supieses.
Entre La decadencia y El kitsch. Entre esos dos capítulos del libro de Calinescu te encuentras en estos momentos. Caras de la modernidad...
Espero que avances rápido. Podrías apuntarte como próxima lectura Verano de Coetzee, por eso de alojarte momentáneamente en otra estación...
- (...)Tenía como un azul fluido debajo de la piel, como si le hubiesen arrancado la corteza del tiempo, y con ella, todas las transacciones del conocimiento. Una especie de primer estado de la atención, una cara que envejecerá sólo bajo los golpes de la niñez perpetua. Unas sienes, como las de los venados jóvenes cuando les apunta el cuerno, como ojos dormidos. Y esa expresión de la cara que perseguimos como un fuego de San Telmo. Los brujos conocen el poder de los cuernos. Tú encuentra un cuerno donde quieras y sabrás que ha sido identificado. Podrías tropezarte con mil cráneos humanos sin sentir la misma trepidación. ¡Si lo sabrán las viejas duquesas! ¿Has visto a alguna que se presente en público, ya sea en la ópera o en cualquier sarao, sin que le tremolen en la sien plumas, flores, ramitas de avena o cualquier otra fruslería?
Ella no le oía.
-Cada hora es mi última hora - dijo con desesperación- ¡Y no se puede estar toda la vida viviendo una última hora!
Él juntó las manos.
-Incluso la vida contemplativa no es más que un esfuerzo, Nora, hija mía, para esconder el cuerpo de manera que no asomen los pies. ¡Ah, quién fuera el animal que nace al abrir los ojos, sólo va hacia delante y, al final del día, al cerrar los párpados, cierra la memoria!"
Yo estaba acomodado en mi pequeño mundo de cinismo y olvido, de sombras perseguidas aquí y allá tras manipular con ahínco persianas y tornasoles... (Oh, cordero de dios, que quitas el pecado del mundo)... No puedes estallar en mi habitación y llenarla a raudales de luz enceguecedora.
"¿Qué, quién se ha muerto? ¿qué pies asoman por la puerta?" me pregunto con delectación y pánico mientras transito de nuevo por el Réquiem de Gabriel Fauré, el más luminoso de todos... hay pasiones que nacen dolorosamente muertas.
El amor de Eros. Ese pequeña gran calamidad egoísta. Como si no lo supieses.
Entre La decadencia y El kitsch. Entre esos dos capítulos del libro de Calinescu te encuentras en estos momentos. Caras de la modernidad...
Espero que avances rápido. Podrías apuntarte como próxima lectura Verano de Coetzee, por eso de alojarte momentáneamente en otra estación...
lunes, septiembre 20, 2010
An old modern time...
Estaba a punto de hundir mi conciencia en la incógnita futura del sueño, un sueño que quizás nunca recordase, cuando el fantasma del pasado me ha sacudido para devolverme de inmediato al estado de vigilia. El fantasma no era otro que una calle, una calle borrosa, como de atrezzo, de una ciudad real en la que vivía no hace mucho tiempo. Yo voy por esa calle... curiosamente, camino de casa; nunca saliendo de ella. En esta ciudad llevaba una existencia parecida a la que llevo ahora, aunque decididamente distinta, sobre todo en relación con el futuro. Lo que está en juego, l'enjeu, es siempre esa concomitancia que mantenemos con nuestro futuro. Un elemento arquitectónico, la perspectiva de una zona frondosa de árboles, el descanso vacío que procura a la vista el socavón de una gran plaza en el horizonte...
He achacado la aparición de ese fantasma a las reflexiones que leo en el libro Cinco caras de la modernidad, de Metei Calinescu, a propósito del concepto "moderno" y su vínculo con el tiempo lineal e irrepetible del Cristianismo. En el libro de Matei no paran de mal traducir el adjetivo inglés inconsistent por inconsistente, en lugar de por incoherente. A veces, la existencia de uno resulta absolutamente coherente (un relato bien hilado con retrato familiar de fondo) pero otras, su inconsistencia, producto de esa extraña intersección espacio-temporal que es un cuerpo y una vida, no deja de sorprenderme, deslizándome hacia lo que podría derivar en una ansiedad: un estado de vigilia permanente.
Mi memoria, muy selectiva y geográficamente diversa, borra de manera impía grandes lienzos de vida pasada. A veces me devuelve imágenes de una intimidad que, por envejecidas, o peor aún, por muertas, me resultan profundamente ajenas. Tiempos irrepetibles por los que no volveré a transitar jamás.
Sólo lo que todavía no ha pasado no envejece nunca.
He achacado la aparición de ese fantasma a las reflexiones que leo en el libro Cinco caras de la modernidad, de Metei Calinescu, a propósito del concepto "moderno" y su vínculo con el tiempo lineal e irrepetible del Cristianismo. En el libro de Matei no paran de mal traducir el adjetivo inglés inconsistent por inconsistente, en lugar de por incoherente. A veces, la existencia de uno resulta absolutamente coherente (un relato bien hilado con retrato familiar de fondo) pero otras, su inconsistencia, producto de esa extraña intersección espacio-temporal que es un cuerpo y una vida, no deja de sorprenderme, deslizándome hacia lo que podría derivar en una ansiedad: un estado de vigilia permanente.
Mi memoria, muy selectiva y geográficamente diversa, borra de manera impía grandes lienzos de vida pasada. A veces me devuelve imágenes de una intimidad que, por envejecidas, o peor aún, por muertas, me resultan profundamente ajenas. Tiempos irrepetibles por los que no volveré a transitar jamás.
Sólo lo que todavía no ha pasado no envejece nunca.
viernes, julio 30, 2010
Retorcidamente gay
En realidad se trata de un título comercial. Que también podría haber sido Criptogay, Homoblicuo, etc. Es difícil resumir en una o dos palabras rotundas el concepto que me gustaría desarrollar en este apunte. Como lo ejemplificaré con películas, haré una primera referencia a una de las más fascinantes obras del cinematógrafo: Vértigo (Hitchcock, 1958). En esta película hay una escena, posterior a las secuencias en que Scottie persigue a la falsa Madeleine, posterior también al momento en que la salva de su propio y fingido suicidio, en que la falsa Madeleine, ya en el coche con Scottie, en pleno proceso de embaucamiento, le pide a aquel que pare junto al borde de un bosque de secuoyas. Madeleine lleva un hermoso abrigo blanco y las luces y sombras que proyectan las ramas de las enormes coníferas crean una atmósfera de ensoñación. Mientras se adentran en la espesura, ella le dice a él que detesta las secuoyas (árboles longevos donde los haya) porque le recuerdan "que habrá de morir". Acto seguido se acercan a un gran tronco cortado (colocado en vertical bajo una pequeña marquesina de leña) donde unos letreros señalan, sobre cada anillo concéntrico de crecimiento, fechas ligadas a acontecimientos históricos "importantes" (como el descubrimiento de América) ocurridos desde el nacimiento del árbol en el año 909 d.C. En un acto de encantamiento sin igual, la falsa Madeleine acerca lánguidamente su mano enguantada a uno de los extremos del tocón y acaricia consecutivamente con los dedos corazón e índice dos puntos: "aquí nací y aquí morí... sólo existe un momento para uno". Qué extraño resulta conjugar el verbo "morir" en primera persona del pretérito indefinido. De tan extraño, tienes la sensación de que lo estás haciendo mal. Pues bien, la historia de cierta identidad, de cierta cultura, de cierta sensibilidad "gay", retorcida y altamente codificada, parece también haber fenecido, atrapada entre dos puntos difuminados del tronco abatido de la historia pretérita.
