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En fuga continua de mi propia prisión.

domingo, diciembre 11, 2011

Lisztomania

So sentimental, not sentimental no
Romantic not disgusting yet
Darling, I'm down and lonely when with the fortunate only
I've been looking for something else
Do let, do let, do let, jugulate, do let, do let, do

Let's go slowly discouraged
Distant from other interests on your favorite weekend ending
This love's for gentlemen only that's with the fortunate only
No, I gotta be someone else
These days it comes, it comes, it comes, it comes, it comes and goes

Lisztomania
Think less but see it grow like a riot, like a riot, oh
I'm not easily offended
It's not hard to let it go from a mess to the masses

Lisztomania
Think less but see it grow like a riot, like a riot, oh
I'm not easily offended
It's not hard to let it go from a mess to the masses

Follow, misguide, stand still
Disgust, discourage on this precious weekend ending
This love's for gentlemen only, wealthiest gentlemen only
And now that you're lonely
Do let, do let, do let, jugulate, do let, do let, do

Let's go slowly discouraged, we'll burn the pictures instead
When it's all over we can barely discuss
For one minute only, not with the fortunate only
Thought it could have been something else
These days it comes, it comes, it comes, it comes, it comes and goes

Lisztomania
Think less but see it grow like a riot, like a riot, oh
I'm not easily offended
It's not hard to let it go from a mess to the masses

Lisztomania
Think less but see it grow like a riot, like a riot, oh
I'm not easily offended
It's not hard to let it go from a mess to the masses

This is show time, this is show time, this is show time
This is show time, this is show time, this is show time
Time, time is your love, time is your love, yes time is your
Time, time is your love, time is your love, yes time is your

From the mess to the masses

Lisztomania
Think less but see it grow like a ride, like a ride, oh
Discuss, discuss, discuss
Discuss, discuss, discouraged

Lisztomania, Wolfgang Amadeus Phoenix, Phoenix
(obra maestra de canción en obra maestra de disco)

