jueves, noviembre 26, 2009
Una frase de Jean Cocteau
"Vivimos en un mundo vacío con el corazón lleno".
miércoles, noviembre 25, 2009
Después de ver Maurice
Acabo de volver a ver, después de muchos años, Maurice, esa hermosa película basada en la novela homónima de E. M. Forster. Es difícil resistirse a su encanto: un "cuento de hadas para gayers", como dice mi amigo P. Para mí, el primero (y quizás el único) que me han contado. Maurice transcurre en la Inglaterra de primeros de siglo (que nunca será este sino el anterior), en los años posteriores al "escándalo Wilde". Yo, acostumbrado como estaba a El retrato de Dorian Gray y a toda la literatura decadente que por entonces devoraba, la taché en su día de ñoña, aunque en el fondo deseaba que me sucediese algo así... y sucedió, aunque sólo la primera parte. La parte Scutter la tengo pendiente. Eso sólo ocurre en las novelas que, como fue el caso de esta, se publican póstumas por deseo expreso del autor.
Los tres actores protagonistas están tan guapos (James Wilby, Hugh Grant y Rupert Graves) que no me extraña que (como descubrí ayer en los extras del DVD) causasen furor entre las colegialas japonesas del año 87 en que se estrenó, envenenadas como estaban de Candy, Candy.
Esta noche he disfrutado mucho de la ambientación de la película: tan masculina (los revestimentos de madera de Cambridge, el smoking, el boxeo, los pijamas de una sola pieza, las botas de montar), tan húmeda (oh, la campiña inglesa y esa lluvia que mancha las moquetas de barro) y tan cálida (el té humeante, las cartas, las lámparas de gas, el estilo Reina Ana); y, por supuesto, del planteamiento tan genial que hace Forster del "conflicto homosexual" en su novela, que da para todo un ensayo.
**************
Contemplo desde la oscuridad del salón (mientras escucho repetitiva la música del menú de inicio del DVD, que es ahora el único foco de luz) una perspectiva extraña de la que fue por mucho tiempo mi única ciudad; en ella vi Maurice por primera vez, cuando apenas tenía 16 años. La vi casi a escondidas: aquello era el porno de mi juventud, un "cuento de hadas para gayers".
La literatura y el cine no sólo son una forma de soñar, de imaginar, de ampliar el campo de visión (incluso de sobrevivir); son también un método de redescubrimiento (y eso lo sé ahora): los límites venían dados, pero igual no enfocábamos esa zona en penumbra, no caíamos en ese detalle... "Le temps retrouvé". Ocurre lo mismo con la ciudad que ahora contemplo: existía, pero yo no había tenido la oportunidad de verla "desde aquí" (desde este lugar y en este tiempo). Más allá de las azoteas que discurren en paralelo a la mía, dos edificios emblemáticos del centro descuellan sobre el horizonte. Se asemejan a los cascos herrumbrosos de dos viejos buques mercantes varados en puerto. Al fondo la luz roja de lo que parece una antena. La bruma que hay instalada esta noche sobre el mundo me hace sentir como si estuviese alojado voluntariamente en una habitación de hotel en algún remoto lugar del Mar del Norte (por decir algún lugar que me sea verdaderamente extraño). "La vida va en serio", te dices, como dijo Gil de Biedma. Y sin embargo, no parece haber condena más placentera que tratar de escudriñarla, de vivirla, de recrearla. El futuro depende de que cuentes bien tu historia. Nadie la contará por ti. No sabes si podrás, pero tienes que intentarlo. Después de ver Maurice...
Los tres actores protagonistas están tan guapos (James Wilby, Hugh Grant y Rupert Graves) que no me extraña que (como descubrí ayer en los extras del DVD) causasen furor entre las colegialas japonesas del año 87 en que se estrenó, envenenadas como estaban de Candy, Candy.
Esta noche he disfrutado mucho de la ambientación de la película: tan masculina (los revestimentos de madera de Cambridge, el smoking, el boxeo, los pijamas de una sola pieza, las botas de montar), tan húmeda (oh, la campiña inglesa y esa lluvia que mancha las moquetas de barro) y tan cálida (el té humeante, las cartas, las lámparas de gas, el estilo Reina Ana); y, por supuesto, del planteamiento tan genial que hace Forster del "conflicto homosexual" en su novela, que da para todo un ensayo.