Fue Foucault el que situó el nacimiento de la identidad homosexual moderna en algún punto de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando la obsesión epistemológica por la clasificación y el nacimiento de la psiquiatría hicieron posible convertir lo que hasta entonces había sido un acto pecaminoso (la sodomía, el vicio nefando) en un prototipo humano (una "especie", por seguir la nomenclatura propia de las ciencias naturales, tan en boga entonces) claramente reconocible. La nueva identidad, construida en negativo y patrimonio inicial de médicos y psiquiatras, pasó pronto a convertirse en discurso de legitimazión de las víctimas, dando lugar a unos códigos, a una "cultura". El proceso judicial sufrido por Oscar Wilde en Inglaterra a finales del XIX, punto de inflexión capital para el desarrollo de esta nueva cultura, puso de manifiesto (periódicos mediante) las tensas y complejas relaciones que en el pensamiento occidental iría a crear la definición de la hetero/homosexualidad en tanto que binomio excluyente. En todo el siglo pasado, hasta y durante la gran crisis del SIDA, momento en que la homofobia vivió uno de sus mayores picos históricos, la cultura gay (quedémonos con el último de los adjetivos dados a este nuevo tipo de subjetividad) produjo una serie de fenómenos culturales, enormemente reconocibles por los sujetos que se sentían partícipes de esa cultura, cuya codificación y descodificación (producto de la fractura con la sociedad heterosexista) constituían un lenguaje para "iniciados" cuya vigencia dudo que exista actualmente entre las nuevas generaciones. La identidad que en un principio, médicamente, psiquiátricamente, hacía referencia a una cuestión "puramente" sexual, al convertirse en discurso de réplica, se sirvió del gran cajón de sastre que es la sexualidad (por ser esta un punto donde se cruzan millones de variables que van más allá de lo genital) y extendió sus connotaciones por todos lados, dinamitando y desexualizando aquel primer conjunto de rasgos que se usaron como corte taxonómico de entrada. Resulta curioso que la "invisibilidad" que (desde el gran episodio homofóbico del SIDA) desean hoy día para sí muchos "homosexuales", unido a una fuerte tendencia al biologicismo, la genética y lo no cultural, haya hecho que las fronteras de lo gay se encojan, volviendo a hacer que la cuestión "gay" sea explícitamente sexual. Esto es, cuestión de "cama", de con qué sexo/género te acuestas, poco más.
Cuando vivía en Madrid, F., F. y yo nos planteamos el tema y, quizás en un exceso de melancolía, de sentimiento "prima della revoluzione" (en tanto que habitantes de un antiguo régimen ya derrocado), o simplemente por petardeo sin mucho fundamento, decidimos que debíamos dejar constancia, a las futuras generaciones, de esa cultura, no explícita, sino retorcida, cuyos códigos entendíamos (quizás en menor medida que nuestros abuelos gays) y que, de alguna forma, había maleado nuestros humores y sensibilidades. El proyecto nunca se llevó a cabo. Yo me vine de Madrid y me encerré en esta cartuja, en este holocausto hetero. Cuando me he encontrado con jóvenes gays, he observado que una gran barrera cultural nos separa. Pretensión de invisibilidad (a veces no se consigue) vs pretensión de visibilidad. Despolitización vs politización. Igualdad vs diferencia. Es un tema complejo e interminable. Se me puede decir que ahora está lady Gaga y que con ella ha vuelto la "pluma", que nada ha cambiado tanto, que estoy mayor, que siempre hay un eterno retorno... no lo sé... todo es posible. No pretendo decir que no haya habido una cultura descaradamente gay. Por suerte la ha habido. En especial de los años setenta a esta parte. Pero esa complicidad, ese guiño, esa codificación entre emisor y receptor que incluso ha producido lecturas tendenciosas y unidireccionalmente torcidas de determinados personajes (léase Epi y Blas, Batman y Robin), esa válvula de escape a la dictadura (hoy dictablanda) de la heteronormatividad, es un fenómeno cultural enormemente interesante... y muy, muy divertido.
Aquí va mi lista de las diez películas que, como restos arqueológicos de una civilización extinguida, considero claros ejemplos de aquel siglo XX tan retorcidamente gay. No están todas las que son, pero sí son todas las que están. En estricto orden cronológico:
1. La soga (Hitchcock, 1948): una pareja de estudiantes refinados, solteros y con ínfulas de superhombres deciden demostrar a su profesor de criminología (James Stewart) que existe el crimen perfecto. Para ello asesinan a un compañero que consideran mediocre (léase hetero; está felizmente comprometido con una chica tan vulgar como él) y dan una fiesta en la casa de uno de ellos (¿o es la de los dos?) metiendo al muerto dentro de un arcón que utilizan a modo de mesa. El crimen como vínculo libidinoso entre los dos chicos, así como todas las sensaciones de vergüenza, remordimiento e histeria por parte del más joven de ellos, y de denuedo, consolación y contención por parte del otro, tienen una clara lectura en clave "homo". Excepto los títulos de crédito, en los que la cámara se pasea por la "normalidad" observada en la calle desde la ventana del apartamento donde se desarrollará el resto de la película, todo lo demás es claustrofóbico como un armario (el arcón, el salón elegante donde transcurren las principales escenas, los visillos cerrados, el plano-secuencia interrumpido sobre una chaqueta por el final de cada rollo de película). En la escena inicial, el cigarrillo que se echa uno de ellos después de ayudar al otro a estrangular a la víctima es el clásico cigarrillo que uno se fuma después de un polvo salvaje. "Mancharse las manos de sangre" a dúo es una forma de compartir fluidos. Una obra maestra de la homofobia, y por esto mismo, por evidenciarla tanto, ejemplo supremo de lo retorcidamente gay. Ni que decir tiene que casi toda la filmografía de Hitchcock (desde la lésbica Rebeca hasta Los pájaros, pasando por Extraños en un tren, Marnie la ladrona o Psicosis) se presta a este tipo de lecturas.
2. Té y simpatía (Minelli, 1956): un hombre adulto y felizmente casado vuelve al colegio donde estudió de pequeño con motivo del décimo aniversario de su promoción. Allí empieza a recordar las burlas de las que fue víctima por parte de sus otros compañeros y de algunos profesores. El motivo: su afeminamiento. Aunque todos dudan de su condición masculina y por ende de su sexualidad ("sister boy" es su mote), él se sabe heterosexual y está enamorado en secreto de la mujer del director del centro, la única que lo comprende, ya que su difunto y anterior marido le recuerda mucho a él. El hecho de que posiblemente la moral de la época impidiese que el personaje protagonista fuese homosexual, que es la implicación más extendida e inmediata del afeminamiento, hacen que la película, paradójicamente, sea un revulsivo enormemente moderno sobre la cuestión de por qué la heterosexualidad se construye obligatoriamente sobre modelos férreos y nada flexibles de masculinidad. Cuando lo vemos de adulto, observamos maravillados que su "pluma" ha desaparecido como por arte de magia, y que fue la mujer del director (homófobo) del centro, ahora separada de éste, la que corrigió su "pequeño defecto" haciéndole el amor casi al final del flashback al pasado. Extraña y futurista conclusión: si quieres que te vaya bien con las mujeres, parécete más a ellas, sé más igual. Una película retorcida sobre la paz de los sexos en tiempos de la Guerra Fría...
3. De repente, el último verano (Mankiewicz, 1959): uno de los mayores y más hermosos despropósitos de la historia del cine. F. lo comentaba en su blog, Champán y zumo de naranja: "Tennessee Williams y Gore Vidal se pusieron las botas de la homofobia con el guión". Sebastian (no podía ser otro el nombre) murió de repente, de manera trágica, el pasado verano. Su madre (Katherine Hepburn) no para de recordarlo como el gran hijo que fue, mientras su prima (Liz Taylor), que estaba junto a él la tarde de su dramática muerte, está encerrada en un hospital psiquiátrico como consecuencia de no haber podido superar aquel "suceso". Siguiendo las pesquisas del doctor Cukrowicz (Monty Clift), descubrimos, ya al final, que a Sebastian lo que le gustaba, utilizando como cebo femenino primero a su madre y luego a su prima, era practicar turismo sexual en países subdesarrollados, llenos de hombres jóvenes, bellos y hambrientos, dispuestos a cualquier cosa a cambio de unos dólares para comer. Evidentemente, todo esto está expuesto de una forma enrevesada, soterrada, oblicua. El surrealismo llega a niveles de paroxismo inusitado en la última escena, que es donde se recrea la tarde de los hechos. Bajo un sol de justicia, una banda de jóvenes (heterosexuales) hambrientos persiguen por una colina a Sebastian hasta abatirlo y lo descuartizan hasta, literalmente, devorarlo. ¿Se puede superar este dislate? En efecto, otro buen título podría ser: "De repente, todas estaban locas".