martes, diciembre 06, 2011

Ni por asomo

La habitación donde cenaban, alrededor de la mesa camilla, estaba caldeada. Sus padres se habían quedado dormidos en el sofá, con el paño echado hasta los muslos y sus respectivas cabezas abandonadas en sentido opuesto. La tele murmuraba intrascendente frente a ellos. Él los miró mientras se olisqueaba los dedos, perfumados de mandarina, y se levantó brusca pero silenciosamente de la silla. Le gustaban aquellos movimientos certeros, como de espadachín. Atravesó el pasillo hasta su cuarto. Estaba helado. Aquel frío era el frío que separaba su ya lejana infancia de su vetusta juventud de ahora. Cerró la puerta y abrió el balcón; llevaba el paquete de cigarrillos en el bolsillo de la rebeca. Las primeras caladas siempre las echaba con casi la totalidad de su cuerpo en el interior, a excepción del brazo derecho, que se apoyaba fuera sobre la barandilla, la mirada posada sobre sus libros. Desde que se había separado de su marido y había vuelto a casa de sus padres, se hacía con frecuencia las mismas preguntas: ¿hasta cuándo no estarían de nuevo aquellos libros en una casa que fuese suya... bueno, de alquiler? Y la que aún le inquietaba más: ¿qué sería de la librería comprada ex profeso en IKEA para su habitación de adolescente cuando algún día se fuese otra vez? ¿Quedaría mocha como un jardín abandonado?
Observó la plaza hacia la que se abría el balcón. El centro estaba ocupado por un antiguo casco de bodega rehabilitado que servía de sala de exposiciones y estaba rodeado de naranjos. La perspectiva quedaba cerrada por los bloques de pisos que, semejantes al suyo, ocupaban cada lado de la plaza. ¿Cuántos vecinos vivían allí? ¿Doscientos? Los pisos tenían ya sus años y pertenecían en su mayoría a personas de la edad de sus padres, a punto de jubilarse. ¿Habría aumentado su número en estos tiempos difíciles? Reagrupación familiar forzada. Una radio sonaba cerca. Era una voz, dos voces quizás, que con monotonía hablaban sobre un tema imperceptible. Un tema serio, eso sí, propio de aquellas horas de la noche. Su presencia hacía de la plaza un lugar más íntimo y minúsculo, incluso claustrofóbico. La mayor parte de los balcones tenían las persianas echadas o estaban a oscuras. Echo un vistazo rápido y advirtió que la mayoría de las luces que quedaban encendidas correspondían a cocinas. En una de ellas, una mujer de mediana edad, en bata, discutía con alguien que quedaba fuera de foco. Gesticulaba en sordina, llevándose las manos a la cabeza y apuntando hacia un punto finito de su casa con el índice. Sus movimientos se limitaban a un radio diminuto, extraña autoimposición.
Los árboles de enfrente, cargados de naranjas que destacaban sobre un verde cerrado apenas salpicado por la tenue luz de las farolas, parecían ujieres adormecidos. Sólo algunos pájaros desvelados rompían aquel secretismo. Aquella tarde, unos niños habían zarandeado los árboles por diversión, para ver cómo las colonias de pájaros volaban espantadas para luego volver a su sitio. Él, que estaba fumando en cuclillas agarrado a uno de los balaustres, se había echado hacia atrás, con pavor, temeroso de que algún pájaro de mal agüero se colase en la casa... entonces percibió cómo el pequeño naranjo que se había traído enfermo de su antiguo hogar y que descansaba sobre una maceta en un extremo del balcón, quizás por mímesis con los vigorosos naranjos de enfrente, había empezado a cuajarse de frutas. Su padre era quien se encargaba de echarle agua. Lo hacía como quien da de abrevar al ganado, con un gesto amplio y horizontal, de semejante a semejante. Pensó en la relación con su padre, ese ser tan misterioso e inteligente, tan desconocido, y en que quizás en un futuro la vida les ofrecería una oportunidad para entenderse mejor, para reconocerse mejor... pero prefirió apartar aquel pensamiento, por lo que pudiera comportar de luctuoso.
Se agachó para apagar el cigarrillo sobre el plástico frío del cenicero, que siempre estaba a la intemperie, y se reincorporó. Ahora apoyaba ambas manos sobre el pretil y asomaba medio cuerpo sobre la oquedad silenciosa que se destapaba a sus pies. Aspiró la humedad del invierno. ¿Por qué no se esclarecían sus ideas, por qué no lo entendía todo mejor, por qué no avistaba mínimamente su futuro? Miró hacia el infinito del cielo y vio que un planeta extraño resplandecía más allá de la luna. Al ver que se movía entendió que se trataba simplemente de un avión. Por una de esas ilusiones ópticas, la luna parecía estar más cerca de él que aquel artefacto humano. Trató de pensar en cómo durante las noches despejadas como esa, la ausencia del sol, nuestra fuente de vida, nos hace ampliar nuestros confines, y apreciar todo un universo misterioso y lejano que se despliega más allá de todo, cuando, de repente, abajo, un hombre cruzó la plaza tirando a grandes zancadas de su hijo de unos seis años. ¡Qué extraña pareja, a aquellas horas! El niño llevaba un abrigo largo, de corte clásico, y cuando lo vio adentrarse en el portal, de espaldas, tan callado, su mano encerrada en la de su padre, subiendo el escalón de acceso y flexionando la pierna al tiempo que el abrigo se movía desmañadamente con él, pensó en aquella pequeña monstruosidad y en todo lo que tenía que hacer al día siguiente, y bajó ruidosamente la persiana.

martes, noviembre 29, 2011

Sobre Francia

Creo que las identidades no son inmanentes. Creo que son contingentes, inestables. Lo que no quita que "crea" en ellas:

"El siglo más francés es el XVIII. Es el salón convertido en universo, es el siglo de la inteligencia con encajes, de la finura pura, de la artificialidad agradable y hermosa. Es también el siglo que más se aburrió, que dispuso de demasiado tiempo, que sólo trabajó para pasar el tiempo".

"Una agudeza vale tanto como una revelación. Una es profunda, pero no puede expresarse, la otra es superficial, pero lo expresa todo. ¿Acaso no es más interesante realizarse en la superficie que desarmarse con la profundidad?".

"¿Qué ha amado Francia? Los estilos, los placeres de la inteligencia, los salones, la razón, las pequeñas perfecciones. La expresión precede a la naturaleza".

"La divinidad de Francia: el gusto, el buen gusto, según el cual, el mundo -para existir- debe gustar, estar bien hecho, consolidarse estéticamente, tener límites, ser un encantamiento de lo aprehensible, un dulce florecimiento de la finitud".