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Contemplo desde la oscuridad del salón (mientras escucho repetitiva la música del menú de inicio del DVD, que es ahora el único foco de luz) una perspectiva extraña de la que fue por mucho tiempo mi única ciudad; en ella vi Maurice por primera vez, cuando apenas tenía 16 años. La vi casi a escondidas: aquello era el porno de mi juventud, un "cuento de hadas para gayers".
La literatura y el cine no sólo son una forma de soñar, de imaginar, de ampliar el campo de visión (incluso de sobrevivir); son también un método de redescubrimiento (y eso lo sé ahora): los límites venían dados, pero igual no enfocábamos esa zona en penumbra, no caíamos en ese detalle... "Le temps retrouvé". Ocurre lo mismo con la ciudad que ahora contemplo: existía, pero yo no había tenido la oportunidad de verla "desde aquí" (desde este lugar y en este tiempo). Más allá de las azoteas que discurren en paralelo a la mía, dos edificios emblemáticos del centro descuellan sobre el horizonte. Se asemejan a los cascos herrumbrosos de dos viejos buques mercantes varados en puerto. Al fondo la luz roja de lo que parece una antena. La bruma que hay instalada esta noche sobre el mundo me hace sentir como si estuviese alojado voluntariamente en una habitación de hotel en algún remoto lugar del Mar del Norte (por decir algún lugar que me sea verdaderamente extraño). "La vida va en serio", te dices, como dijo Gil de Biedma. Y sin embargo, no parece haber condena más placentera que tratar de escudriñarla, de vivirla, de recrearla. El futuro depende de que cuentes bien tu historia. Nadie la contará por ti. No sabes si podrás, pero tienes que intentarlo. Después de ver Maurice...
lunes, noviembre 23, 2009
Otra conjura
"La silla Wassily, al igual que todos los muebles domésticos modernos, no tiene ningún mecanismo que permita a quien se sienta en ella ajustarla conforme a sus propias necesidades. Además, lo agudo del ángulo del asiento hace que resulte imposible sentarse en ninguna postura salvo la repatingada; por ejemplo, si trata uno de adelantarse para alcanzar una taza de café, se encuentra desagradablemente apoyado en el borde rígido del asiento. Si se da uno la vuelta de lado, los brazos brindan escaso apoyo. Como el respaldo y el asiento son planos, desalientan los movimientos; uno se empieza a sentir inquieto en seguida. Si se doblan las rodillas, los muslos ya no están apoyados por el asiento tenso, que también le impide a uno estirar las piernas totalmente. Al cabo de poco rato, el borde de cuero rígido empieza a introducirse dolorosamente en la parte de abajo de los muslos y las puntadas gruesas de los brazos de la silla crean un roce desagradable en los codos. Es una butaca en la que no puede uno estar cómodamente más de treinta minutos seguidos".
Witold Rybczynski, La casa; historia de una idea.
Muchas de esas sillas de arquitecto, más que invitarnos al descanso parecen escupirnos hacia la actividad continua. Los arquitectos se han conjurado para hacernos la vida más frenética. Y más incómoda.
Witold Rybczynski, La casa; historia de una idea.
Muchas de esas sillas de arquitecto, más que invitarnos al descanso parecen escupirnos hacia la actividad continua. Los arquitectos se han conjurado para hacernos la vida más frenética. Y más incómoda.
jueves, noviembre 19, 2009
A Day in Life (un estudio de luz)
Cuando llegó a la estación apenas eran las once de la mañana. El cielo estaba encapotado y algunas gotas de lluvia, gruesas, salpicaban las estrechas callejas del centro. No conseguía ver el mar, pero su presencia, tan próxima, se reverberaba en el cielo, que tenía el desorden y la densidad de un conjunto de materiales de derribo. Durante el trayecto en tren había estado leyendo sobre el desarrollo histórico del concepto de intimidad en Europa; el autor se deleitaba en la descripción de un fantástico interior holandés de De Witte, del siglo XVII, y como la ilustración quedaba al principio del capítulo había tenido que interrumpir en numerosas ocasiones la lectura y volver algunas páginas atrás para confrontar la descripción con su referente...