4. Mujeres enamoradas (Ken Russel, 1969): basada en la novela de D. H. Lawrence y referencia básica sobre la cuestión, tan bien desarrollada por Sedgwick en su libro Between men: English Literature and Male Homosocial Desire, de las tensiones sobre las que se construyen los vínculos homosociales (y no homosexuales) entre hombres de una sociedad profundamente homofóbica. La historia se centra en las relaciones de dos hermanas con dos hombres, que son amigos, y que establecen con ellas (al ser hermanas y actuar como un único blanco de deseo escindido en dos mitades) el típico triángulo erótico. Dada la asimetría de género de nuestra sociedad, entre los rivales hombres de tales triángulos el vínculo resulta al final mucho más fuerte, mucho más determinante en las acciones y las elecciones, que cualquier otro vínculo entre la chica que está en juego y aquellos que se la están rifando. Porque más que las cualidades del objeto de deseo, las cualidades que se estudian, sobre todo, son las del rival. Al hacer una mayor elección del rival jugador que del propio objeto en juego, nuestro deseo en fuga se "posa" sobre el objeto porque éste refleja, de una forma oblicua, al sujeto realmente deseado sobre el que existe el tabú de posarse directamente. La escena de la lucha ("reglada") entre los dos rivales completamente desnudos y sudorosos frente a la chimenea es una de las más homoeróticas de la historia del cine.
5. Confidencias (Visconti, 1974): quizás el cine de Visconti sea más descarada que retorcidamente gay. De todas formas, su exquisitez, sus referencias a una alta cultura europea en profundo declive, etc. lo convierten en un director altamente codificado, cuyos planteamientos pueden no estar en sintonía con las nuevas generaciones... por la falta de conocimientos y asideros de estos últimos. Ahí están La muerte en Venecia, La caída de los dioses, y tantas otras. He elegido ésta (Gruppo di famiglia in un interno) porque me encanta el personaje de Helmut Berger y, en especial, el de Burt Lancaster, ese homosexual refinado, culto, desencantado y melancólico, como de otra época. En mi opinión, uno de los mejores ejemplos de interpretación por parte de un actor hetero a la hora de abordar un personaje gay.
6. Jesús de Nazareth (Zefirelli, 1977): el "escándalo" de una figura como la de Jesucristo en una economía homofóbica del pensamiento y de la mirada resulta - paradójicamente - evidente. La elección de la soltería como estilo de vida, su pertenencia como líder a un grupo de hombres jóvenes (sus discípulos), su defensa de las putas (María Magdalena, Anne Bancroft en la serie), de los enfermos y de los débiles e improductivos, del amor universal que no distingue entre géneros (el vetado tema del sentimentalismo, de la "bisocialidad") su sacrificio, su entrega, su pasión (léase pasividad), más allá de sus ademanes y sus ropas, hacen del Jesucristo que se pasea por el Nuevo Testamento un "amigo" de la causa gay. El esteticismo propio de Zefirelli acentúa estas características. Como dice de nuevo Sedgwick en su Epistemología del armario: "las imágenes de Jesús (...) ocupan un lugar único en la cultura moderna como imágenes del cuerpo masculino desnudo o desnudable, a menudo in extremis y/o en éxtasis, que debe ser contemplado y adorado de forma preceptiva". Extraño lapsus éste, extraña vía de escape de una religión abrahámica profundamente masculinista, heterosexista y homofóbica.
7. Ricas y famosas (Cukor, 1981): la vida y la relación de dos amigas escritoras desde que se conocen en el college hasta esa noche de navidad en que, solas en mitad de una cabaña en el bosque, la una le pide a la otra, dejándole claro que no se ha hecho lesbiana: "eres el único trozo de carne que hay en metros a la redonda... en navidad la gente se besa. Bésame". Un brindis a la amistad por encima de la familia. Por eso y por sus maravillosos diálogos (el camp vibra de manera especial en todo lo relacionado con la amiga que interpreta Candice Bergen, que sería el trasunto del "gay" conservador frente al "gay" moderno y liberal que representa Jacqueline Bisset), Ricas y famosas merece ocupar un lugar de honor en toda filmografía de lo criptogay.
8. La flor de mi secreto (Almodóvar, 1995): posiblemente, junto con La ley del deseo, la película más personal de Almodóvar. Si La ley del deseo es su obra fundamental de lo descaradamente gay, La flor de mi secreto es su equivalente en el ámbito de lo homoblicuo. "Personnage à clef", travestido, del propio Almodóvar, Leo Macías (Marisa Paredes) es una conocida escritora de novela rosa que se refugia de su propio éxito bajo el seudónimo de Amanda Gris. La debacle sentimental que viene padeciendo a raíz de la agónica situación con su marido hacen que todo lo que intenta escribir, en lugar de rosa, le salga "negro". La extrañeza y el amor que siente ante su propia familia de baja extracción sociocultural (memorables Chus Lampreave y Rossy de Palma) y la vuelta al pueblo y al mundo familiar de la madre tras un intento de suicidio al constatar que "no existe ninguna posibilidad, por pequeña que sea, de salvar lo suyo con su marido" es todo un lugar común de las relaciones hijo varón gay con su madre.
9. Showgirls (Verhoeven, 1995): un ejercicio desmesurado y camp (jamás sabré hasta qué punto consciente) de deconstrucción de muchos de los tópicos sobre la heterosexualidad, la feminidad, la maldad femenina (la estela de Eva) y el lesbianismo versión Playboy. El "hombre hetero común" que entre en esta película con la intención de pasárselo bomba viendo tetas puede salir huyendo de ella cual gato escaldado del agua fría. El paroxismo al que son llevados todos los suplementos que culturalmente han marcado la feminidad (merece una mención especial el grandioso y minúsculo discurso sobre las uñas y la manicura) hacen de ella una obra de referencia del género como travestismo cultural y del peluquismo como teoría performativa general.
10. Gattaca (Andrew Niccol, 1997): podría haber escogido cualquier otra película que sirviese como metáfora a la identidad esquizoide del "armario", esto es, fingir que eres alguien que no eres en realidad con el fin de integrarte socialmente. Sin embargo, esta película de estética retrofuturista, uno de cuyos temas es la superación cultural del determinismo "natural" (genético, en este caso) es un ejemplo fantástico de cómo, sin hablar directamente de la cuestión gay, ésta puede rezumar por todos lados. El protagonista es un guapísimo Ethan Hawk que, genéticamente desautorizado para lograr su sueño (formar parte de una importante misión espacial) realiza un pacto con el también atractivo Jude Law, éste sí genéticamente apto y al que la vida ha dejado inútil en una silla de ruedas, para que, a cambio de compañía y asistencia, lo ayude en su gran impostura para obtener aquello que, desde su nacimiento, le ha sido vetado. Esto conlleva que ambos compartan un lujoso y masculino loft que parece salido de las páginas de L'Uomo Vogue. La aparición del hermano detective del protagonista al saltar la sospecha, metáfora de la vigilancia social ejercida por la familia, es otra lectura criptogay en una película llena de retorcidos significados.
