Decididamente, prefiero el calor al frío. En la elección entre dos extremismos, definimos grandes trechos de nuestra naturaleza cotidiana. Así yo, que soy Leo, Dragón en mi versión china, yo que estoy bajo los designios del Astro Rey, me decanto por las cosmologías del fuego. Lo compruebo de nuevo hoy, cuando me recorro parte del centro al salir del dentista a las cinco de la tarde, en busca de una farmacia y de una pomada para una llaga que tengo en la boca.
El calor que esconde a la gente con mayor fuerza que el frío, aplastante, que produce al colisionar con la vista una sensación de ensueño, de ojos húmedos, me tranquiliza. Es como un exceso de amor, un ascenso, un acercamiento. En las calles vacías, sólo el viento, seco y caliente. Las fuentes tienen los surtidores apagados y el agua está estancada y cálida.
Detestaba la rumoreada idea de un año sin verano, porque sería como un año perdido. El verano tiene algo de restablecimiento. De renacimiento. Adoro la estación en que nací por lo que tiene de paréntesis, de carnaval, de ficción, de fatuidad. Siempre hay, en las noches de verano, un susurro de alegres voces escondidas que se diluye en el carraspeo de los motores de las piscinas y de los grillos.
Voy pensando en la tormenta cálida de El Gatopardo, en las olas de calor que en las películas sitúan a sus protagonistas en el colapso de sus pasiones (La tentación vive arriba, Fuego en el cuerpo) y entonces, al pasar por una casa-puerta, veo a un anciano, con una camiseta de tirantes, todo de blanco, sentado en una silla desplegable en el zaguán en penumbra: un segundo antes de cruzar nuestras miradas, en el instante que tarda una chispa en arrancar un fuego devastador, descubro en él una maravillosa cara de mansedumbre, como la de aquellos que se entregan al placer, el sueño o la muerte.
miércoles, julio 10, 2013
jueves, enero 31, 2013
Una mística indeterminada
Lacrimae Christi.
Los cirios prendidos de anhelos en contagioso derretir.
La panza en escorzo del caballo que tiró a Saulo de Tarso.
El aliento leve de los niños del Coro del King's College, vestidos de acólitos, cantando el Ave Verum Corpus.
Las criptas reales de las iglesias de Viena.
La luz moteada que entra por el vitral de la capilla y se estrella como un manantial contra las llagas de Cristo.
Manos talladas que se abren como capullos de flor.
El cuerpo desnudo de los santos, todo sonambulismo y pasión desmedida.
Las linternas, las bóvedas, los frescos, las jaculatorias sotto voce.
Palestrina, y Lasso, y Victoria.
La piedra fresca de la sacristía, la madera templada de las sillerías, las velas calientes entre las capillas.
El resplandor de los metales. Los órganos fantasmales.
Una caída, una llave, una alfombra desmochada.
Las sillas, los bancos, los reclinatorios.
El árbol desarraigado convertido en cruz que se lleva a cuestas.
Un vacío en mitad de la alta densidad de las ciudades.
El silencio y el agua fermentada de las pilas.
Las tablas untadas de pintura al óleo que narran hagiografías.
Las nervaduras en fantasía, como esqueletos de animales mitológicos.
Las puertas forradas de cuero guateado.
La luz, perdida y encontrada.
Una mística indeterminada.
Los cirios prendidos de anhelos en contagioso derretir.
La panza en escorzo del caballo que tiró a Saulo de Tarso.
El aliento leve de los niños del Coro del King's College, vestidos de acólitos, cantando el Ave Verum Corpus.
Las criptas reales de las iglesias de Viena.
La luz moteada que entra por el vitral de la capilla y se estrella como un manantial contra las llagas de Cristo.
Manos talladas que se abren como capullos de flor.
El cuerpo desnudo de los santos, todo sonambulismo y pasión desmedida.
Las linternas, las bóvedas, los frescos, las jaculatorias sotto voce.
Palestrina, y Lasso, y Victoria.
