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En fuga continua de mi propia prisión.

sábado, marzo 12, 2011

En la BnF, sede Mitterrand

"Muchas veces ha ocurrido también, dijo Austerlitz, que los pájaros se extravíen en el bosque de la biblioteca, vuelen hacia los árboles reflejados en los cristales de la sala de lectura y, tras un golpe sordo, caigan sin vida al suelo. Desde mi lugar en la sala de lectura he pensado mucho en la relación que tienen esos accidentes, no previstos por nadie, es decir, la muerte súbita de un ser desviado de su rumbo natural, lo mismo que los fenómenos de paralización del sistema electrónico de datos, que se producen una y otra vez, con el cartesiano plan general de la Biblioteca Nacional, y he llegado a la conclusión de que, en todo proyecto diseñado y desarrollado por nosotros, el dimensionamiento de las magnitudes y el grado de complejidad del sistema de información y dirección son los factores decisivos y, en consecuencia, la perfección omnicomprensiva y absoluta del concepto puede coincidir muy bien en la práctica, incluso, en fin de cuentas, tiene que coincidir con una disfunción crónica y una inestabilidad constitucional".

W.G. Sebald, Austerlitz

miércoles, marzo 09, 2011

Fuentes

Ayer era la fuente en mitad del inadvertido patio, verde veronés invitando al reposo.

Hoy era la campana herrumbrosa de la linterna del ayuntamiento, verde cadmio abdicando bajo la lluvia.

(Esta tarde, al buscar un hueco donde apuntar algo en un viejo cuaderno, tu caligrafía me ha estremecido como una aparición).

Los graffiti que dejó la soldadesca del emperador en las paredes de Villa Farnesina durante el saqueo de Roma.