Fue Foucault el que situó el nacimiento de la identidad homosexual moderna en algún punto de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando la obsesión epistemológica por la clasificación y el nacimiento de la psiquiatría hicieron posible convertir lo que hasta entonces había sido un acto pecaminoso (la sodomía, el vicio nefando) en un prototipo humano (una "especie", por seguir la nomenclatura propia de las ciencias naturales, tan en boga entonces) claramente reconocible. La nueva identidad, construida en negativo y patrimonio inicial de médicos y psiquiatras, pasó pronto a convertirse en discurso de legitimazión de las víctimas, dando lugar a unos códigos, a una "cultura". El proceso judicial sufrido por Oscar Wilde en Inglaterra a finales del XIX, punto de inflexión capital para el desarrollo de esta nueva cultura, puso de manifiesto (periódicos mediante) las tensas y complejas relaciones que en el pensamiento occidental iría a crear la definición de la hetero/homosexualidad en tanto que binomio excluyente. En todo el siglo pasado, hasta y durante la gran crisis del SIDA, momento en que la homofobia vivió uno de sus mayores picos históricos, la cultura gay (quedémonos con el último de los adjetivos dados a este nuevo tipo de subjetividad) produjo una serie de fenómenos culturales, enormemente reconocibles por los sujetos que se sentían partícipes de esa cultura, cuya codificación y descodificación (producto de la fractura con la sociedad heterosexista) constituían un lenguaje para "iniciados" cuya vigencia dudo que exista actualmente entre las nuevas generaciones. La identidad que en un principio, médicamente, psiquiátricamente, hacía referencia a una cuestión "puramente" sexual, al convertirse en discurso de réplica, se sirvió del gran cajón de sastre que es la sexualidad (por ser esta un punto donde se cruzan millones de variables que van más allá de lo genital) y extendió sus connotaciones por todos lados, dinamitando y desexualizando aquel primer conjunto de rasgos que se usaron como corte taxonómico de entrada. Resulta curioso que la "invisibilidad" que (desde el gran episodio homofóbico del SIDA) desean hoy día para sí muchos "homosexuales", unido a una fuerte tendencia al biologicismo, la genética y lo no cultural, haya hecho que las fronteras de lo gay se encojan, volviendo a hacer que la cuestión "gay" sea explícitamente sexual. Esto es, cuestión de "cama", de con qué sexo/género te acuestas, poco más.
Cuando vivía en Madrid, F., F. y yo nos planteamos el tema y, quizás en un exceso de melancolía, de sentimiento "prima della revoluzione" (en tanto que habitantes de un antiguo régimen ya derrocado), o simplemente por petardeo sin mucho fundamento, decidimos que debíamos dejar constancia, a las futuras generaciones, de esa cultura, no explícita, sino retorcida, cuyos códigos entendíamos (quizás en menor medida que nuestros abuelos gays) y que, de alguna forma, había maleado nuestros humores y sensibilidades. El proyecto nunca se llevó a cabo. Yo me vine de Madrid y me encerré en esta cartuja, en este holocausto hetero. Cuando me he encontrado con jóvenes gays, he observado que una gran barrera cultural nos separa. Pretensión de invisibilidad (a veces no se consigue) vs pretensión de visibilidad. Despolitización vs politización. Igualdad vs diferencia. Es un tema complejo e interminable. Se me puede decir que ahora está lady Gaga y que con ella ha vuelto la "pluma", que nada ha cambiado tanto, que estoy mayor, que siempre hay un eterno retorno... no lo sé... todo es posible. No pretendo decir que no haya habido una cultura descaradamente gay. Por suerte la ha habido. En especial de los años setenta a esta parte. Pero esa complicidad, ese guiño, esa codificación entre emisor y receptor que incluso ha producido lecturas tendenciosas y unidireccionalmente torcidas de determinados personajes (léase Epi y Blas, Batman y Robin), esa válvula de escape a la dictadura (hoy dictablanda) de la heteronormatividad, es un fenómeno cultural enormemente interesante... y muy, muy divertido.
Aquí va mi lista de las diez películas que, como restos arqueológicos de una civilización extinguida, considero claros ejemplos de aquel siglo XX tan retorcidamente gay. No están todas las que son, pero sí son todas las que están. En estricto orden cronológico:
1. La soga (Hitchcock, 1948): una pareja de estudiantes refinados, solteros y con ínfulas de superhombres deciden demostrar a su profesor de criminología (James Stewart) que existe el crimen perfecto. Para ello asesinan a un compañero que consideran mediocre (léase hetero; está felizmente comprometido con una chica tan vulgar como él) y dan una fiesta en la casa de uno de ellos (¿o es la de los dos?) metiendo al muerto dentro de un arcón que utilizan a modo de mesa. El crimen como vínculo libidinoso entre los dos chicos, así como todas las sensaciones de vergüenza, remordimiento e histeria por parte del más joven de ellos, y de denuedo, consolación y contención por parte del otro, tienen una clara lectura en clave "homo". Excepto los títulos de crédito, en los que la cámara se pasea por la "normalidad" observada en la calle desde la ventana del apartamento donde se desarrollará el resto de la película, todo lo demás es claustrofóbico como un armario (el arcón, el salón elegante donde transcurren las principales escenas, los visillos cerrados, el plano-secuencia interrumpido sobre una chaqueta por el final de cada rollo de película). En la escena inicial, el cigarrillo que se echa uno de ellos después de ayudar al otro a estrangular a la víctima es el clásico cigarrillo que uno se fuma después de un polvo salvaje. "Mancharse las manos de sangre" a dúo es una forma de compartir fluidos. Una obra maestra de la homofobia, y por esto mismo, por evidenciarla tanto, ejemplo supremo de lo retorcidamente gay. Ni que decir tiene que casi toda la filmografía de Hitchcock (desde la lésbica Rebeca hasta Los pájaros, pasando por Extraños en un tren, Marnie la ladrona o Psicosis) se presta a este tipo de lecturas.
2. Té y simpatía (Minelli, 1956): un hombre adulto y felizmente casado vuelve al colegio donde estudió de pequeño con motivo del décimo aniversario de su promoción. Allí empieza a recordar las burlas de las que fue víctima por parte de sus otros compañeros y de algunos profesores. El motivo: su afeminamiento. Aunque todos dudan de su condición masculina y por ende de su sexualidad ("sister boy" es su mote), él se sabe heterosexual y está enamorado en secreto de la mujer del director del centro, la única que lo comprende, ya que su difunto y anterior marido le recuerda mucho a él. El hecho de que posiblemente la moral de la época impidiese que el personaje protagonista fuese homosexual, que es la implicación más extendida e inmediata del afeminamiento, hacen que la película, paradójicamente, sea un revulsivo enormemente moderno sobre la cuestión de por qué la heterosexualidad se construye obligatoriamente sobre modelos férreos y nada flexibles de masculinidad. Cuando lo vemos de adulto, observamos maravillados que su "pluma" ha desaparecido como por arte de magia, y que fue la mujer del director (homófobo) del centro, ahora separada de éste, la que corrigió su "pequeño defecto" haciéndole el amor casi al final del flashback al pasado. Extraña y futurista conclusión: si quieres que te vaya bien con las mujeres, parécete más a ellas, sé más igual. Una película retorcida sobre la paz de los sexos en tiempos de la Guerra Fría...
3. De repente, el último verano (Mankiewicz, 1959): uno de los mayores y más hermosos despropósitos de la historia del cine. F. lo comentaba en su blog, Champán y zumo de naranja: "Tennessee Williams y Gore Vidal se pusieron las botas de la homofobia con el guión". Sebastian (no podía ser otro el nombre) murió de repente, de manera trágica, el pasado verano. Su madre (Katherine Hepburn) no para de recordarlo como el gran hijo que fue, mientras su prima (Liz Taylor), que estaba junto a él la tarde de su dramática muerte, está encerrada en un hospital psiquiátrico como consecuencia de no haber podido superar aquel "suceso". Siguiendo las pesquisas del doctor Cukrowicz (Monty Clift), descubrimos, ya al final, que a Sebastian lo que le gustaba, utilizando como cebo femenino primero a su madre y luego a su prima, era practicar turismo sexual en países subdesarrollados, llenos de hombres jóvenes, bellos y hambrientos, dispuestos a cualquier cosa a cambio de unos dólares para comer. Evidentemente, todo esto está expuesto de una forma enrevesada, soterrada, oblicua. El surrealismo llega a niveles de paroxismo inusitado en la última escena, que es donde se recrea la tarde de los hechos. Bajo un sol de justicia, una banda de jóvenes (heterosexuales) hambrientos persiguen por una colina a Sebastian hasta abatirlo y lo descuartizan hasta, literalmente, devorarlo. ¿Se puede superar este dislate? En efecto, otro buen título podría ser: "De repente, todas estaban locas".