"Un pueblo de buen gusto no puede amar lo sublime, que no es sino la preferencia del mal gusto elevado a la monumentalidad. Francia considera todo lo que supera la forma una patología del gusto. Su inteligencia tampoco admite lo trágico, cuya esencia se niega a ser explícita, como lo sublime. Por algo Alemania -das Land der Geschmacklosigkeit (el país del mal gusto)- ha cultivado los dos: categorías de los límites de la cultura y del alma".

"¿Francia? El rechazo del misterio".

"¿Existe un pueblo menos sentimental? El corazón del francés sólo se enternece con los cumplidos bien formulados".

"Los franceses, desde su nacimiento, han permanecido en su tierra, han tenido una patria física e íntima que han amado sin reservas y no han humillado mediante comparaciones; no han estado desarraigados en su país, no han vivido el tumulto de una nostalgia insaciable".

"Podría ser que, a fin de cuentas, la civilización no fuera otra cosa que el refinamiento de la trivialidad, el pulido de las cosas minúsculas y el mantenimiento de un poco de inteligencia en la accidentalidad cotidiana, es decir, volviendo la tontería natural tan soportable como posible, al envolverla en gracia y darle el lustre de la finura. Es indudable que entre los franceses es entre quienes encontramos a menos imbéciles profundos, irremediables, eternos".

"Ser superficial con estilo es más difícil que ser profundo. En el primer caso hace falta mucha cultura; en el segundo, un simple desequilibrio de las facultades".

"El refinamiento sexual es la muerte de la nación".

"Si Francia tiene aún una razón de ser, es la de realzar el escepticismo de que es capaz, el de darnos la clave de las incertidumbres o de moler nuestras certidumbres".

"Cuando Europa esté cubierta de sombras, Francia seguirá siendo su tumba más viva".

"Francia es Nuestra Señora de París reflejada en el Sena: una catedral que rechaza el cielo".

"Desde luego, Francia es un organismo, pero en su desarrollo ha alcanzado tan algo grado de perfección, que encuentra mejor sus símbolos en las figuras geométricas que en los accidentes del devenir biológico".

"Francia, país del medio, entre el Norte y el Sur, es un Mediterráneo con un suplemento de bruma".

"Aunque comprendo infinitamente mejor a los romanos del final, reblandecidos por el vicio, la incertidumbre y el lujo, que a los de la grandeza, ásperos, sanos y confiados en sus ídolos, conservo en alguna parte el respeto a los altares de la ilusión y los templos nunca debilitados por la ironía. Cuando Catón el Viejo decía que dos augures no podían mirarse a la cara honradamente sin romper a reír, lo creo, no sin añorar las vitales supersticiones. Una vez abolidos nuestros símbolos por la lucidez, la vida es un amargo deambular entre templos abandonados". (Tuve esa visión en mi cuento A los dioses huidos).

"Un país es grande no tanto por el alto grado de orgullo de sus ciudadanos cuanto por el entusiasmo que inspira a los extranjeros, por la fiebre que transforma en satélites dinámicos a personas nacidas bajo otros cielos. ¿Acaso hay en el mundo un país que haya tenido tantos patriotas procedentes de otra sangre y otras costumbres? ¿Acaso no hemos amado Francia con más ardor que sus hijos? (...) ¿qué otro país habría reunido homenajes y rechazos más halagadores?"

"Sea cual fuere la dirección, la meseta o el sendero por los que orientemos nuestros pasos, Francia no morirá sola, expiaremos juntos el gusto extrafalario de la fugacidad y, sea cual fuera la esperanza que abriguemos, la carga de esa herencia volverá a arrojarnos - eso es seguro- desde el corazón del porvenir hacia sus confines".