Aunque se dirigía a un sitio en concreto, el hecho de no conocer excesivamente bien la ciudad daba a su caminar (la vista posada a ratos sobre los balcones) un despreocupado ritmo de paseo. No llevaba paraguas ni capucha; sin embargo, el goteo de la lluvia no era molesto: alguien había colocado la pesa del metrónomo lo más alejada posible de su base. Su destino natural, más que una mañana de gestiones en interiores con teléfonos móviles, persinas verticales unidas por cadenitas de pequeñas cuentas metálicas, y corbatas, parecía ser una clase de piano en una casa con olor a apio y muebles rechinantes vestidos de croché. Se cruzó con muchos hombres de mediana edad, con gafas de culo de botella. Aquello le llamó la atención. La luz iba disminuyendo por segundos... cuando llegó a una calle más principal, la hora del día parecía haber cambiado con brusquedad: una luz amarillenta y escasa manchaba las fachadas de los edificios, los escaparates de los comercios, los portones de las casas. Todo parecía estar más junto. El cielo tronó y la lluvia comenzó a arreciar. La gente corría de un sitio a otro, exclamaba en voz alta, parecía perdida de repente. Se metió en un bar-cafetería, aunque no pasó de la entrada. Era el típico local con gente apostada en la barra y veladores con sillas de estilo vienés.... Había un delicioso olor a café allí dentro. La tromba de agua chocaba ruidosa sobre el toldo de la pequeña terraza que estaba ante él y caía desflecada sobre las mesas de metal vacías... a su lado había un chico con rastas, muy guapo, que mientras se ajustaba los aurículares del iPod sostenía un libro indescifrable a la altura de los ojos. Su pose resultaba totalmente forzada, pero él parecía sentirse cómodo...
Observó al chico con un suspiro soñador y miró la calle vacía y anegada. Estaba "solo" pero todo aquello tenía un aire de renovada intimidad que resultaba verdaderamente extraordinario.
Aunque se dirigía a un sitio en concreto, el hecho de no conocer excesivamente bien la ciudad daba a su caminar (la vista posada a ratos sobre los balcones) un despreocupado ritmo de paseo. No llevaba paraguas ni capucha; sin embargo, el goteo de la lluvia no era molesto: alguien había colocado la pesa del metrónomo lo más alejada posible de su base. Su destino natural, más que una mañana de gestiones en interiores con teléfonos móviles, persinas verticales unidas por cadenitas de pequeñas cuentas metálicas, y corbatas, parecía ser una clase de piano en una casa con olor a apio y muebles rechinantes vestidos de croché. Se cruzó con muchos hombres de mediana edad, con gafas de culo de botella. Aquello le llamó la atención. La luz iba disminuyendo por segundos... cuando llegó a una calle más principal, la hora del día parecía haber cambiado con brusquedad: una luz amarillenta y escasa manchaba las fachadas de los edificios, los escaparates de los comercios, los portones de las casas. Todo parecía estar más junto. El cielo tronó y la lluvia comenzó a arreciar. La gente corría de un sitio a otro, exclamaba en voz alta, parecía perdida de repente. Se metió en un bar-cafetería, aunque no pasó de la entrada. Era el típico local con gente apostada en la barra y veladores con sillas de estilo vienés.... Había un delicioso olor a café allí dentro. La tromba de agua chocaba ruidosa sobre el toldo de la pequeña terraza que estaba ante él y caía desflecada sobre las mesas de metal vacías... a su lado había un chico con rastas, muy guapo, que mientras se ajustaba los aurículares del iPod sostenía un libro indescifrable a la altura de los ojos. Su pose resultaba totalmente forzada, pero él parecía sentirse cómodo...