jueves, febrero 24, 2011

Ida y vuelta

Así que allí estaba yo, bajo el refugio de los andenes de la estación, un destacable ejemplo de la arquitectura regionalista de principios del siglo pasado, la luz de este radiante día de sol colándose a borbotones por la hendidura central de la estructura metálica, observando a un chico que llevaba bajo el brazo el último número de la edición americana del Vogue, conjeturando a qué profesión se dedicaría; un personaje curioso en mitad de todo aquel desorden de estudiantes, con la chaqueta primorosamente sujeta junto a la revista y el pelo con la largura perfecta para manoseárselo con desenfado mientras hablaba por el móvil - la revista y la chaqueta ahora sujetas bajo la entrepierna a fuerza de apretar los muslos - un gesto, el de tocarse el flequillo, inconsciente y a la vez elegante, con apariencia de muy estudiado, por eso de que se lo hemos visto hacer a una decena o más de actores, de ahora y de siempre. Entonces llegó el tren y me dirigí al último de sus vagones, porque era allí donde tenía asignado mi asiento, junto al pasillo, un espacio relativamente exiguo, o al menos así lo veo yo ahora, que apenas me separaba de dos veinteañeros, vestidos con sendas camisetas blancas de manga corta, que hablaban entre ellos sin apartar la vista de sus respectivos gadgets. Yo iba con mi libro de Sebald, Austerlitz, ligeramente abultado por el lápiz que, junto con una postal de una exposición sobre laberintos que había visto meses atrás en Barcelona, postal que representaba un dibujo antiguo parecido sin embargo a un ornamento chino y cuya leyenda rezaba "Lelio Pittoni, Gli artificiosi, varii et intricati quatro libri di laberinti, Mantua 1611", hacía las veces de separador. El chico que estaba en la otra orilla del pasillo desprendía un delicioso olor a suavizante, elección indudablemente de su madre, y quizás embriagado por esa ternura, quizás sencillamente distraído por su belleza, comencé a apartar los ojos del libro, resguardado tras las lentes parduscas de mis gafas de sol, y a fijarme en cómo el vello le nacía (o le moría, según se mire; lo cierto es que ahí se acortaba respecto al resto del antebrazo) a la altura de la muñeca, que, por simpatía con la mano y su dedo gordo - elemento éste que, al modo de las alas de los insectos, parecía cercano y lejano, ajeno y propio - no paraba de moverse con excitación. Mientras, pensaba cómo era posible que una generación con tantas ocupaciones sedentarias como la de aquel chico, hubiese desarrollado, en un porcentaje tan elevado, esos cuerpos espigados, de músculos alargados y fuertes... y a mi mente acudían las partes "gen", "genet", "net", ya de por sí nombres independientes, en lenguas diferentes, como puedo apreciar ahora que las escribo, sin atreverme a configurar con su totalidad la palabra "genética". Entonces, a modo de disciplina para no abandonar la lectura con tales pensamientos infructuosos, eché mano del lápiz, un prisma hexagonal fácilmente semejable a otros artefactos que sirven para dar la pauta, caso de la batuta o el látigo, y empecé a colocarlo debajo de cada línea que debía leer, sin necesidad de levantarlo de la página a medida que terminaba la línea, puesto que podía arrastrarlo cómodamente, sin pasarme lo más mínimo, gracias a sus seis lados y a la estabilidad que encontraban estos con el plano de la página. Sin embargo, a pesar de tropezar con magníficos fragmentos del tipo "al extinguirse cada vida, cómo el mundo, por decirlo así, se (salto de línea) vacía a sí mismo, porque las historias unidas a innmumera (guión; salto de línea) bles lugares y objetos, que no tienen capacidad para recordar, (etc.)", mis pensamientos, animados quizás por el traqueteo del tren, viajaban de un lugar a otro, y lo mismo la inscripción grabada sobre el lápiz, Institut d'Estudis Nord-americans, me llevaba al delicioso croissant que desayuné en una pastelería cercana a la plaça Molina de Barcelona, uno de los mejores que he probado en mi vida, momentos antes de hacer el TOEFL, que lo mismo otra mirada furtiva a la barba escasa y rala de mi compañero de vagón, con su boca pequeña y fresca y sus pestañas como de camello, me hacía detenerme (veloz, como cuando nos cierran un museo y queremos ver aún un par de salas) en la época de S., mi primer amor, cuyo perfil y suavizante, ahora lo descubría, estaban tan emparentados con los que tenía delante, casi veinte años más tarde. Antes de apearme en la estación de San Bernardo, en parte excitado, en parte aturdido, mientras hacía la cola que se había formado ante una de las puertas de salida y miraba a mi alrededor, pensé en esa película, de título perfectamente gerundio y que aún no he visto: Juventud en marcha, de Pedro Costa; ya en la calle, hacía un tiempo espléndido y las nubes estaban altas, blancas como picos nevados, y acaso llevado por ese movimiento de la mirada, el movimiento que uno tiende a ejecutar