E. M. Cioran. Sobre Francia.

lunes, octubre 31, 2011

Sobre el amor a ciertos niños

"Una vez fui de visita un fin de semana a casa de Maggie Fowler, en los Hamptons. Su hijo, un chico de ocho o nueve años, estaba con ella. Era hijo de su primer matrimonio y, evidentemente, pasaba la mayor parte del tiempo con su padre o en el colegio. Parecía un poco incómodo con Maggie. Tenía ese extraordinario aire de intimidad de que gozan algunos niños. Quizás en su caso fuera el resultado de los rigores del divorcio, pero lo he visto en toda clase de niños. Me levanté pronto el sábado por la mañana y, como me lo encontré en el piso de abajo, fui con él andando a la playa, a nadar. Por el camino me cogió de la mano (una atención poco habitual en un niño de su edad) y supuse que se sentiría solo; pero si así se explicaba su conducta, entonces yo también debería sentirme solo, porque disfruté de su compañía. Puede que me recordara mi propia infancia. El eco de un afecto profundo, que en parte seguramente es recuerdo, fue lo que yo experimenté. Nos dimos un buen chapuzón, desayunamos juntos y después él me preguntó, muy tímidamente, si quería jugar a la pelota. Pasamos tal vez una hora en el jardín trasero, lanzando y atrapando una pelota. Después bajaron los demás y empezamos a beber bloody marys y hubo las actividades habituales de un fin de semana, la mayoría de las cuales excluían a un niño de su edad. Esa noche, cuando nos estábamos vistiendo para salir, Maggie llamó a mi puerta y me dijo que su hijo quería que fuera a darle las buenas noches. Lo hice. Cuando me levanté el domingo por la mañana, estaba sentado en una silla junto a la puerta de mi habitación, y una vez más fuimos andando a la playa. No lo vi mucho a lo largo del día, pero fui consciente de su persona: sus pasos, su voz, su presencia en la casa. Regresé a la ciudad el domingo por la tarde y nunca he vuelto a verlo ni a saber nada de él, pero indudablemente sentí por él algo parecido al amor durante las escasas horas que pasamos juntos".

John Cheever, Bullet Park

martes, octubre 18, 2011

Zeige deine Wunde (Enseña tus heridas)

"Hay que desarraigarse. Cortar el árbol, hacer una cruz y llevarla todos los días".
Simone Weil, La gravedad y la gracia

A punto como estoy de dejar el que ha sido mi hogar durante dos años me pregunto mientras despejo la cocina de cacharros interminables: ¿has sido feliz durante este tiempo? Y me digo: No tanto como hubiese deseado pero más de lo que habría esperado. Ahí se pierde mi esencia: entre la depresión y la manía, entre esos matices verbales del español que van del pluscuamperfecto del subjuntivo al condicional compuesto del indicativo. Hay un extraño gozo en ver todo el puzle destruido: cajas por aquí, cuadros descansando sobre el suelo por allá, un objeto en tránsito, unas tijeras sobre el sofá, ropa sobre las sillas, mi barba crecida, mis calcetines llevándoselo todo por delante. Esa manida pulsión de muerte, supongo. Observo los restos de la tragedia: al quitar un cuadrito de la pared, uno de los clavos está más bajo que el otro porque en su día se golpeó ex profeso para conseguir el efecto perfecto. Arqueología de las ilusiones fenecidas. Hoy he contabilizado con mi madre once mudanzas en lo que llevo de adulto. (He tenido más casas que novios). "Bueno, me voy porque quiero, mamá". Luego hemos estado hablando de las grandes migraciones forzadas causadas por la guerra o por las hambrunas. Me acordaba de esa carrera sin aliento, de esa desposesión que es Suite Francesa, de Nemirovsky. Aunque también hubiese podido pensar en Libia o en cualquier otra realidad presente. Sin embargo, desviándome hacia lo figurado que hay en toda realidad, cabría preguntarse: ¿cuál es la guerra que yo libro? ¿Cuál es mi hambruna? ¿A qué este continuo cansancio, esta eterna necesidad insatisfecha? El otro día le decía a una amiga que me siento como pez en el agua en estos tiempos de inestabilidad y crisis. Sí, como pez en el agua... o como corzo en bosque cerrado. Correr sin aliento, tratar de olvidar, partir con rapidez. Cubierto de cinismo y de amor, como la serpiente alada de los aztecas. Las mudanzas me sirven de análisis: en ellas descubro al ser fetichista que hay en mí, una especie de urraca que esconde en su nido los objetos que le resultan más brillantes, un coleccionista de dispositivos de almacenamiento donde archivar los recuerdos que su mala memoria ha borrado al vivir tan deprisa... qué triste está la casa sin libros... por suerte está la radio, y los últimos cuartetos de cuerda de Beethoven, que he dejado para embalar ya al final. Y las vistas, esas vistas de Jerez, que desde mi terraza parece una ciudad llena de promesas. Al fin y al cabo, en esta casa me he reconciliado con mi ciudad. Posiblemente para siempre. También he hecho buenos amigos, he escrito parte de una novela, he leído las mejores páginas de Sebald, he tenido noches donde he tocado el cielo con la yema de los dedos y, sobre todo, he vuelto a avivar el hogar. Uno sólo tiene que soplar y desvelar el espíritu. Al final todo prende.

lunes, septiembre 12, 2011

Punto omega

"A veces un viento llega antes que la lluvia y provoca que los pájaros pasen volando delante de la ventana, pájaros del espíritu que cabalgan la noche, más extraños que los sueños".