Observó al chico con un suspiro soñador y miró la calle vacía y anegada. Estaba "solo" pero todo aquello tenía un aire de renovada intimidad que resultaba verdaderamente extraordinario.
lunes, noviembre 16, 2009
Un tiempo irrecobrado
En la nueva casa en la que estás, se ven muchísimos tejados. Los perfiles de muchos edificios del centro se levantan ante tus ojos como si fuesen un recortable de papel, como si tuvieses delante un enorme libro pop-up abierto. Apenas llega el ruido de las callejas de abajo, que ya imaginas en navidad animadas por gentes en abrigo, saliendo y entrando de las tiendas, con bolsas en las manos, buscando el último gadget de moda, apretadas ante los mostradores, humedeciendo de vaho los escaparates. De vez en cuando se escuchan las campanas de la torre del ayuntamiento, un sonido reconocible desde antaño, que jamás pensaste que llegase a estar tan presente en tu vida cotidiana. El silencio es tal que podrías pensar que has sumergido la cabeza en agua, que te encuentras en una pecera, en un lugar dentro de otro envasado al vacío. Ahora suena el Cuarteto en Do Mayor, op. 59 nº. 3 "Rasumovsky", de Beethoven. Llevas apenas dos días viviendo en esta casa, tras meses de negociaciones, gestiones, compras, mudanzas. Hoy tienes un leve dolor de garganta y cuando te metes en la cama, con la intención de leer "La casa. Historia de una idea", de Witold Rybczynski, el libro que te ha regalado A., la febrícula te sube hacia la cara, dejándote el rostro vuelto hacia el balcón, el edredón bajo las piernas y el humor vencido por el pasado...
"Ya tienes la casa; ahora te tienes que inventar una vida", te dices. Pero la vida se inventa sola y ahí están esos recuerdos banales de cuando volvías de El corte inglés de Arapiles (has tenido que pararte para recordar el nombre), con tus bolsas, con o sin el iPod, parando en el semáforo de la calle San Bernardo, bajando aceleradamente la calle Fuencarral, con ese sol tan denso y hermoso de los atardeceres de Madrid. Doblabas siempre las mismas esquinas y llegabas a casa con aquella compra para dos, que luego ordenabas automáticamente repartiéndola por el exiguo espacio de la cocina... mientras calentabas la "pava" para hacerte un té...
El atardecer de ahora se parece mucho al de los domingos de la infancia cuando volvías de haber pasado el día en el campo con tus padres y tenías las manos ásperas... tiene un colorido bronco, y es tristón como el objeto inútil y feo que alguien arrumba en un cajón.
Has dormido en tu cama de nuevo, respetando el espacio de la derecha, que no era el tuyo: y ahí te has quedado, acurrucado y febril bajo las sábanas, dándole vueltas al tiempo que se fue, a la persona que se fue (¿o fuiste tú quien se fue?); estás extrañado de tanto cambio, de tanta continuidad. Apropiarse de una casa, de unas costumbres lleva su tiempo. Hay rincones, como tu mesa de trabajo, que apenas han cambiado... ahí están tus fruslerías, sus postales escritas por el reverso, sus regalitos, tus libros de gramática para consultas... parece mentira que estemos tan lejos a día de hoy. Esta tarde asomaron los recuerdos por mis ojos vidriosos, aquella complicidad tan primigenia, aquella confianza de lo cotidiano, aquellas sonrisas, aquellas zonas de confort. Justo antes de levantarme de la cama y tratar de ordenar mi vida verticalmente, estábamos saliendo, una mañana de febrero, de la que fuera la residencia del embajador de Chipre en la ciudad; nos disponíamos, juntos, curiosos, felices, inconscientes, abrigados, eternos, a adentrarnos en el laberinto brumoso y a ratos soleado de las calles de una Venecia que parecía no formar parte de este mundo.
"Ya tienes la casa; ahora te tienes que inventar una vida", te dices. Pero la vida se inventa sola y ahí están esos recuerdos banales de cuando volvías de El corte inglés de Arapiles (has tenido que pararte para recordar el nombre), con tus bolsas, con o sin el iPod, parando en el semáforo de la calle San Bernardo, bajando aceleradamente la calle Fuencarral, con ese sol tan denso y hermoso de los atardeceres de Madrid. Doblabas siempre las mismas esquinas y llegabas a casa con aquella compra para dos, que luego ordenabas automáticamente repartiéndola por el exiguo espacio de la cocina... mientras calentabas la "pava" para hacerte un té...