La piedra fresca de la sacristía, la madera templada de las sillerías, las velas calientes entre las capillas.
El resplandor de los metales. Los órganos fantasmales.
Una caída, una llave, una alfombra desmochada.
Las sillas, los bancos, los reclinatorios.
El árbol desarraigado convertido en cruz que se lleva a cuestas.
Un vacío en mitad de la alta densidad de las ciudades.
El silencio y el agua fermentada de las pilas.
Las tablas untadas de pintura al óleo que narran hagiografías.
Las nervaduras en fantasía, como esqueletos de animales mitológicos.
Las puertas forradas de cuero guateado.
La luz, perdida y encontrada.
Una mística indeterminada.
miércoles, enero 23, 2013
Ancho mar de los Sargazos
En ese momento en que el mundo me resulta inabarcable, la vida corta y el arte... el arte perecedero.
jueves, enero 10, 2013
Un éclat de méfiance
A veces basta con poner la música dilatada de Morton Feldman, llena de puntuación, y cambiar de manera aparentemente aleatoria, aunque en el fondo ayudado por el ritmo de las pausas, las palabras de un texto coherente, sin alterar la idea estructurante, y entonces todo se descompone en fogonazos de semiconsciencia, como - al menos en narrativa; distinto es el caso de la poesía - solo le he visto conseguir a Pynchon (pues Joyce no me gusta), en esos pasajes que parecen como saltos de una roca a otra sobre un río caudaloso lleno de peligros. El placer es parecido al de tirar una sopera de porcelana histórica y ver cómo se descompone en mil pedazos, o al de observar las múltiples direcciones en que se derrama un líquido, pongamos un vino carísimo, cada vez con menos ímpetu, o al de escuchar el crepitar de un salón burgués, lleno de crepes de seda natural, ardiendo de manera contagiosa y rauda. Cuerpos hermosos que se caen, rodillas jóvenes manchadas de sangre, una mano abierta que se eleva en escorzo, diminutas motas de polvo adheridas a un tenedor olvidado en el parque, un escalofrío fugaz en el bajo vientre, el capital disfrazado de fetiche detrás de los escaparates, un listado de nombres en una lengua desconocida, los gabinetes de curiosidades, un paseo por el invernadero de plantas y un incendio en lontananza. Así la pintura moderna, los trazos de barro en unas botas de montar, la guillotina, el desorden, los hospitales, las ráfagas, la llovizna. Déjame ladeado, notando mi propia respiración inquieta, descompensada frente al mundo. En algún momento la urbe se convierte en campo y el campo se convierte en mar, y el mar en plástico... así hasta la contracción del universo. ¿A quién le importa la verticalidad de las cosas que nos han hecho creer importantes cuando podemos meter la mano en el estanque de las palabras, para desordenar el mundo a nuestro antojo, las piernas cruzadas en alto, columpiadas por el vaivén del viento y sólo un poco, un poquito nada más, por nosotros mismos.
miércoles, enero 09, 2013
Nota introductoria a XXX
El día que empecé a escribir estas líneas, ocho de enero de dos mil trece, tenía mi billete de vuelta a París. Nunca lo utilicé, así que no volví a París... pero volví a la escritura.
jueves, diciembre 27, 2012
Enajénate
No tenemos que preocuparnos
La vida sopla donde quiere
Más veloz que una bala
Procedente de una pistola vacía
Da una voltereta
Suelto que podríamos gastar
Rallando diamantes
Pásate de la raya, enajénate
La gente que empuja cada vez más fuerte
Contra sí misma
Afilan sus puñales
Más de lo que asoma en sus caras
Cariño, ahora te toca a ti
Suelto que podríamos gastar
Allá donde vayamos
Pásate de la raya, colócate
Pásate de la raya, enajénate
Traducción libre de Round The Bend, de Beck
La vida sopla donde quiere
Más veloz que una bala
Procedente de una pistola vacía
Da una voltereta
Suelto que podríamos gastar
Rallando diamantes
Pásate de la raya, enajénate
La gente que empuja cada vez más fuerte
Contra sí misma
Afilan sus puñales
Más de lo que asoma en sus caras
Cariño, ahora te toca a ti
Suelto que podríamos gastar
Allá donde vayamos
Pásate de la raya, colócate
Pásate de la raya, enajénate
Traducción libre de Round The Bend, de Beck
miércoles, diciembre 12, 2012
Vinagre
1. Hoy, al ir a coger el aceite de la alacena, he visto la botellita de vinagre de Jerez que me compraron mis padres en el Bon Marché, nada más llegar. Quedaba para unas cuantas ensaladas; por mucho que lo utilice en los próximos días, el vinagre permanecerá y yo me iré. Se me ha caído el alma a los pies... Como en la novela de Balzac, ¡cuántas ilusiones perdidas!