Don DeLillo, Punto omega.

Lectura concluida hoy, lunes, tras el desayuno, en La Cruz Blanca.

jueves, septiembre 08, 2011

La piel des(de ahí)habitada

Álvaro: Simón, ¿tú por aquí?

Simón: No te asustes. No he venido a reprocharte lo abandonado que me tienes. Es más, he corrido en tu ayuda. Intuía que te sería útil a la hora de aclarar tus ideas sobre La piel que habito. Nuestras ideas…

Á: Pues ahora que lo dices…

S: Nada mejor que tu alter ego…

Á: Sí, aunque debo decirte que el alter ego sólo aparece cuando el ego lo convoca…

S: En fin… dialécticas aparte, pasemos a hablar de la película. Ibas con demasiada información, ¿no?

Á: Sí, pero eso no debería ser un problema. Podría empalmar el visionado de Vértigo cien veces y no cansarme. En esa película hay un misterio inescrutable, que va más allá de la trama. El “misterio” de la última de Almodóvar descansa excesivamente en la trama, y en el modo de contarla. Me fascina el recurso de los flashbacks y esa estructura intrincada de las últimas películas de Pedro, pero aquí resbala… al menos en lo que se refiere al argumento principal, el de Vera.

S: Vera, la prisionera…

Á: Sí, habría sido fantástico que uno de los libros que Vera lee en su encierro, en lugar de los de Alice Munro o Cormac McCarthy, hubiese sido ese volumen de En busca del tiempo perdido de Proust. Precisamente porque ahí se describe de manera inigualable lo inexpugnable, pese a su proximidad, del objeto de deseo… y la corrupción del amor.

S: "Pues la posesión de lo que se ama es un goce más grande aún que el amor. Muy frecuentemente los que ocultan a todos esta posesión solo lo hacen por miedo a que les quiten el objeto amado. Y esta prudencia de callarse amengua su felicidad", como decía Proust.

Á: Claro, un aspecto que debería estar más desarrollado. Aunque eso – quizás– habría sido pedirle demasiado a Pedro… es curioso que, a medida que repaso la película en busca de cabos sueltos, encuentre que todo está cabalmente atado (me refiero sobre todo a la relación entre Vera y el Dr. Legard). De ahí que crea que en la película exista un problema de tempo, un ritmo excesivamente marcial del relato, derivado de querer explicar semejante historia compleja sin fisuras…

S: Pero decías que la narración de la historia opta por el camino más complicado… con flashbacks, vueltas al presente y los estilemas propios del último Almodóvar.

Á: En efecto, y algunos de ellos son muy curiosos, como el flashback en forma de sueño-que-no-lo-es de cada uno de los protagonistas principales. Sin embargo a mí me faltó un "anoche soñé con Manderlay" como el que sirve de punto de partida a Rebeca de Hitchcock, un asidero psicológico con el que el espectador identifique el horror en el que se desenvuelve Vera y que nos ayude a seguir su historia, CON ella… hasta la aparición del Hombre Tigre, y más exactamente hasta el monólogo de Marilia, no hay forma de hacer pie en la historia.

S: ¡El monólogo de Marilia! Ahí es cuando la película empieza a respirar…

Á: Sí, y lo hace de forma ex abrupta, imperiosa, loca, trepidante. Como cuando uno lleva mucho tiempo sumergido bajo el mar, un medio hostil, y sale a la superficie en busca de aire. Quizá sea lo mejor de la película. La sucesión de planos es de un barroquismo increíble, culebronesco, con excesos como la imagen del niño Tigrinho bajando por las favelas, pero aquí es cuando la historia te arrastra, empieza a (con)moverte… Esta parte es vibrante, y sin necesidad de "dilatadores"…