4. Mujeres enamoradas (Ken Russel, 1969): basada en la novela de D. H. Lawrence y referencia básica sobre la cuestión, tan bien desarrollada por Sedgwick en su libro Between men: English Literature and Male Homosocial Desire, de las tensiones sobre las que se construyen los vínculos homosociales (y no homosexuales) entre hombres de una sociedad profundamente homofóbica. La historia se centra en las relaciones de dos hermanas con dos hombres, que son amigos, y que establecen con ellas (al ser hermanas y actuar como un único blanco de deseo escindido en dos mitades) el típico triángulo erótico. Dada la asimetría de género de nuestra sociedad, entre los rivales hombres de tales triángulos el vínculo resulta al final mucho más fuerte, mucho más determinante en las acciones y las elecciones, que cualquier otro vínculo entre la chica que está en juego y aquellos que se la están rifando. Porque más que las cualidades del objeto de deseo, las cualidades que se estudian, sobre todo, son las del rival. Al hacer una mayor elección del rival jugador que del propio objeto en juego, nuestro deseo en fuga se "posa" sobre el objeto porque éste refleja, de una forma oblicua, al sujeto realmente deseado sobre el que existe el tabú de posarse directamente. La escena de la lucha ("reglada") entre los dos rivales completamente desnudos y sudorosos frente a la chimenea es una de las más homoeróticas de la historia del cine.
5. Confidencias (Visconti, 1974): quizás el cine de Visconti sea más descarada que retorcidamente gay. De todas formas, su exquisitez, sus referencias a una alta cultura europea en profundo declive, etc. lo convierten en un director altamente codificado, cuyos planteamientos pueden no estar en sintonía con las nuevas generaciones... por la falta de conocimientos y asideros de estos últimos. Ahí están La muerte en Venecia, La caída de los dioses, y tantas otras. He elegido ésta (Gruppo di famiglia in un interno) porque me encanta el personaje de Helmut Berger y, en especial, el de Burt Lancaster, ese homosexual refinado, culto, desencantado y melancólico, como de otra época. En mi opinión, uno de los mejores ejemplos de interpretación por parte de un actor hetero a la hora de abordar un personaje gay.
6. Jesús de Nazareth (Zefirelli, 1977): el "escándalo" de una figura como la de Jesucristo en una economía homofóbica del pensamiento y de la mirada resulta - paradójicamente - evidente. La elección de la soltería como estilo de vida, su pertenencia como líder a un grupo de hombres jóvenes (sus discípulos), su defensa de las putas (María Magdalena, Anne Bancroft en la serie), de los enfermos y de los débiles e improductivos, del amor universal que no distingue entre géneros (el vetado tema del sentimentalismo, de la "bisocialidad") su sacrificio, su entrega, su pasión (léase pasividad), más allá de sus ademanes y sus ropas, hacen del Jesucristo que se pasea por el Nuevo Testamento un "amigo" de la causa gay. El esteticismo propio de Zefirelli acentúa estas características. Como dice de nuevo Sedgwick en su Epistemología del armario: "las imágenes de Jesús (...) ocupan un lugar único en la cultura moderna como imágenes del cuerpo masculino desnudo o desnudable, a menudo in extremis y/o en éxtasis, que debe ser contemplado y adorado de forma preceptiva". Extraño lapsus éste, extraña vía de escape de una religión abrahámica profundamente masculinista, heterosexista y homofóbica.
7. Ricas y famosas (Cukor, 1981): la vida y la relación de dos amigas escritoras desde que se conocen en el college hasta esa noche de navidad en que, solas en mitad de una cabaña en el bosque, la una le pide a la otra, dejándole claro que no se ha hecho lesbiana: "eres el único trozo de carne que hay en metros a la redonda... en navidad la gente se besa. Bésame". Un brindis a la amistad por encima de la familia. Por eso y por sus maravillosos diálogos (el camp vibra de manera especial en todo lo relacionado con la amiga que interpreta Candice Bergen, que sería el trasunto del "gay" conservador frente al "gay" moderno y liberal que representa Jacqueline Bisset), Ricas y famosas merece ocupar un lugar de honor en toda filmografía de lo criptogay.
8. La flor de mi secreto (Almodóvar, 1995): posiblemente, junto con La ley del deseo, la película más personal de Almodóvar. Si La ley del deseo es su obra fundamental de lo descaradamente gay, La flor de mi secreto es su equivalente en el ámbito de lo homoblicuo. "Personnage à clef", travestido, del propio Almodóvar, Leo Macías (Marisa Paredes) es una conocida escritora de novela rosa que se refugia de su propio éxito bajo el seudónimo de Amanda Gris. La debacle sentimental que viene padeciendo a raíz de la agónica situación con su marido hacen que todo lo que intenta escribir, en lugar de rosa, le salga "negro". La extrañeza y el amor que siente ante su propia familia de baja extracción sociocultural (memorables Chus Lampreave y Rossy de Palma) y la vuelta al pueblo y al mundo familiar de la madre tras un intento de suicidio al constatar que "no existe ninguna posibilidad, por pequeña que sea, de salvar lo suyo con su marido" es todo un lugar común de las relaciones hijo varón gay con su madre.
9. Showgirls (Verhoeven, 1995): un ejercicio desmesurado y camp (jamás sabré hasta qué punto consciente) de deconstrucción de muchos de los tópicos sobre la heterosexualidad, la feminidad, la maldad femenina (la estela de Eva) y el lesbianismo versión Playboy. El "hombre hetero común" que entre en esta película con la intención de pasárselo bomba viendo tetas puede salir huyendo de ella cual gato escaldado del agua fría. El paroxismo al que son llevados todos los suplementos que culturalmente han marcado la feminidad (merece una mención especial el grandioso y minúsculo discurso sobre las uñas y la manicura) hacen de ella una obra de referencia del género como travestismo cultural y del peluquismo como teoría performativa general.
10. Gattaca (Andrew Niccol, 1997): podría haber escogido cualquier otra película que sirviese como metáfora a la identidad esquizoide del "armario", esto es, fingir que eres alguien que no eres en realidad con el fin de integrarte socialmente. Sin embargo, esta película de estética retrofuturista, uno de cuyos temas es la superación cultural del determinismo "natural" (genético, en este caso) es un ejemplo fantástico de cómo, sin hablar directamente de la cuestión gay, ésta puede rezumar por todos lados. El protagonista es un guapísimo Ethan Hawk que, genéticamente desautorizado para lograr su sueño (formar parte de una importante misión espacial) realiza un pacto con el también atractivo Jude Law, éste sí genéticamente apto y al que la vida ha dejado inútil en una silla de ruedas, para que, a cambio de compañía y asistencia, lo ayude en su gran impostura para obtener aquello que, desde su nacimiento, le ha sido vetado. Esto conlleva que ambos compartan un lujoso y masculino loft que parece salido de las páginas de L'Uomo Vogue. La aparición del hermano detective del protagonista al saltar la sospecha, metáfora de la vigilancia social ejercida por la familia, es otra lectura criptogay en una película llena de retorcidos significados.
jueves, julio 22, 2010
De vigilancias y castigos; una clasificación para FCBK; de exposiciones, sobreexposiciones...
Las palabras y las cosas, M. Foucault, 1966. Una sacudida de libro. Un análisis sorprendente de los enormes giros que fue experimentando la episteme occidental desde el Renacimiento hasta el siglo XIX. En esta obra su método de rastreo -al que denominó "arqueología"- todavía no está muy desarrollado ni explicado, y se echa en falta cierta reflexión sobre algunos puntos de vital importancia en su trabajo posterior. Dígase la noción de saber/poder. Se trata de un libro difícil, por las referencias (a veces, excesivamente galocéntricas), y por ese lenguaje con licencias poéticas "secas", tan característico del postestructuralismo. Su lectura es, de algún modo, como meterse en una piscina en la que no tocas fondo: te faltan asideros, no puedes parar de moverte, te cansas... a cambio, las sensaciones de aventura, de reto, de gozo y libertad resultan brutales. Reconozco que he leído algunas de sus páginas como flotando boca arriba (por seguir con el símil de la piscina profunda), pero ha merecido la pena. Gracias P. por habérmelo recomendado cuando lo estabas leyendo en París. Como muestra un botón:
"El que la literatura de nuestros días esté fascinada por el ser del lenguaje esto no es ni el signo de un fin ni la prueba de una radicalización: es un fenómeno que enraiza su necesidad en una configuración muy vasta en la que se dibuja toda la nervadura de nuestro pensamiento y de nuestro saber. Pero si la cuestión de los lenguajes formales hace valer la posibilidad o imposibilidad de estructurar los contenidos positivos, una literatura consagrada al lenguaje hace valer, en su vivacidad empírica, a las formas fundamentales de la finitud. Desde el interior del lenguaje probado y recorrido como lenguaje, en el juego de sus posibilidades tensas hasta el extremo, lo que se anuncia es que el hombre está "terminado" y que, al llegar a la cima de toda palabra posible, no llega al corazón de sí mismo, sino al borde de lo que lo limita: en esta región en la que ronda la muerte, en la que el pensamiento se extingue, en la que la promesa del origen retrocede indefinidamente".