2. Antes las ciudades me recordaban a París. Era fácil, teniendo en cuenta que fue el modelo en el que se reflejó todo el urbanismo decimonónico. Siempre había un palacete, una avenida, una farola... Ahora, una urbanística del corazón, del recuerdo, hace que cuando pasee por París, por el París más recóndito, vea trozos de otras ciudades en las que viví...
3. Pensaba en la Viena de Von Hofmannsthal, una ciudad que ya no existe. Quizás ni siquiera existió en la época del Imperio. Las ciudades de la literatura son magníficas, llenas de personajes bigger than life. Las ciudades reales, sin embargo, están llenas de débiles resentidos, como diría Nietzsche, de personajes tristes, desesperados, desarraigados, absurdos, insanos, tenebrosos, ridículos y profundamente vulgares. Sobre todo, profundamente vulgares.
4. París y yo no deberíamos nunca haber convivido. La convivencia no está hecha para los amores planónicos e irreales.
5. Decía San Juan de la Cruz, que "para venir a lo que no gustas,/has de ir por donde no gustas".
6. A pesar de cierta tendencia a la melancolía y al pesimismo soy una persona alegre. Me gusta la literatura triste, pero la gente alegre, con un punto de locura siempre sana. ¿Es esto una impostura o una simple manía, un tic? Lo cierto es que me gustan la alegría y el lamento. Soy andaloser, qué le voy a hacer. Un pueblo nietzschiano, un überpueblo, fatalista y alegre... Debo tratar, en lo sucesivo, de escribir con más alegría. Divertir haciendo reir.
2. Antes las ciudades me recordaban a París. Era fácil, teniendo en cuenta que fue el modelo en el que se reflejó todo el urbanismo decimonónico. Siempre había un palacete, una avenida, una farola... Ahora, una urbanística del corazón, del recuerdo, hace que cuando pasee por París, por el París más recóndito, vea trozos de otras ciudades en las que viví...
3. Pensaba en la Viena de Von Hofmannsthal, una ciudad que ya no existe. Quizás ni siquiera existió en la época del Imperio. Las ciudades de la literatura son magníficas, llenas de personajes bigger than life. Las ciudades reales, sin embargo, están llenas de débiles resentidos, como diría Nietzsche, de personajes tristes, desesperados, desarraigados, absurdos, insanos, tenebrosos, ridículos y profundamente vulgares. Sobre todo, profundamente vulgares.
4. París y yo no deberíamos nunca haber convivido. La convivencia no está hecha para los amores planónicos e irreales.
5. Decía San Juan de la Cruz, que "para venir a lo que no gustas,/has de ir por donde no gustas".
6. A pesar de cierta tendencia a la melancolía y al pesimismo soy una persona alegre. Me gusta la literatura triste, pero la gente alegre, con un punto de locura siempre sana. ¿Es esto una impostura o una simple manía, un tic? Lo cierto es que me gustan la alegría y el lamento. Soy andaloser, qué le voy a hacer. Un pueblo nietzschiano, un überpueblo, fatalista y alegre... Debo tratar, en lo sucesivo, de escribir con más alegría. Divertir haciendo reir.
lunes, diciembre 03, 2012
Autoscopia
A veces, mientras me dirijo al parque o al Pavillon du Lac, a media tarde, entre semana, miro a través de los árboles pelados y te observo más allá de la ventana de casa: una figura encorvada, de cara a la pared, frente al ordenador, perdiendo el tiempo o ganándoselo a cualquier precio. Al verte así, resignado, una enorme congoja hace que enrosque los pies a las patas de la silla del café, o que acelere el paso hacia el agua marrón del estanque, porque eres otra ilusión más desperdiciada, un engranaje oxidado, un condenado, una flor del mal mustia olvidada entre las páginas de un libro de allá por los noventa, no obstante amarillento como una primera edición de Baudelaire.