S: Siempre con los ojos de Marilia como asidero, esos ojos centelleantes donde se refleja la fogata frente a la que están en el presente y el fuego destructor del pasado…

Á: Sí, todo un hallazgo. La historia de la mujer quemada, de su reflejo en la ventana, el tema cantado de la niña, el propio coche ardiendo, tan godardiano, etc. Sin embargo, luego vuelve el Dr. Legard y removido por la historia que se repite, en la que Tigrinho ha actuado como catalizador, empieza a dar rienda suelta a sus deseos escondidos y se acuesta con Vera… este giro psicológico, esta bajada de defensas, es algo que entiendo pero que no termino de “sentir” en la película…

S: Bueno, Vera es la única forma en que poder reparar el pasado, su única vía de escapar de entre los muertos, su Judy Barton-Madelaine personal…

Á: Sí, pero eso lo ves, apenas lo sientes… aunque están las escenas de la enorme pantalla ampliada a través de la que Robert se extasia con Vera. El creador "recreándose" en su obra con la pulsión de muerte con la que el traumado "recrea" sus traumas...

S: Y entonces empiezan de nuevo los flashbacks…

Á: Sí, pero el tempo ha vuelto a romperse. Almodóvar está obsesionado por encajar las piezas del puzle que él mismo ha descompuesto y a veces lo hace a puñetazos limpios.

S: Y puede que sea esa ansiedad narrativa que desprende el propio director la que te impida disfrutar de lecturas más profundas y psíquicas en un primer visionado…

Á: Pero eso es un fallo. Una película debe dejarnos poso. Si vamos a chocar, choquemos; no nos quedemos sólo con el susto. La película carece de atmósfera. Parece de plástico…

S: Un plástico nunca visto, como la piel de Vera. Te ocurre a menudo con cada nueva película de Pedro... el extrañamiento propio de lo que nos es muy familiar pero no lo reconocemos a la primera. Como esos utensilios que sabemos para lo que sirven pero que tardamos un tiempo en saber utilizar: un sacacorchos, por ejemplo. Por cierto, me acabo de acordar de la frase que le dice el Dr. Legard a Vera tras operarle (¿por segunda vez?) los pechos: "Ahora no parecen neumáticos sino como dos gotas de lluvia resbalando por el cristal".

Á: Una frase bellísima y absolutamente fuera del eje. Aunque eso me gusta. Es casi como una autorreflexión, un pensamiento en voz alta sobre la imperfección del cuerpo y de la obra de arte. Somos modernos, viene a decir. Ya no habitamos en la Arcadia (ni tampoco en el Hollywood clásico).

S: Pero la película es tremendamente ingenua en muchas ocasiones. Esos títulos tan burdos que nos remiten al lugar, y al pasado, o de vuelta al presente. O el hecho de hacer que la dependienta de la que está enamorado Vicente sea lesbiana, como previendo el "terrible" devenir de este personaje… qué obsesión de "perfección", de querer encajarlo todo… de alguna forma es una actitud premoderna. Haneke o Godard nunca lo harían…

Á: Sí, pero en eso radica parte de la fascinación y el encanto del cine de Almodóvar. En esa reverencia al pasado, que acaba por dislocarse hasta resultar ridícula. El camp es una extraña forma de melancolía…

S: En la película, la profesora de yoga que aparece en televisión, hace una reflexión interesante a propósito de las posturas de esta disciplina…

Á: Algo sobre que no es lo mismo la perfección de las posturas que la profundidad espiritual que puedan albergar… aunque no lo recuerdo con exactitud. Lo dejaremos para un segundo visionado…

S: Y luego está ese final tan comentado: "Soy Vicente".

Á: En general, me gustan mucho los epílogos de Almodóvar. Esa forma de diluir el final con algo imprevisto, o tonto, o cotidiano… es algo moderno, una forma de inacabar el relato, de suspenderlo… sin embargo, aquí roza la estupidez… ahora que lo pienso es como lo contrario de "anoche soñé con Manderlay" La antimateria del poder de evocación y la promesa narrativa que tiene esta frase de Rebeca…

S: La cita viene a cuento, porque ¿qué queda de Manderlay/El Cigarral, ese castillo del horror, fantasmagórico e irreal, cuando acaba la película?

Á: Nada. Es como si la película que hemos visto, su "horror" y su absoluta demencia, se diluyese en ese "Soy Vicente", presente radicalmente afirmativo del ser...