En esa obsesión por el discurso que caracterizaba el pensamiento postestructuralista (tan abandonada ahora por el "discurso" pretendidamente ahistórico y objetivo de lo biológico, de lo químico, y hasta de lo alquímico, en muchos casos), la idea de lo "impensable", de lo "indecible", me ha estado rondando al analizar mi forma de interactuar (y la forma de interactuar de otros) en ese invento del diablo (que tanto me gusta) llamado FaceBook.
Todos los vicios y virtudes personales se redimen diariamente en FCBK. Las distintas personalidades, por exceso u omisión, transpiran con claridad en los perfiles, en su mayoría, de manera inconsciente...
Evidentemente, no voy a hacer una taxonomía "científica". Me referiré, grosso modo, a algunas peculiaridades que he venido observando. Es posible que la siguiente clasificación, por su desorden y falta de jerarquía (y por su tono), se parezca más al bestiario chino de Borges que cita Foucault en la introducción de su libro que a otro cosa. Pero ahí va:
a) Superegos: gente que más allá de sus intereses profesionales de promoción, buscan promocionarse ellos mismos. Acumulan "amigos" en plan diógenes. No suelen ser muy cotillas. Con tanto "amigo", el radio de cotilleo se amplía hasta la imposibilidad. Ellos prefieren ser cotilleados. Quieren fama y notoriedad a toda costa, aunque ello acarree una absoluta falta de criterio.
b) Gente cuya foto de perfil son ellos con sus respectivas parejas, con sus hijos, o directamente sus parejas y sus hijos: es fácil. Se trata de gente que ha perdido la capacidad para verse a sí mismos como entes individuales. Claro síntoma de codependencia.
c) Gente cuya foto de perfil es, casi constantemente, algún emblema, símbolo, mito, celebrity, etc. que ellos creen relacionar con ellos mismos: o carecen de personalidad, o les sobra.
d) Gente cuya foto de perfil, por algún motivo social puntual, hace referencia a dicho motivo: caso de los que han puesto el beso de Iker con la novia, banderas de sus países, a Garzón. No comment.
e) Gente que en los estados escribe de sí misma en tercera persona. Como el nombre aparece junto al recuadro de estado, les entra el síndrome Aída Nízar. Puede que sea una cuestión puramente estilística, pero a mí me chirría.
f) Solitarios, autónomos, biomáquinas: se pasan todo el día en FCBK. Son adictos. Han convertido la herramienta en el escape a su aburrida vida laboral/social/sexual. En su hora de recreo virtual. En su paseo diario. Es un caso sumamente patético. Por supuesto, es un apartado que me va como anillo al dedo.
g) Vanidosos: utilizan el FCBK para ligar, para seducir. Se pasan el día desetiquetándose de fotos en que no se gustan. Cuidan meticulosamente sus apariciones.
h) Pesados: a estos no les basta con su muro. Como saben que los demás no los soportan, están continuamente etiquetando a lo bestia, en fotos, en notas, en paridas varias. Mandan correos múltiples. No paran de sugerirte páginas. Deberían echarlos.
i) Musicales: una canción dice más que mil palabras. Aunque a algunos no les basta con eso: quieren que te enteres de la letra, que está en chino mandarín.
j) Informativos: gracias a ellos, no hace falta que visites la sede digital de los periódicos del mundo. Suelen pecar de excesivamente partidistas, de excesivamente frikis o de excesivamente humorísticos. Pecata minuta.
k) Pornográficos: lo cuentan todo. Los hay descriptivos: te cuentan el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. Y analíticos: como si estuviesen en el diván del psicoanalista. Son pasto ideal para cotillas.
l) Cotillas: de este apartado no se libra nadie.
m) Fisgones, husmeadores, escrutadores: han convertido el cotilleo en compulsión insana. "La envidia les corroe, mi vida les agobia"...
n) Chistosos: utilizan el FCBK "sólo por diversión", creyéndose con eso que hacen un uso correcto de la herramienta. Suele ser gente profundamente tímida y frustrada, que esconde sus complejos sociales en hacer chistes, en su mayoría muy malos. Padecen un espantoso síndrome Club de la Comedia.
ñ) Nomelopierdos: dicen asistir a todos los eventos. Aunque del dicho al hecho, como dice La Veneno, va un buen trecho. Pretenden hacer creer a los demás que llevan una gran vida social, cuando todo el mundo sabe que se pasan el día con una mano en el ratón y la otra en sus respectivos genitales.
o) Tourettes: incontinentes verbales. Teclean lo que les sale de sus narices, sin reparar en el entorno (virtual, en este caso).
p) Exquisitos: con ellos aprendes. Todo lo que publican pasa el filtro de "lo sublime". Les encanta que los adules, aunque falta, lo que se dice falta, no les hace. Ellos están en otra dimensión. Así que su paso por FCBK es recibido como el maná. ¡Cuánta generosidad! Nunca responden a tus comentarios. Su exquisitez se convierte de inmediato en mala educación.
q) Polemistas: defienden hoy aquello de lo que aborrecerán mañana. Les encantan los muros ajenos.
r) Espontáneos: gente que no te conoce de nada y no paran de hacerte comentarios. Dándolo todo hasta la extenuación.
s) Mencantas: Antes de haber tú colgado el vídeo o la noticia, ya les gusta. Nunca hacen comentarios. Son como esos conocidos que, cuando te los encuentras de noche (nunca te los encuentras de día), se limitan a saludarte efusivamente (sonrisa de oreja a oreja) y el resto del tiempo no cruzan contigo ni una palabra.
z) Los que no tienen FCBK: viviendo en un país supuestamente desarrollado, sólo los excusa el que sean o muy viejos o muy jóvenes. El resto, no tienen perdón. Se puede pasar sin la tele, porque es pan y circo hecho por cínicos ricos o ignorantes petardas para pobres ingenuos y petardas ignorantes, respectivamente, pero ¿sin FCBK?
En fin, podríamos continuar ad infinitum... yo, por supuesto, encajo en casi todos los apartados, incluido el último, al menos en intención. Depende del día...
La lista me ha quedado poco seria pero certera. Como la propia herramienta. Un mundo fascinante de mezcla de egos, generosidad y vanidad, cafetería o patio de vecinas virtual (según el tono que se adopte), canal de información, portería, detective privado gratuito, descubre-cuernos, habitación de adolescente cuajada de mitos de fijación efímera y baluarte de la personalidad en estos tiempos líquidos que corren...
El otro día pensaba en cómo yo me presentaba en FCBK. El hecho de trabajar en casa, mi soledad, éste mi "devenir cyborg", mi propia personalidad, expansiva, hacen que lo utilice mucho. Imagino que muchos me habrán quitado de la sección de noticias, por pesado (no saben lo que se pierden). Yo también lo he hecho con muchos. Aplicando el mismo criterio que el resto, supongo: se han salvado de la "quema" mis amigos y la gente que me parece interesante y divertida. En cualquier caso pensaba en mis exhibiciones, en mi pornografía, en mis sentencias, en mis provocaciones, en mi incontinencia... derrocho tanto que para mucha gente me quedo vacío y carezco de misterio: a la hora de ligar eso me ha salido normalmente caro. El misterio cotiza a la alza... aunque cuidado: hay mucha esfinge sin secreto, como en el cuento de Wilde. Se puede hacer una lectura cínica y pensar que realmente, en este mundo autista y de consumo rápido y desinteresado, buscamos eso ex profeso: esfinges sin secreto, cuerpos pornográficos con los que interactuar de la manera más higiénica posible, de la más previsible, sin demasiada fricción personal. Todo parece hoy apriorístico, a la carta: también (o sobre todo) en FCBK, donde puedes ocultar y mostrar a tu antojo, con un par de "clics", donde gente que hacía veinte años que no veías pierde el interés (un interés que a veces es puramente nostálgico o sentimental) inmediatamente, nada más "recuperarla", donde estás tan "al tanto" de tantas cosas que hasta con los más cercanos abandonas la sana costumbre de la cita semanal física (la cita para "ponerse al día"), donde las noticias más íntimas no se dan de frente sino por "mensaje privado". Hasta cierto punto, nos pasamos el día pulsando botones y eligiendo: desde los enlaces del período en línea que nos "interesan" hasta el inútil zapping nocturno en busca de algo que nos seduzca en la tele. Ese gesto tonto y compulsivo, de alguna forma, nos empieza a constituir una mirada y una posición francamente peligrosas. Como si llevásemos un mando a distancia o un ratón continuamente en la mano, nos vuelve impacientes, pésimos observadores, incapaces ante el segundo plano y torpes para el contexto, caprichosos, irritables, ansiosos, excesivamente prejuiciosos y un poco intolerantes...