Los acostados
Ocupar una cama y atrincherarse en su horizontalidad es el acto más revolucionario que existe.
No es cambiar el mundo, no. Es negarlo, directamente.
No es cambiar el mundo, no. Es negarlo, directamente.
jueves, octubre 25, 2012
Sprezzatura
A mediodía, entre las doce y la una, era corriente encontrarla en la Wallace Collection, Manchester Square, Marylebone, Londres. A veces entraba con los restos de su lunch bag en ristre, una manzana que estaba demasiada pasada mordida o el estuche de plástico con fuerte olor a mostaza de una ensalada. Subía la escalera, atravesaba el comedor, lleno de pintura rococó francesa, y se dirigía, en un estado de inminencia parecido al que antecede a un juego en el que asumimos cierto riesgo, a la galería del siglo XVI, donde estaba el retrato en cuestión, frente al que tomaba asiento en una de las banquetas, de manera ordenada y elegante, como disimulando su prisa, su enajenación. Justo detrás de ella, sobre las vitrinas donde se exponían piezas de vajilla, porcelana y cristal, colgaban algunas obras destacables de la escuela veneciana, así como alguna obra religiosa de Cima de Conegliano y Bernardino Luini. A esa hora del otoño londinense, la luz que entraba por los cuarterones inferiores de los ventanales, apenas tapados por las cortinas, una luz que incluso en los días en que no había bruma o llovía, parecía formar parte - de tan debilitada - de un último suspiro, se confundía con la luz artificial de las lámparas de araña estilo Imperio, de modo que resultaba fácil pensar que ya era tarde, que había casi transcurrido otro día. Los visitantes eran escasos y en su mayoría solitarios; a lo sumo, alguna pareja en la que uno asumía el rol explicativo y el otro se dedicaba a prestar oídos y a asentir. A veces se oía la tos del vigilante, poco más o menos que escondido tras un aparador, o la sonería de algún reloj de la sala contigua.
El retrato en cuestión era el de Lord Herbert de Cherbury, de Isaac Oliver, pintor y miniaturista de origen francés nacido en la década de 1560, cuya familia, de religión protestante, se había instalado definitivamente en Inglaterra huyendo del clima inhóspito en que se hallaba Francia tras el estallido de las guerras de religión. La pintura, no exenta de la rigidez y de la perspectiva algo torpe que caracteriza al último período jacobino, resultaba sin embargo enormemente llamativa y, por su excesivo colorido y su temática, derivada de los estudios que, tan en boga en aquella época, relacionaban la bilis negra o melancolía con el genio artístico, entraba de lleno en eso que se ha dado en llamar "romanticismo isabelino": en mitad de una hermosa floresta, de un verde intenso y casi de mentira, ligeramente interrumpido por algunas hojas agostadas de los árboles más cercanos al espectador, bajo un cielo de finales de verano, nos encontramos en primer término con Lord Herbert, yaciendo de frente en toda la longitud del cuadro, ante un arroyo que, en el imperativo de su discurrir rumoreante, semeja desprenderse del listón de abajo del marco. Al fondo a la derecha, en un claro del bosque, vemos al paje del noble, que parece haber colgado la armadura de su señor sobre unas ramas, y que todavía porta en la mano el casco empenachado de un rojo intenso. A su lado descansa un caballo blanco, deliciosamente enjalbegado de azul, justo detrás del que se adivina otro marrón. Lord Herbert apoya su cabeza, a la altura de la sien, sobre una mano y hace descansar la otra, de un blanco níveo y bellamente modelada por el pintor, sobre su jubón. El elaborado encaje de los puños y el cuello desvelan una cierta vanidad. A pesar de que el brazo que se extiende a lo largo del cuerpo lleva sujetos el escudo y la espada, a pesar de las botas de montar, con espuelas, a pesar también de su mirada directa e intensa, que parece no cavilar en una ensoñación bajo el signo de Saturno, a pesar de todo ello, la pose del caballero, de una sprezzatura propia de los de su clase pero relajada (desabrochada, dijéramos), y todo ese tiempo de reposo generalizado que transcurre en un segundo plano, nos invitan a pensar en un carácter más bien melancólico, ajeno a este mundo, afín a la poesía...