S: Hubiese bastado con que fuese la madre la que, entre interrogantes, pronunciase el nombre del hijo pródigo: "Vicente?" Una película, por muy moderna que sea, debe acabar con músculo… hablando de músculo, ¿no crees que a veces todo esté demasiado subrayado? La banda sonora, por ejemplo…

Á: Bueno, es sin duda el mejor trabajo de Alberto Iglesias para Pedro. Como objeto independiente. Pero es cierto que contribuye en exceso a esa saturación descompensada que padece la película… a veces se escuchan dos temas distintos en secuencias que están pegadas… es el caso de Between the bars (que se escucha en la escena que transcurre en la tienda de ropa vintage antes de que Vicente desaparezca) y el tema electrónico que se escucha durante la persecución de la furgoneta a la moto… o el exceso de canciones de Buika… volvemos a la cuestión del tempo.

S: Yo creo que no es ni tan fría ni tan diferente en su trayectoria.

Á: Yo tampoco lo creo. El problema es el tono. A veces da la impresión de que es un primer o un segundo ensayo… y no lo digo por los actores, que en general están bien…

S: Antonio sigue teniendo gestos de Átame o de La ley del deseo.

Á: Sigue haciendo de enajenado, en eso nada ha cambiado.

S: El trasfondo psicosexual es muy reaccionario, eso sí…

Á: Un absoluto despropósito. Aun aceptando que Pedro no haya querido hacer una película de tesis y revertir lo convencional, optando por estancar a su personaje en el Imperio del género y la sexualidad, tampoco insiste mucho en lo psicológico. La venganza es un sentimiento que requiere acción, narrativa, y en eso es escasamente complejo. La cita a Bourgeois, en este aspecto, es absolutamente frívola… en Bourgeois hay otra forma de procesar la venganza, otra forma de ajustar cuentas con el pasado…

S: Habría que revisar Doble cuerpo, de De Palma.

Á: Sin duda. De todas formas, la película no es descaradamente cinéfila. En eso sí que ha habido mucha contención… ni siquiera Los ojos sin rostro es una presencia abrumadora. Salvo el autohomenaje no por azar a Kika, su película más kamikaze, el resto es velado, comedido.

S: ¿Te ha gustado entonces?

Á: Como decía Lord Henry Wotton en El retrato de Dorian Gray, refiriéndose al À rebours de Huysmann (sin hacer mención a su título), “me ha fascinado, que no es lo mismo que gustar”. Supongo que, a diferencia de otras como Los abrazos rotos o gran parte de Volver y de La mala educación, acabará gustándome.

S: ¿Se nos olvida algo?

Á: Las reproducciones de La Venus de Urbino y de La Música de Tiziano…

S: Siempre nos quedará Hable con ella, de su última etapa.

Á: Yo creo que ni él mismo era consciente de la maravilla que estaba creando. Es una película milagro, como la propia historia que cuenta. En esa línea está también La flor de mi secreto, la que quizás sea su obra más "transgénero" y más "autobiográfica"…

S: ¿Qué tal llevas tu novela, por cierto?

Á: Me hace gracia que tú me lo preguntes…

S: Bueno, deduzco que mal, porque hacía tiempo que no nos "veíamos"…

Á: Sí, y mucho me temo que no volveremos a vernos, al menos por un tiempo. Esa historia tan pegada a la realidad de hace unos años no quiero contarla ahora. O no me sale contarla. O la tengo superada… Ahora me ronda una historia sobre el mal en sus versiones más cotidianas y estúpidas, la gran ciudad, la mezquindad de la vida contemporánea, los trabajos y los días, la precariedad, la inmadurez, la fascinación fetichista por las mercancías… el reto estará en cómo dar profundidad poética a semejante entramado de horror y vulgaridad. En fin, igual me estoy adelantando…

S: Vaya, un otoño de novela…

Á: Estoy cansado de mí mismo, pero soy lo único que tengo…

S: ¡Uy, qué frase tan "almodovariana"!

Á: Si quieres te doy un beso, como Vera hace con la foto de Vicente…

S: Esa cursilada podríamos ahorrárnosla... Suerte en tus nuevos propósitos.