cuando está "au beau milieu" de un valle rodeado de montañas, recordé un día de invierno, inmediatamente anterior o posterior al día de navidad, en que paseé con F., su hermana y su sobrino por Zurich, una ciudad que en aquel día gélido pero resplandeciente parecía estar emplazada en mitad de una mesa de gala, con su cubertería y su vajilla y su cristalería, tocadas por el centelleante haz de reflejos de una gigantesca lámpara de araña, todo en orden pero vulnerable como un serpentín de piezas de dominó. Y luego, cuando me encontré con C., mi director de tesina, para almorzar, estuvimos hablando de Ginebra, porque él se desplaza ahora allí una vez por quincena para dar unos cursos en su universidad; una ciudad de la que sólo recuerdo la recepción del hotel en que pernoctamos F. y yo, también la disposición de la habitación, y me viene el fuerte olor a amoníaco del producto con que limpiaban la moqueta, y veo las hojas lanceoladas de los árboles perennes que ligeramente vibran al otro lado de las ventanas, cerradas a cal y canto para que no se escape el aire acondicionado, porque esta vez en Suiza hace calor. También recuerdo el largo paseo, melancólico, tan propio de los finales de verano (y ahora me viene tontamente a la mente Borges) que, ya por la tarde, hicimos hasta llegar a un restaurante carísimo y, desde el punto de vista gastronómico, olvidable, regentado por una reinona, en una edad más que madura, que parecía haberse quedado atrapado en algún año de los que van de 1975 a 1980, la ropa muy pegada al cuerpo, que estableció con nosotros una complicidad exacerbada, como si hubiésemos elegido su local para pedirnos matrimonio o para celebrar algún acontecimiento importante. Y vuelvo al almuerzo de hoy, que me ha llenado de esperanza, porque me encantan las buenas conversaciones, la comida rica, los sitios desenfadados, la gente guapa y pensar que ayer era como hoy y hoy será como mañana: en definitiva, el trasiego de un jueves luminoso, la cara caldeada por el vino, en un restaurante situado en una calle apartada de una ciudad verdadera, con su acontecer, el de la ciudad, digo, formado a partes iguales de designios y de azares, como la compra que he hecho momentos antes en la FNAC, Visions de l'amen, de Olivier Messiaen, un disco que en absoluto barajaba, pero que me bastó ver, solitario, con su portada naranja, el título discretamente colocado en la esquina superior izquierda, para saber que quería llevármelo conmigo a casa. Y mientras estaba en otra casa, la de J., que me ha ofrecido un café, he pensado si alguna vez me sabré desenvolver por la mía con tanta soltura, sin ese nerviosismo controlado que me caracteriza cuando tengo visita, y he decidido, una idea que no llevaré a cabo por el momento, pero impregnada por la determinación de las decisiones, qué duda cabe, que necesito un buen sofá que actúe como verdadero punto de fuga de todas mis ansiedades, porque un sofá es el centro de una casa, la auténtica piedra angular de un hogar confortable. Y luego he hecho algunas compras en El Corte Inglés (tabaco y perfume) y he cogido un taxi y he llegado corriendo, más por dentro que por fuera, a la estación de Santa Justa y he confirmado de nuevo lo triste que resulta una estación cuando uno está en proceso de vuelta, que es como una resaca, un mal menor, sí, pero mal al fin y al cabo. Y dentro del tren me he agarrado al libro como a un clavo ardiendo, pero esta vez no era yo el que estaba distraído sino que eran los demás los que me distraían, con sus tonos mayores y sus conversaciones "privadas" radiadas a todo el vagón a través del móvil, y he sentido el arrebato de leer algunas frases de Sebald en voz alta, para que toda esa vulgaridad circundante saltase por los aires, esperando a lo mejor un pasmo entre el gentío como el que causó la contemplación del retrato de Inocencio X al ser mostrado por Velázquez en los aposentos papales, troppo vero, pero al final desistí y me puse a examinar las fotografías del libro y caí en una que hay casi al final, la estación de Austerlitz en París, y ya en Jerez, en el camino de vuelta a casa, recordé que allí, con dieciocho años recién cumplidos, en compañía de un amigo de entonces, ya desaparecido de mi mundo, perdí un tren, una noche espléndida de verano con las terrazas del boulevard Saint Germain en plena efervescencia, y que en el tiempo que transcurrió entre la visión desconsolada de aquella máquina que se alejaba inexorablemente en dirección sur y el gesto dichoso de empuñar el nuevo billete que nos llevaría a España al día siguiente, todavía ahogado por la carrera y confuso porque ahora no sabía decir si la dicha residía, más bien, en ver cómo el tren se separaba de nosotros y el desconsuelo, por el contrario, en el billete recién impreso que sujetaba en la mano, sentí de lleno, aunque sea hoy cuando por fin lo elaboro, el vértigo que discurre parejo a nuestra extraña existencia.