Luego he pensado de nuevo en ese otro título de Foucault tan atinado, en la combinación de palabras que lo forman, en su orden sintáctico, en la propia coordinada: Vigilar y castigar. ¿A qué se debe mi exceso de presentación? ¿a qué mi vaciado de misterio, mi sobreexposición, mi verborrea alcohólica? ¿a qué mi obsesión por hablarlo todo, hasta lo indecible? ¿es una forma de rebeldía frente al autocontrol aprendido tras años de sentirme socialmente vigilado y castigado? ¿estoy exagerando este punto, yo que en realidad he tenido una infancia feliz y una familia estupenda? ¿no es cierto que sentías las correas de determinados corsés? ¿hasta qué punto uno se acostumbra a esa piel estrujada? ¿quedan marcas? ¿en qué otros aspectos de mi vida ha derivado ese autocontrol? ¿sigue en mí la crisálida de aquel niño "sexualmente", "políticamente" vigilado? ¿es el vaciado de misterio el reto, muchas veces inconsciente, que se propone el que fue tímido, el que fue intimidado? ¿hasta que punto existe un gozo libidinoso en decir lo "indecible", en pensar lo "impensable", en transgredir el lenguaje de la heteronormatividad, ese que todo lo recorre hasta el punto de sexualizarlo todo, desexualizándolo a la vez, ese que coerce, ese bajo cuya vigilancia ahora tú te vigilas?
El misterio sin fin de tratar de anudarse a las cosas, de desnudarse uno mismo a través de las palabras.
"El que la literatura de nuestros días esté fascinada por el ser del lenguaje esto no es ni el signo de un fin ni la prueba de una radicalización: es un fenómeno que enraiza su necesidad en una configuración muy vasta en la que se dibuja toda la nervadura de nuestro pensamiento y de nuestro saber. Pero si la cuestión de los lenguajes formales hace valer la posibilidad o imposibilidad de estructurar los contenidos positivos, una literatura consagrada al lenguaje hace valer, en su vivacidad empírica, a las formas fundamentales de la finitud. Desde el interior del lenguaje probado y recorrido como lenguaje, en el juego de sus posibilidades tensas hasta el extremo, lo que se anuncia es que el hombre está "terminado" y que, al llegar a la cima de toda palabra posible, no llega al corazón de sí mismo, sino al borde de lo que lo limita: en esta región en la que ronda la muerte, en la que el pensamiento se extingue, en la que la promesa del origen retrocede indefinidamente".
En esa obsesión por el discurso que caracterizaba el pensamiento postestructuralista (tan abandonada ahora por el "discurso" pretendidamente ahistórico y objetivo de lo biológico, de lo químico, y hasta de lo alquímico, en muchos casos), la idea de lo "impensable", de lo "indecible", me ha estado rondando al analizar mi forma de interactuar (y la forma de interactuar de otros) en ese invento del diablo (que tanto me gusta) llamado FaceBook.
Todos los vicios y virtudes personales se redimen diariamente en FCBK. Las distintas personalidades, por exceso u omisión, transpiran con claridad en los perfiles, en su mayoría, de manera inconsciente...
Evidentemente, no voy a hacer una taxonomía "científica". Me referiré, grosso modo, a algunas peculiaridades que he venido observando. Es posible que la siguiente clasificación, por su desorden y falta de jerarquía (y por su tono), se parezca más al bestiario chino de Borges que cita Foucault en la introducción de su libro que a otro cosa. Pero ahí va:
a) Superegos: gente que más allá de sus intereses profesionales de promoción, buscan promocionarse ellos mismos. Acumulan "amigos" en plan diógenes. No suelen ser muy cotillas. Con tanto "amigo", el radio de cotilleo se amplía hasta la imposibilidad. Ellos prefieren ser cotilleados. Quieren fama y notoriedad a toda costa, aunque ello acarree una absoluta falta de criterio.
b) Gente cuya foto de perfil son ellos con sus respectivas parejas, con sus hijos, o directamente sus parejas y sus hijos: es fácil. Se trata de gente que ha perdido la capacidad para verse a sí mismos como entes individuales. Claro síntoma de codependencia.
c) Gente cuya foto de perfil es, casi constantemente, algún emblema, símbolo, mito, celebrity, etc. que ellos creen relacionar con ellos mismos: o carecen de personalidad, o les sobra.
d) Gente cuya foto de perfil, por algún motivo social puntual, hace referencia a dicho motivo: caso de los que han puesto el beso de Iker con la novia, banderas de sus países, a Garzón. No comment.
e) Gente que en los estados escribe de sí misma en tercera persona. Como el nombre aparece junto al recuadro de estado, les entra el síndrome Aída Nízar. Puede que sea una cuestión puramente estilística, pero a mí me chirría.
f) Solitarios, autónomos, biomáquinas: se pasan todo el día en FCBK. Son adictos. Han convertido la herramienta en el escape a su aburrida vida laboral/social/sexual. En su hora de recreo virtual. En su paseo diario. Es un caso sumamente patético. Por supuesto, es un apartado que me va como anillo al dedo.
g) Vanidosos: utilizan el FCBK para ligar, para seducir. Se pasan el día desetiquetándose de fotos en que no se gustan. Cuidan meticulosamente sus apariciones.
h) Pesados: a estos no les basta con su muro. Como saben que los demás no los soportan, están continuamente etiquetando a lo bestia, en fotos, en notas, en paridas varias. Mandan correos múltiples. No paran de sugerirte páginas. Deberían echarlos.
i) Musicales: una canción dice más que mil palabras. Aunque a algunos no les basta con eso: quieren que te enteres de la letra, que está en chino mandarín.
j) Informativos: gracias a ellos, no hace falta que visites la sede digital de los periódicos del mundo. Suelen pecar de excesivamente partidistas, de excesivamente frikis o de excesivamente humorísticos. Pecata minuta.
k) Pornográficos: lo cuentan todo. Los hay descriptivos: te cuentan el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. Y analíticos: como si estuviesen en el diván del psicoanalista. Son pasto ideal para cotillas.
l) Cotillas: de este apartado no se libra nadie.
m) Fisgones, husmeadores, escrutadores: han convertido el cotilleo en compulsión insana. "La envidia les corroe, mi vida les agobia"...
n) Chistosos: utilizan el FCBK "sólo por diversión", creyéndose con eso que hacen un uso correcto de la herramienta. Suele ser gente profundamente tímida y frustrada, que esconde sus complejos sociales en hacer chistes, en su mayoría muy malos. Padecen un espantoso síndrome Club de la Comedia.