Eso pensaba también ella, mientras observaba cada detalle del cuadro, sentada frente a aquel frontispicio de otra realidad, tan cercana y a la vez tan lejana, antigua y muda. En la cara del caballero, que con su barba y su bigote ralos, intensamente negros, y con su tímida e inteligente sonrisa, irradiaba una feminidad perdida aunque estructural (parecida a la de algunos transexuales masculinos), creía ver ese exceso de amor por uno mismo con el que algunos seres excepcionales compensan lo poco que les pueden dar los demás, porque de lo contrario se volverían locos. También le recordaba a un compañero de oficina, galés como el retratado, del que había creído estar enamorada a principios de ese otoño, por aquello de sobrellevar mejor el día a día en la agencia de alquiler de locales para grandes eventos donde trabajaba, por aquello de recibir una carta manuscrita (redactada por ella misma) entre tanta factura y correspondencia del banco; por aquello de no volverse loca, en definitiva. Con él había terminado un par de veces en algún afterwork cercano a Regent's Park al acabar la jornada, como a dos palmos del suelo, deslizándose por un idioma que no era el suyo como quien lleva zapatos inadecuados para la lluvia y teme resbalarse, con las agujetas del que aprieta durante un buen rato el vientre para no dejar que la barriga se descarríe en su obscena curvatura, agarrada al brillo de unos ojos ajenos entre el olor agrio de la cerveza.
Un día entró en el museo un grupo de escolares, pequeños, de entre cuatro y seis años, acompañados de sus tutores y valedores, armando gran trapatiesta. El tumulto de sus voces extranjeras, de tono menor y atiplado, primerizas, le produjo una fuerte conmoción; se sujetó a la banqueta como si estuviese en mitad de un temporal en alta mar, clavando su mirada a la del caballero. Era como si en aquellas voces infantiles no encontrase asidero con el que aferrarse a la realidad, como si aquel sonido, otras veces perfectamente reconocible, perfectamente familiar, perfectamente sentimental, le remitiese ahora a un lugar que jamás hubiese pisado - una laguna atroz, un vacío descomunal. Cuando al cabo de no se sabe cuánto tiempo, los niños abandonaron la sala y su alboroto dejó paso en escala al graznido de las aves que, tras los cristales, revoloteaban entre los árboles de la plaza, se levantó, atravesó el comedor, bajó veloz la escalera principal y casi saltó al exterior mientras se abrochaba con firmeza el cinturón de la gabardina. Luego, ya no volvió ahí nunca más.