martes, febrero 22, 2011

La hermosa habitación está vacía

"Muchas veces tengo la impresión de que estuviéramos en una habitación con dos puertas opuestas y que cada uno tuviera aferrado el pomo de una de las puertas, y que apenas uno parpadea ya está el otro detrás de su puerta, y ahora basta que el primero diga una sola palabra para que el otro cierre su puerta detrás de sí y desaparezca. Volverá a abrir la puerta, por supuesto, ya que tal vez es una habitación que no puede abandonarse. Si por lo menos el primero no se pareciera tan exactamente al segundo, si se quedara quieto, si por lo menos aparentara no mirar al segundo, si se dedicara a poner lentamente en orden la habitación, como si fuera una habitación como todas las demás; pero en cambio hace exactamente lo mismo que el otro junto a su puerta, a veces incluso los dos están detrás de su respectiva puerta y la hermosa habitación está vacía".

Franz Kafka, en una carta a Milena Jesenská

viernes, febrero 18, 2011

Un panel X del atlas Y

El olor de las lociones de afeitar, caras y baratas.
El caminar con ambas manos metidas en los bolsillos.
Un soplo hacia el flequillo.
Las chanclas, las deportivas, las botas gastadas.
Un cruce de piernas, la chaqueta puesta, el cigarrillo elevado.
El aliento a tabaco mezclado con cerveza.
Vislumbrar a través de la manga corta de una camiseta la sombra vellosa que se esconde bajo la axila.
Los pezones en flor.
La V de los oblicuos del abdomen cortada por un buen vaquero sin cinturón.
Colocar la oreja sobre el pecho izquierdo, oír los latidos del corazón al abrigo del calor corporal y del olor de algún desodorante.
Los ojos caídos, las pestañas largas, la mirada como de "venado cuando les apunta el cuerno".
El oasis de unos labios tiernos encontrados en el electrizante abandono de una barba de dos o tres días.
Los calcetines de hilo con liga, las corbatas, los pañuelos, los gemelos, los sombreros.
Las risas tonantes. El llanto encogido.
Las rodillas hincadas en la arena, los muslos bien dibujados en esta postura.
Un reloj en la muñeca, una única mano al volante.
El nacimiento del vello a escasos milímetros de la nuez.
Los jerseys de pico bajo una nariz enseña.
Las manos que se detienen, que reposan, que entran en un tiempo lento, que reconocen.
Un perfume con cierto toque de pimienta.
El gesto, en verano, de rascarse el omóplato, por lo que tiene de striptease parcial.
Los ojos que miran al cielo, como en los mártires de la escuela española del XVII.
Los rizos de color castaño.
Las uñas bien cuidadas. Las lúnulas visibles.
Los desperezamientos. El crujir de unas manos unidas frontalmente que se estiran.
El vello púbico que corona la goma ancha y blanca de unos slips de algodón en color verde mar o azul celeste.
El riel de pelusa que llega hasta el ombligo.
Los cuerpos tumbados sobre el césped, las cabezas juntas, como marcando las 12 o las 6.
Los galos moribundos. Las curvas praxitelianas. Los espinarios.
Unos dedos gordos de los pies infantiles. Un arco pronunciado.
El acto de calzarse. El acto de descalzarse.
Las cabezas llenas de espuma de champú. Las caras llenas de espuma de afeitar.
Las toallas estrechas anudadas a la altura del inicio de la ingle, el muslo que se sale al caminar.
El acto de abrocharse la bragueta, sin disimulo.
Acomodarse el pantalón tirando de la parte posterior de la cintura.
Un aire despistado.
Unas manos bonitas que sostienen un libro fascinante...

Algunas cosas que me gustan de algunos hombres.

lunes, febrero 14, 2011

Napoleón

Se dice que Napoleón era daltónico...
Y para él...
Tan verde la sangre como la yerba.

miércoles, febrero 02, 2011

Del capítulo 3, Los límites del mundo, de Y yo en la Arcadia, mi novela en progreso

O eso creía yo. Cuando aquella tarde de agosto coloqué mis bultos en el hueco más expedito de la habitación, tuve la impresión de que el espacio que lo circundaba se encogía, como en Alicia. Todo tenía el aspecto desmochado de los sitios de paso: los libros de la estantería, libros desatendidos o menospreciados, se amontonaban sin criterio, como los trastos de una chamarilería; entre trofeos, recuerdos y otras figuritas marcadamente kitsch, se escondía un antiguo tocadiscos inservible; en la parte posterior de la puerta, parte que tendría que ver siempre que me encerrase, había pegatinas de skate a medio arrancar (alguien había tratado de devolver a la madera su aspecto original, inútilmente); faltaba el tirador de uno de los cajones del armario blanco colocado sobre el testero, cuyos paneles desvencijados se abrazaban como borrachos; la correa de la persiana del balcón estaba tan pasada que algún día caería cual guillotina, zambullendo de golpe la habitación en una oscuridad más negra que la muerte.

domingo, enero 09, 2011

Una página arrancada...