El atardecer de ahora se parece mucho al de los domingos de la infancia cuando volvías de haber pasado el día en el campo con tus padres y tenías las manos ásperas... tiene un colorido bronco, y es tristón como el objeto inútil y feo que alguien arrumba en un cajón.
Has dormido en tu cama de nuevo, respetando el espacio de la derecha, que no era el tuyo: y ahí te has quedado, acurrucado y febril bajo las sábanas, dándole vueltas al tiempo que se fue, a la persona que se fue (¿o fuiste tú quien se fue?); estás extrañado de tanto cambio, de tanta continuidad. Apropiarse de una casa, de unas costumbres lleva su tiempo. Hay rincones, como tu mesa de trabajo, que apenas han cambiado... ahí están tus fruslerías, sus postales escritas por el reverso, sus regalitos, tus libros de gramática para consultas... parece mentira que estemos tan lejos a día de hoy. Esta tarde asomaron los recuerdos por mis ojos vidriosos, aquella complicidad tan primigenia, aquella confianza de lo cotidiano, aquellas sonrisas, aquellas zonas de confort. Justo antes de levantarme de la cama y tratar de ordenar mi vida verticalmente, estábamos saliendo, una mañana de febrero, de la que fuera la residencia del embajador de Chipre en la ciudad; nos disponíamos, juntos, curiosos, felices, inconscientes, abrigados, eternos, a adentrarnos en el laberinto brumoso y a ratos soleado de las calles de una Venecia que parecía no formar parte de este mundo.
martes, octubre 27, 2009
Diez misterios de la literatura
1. El bosque de la noche, Djuna Barnes
2. Sodoma y Gomorra, Marcel Proust
3. El libro de los pasajes, Walter Benjamin
4. Petersburgo, Andrei Biely
5. La leyenda dorada (Legenda Aurea), recopilada por Jacopo della Vorágine
6. La conciencia de Zeno, Italo Svevo
7. A contrapelo, Joris-Karl Huysmans
8. Salomé, Oscar Wilde
9. La pasión según G.H., Clarice Lispector
10. La montaña mágica, Thomas Mann
2. Sodoma y Gomorra, Marcel Proust
3. El libro de los pasajes, Walter Benjamin
4. Petersburgo, Andrei Biely
5. La leyenda dorada (Legenda Aurea), recopilada por Jacopo della Vorágine
6. La conciencia de Zeno, Italo Svevo
7. A contrapelo, Joris-Karl Huysmans
8. Salomé, Oscar Wilde
9. La pasión según G.H., Clarice Lispector
10. La montaña mágica, Thomas Mann
lunes, octubre 26, 2009
Un escalofrío
En las páginas del Drácula de Bram Stocker se encuentra uno de los pasajes más terroríficos que jamás haya leído. Se trata del momento en que Jonathan Harker, después de haber escapado del destino terrible que le esperaba en el castillo de Drácula en Transilvania, durante el transcurso de un paseo por las calles de Londres una mañana soleada, reconoce a su repugnante captor entre la multitud...
Hay días en que un elemento terrorífico de proporciones similares merodía mi más apacible cotidianidad.
Hay días en que un elemento terrorífico de proporciones similares merodía mi más apacible cotidianidad.
miércoles, septiembre 16, 2009
Dos pasajes de Márai
"La tía Zsüli era la guardiana de muchos secretos familiares, la heroína de sus propios relatos, un miembro de la familia, pero al mismo tiempo una extraña... Vivía en un apartamento minúsculo de dos habitaciones, en el segundo piso de un edificio, en condiciones más bien humildes; y, sin embargo, todo parecía noble y elegante a su alrededor porque todo lo que tenía era muy personal, su casa, sus muebles, sus vestidos, sus guantes y sus sombreros, y su manía de mezclar, con fines didácticos, palabras en francés en sus discursos... Estaba siempre de viaje, siempre haciendo planes para el futuro, escribiendo relatos y novelas, participando en veladas, viajando a París. Para mí era un fenómeno brillante. Tenía algo incombustible, algo elemental y radiante, algo que ni siquiera el tiempo, las penurias, la soledad o los desengaños lograrían cambiar. La tía Zsüli era una mujer de verdad, una obra maestra del fin de siècle".