El retrato en cuestión era el de Lord Herbert de Cherbury, de Isaac Oliver, pintor y miniaturista de origen francés nacido en la década de 1560, cuya familia, de religión protestante, se había instalado definitivamente en Inglaterra huyendo del clima inhóspito en que se hallaba Francia tras el estallido de las guerras de religión. La pintura, no exenta de la rigidez y de la perspectiva algo torpe que caracteriza al último período jacobino, resultaba sin embargo enormemente llamativa y, por su excesivo colorido y su temática, derivada de los estudios que, tan en boga en aquella época, relacionaban la bilis negra o melancolía con el genio artístico, entraba de lleno en eso que se ha dado en llamar "romanticismo isabelino": en mitad de una hermosa floresta, de un verde intenso y casi de mentira, ligeramente interrumpido por algunas hojas agostadas de los árboles más cercanos al espectador, bajo un cielo de finales de verano, nos encontramos en primer término con Lord Herbert, yaciendo de frente en toda la longitud del cuadro, ante un arroyo que, en el imperativo de su discurrir rumoreante, semeja desprenderse del listón de abajo del marco. Al fondo a la derecha, en un claro del bosque, vemos al paje del noble, que parece haber colgado la armadura de su señor sobre unas ramas, y que todavía porta en la mano el casco empenachado de un rojo intenso. A su lado descansa un caballo blanco, deliciosamente enjalbegado de azul, justo detrás del que se adivina otro marrón. Lord Herbert apoya su cabeza, a la altura de la sien, sobre una mano y hace descansar la otra, de un blanco níveo y bellamente modelada por el pintor, sobre su jubón. El elaborado encaje de los puños y el cuello desvelan una cierta vanidad. A pesar de que el brazo que se extiende a lo largo del cuerpo lleva sujetos el escudo y la espada, a pesar de las botas de montar, con espuelas, a pesar también de su mirada directa e intensa, que parece no cavilar en una ensoñación bajo el signo de Saturno, a pesar de todo ello, la pose del caballero, de una sprezzatura propia de los de su clase pero relajada (desabrochada, dijéramos), y todo ese tiempo de reposo generalizado que transcurre en un segundo plano, nos invitan a pensar en un carácter más bien melancólico, ajeno a este mundo, afín a la poesía...
Eso pensaba también ella, mientras observaba cada detalle del cuadro, sentada frente a aquel frontispicio de otra realidad, tan cercana y a la vez tan lejana, antigua y muda. En la cara del caballero, que con su barba y su bigote ralos, intensamente negros, y con su tímida e inteligente sonrisa, irradiaba una feminidad perdida aunque estructural (parecida a la de algunos transexuales masculinos), creía ver ese exceso de amor por uno mismo con el que algunos seres excepcionales compensan lo poco que les pueden dar los demás, porque de lo contrario se volverían locos. También le recordaba a un compañero de oficina, galés como el retratado, del que había creído estar enamorada a principios de ese otoño, por aquello de sobrellevar mejor el día a día en la agencia de alquiler de locales para grandes eventos donde trabajaba, por aquello de recibir una carta manuscrita (redactada por ella misma) entre tanta factura y correspondencia del banco; por aquello de no volverse loca, en definitiva. Con él había terminado un par de veces en algún afterwork cercano a Regent's Park al acabar la jornada, como a dos palmos del suelo, deslizándose por un idioma que no era el suyo como quien lleva zapatos inadecuados para la lluvia y teme resbalarse, con las agujetas del que aprieta durante un buen rato el vientre para no dejar que la barriga se descarríe en su obscena curvatura, agarrada al brillo de unos ojos ajenos entre el olor agrio de la cerveza.
Un día entró en el museo un grupo de escolares, pequeños, de entre cuatro y seis años, acompañados de sus tutores y valedores, armando gran trapatiesta. El tumulto de sus voces extranjeras, de tono menor y atiplado, primerizas, le produjo una fuerte conmoción; se sujetó a la banqueta como si estuviese en mitad de un temporal en alta mar, clavando su mirada a la del caballero. Era como si en aquellas voces infantiles no encontrase asidero con el que aferrarse a la realidad, como si aquel sonido, otras veces perfectamente reconocible, perfectamente familiar, perfectamente sentimental, le remitiese ahora a un lugar que jamás hubiese pisado - una laguna atroz, un vacío descomunal. Cuando al cabo de no se sabe cuánto tiempo, los niños abandonaron la sala y su alboroto dejó paso en escala al graznido de las aves que, tras los cristales, revoloteaban entre los árboles de la plaza, se levantó, atravesó el comedor, bajó veloz la escalera principal y casi saltó al exterior mientras se abrochaba con firmeza el cinturón de la gabardina. Luego, ya no volvió ahí nunca más.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)