Llegué a casa borracho y cansado, con las botas mojadas y el pañuelo del cuello sobre la cabeza. La lluvia golpeaba en las persianas y mi propia soledad resonaba como un piano con el pedal pisado. ¿Sería así por los siglos de los siglos? Entonces me hubiera gustado coger algún libro de la biblioteca, uno de Stendhal o del vizconde de Chateaubriand, de esos en que los protagonistas participan en la guerra como si se tratase de una pieza de teatro, de esos en que se atraviesan los Alpes a caballo o en carroza, de esos en que se espera la aparición de alguien amado delante de un tapiz o con el tacón clavado en la alfombra, durante la sonería de un reloj de tema mitológico, con dos cuerpos desnudos apostados a cada lado de la esfera. Pero estaba cansado y me eché sobre la cama, a oscuras, escuchando la lluvia que afiligranaba el cristal de mi dormitorio, detrás de la gruesa cortina opaca. Yo notaba que mi cuerpo obtenía su merecido, que no era otro que esa horizontalidad siempre tan buscada, el edredón ocultándome como si fuera una segunda piel, una concha con sus fractales naturales, despedida de algún contexto. Estaba cansado pero pensaba en todo ese lastre de la vida pasada y en aquel de la que estaba por venir, aún más pesado, ahí fuera, en esa otra parte que es el mundo, con sus criaturas y sus objetos, todos relacionados por analogía. Y entonces me puse a pensar en la torre Eiffel, en su infinidad de piezas de hierro grisáceo, y en las patas arrugadas y secas de los elefantes, y en la escasa distancia que mediaba entre una y las otras. En el imperativo de mi cansancio, todo podía colocarse en fila india: el perfil boca arriba de Claudio y los dulces ronquidos de S., de una intimidad renovada, como el nacimiento de un río que luego se pierde bajo las rocas. A lo largo de la noche me desperté en varias ocasiones: miraba el reloj y veía algunos mensajes comerciales que llegaban a mi teléfono. Me fijaba en la hora: los intervalos eran perfectos, como la noche y el día de los períodos equinocciales. Trataba de recordar todo lo que me venía a la mente, recreándolo con fruición, doblándolo con esa fuerza al final minúscula que se ejerce sobre los materiales volátiles, como cuando fijamos sin alfileres, sólo con el dedo índice y el pulgar bien apretados, la marca de un dobladillo. Veía también como si hubiese enfilado un largo pasillo solitario, que quedaba mucho para salir de él, que saldría por mi propio pie, quizás a un paraje de cosas exánimes, de un verde ennegrecido como el de los pinos del retrato de Ginevra de Benci, de Leonardo, y la felicidad, conocida, un recuerdo nada más, habría quedado lejos, al otro lado, y ya sólo habría lugar para una suerte de extrañamiento, indoloro, como de otro planeta. Así veía yo ahora mis vidas pasadas, desperdigadas por algún sitio como ropas abandonadas ante un estado de inminencia, de deseo arrebatador, de auxilio a orillas del mar, quizás. Y entonces volvió a aparecer el último de los fantasmas, al que nunca había visto sonreír, o eso creía yo, con sus torpes manos y sus pies aún más torpes, y yo notaba que algo me impulsaba hacia él, hacía sus rodillas que yo intentaba bloquear con un abrazo, pero él se deshacía como un cubito de hielo cuando se lo manosea, y fue en ese momento cuando pensé que sí, que me gustaría asistir al apocalipsis, y vi cómo crecían las aguas de los ríos, cómo rompían en estruendo los grandes ventanales del Louvre, del Kunsthistorisches, de la biblioteca Medicea Laurenziana, de las iglesias de Amsterdam y de Londres, y observé atónito cómo se desgajaba la isla de la Cité, yendo a parar a un bajío del mar de los Sargazos, con la aguja de la Sainte Chapelle medio enterrada y torcida, y cómo el bastidor partido del Entierro en Ornans, de Courbet, otrora en la antigua estación de Orsay, quedaba encallado en la desembocadura de un río de Brasil, quizás un ramal desdoblado del Amazonas, todo lleno de copas de árboles decapitados, con un sinfín de astillas, de ramas revolcadas y atascadas, como el nido vacío de un ave de bestiario gigante y monstruosa.