ñ) Nomelopierdos: dicen asistir a todos los eventos. Aunque del dicho al hecho, como dice La Veneno, va un buen trecho. Pretenden hacer creer a los demás que llevan una gran vida social, cuando todo el mundo sabe que se pasan el día con una mano en el ratón y la otra en sus respectivos genitales.
o) Tourettes: incontinentes verbales. Teclean lo que les sale de sus narices, sin reparar en el entorno (virtual, en este caso).
p) Exquisitos: con ellos aprendes. Todo lo que publican pasa el filtro de "lo sublime". Les encanta que los adules, aunque falta, lo que se dice falta, no les hace. Ellos están en otra dimensión. Así que su paso por FCBK es recibido como el maná. ¡Cuánta generosidad! Nunca responden a tus comentarios. Su exquisitez se convierte de inmediato en mala educación.
q) Polemistas: defienden hoy aquello de lo que aborrecerán mañana. Les encantan los muros ajenos.
r) Espontáneos: gente que no te conoce de nada y no paran de hacerte comentarios. Dándolo todo hasta la extenuación.
s) Mencantas: Antes de haber tú colgado el vídeo o la noticia, ya les gusta. Nunca hacen comentarios. Son como esos conocidos que, cuando te los encuentras de noche (nunca te los encuentras de día), se limitan a saludarte efusivamente (sonrisa de oreja a oreja) y el resto del tiempo no cruzan contigo ni una palabra.
z) Los que no tienen FCBK: viviendo en un país supuestamente desarrollado, sólo los excusa el que sean o muy viejos o muy jóvenes. El resto, no tienen perdón. Se puede pasar sin la tele, porque es pan y circo hecho por cínicos ricos o ignorantes petardas para pobres ingenuos y petardas ignorantes, respectivamente, pero ¿sin FCBK?
En fin, podríamos continuar ad infinitum... yo, por supuesto, encajo en casi todos los apartados, incluido el último, al menos en intención. Depende del día...
La lista me ha quedado poco seria pero certera. Como la propia herramienta. Un mundo fascinante de mezcla de egos, generosidad y vanidad, cafetería o patio de vecinas virtual (según el tono que se adopte), canal de información, portería, detective privado gratuito, descubre-cuernos, habitación de adolescente cuajada de mitos de fijación efímera y baluarte de la personalidad en estos tiempos líquidos que corren...
El otro día pensaba en cómo yo me presentaba en FCBK. El hecho de trabajar en casa, mi soledad, éste mi "devenir cyborg", mi propia personalidad, expansiva, hacen que lo utilice mucho. Imagino que muchos me habrán quitado de la sección de noticias, por pesado (no saben lo que se pierden). Yo también lo he hecho con muchos. Aplicando el mismo criterio que el resto, supongo: se han salvado de la "quema" mis amigos y la gente que me parece interesante y divertida. En cualquier caso pensaba en mis exhibiciones, en mi pornografía, en mis sentencias, en mis provocaciones, en mi incontinencia... derrocho tanto que para mucha gente me quedo vacío y carezco de misterio: a la hora de ligar eso me ha salido normalmente caro. El misterio cotiza a la alza... aunque cuidado: hay mucha esfinge sin secreto, como en el cuento de Wilde. Se puede hacer una lectura cínica y pensar que realmente, en este mundo autista y de consumo rápido y desinteresado, buscamos eso ex profeso: esfinges sin secreto, cuerpos pornográficos con los que interactuar de la manera más higiénica posible, de la más previsible, sin demasiada fricción personal. Todo parece hoy apriorístico, a la carta: también (o sobre todo) en FCBK, donde puedes ocultar y mostrar a tu antojo, con un par de "clics", donde gente que hacía veinte años que no veías pierde el interés (un interés que a veces es puramente nostálgico o sentimental) inmediatamente, nada más "recuperarla", donde estás tan "al tanto" de tantas cosas que hasta con los más cercanos abandonas la sana costumbre de la cita semanal física (la cita para "ponerse al día"), donde las noticias más íntimas no se dan de frente sino por "mensaje privado". Hasta cierto punto, nos pasamos el día pulsando botones y eligiendo: desde los enlaces del período en línea que nos "interesan" hasta el inútil zapping nocturno en busca de algo que nos seduzca en la tele. Ese gesto tonto y compulsivo, de alguna forma, nos empieza a constituir una mirada y una posición francamente peligrosas. Como si llevásemos un mando a distancia o un ratón continuamente en la mano, nos vuelve impacientes, pésimos observadores, incapaces ante el segundo plano y torpes para el contexto, caprichosos, irritables, ansiosos, excesivamente prejuiciosos y un poco intolerantes...
Luego he pensado de nuevo en ese otro título de Foucault tan atinado, en la combinación de palabras que lo forman, en su orden sintáctico, en la propia coordinada: Vigilar y castigar. ¿A qué se debe mi exceso de presentación? ¿a qué mi vaciado de misterio, mi sobreexposición, mi verborrea alcohólica? ¿a qué mi obsesión por hablarlo todo, hasta lo indecible? ¿es una forma de rebeldía frente al autocontrol aprendido tras años de sentirme socialmente vigilado y castigado? ¿estoy exagerando este punto, yo que en realidad he tenido una infancia feliz y una familia estupenda? ¿no es cierto que sentías las correas de determinados corsés? ¿hasta qué punto uno se acostumbra a esa piel estrujada? ¿quedan marcas? ¿en qué otros aspectos de mi vida ha derivado ese autocontrol? ¿sigue en mí la crisálida de aquel niño "sexualmente", "políticamente" vigilado? ¿es el vaciado de misterio el reto, muchas veces inconsciente, que se propone el que fue tímido, el que fue intimidado? ¿hasta que punto existe un gozo libidinoso en decir lo "indecible", en pensar lo "impensable", en transgredir el lenguaje de la heteronormatividad, ese que todo lo recorre hasta el punto de sexualizarlo todo, desexualizándolo a la vez, ese que coerce, ese bajo cuya vigilancia ahora tú te vigilas?
El misterio sin fin de tratar de anudarse a las cosas, de desnudarse uno mismo a través de las palabras.
viernes, julio 16, 2010
Jour de souffrance
Así se llama, en francés, el nuevo libro de Catherine Millet. Catherine Millet, conocida en el mundo de las letras por su vida sexual, desmenuzada en su anterior libro, es (desde mi punto de vista) uno de los escritores vivos más interesantes del panorama internacional. Desde el punto de vista de la teoría, ella no es Beatriz Preciado pero... ¿a quién le importa? ¿qué más dan los lugares comunes (o mejor dicho, parisinos) sobre posturas, libertinaje y psicoanálisis? Su libro no es más que un testimonio, el suyo, escrito en una lengua bellísima, muy influida por Proust, en ese tono tan afín al gusto francés, desde Montaigne, de las confesiones públicas, de los carnets. Precisamente a este propósito, aquí dejo un pasaje revelador:
"Una o dos experiencias me habían enseñado bastante pronto en la vida que no había nada que yo detestase tanto como las confidencias, las que hubiera podido recibir y las que hubiese podido hacer, y que a mi entender el verdadero impudor residía ahí, mucho más que en el acto de hacer pública tu intimidad, ya sea por escrito o por medio de imágenes. Las confidencias obligan a los interlocutores a una reciprocidad - el que habla espera una atención, consejos, compasión por parte del que escucha, y éste no puede pasar por alto su responsabilidad-, mientras que una distancia separa siempre al público del que o de la que se expone, aunque esta distancia sea la altura del escenario donde se desviste una stripper que sólo espera del público anónimo la reacción convencional de los aplausos".
Hacer público el dolor, en un ejercicio de autorreflexión y desglose sin ni un ápice de vulgaridad, es uno de los actos más heroicos que puede acometer alguien en la actual sociedad del espectáculo basura.
"Una o dos experiencias me habían enseñado bastante pronto en la vida que no había nada que yo detestase tanto como las confidencias, las que hubiera podido recibir y las que hubiese podido hacer, y que a mi entender el verdadero impudor residía ahí, mucho más que en el acto de hacer pública tu intimidad, ya sea por escrito o por medio de imágenes. Las confidencias obligan a los interlocutores a una reciprocidad - el que habla espera una atención, consejos, compasión por parte del que escucha, y éste no puede pasar por alto su responsabilidad-, mientras que una distancia separa siempre al público del que o de la que se expone, aunque esta distancia sea la altura del escenario donde se desviste una stripper que sólo espera del público anónimo la reacción convencional de los aplausos".
Hacer público el dolor, en un ejercicio de autorreflexión y desglose sin ni un ápice de vulgaridad, es uno de los actos más heroicos que puede acometer alguien en la actual sociedad del espectáculo basura.
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