"En la vida no suelen ocurrir cosas importantes. Al volver la vista atrás, al buscar el instante en que ocurrió algo decisivo, algo definitivo e irremediable - la experiencia o el accidente que decidió nuestra vida posterior -, tan sólo encontramos algunas huellas sin importancia, a veces ni siquiera eso. En realidad no existe más experiencia que la familia, como tampoco existe más tragedia que el momento en que te ves obligado a decidir si permaneces en el seno de la familia y en sus variantes a escala más amplia, como la clase social, la ideología, la raza, o bien te marchas por tu propio camino, a sabiendas de que te quedas solo para siempre, de que eres libre, estás a merced de todo el mundo y sólo puedes contar contigo mismo... Yo tenía catorce años cuando me escapé de casa, y después ya sólo regresé de visita, en los días de fiesta, durante breves temporadas (...)".
Sándor Márai, Confesiones de un burgués
"En la vida no suelen ocurrir cosas importantes. Al volver la vista atrás, al buscar el instante en que ocurrió algo decisivo, algo definitivo e irremediable - la experiencia o el accidente que decidió nuestra vida posterior -, tan sólo encontramos algunas huellas sin importancia, a veces ni siquiera eso. En realidad no existe más experiencia que la familia, como tampoco existe más tragedia que el momento en que te ves obligado a decidir si permaneces en el seno de la familia y en sus variantes a escala más amplia, como la clase social, la ideología, la raza, o bien te marchas por tu propio camino, a sabiendas de que te quedas solo para siempre, de que eres libre, estás a merced de todo el mundo y sólo puedes contar contigo mismo... Yo tenía catorce años cuando me escapé de casa, y después ya sólo regresé de visita, en los días de fiesta, durante breves temporadas (...)".
Sándor Márai, Confesiones de un burgués
martes, septiembre 08, 2009
Ascesis
Con la excusa de comprar tabaco, te lanzas a la calle. Es esa hora en que las heridas suelen quemar como soles, las cinco de la tarde. Algunas persianas metálicas sueltan a lo lejos sus bostezos perezosos. Apenas hay nadie. En las bocacalles que dejas a tu paso, en los espacios abiertos y penosos que atraviesas como un fantasma, el Levante, ya más fresco, forma corrientes de una sensualidad casi líquida. Se te mete por las gafas de sol, por los perniles de tus bermudas, por entre los dedos de tus manos hinchados por el calor, por la planta de los pies cuando levantas el talón de la chancla. En tus auriculares, una medida profiláctica que pronto convertirás en armadura comprándote unos auténticos cascos, suena lo último de Grizzly Bear, un producto de acabado perfecto made in Brooklyn, es decir, en el epicentro del universo. Al cruzar el estanque de un parque, si se puede denominar a este despropósito urbanístico de aquella manera, las libélulas vuelan bajas y allá en lo alto del cielo un helicóptero desaparece de tu campo de visión. Tu mente está tan vacía como la ciudad que ahora recorres. En esta época del año, los rayos de sol ya no caen tan perpendiculares sobre el trópico de Cáncer. Acabas de cumplir años. Te inunda una extraña e injustificada felicidad. Se parece a la del campesino griego que encontró a la Afrodita de Milos, a la de los jarrones de flores frescas cuando se les cambia el agua, a la de dos respiraciones acompasadas durante la siesta. Te has tumbado sobre el césped y nada importa, ni siquiera tú, porque todo ha pasado, hic et nunc.
domingo, agosto 02, 2009
Bajo este sol tremendo
Así de bien se llama la ópera prima de Carlos Busqued, autor que, junto con otros, participa actualmente en eso que el Babelia de ayer denominaba el "perpetuo florecer de la literatura argentina".