martes, enero 04, 2011

Ancha

Mi hermano y yo estábamos en un coche, aparcado en la calle Ancha, justo delante de la casa en que vivían mis abuelos. Hablábamos de aldabas. Yo le explicaba que mi favorita era la del palacio de Dávila, que no era otra que la que había en el portón de mis abuelos: una especie de serpiente cuyo cuerpo iba engordando a medida que la mano se deslizaba hacia la base del tirador. En la lógica aplastante de los sueños estábamos casi a ras del suelo, sentados con normalidad en los asientos delanteros del coche, pero teníamos la perspectiva que se tendría desde la segunda planta de un Routemaster. Porque, de hecho, a nuestra izquierda no paraban de pasar autobuses de dos pisos y veíamos perfectamente la cabina de arriba, a la que se tenía acceso directo. Se ve que estábamos en paralelo a una parada de bus. Mi hermano comentaba que él se subía (normalmente) en uno parecido. Al rato (¿cuánto tiempo?) la amenaza se hace realidad y mi hermano entra precipitadamente en uno de los autobuses, dejándome solo en el coche. Casi ni se despide. La llave del coche está en el interruptor de contacto pero yo sé que no puedo cerrar el coche (ni los cristales) y que tengo que llevarlo al garaje de mis padres. Así que tengo que conducir. No tengo ni idea pero como si estuviese en un coche de juguete giro la llave y piso el acelerador. La calle Ancha no es la calle despojada que es ahora; está llena de árboles enormes y frondosos que la siembran de sombras y filigranas de luz. El acelerador es a la vez el freno y al detenerme en un semáforo casi arrollo al motorista de delante. Al alcanzar el islote que hay en mitad del arco de Santiago, una mujer que hay sentada en un banco se da cuenta de mi temeridad y veo cómo se aleja hacia una pared, arranca un papelito (tipo los que están previamente cortados como púas de un peine bajo anuncios particulares que van desde habitaciones para compartir a clases de chino) y llama a la policía. El teléfono de la policía se consigue en estos papelitos. Pero yo, en el estado de arrojo que me produce estar haciendo algo que pensaba que no sabía hacer, confío en que llegaré a mi destino (la casa de mis padres) antes de que aparezca un policía. Doy la vuelta al islote, con sus farolas como mástiles de barco a cada lado, y entro de nuevo en la calle Ancha. Pero las señales de tráfico habituales han cambiado. Sé que las leyes de tráfico son duras, lo que acerca el tiempo del sueño a la actualidad, pero el ambiente rozagante de la calle es como el de un verano de los años ochenta. Al llegar a mitad de la calle observo un cilindro de plástico con una flecha verde (como las de las autovías cuando están en obra) que señala un desvío obligatorio a la derecha pero yo sigo hacia delante. Cuando llego a la altura del antiguo cine Ribas me doy cuenta de que debo dar la vuelta. Pero ahí se acaba el sueño.

Salgo de él con una extraña sensación de ampliación de mí mismo. Me sorprende que sin haber recibido jamás una lección de tráfico, tenga interiorizado el significado de las señales. Y me sorprenden mis dudas, mis retos en el sueño: las trampas que yo mismo me voy poniendo. Mis sentidos, mis recuerdos, mi inconsciente configuran un magma confuso que me excede. Y siento una felicidad repentina, como si los puntos de sutura se hubiesen roto y el límite del horizonte hubiese creado una alucinante fata morgana. Y pienso que quizás el sueño esté relacionado con el manual sobre tractores Case que estaba traduciendo anoche, o mejor aún, con este hermoso pasaje final de Los anillos de Saturno, de Sebald, que ayer terminé. Y subrayo en negrita lo que para mí tiene más relevancia ahora, algo posiblemente que él habría "pasado por alto", ese espejismo de las cosas hechas y aprendidas, luego quizás desaprendidas y olvidadas, y devueltas de nuevo, esa brecha no suturada que produce la vastedad de los años y de las cosas sobre nuestros ojos y oídos minúsculos y perdularios: "Y Thomas Browne, quien, como hijo de un comerciante de seda, debía de entender especialmente de esta cuestión, apunta en algún lugar de su escrito Pseudodoxia Epidemica, que me ha sido imposible encontrar, que en la Holanda de su tiempo era costumbre que en la casa de un difunto se tapasen con crespón de seda de luto todos los espejos y todos los cuadros en los que se contemplaban paisajes, seres humanos o los frutos de los campos, para que el alma que está abandonando el cuerpo no se distraiga en su último viaje, ni por la mirada a su propio ser, ni por la mirada a la tierra que está abandonando para siempre".

viernes, diciembre 31, 2010

Intervención en el día de San Silvestre

Últimas horas del año, de la década. Preparo unos brócolis con patatas, al vapor. Escucho una vieja canción de Madonna: "I know the road looks lonely/But that's just Satan's game/And either way my baby/You'll never be the same". Llamo a P. Me llama Pa. Nos deseamos un feliz año nuevo. Quiero trabajar un poco pero me disperso. Recuerdo el año pasado a estas horas, comprando uvas en Le Bon Marché de París. Antes de la última siesta del año, leeré algunas páginas de Sebald...
El año termina mal aunque algo mejor de lo que pensaba.
Me ronda un pensamiento, un tímido anhelo: que los fantasmas se hagan carne y que las fantasías se vuelvan verbo...
Claro, y que la salud no se resienta.
Feliz año nuevo a todos.