Á: Gracias querido.

viernes, agosto 26, 2011

Un pequeño retorno

Maravillosa sensación al abrir la pequeña hoja de la ventana del baño mientras estás sentado sobre la taza del WC. Del lado del hemisferio izquierdo, la casa, en esa apacible hora de mitad de la tarde. En la radio, los compases de La Valse de Ravel. Del lado del hemisferio derecho, el viento caudaloso que entra por la ventana, tan "frufruoso", cargado de un algo invisible pero enorme, oceánico. A un lado el tiempo domesticado, el tiempo de la música; al otro, el tiempo de la naturaleza. Una franja de luz recorre la repisa del baño, poniendo de relieve el color de los frascos de perfume, de las toallas, de las muestras de geles, de los obsequios recogidos en hoteles, revelando el polvo que se ciñe sobre los tapones, sobre los listones de madera. Es una luz blanca y limpia, impropia de esta hora de la tarde en que todo se torna anaranjado o amarillo. Te sobreviene la impresión de estar en un hotel... hay algo en el ambiente, en la luz, que te recuerda a mañanas o tardes distraídas en alguna habitación de préstamo, las sábanas lisas y frescas, el mármol del baño rutilante, la televisión sin apenas voz, el desahogo propio de los intermedios. Siempre te han gustado los hoteles, con esa mezcla de familiaridad y foraneidad, de semejanzas y diferencias, el espacio ideal para hacer que la vida resulte menos aburrida, una escenografía perfecta para los inicios, para los finales, para el surgimiento de una idea, para un propósito de enmienda. Y vuelves a notar el viento, tan inasible como el tiempo, que está pero no está, que te golpea con suavidad el pelo de la nuca y de la frente, y el alma: siempre convocando un piccolo ritornare.

domingo, agosto 21, 2011

Pues no tenemos en la tierra hogar permanente (Hebreos, 11-12)

Una racha de aire fresco penetró en la habitación por el balcón abierto. Miró desde la cama el cielo cubierto de golpe, apuntando tormenta. Se dió la vuelta hacia la pared pero un algo incómodo se había instalado a su lado. Aunque trataba de cerrar los ojos para recuperar el abandono propio del sueño, no podía: el verano había tocado a su fin y ahora tenía que incorporarse. Había que moverse de nuevo, abandonar aquella ciudad e intentar imaginar un futuro en algún otro sitio, más grande, con mayores oportunidades. Oportunidades laborales, oportunidades sentimentales. Había tomado la decisión de volver a casa de sus padres por unos meses, unos meses de "sacrificio" en los que ahorrar algo de dinero para iniciar tal aventura. Pero, ¿era una aventura o más bien una maldición? Hacía años que no paraba de moverse: cuando parecía encontrarse bien en un lugar, una racha de aire fresco, un repeluco, le movía a marcharse en busca de abrigo a otro lugar. El último de los cambios no se debió a un caprichoso golpe de fresco: esta vez la tormenta le pilló en plena intemperie; llegó a casa empapado, con el corazón encogido, tirando a duras penas de las maletas, rodeado de pasado. Uno se imponía unos objetivos, se figuraba un futuro continuo, pero al final, las malas hierbas lo invadían todo: una variedad perfectamente reconocible, tan nuestra como el sudor, como el olor de una cama en la que hemos pasado una semana con fiebre. A veces, cuando uno se aburre de sí mismo, sólo le queda tratar de divertir a los demás. Toda colilla moribunda encierra la posibilidad de encender nuevos cigarrillos...
Como quien pasa el dedo por un piano desafinado, en escala descendente, recorrió con la mirada los lomos de los libros que había sobre la estantería: estaba a punto de pensar en algo complejo, algo que le costaría un esfuerzo casi muscular, como limpiar un gran jardín abandonado lleno de hojarasca huérfana. Sonó el teléfono y no lo cogió. Una sed que parecía no tener fin lo condujo lentamente, a tientas, hasta la cocina. La casa se había anegado de sombras.

lunes, agosto 01, 2011

Fata Morgana

La tarde se deshace en mi terraza. En la línea del horizonte, tras los edificios de la ciudad, tras las chimeneas de la fábrica de botellas, inmediatamente después del frontón bajo el que se esconde la caja escénica del teatro, una cordillera de nubes densas. Se apoyan sobre un zócalo gris, semejante a un incendio pintado, pero se van volviendo de un blanco purísimo al elevar la vista, como cumbres eternamente nevadas. Corre una brisa fresca, melancólica, alpina...