Siempre me han gustado los títulos que empiezan con preposiciones: Contra la interpretación, En busca del tiempo perdido, Ante el espejo, Entre tinieblas, A sangre fría. Son dinámicos, contundentes, prometedores. De entre todas las preposiciones, "bajo" es una de las más condicionantes. Establece una relación subyugadora, de opresión, difícilmente voluble. La vida, la voluntad del personaje o de los personajes, quedan a merced de poderes superiores, ya sean humanos o naturales. Una presencia casi omnipotente demarca la escena, haciendo sumamente complejo escapar a su influjo. Me viene a la cabeza esa gran novela sobre la autodestrucción que es Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, donde los volcanes de Popocatepetl e Iztaccihuatl (a cuyos pies está Cuernavaca, ciudad en la que está destinado Firmin, el alcohólico cónsul protagonista), sirven de prolongación natural a un paisaje humano asfixiante y amenazado. Vivir "bajo" algo hace referencia directa a las relaciones de poder, a veces microscópicas, por las que tratamos que se escurra nuestra voluntad, sorteando todo tipo de avatares. Se trata de una posición de reconocimiento y revelación mítica, relacionada con la fatalidad y los grandes paisajes naturales en la antigüedad clásica (uno de cuyos apéndices contemporáneos podría ser el Far West) y que desemboca en la gran partitura, todavía por interpretar, del materialismo urbano de Benjamin, cuyos pasajes siempre están "bajo" las capas verticales que constituyen la ciudad.
Parece que los días de levante han pasado, por el momento.
El estado de estulticia de mis primeras jornadas deja paso a un estado de reconocimiento, de caída controlada, bajo este sol tremendo.
Cuando una ciudad que tiene tan poco que ofrecerte como Jerez se te antoja como un claro es porque vienes de atravesar una enorme maraña. Una maraña psicológica, parecida a la colisión espontánea de materiales que conforman la ciudad de los pasajes de Benjamin. No hay responsables, tan sólo agentes. Y una necesidad infinita de proteger los buenos recuerdos (que son tantos) y a las personas (y esto es futuro) que participan en ellos.
Ha sido una jugada arriesgada... sin embargo, a veces, en el desierto se respira mejor que en la jungla.
Siempre me han gustado los títulos que empiezan con preposiciones: Contra la interpretación, En busca del tiempo perdido, Ante el espejo, Entre tinieblas, A sangre fría. Son dinámicos, contundentes, prometedores. De entre todas las preposiciones, "bajo" es una de las más condicionantes. Establece una relación subyugadora, de opresión, difícilmente voluble. La vida, la voluntad del personaje o de los personajes, quedan a merced de poderes superiores, ya sean humanos o naturales. Una presencia casi omnipotente demarca la escena, haciendo sumamente complejo escapar a su influjo. Me viene a la cabeza esa gran novela sobre la autodestrucción que es Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, donde los volcanes de Popocatepetl e Iztaccihuatl (a cuyos pies está Cuernavaca, ciudad en la que está destinado Firmin, el alcohólico cónsul protagonista), sirven de prolongación natural a un paisaje humano asfixiante y amenazado. Vivir "bajo" algo hace referencia directa a las relaciones de poder, a veces microscópicas, por las que tratamos que se escurra nuestra voluntad, sorteando todo tipo de avatares. Se trata de una posición de reconocimiento y revelación mítica, relacionada con la fatalidad y los grandes paisajes naturales en la antigüedad clásica (uno de cuyos apéndices contemporáneos podría ser el Far West) y que desemboca en la gran partitura, todavía por interpretar, del materialismo urbano de Benjamin, cuyos pasajes siempre están "bajo" las capas verticales que constituyen la ciudad.
Parece que los días de levante han pasado, por el momento.
El estado de estulticia de mis primeras jornadas deja paso a un estado de reconocimiento, de caída controlada, bajo este sol tremendo.
Cuando una ciudad que tiene tan poco que ofrecerte como Jerez se te antoja como un claro es porque vienes de atravesar una enorme maraña. Una maraña psicológica, parecida a la colisión espontánea de materiales que conforman la ciudad de los pasajes de Benjamin. No hay responsables, tan sólo agentes. Y una necesidad infinita de proteger los buenos recuerdos (que son tantos) y a las personas (y esto es futuro) que participan en ellos.
Ha sido una jugada arriesgada... sin embargo, a veces, en el desierto se respira mejor que en la jungla.
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